ENREDADERA #2
—¿Te he mentido alguna vez, Arthur? —Baja las cejas y muestra una expresión pensativa.
Le toco el brazo para impedir que siga hacia el pasillo que lleva a la cocina—.
Solo te lo pregunto porque intento no romper la promesa que hice de mantener a salvo Cabo Masacre.
Y para mí la persona más importante de este pueblo eres tú.
Necesito asegurarme de que no te pueden rastrear.
Así que, dime, ¿es posible que alguien te viera con él?
¿Alguien podría relacionarte con su desaparición?
¿Con la parcela que la familia Lancaster tiene en el cementerio?
El ceño de Arthur se rinde; los pliegues del entrecejo se le suavizan, aunque las arrugas profundas todavía siguen en la piel, porque lleva décadas mirando mal a los groseros incorregibles de Cabo Masacre. Me pone la mano llena de marcas del sol encima de la mía y me da un apretón suave.
—Harper, nadie más nos vio.
Nos miramos a los ojos, decididos, sin pestañear. Está intentando convencerme. Y yo estoy intentando que me convenza. Arthur nunca me ha mentido, ni siquiera cuando duele escuchar la verdad más sincera. Como cuando me contó el resultado de la primera visita al neurólogo.
—Me han diagnosticado alzhéimer —dijo sin más durante el desayuno.
Apenas me dio un segundo para procesar lo que había dicho antes de ponerse a hablar sobre un turista gilipollas al que pensaba matar con una mezcla de brodifacoum con la que estaba experimentando.
Datos fríos, inequívocos, sin edulcorar.
¿Por qué esto iba a ser diferente?
Sin embargo, un pensamiento germina en mi mente…
Aunque quepa la posibilidad de que me esté diciendo la verdad, los secretos que compartimos son una enredadera: nos envuelven y nos constriñen.
Nolan y yo podemos pasarnos el día desenterrando cadáveres o dejando pruebas falsas para alejar la búsqueda de la mansión Lancaster, pero siempre crecerán más secretos.
Trago saliva, como si notara esos zarcillos cerrándoseme alrededor de la garganta.
—De acuerdo —digo al fin.
Vamos a la cocina, donde le preparo un chai latte con leche de soja, el cual afirma que es casi tan bueno como el de Un Grano Náufrago.
Casi. Me cuenta batallitas de un invierno duro de hace veinte años, cuando las tuberías de la mansión se helaron y el nuevo manitas del pueblo tuvo que venir a arreglarlas.
El tío se pasó todo el rato hablando de las mujeres a las que quería follarse y luego intentó tangarlo para que instalara tuberías nuevas en toda la casa.
Desde entonces, está enterrado debajo de la caldera.
Después, Arthur recuerda la actuación que vimos hace unas noches de La bella y la bestia, lo cual es buena señal.
Siempre le cuesta más retener los recuerdos recientes.
Incluso me asegura que ya se ha tomado la medicación.
Lo compruebo, solo para cerciorarme, porque siempre le cuento las pastillas.
Y, cuando lo acompaño al salón, tampoco necesita tanta ayuda.
La sonrisa se me ilumina un poco más al poner La forza del destino, de Verdi, de fondo mientras planeamos las mejoras que le haremos al jardín.
Noto los hombros algo más ligeros cuando decidimos que vamos a «aplastar a esa maldita banshee de Sarah Winkle», según palabras de Arthur.
Quizá no debería dejar que su lucidez me guíe en estas aguas oscuras, pero se lo permito.
Al final, Arthur aparta los bocetos que hemos hecho y se va a su sillón reclinable favorito para echarse la siesta de media mañana.
Le tiendo una manta por las piernas y, una vez me aseguro de que está cómodo, regreso a mi casa.
Todavía le sigo dando vueltas a cómo podría ser el futuro cercano si sus síntomas estuvieran bajo control. Si tuviéramos más tiempo.
Me planteo escribirle a Nolan; hasta saco el teléfono para ver si él me ha enviado algo primero. Estoy empezando a redactar un mensaje cuando cruzo la puerta abierta de la parte de atrás y me doy cuenta de que a lo mejor no la he cerrado al salir corriendo hacia los setos.
—Asesino —dice mi propia voz desde el salón.
Me agarro el pecho; las rodillas me tiemblan de la sorpresa.
—Dios santo en una bici, Morfeo.
El cuervo grazna desde la mesita de café; me contempla con esa mirada de tinta antes de arrancar un trozo de mi tostada mutilada.
—Eso es mío. Y como te cagues en los muebles, te rapo al cero.
—Pájaro bonito asesino —dice, y salta sobre la taza para darle un sorbo al café abandonado.
—Por el amor de Dios, cafeína no.
—Asesino.
—De acuerdo, no te voy a desplumar, pero lárgate de aquí y llévate la comida que me has robado.
Me acerco despacio para empezar a guiarlo hacia la puerta; por desgracia, el cuervo tiene otros planes. Tira la taza de café antes de saltar al tablero de ajedrez y quedarse entre las piezas blancas y negras.
Cuando quiero salir corriendo hacia la cocina para coger un paño y limpiar el café, ya ha tirado la mitad de las piezas con la cola, mientras parlotea sobre asesinos y galletas. Cuando por fin cojo la tostada, se me posa en la muñeca y puedo sacarlo fuera con su premio.
Suelto un suspiro profundo y vuelvo al salón.
Limpio el café y las migajas y luego coloco de nuevo las piezas de ajedrez en su sitio.
Peones. Una torre. El mismo caballo negro de antes.
No avanzo el peón blanco dos sitios como hago cuando creo que puedo enfrentarme a los traumas del pasado que me siguen como un espectro. No estoy preparada para jugar.
Voy a ir a darme una ducha cuando el móvil me vibra en el bolsillo. Pero no es Nolan, como esperaba. Es una notificación de Discord.
Los Buscasabuesos.
Trago saliva; la sangre no me llega a las piernas.
Abro la aplicación y empiezo a pasar los últimos mensajes del chat general que anoche no pude leer.
La sangre me ruge en los oídos al llegar a la página en la que están hablando de la muerte de Sam.
Aprieto el móvil con fuerza; no estoy segura de lo que voy a encontrar mientras reviso los posts, avanzando hacia las entradas más recientes.
Sin embargo, lo único que veo es pura especulación.
Preguntas sobre qué les puede haber pasado a Sam y a Vinny.
Teorías acerca de si la policía está encubriendo algo aún más siniestro.
Una descarga de pensamientos sobre lo que sucedió en la destilería Lancaster.
Pero no hay nada concreto. Nada demasiado aterrador.
Al menos hasta que llego al mensaje que ha enviado hace un rato el usuario KnightofTruth.
Es una imagen de una foto impresa en un trozo de papel.
La fotografía de una mujer de espaldas que baja por la acera.
Sé dónde se hizo esa foto… En la calle principal, aquí, en Cabo Masacre, a media manzana al sur de Los Mejunjes Mágicos de Maya.
Sé el momento exacto en que se hizo: hace catorce días.
Encima del papel hay algo escrito a mano:
«Parece molesta, tal vez haya estado llorando, anda rápido, se va de Los Mejunjes Mágicos de Maya».
KnightofTruth manda otro mensaje mientras yo todavía estoy mirando fijamente la pantalla con el corazón acelerado. «Acabo de enterarme de que Sam llevaba encima esta foto antes de morir. Es su letra, sin duda alguna. Esa chica debió de ser importante para su investigación. ¿Alguien sabe quién es?».
«No», responden unos cuantos.
Pero yo sí sé quién es.
Soy yo.