Temporada de cosecha (Masacre 2) ENREDADERA
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ENREDADERA

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Harper

Me despierto porque la alarma del móvil no deja de sonar, pero parece estar más lejos de lo que debería.

Cuando abro los ojos, tardo un rato en darme cuenta de que no estoy en mi cama.

Otro en deducir dónde me encuentro. Y otro más en recordar cómo me metí en la cama con Nolan.

Los últimos recuerdos de la noche salen poco a poco a la superficie.

El calor en la espalda, el peso de su brazo en la cintura.

Su mano en mi corazón. Ese que solo late porque él lo salvó, aunque estuvo años deseando aplastarlo.

Me toco el pecho, pero no arde con el mismo murmullo en mi piel que cuando me toca Nolan. Solo es un eco de su calor.

Miro el espacio vacío donde ha dormido, luego salgo de la cama y de paso apago la lámpara de noche que ha debido de encender para mí. Paro por fin la alarma, me pongo mis pantuflas de pingüino y cojo el móvil para bajar las escaleras hacia el santo grial que me llama. «Café».

Entro en la cocina para preparar la cafetera y me encuentro con que Nolan ya me la ha dejado lista. Lo único que tengo que hacer es encender el gas. En la encimera hay una nota escrita a mano con una letra afilada, los círculos y las líneas estrechas que ya conozco por su libro de scrapbooking.

Qué cosa más arcaica. ¿No quieres una Keurig?

Cojo el bolígrafo para escribir una respuesta, por si vuelve mientras estoy fuera.

Esta «cosa» hace un café tan espeso que se puede masticar. No me la quites. -H.

Mientras se hace el café, preparo el desayuno y relleno el comedero de Morfeo, que ahora mismo está lleno de pajarillos más pequeños que saldrán desperdigados en cuanto vuelva el dueño legítimo de su incursión para robar objetos brillantes o graznarles a los turistas.

Cuando vuelvo a entrar en la casa, me llevo el café y la tostada al salón para poder disfrutar un poco de la telebasura con el reality Sobreviviendo al amor.

Pero hay algo fuera de lugar que hace que me detenga.

Un recuerdo repentino se cierne sobre el tablero de ajedrez mientras miro el caballo negro. No suele estar ahí. Está frente a mi legión de peones blancos en la posición c6.

Me quedo inmóvil durante un buen rato, pero no en mi salón. Estoy sentada en la caravana; el humo del palo santo forma círculos entre Adam y yo.

—¿Cuánto han dicho que tardarían? —recuerdo haber preguntado mientras adelantaba el peón blanco para empezar la partida.

No me acuerdo de qué pieza movió Adam a continuación.

Solo recuerdo su sonrisa, como si no fuera para tanto que el vehículo se nos hubiera averiado en una carretera remota sin asfaltar en medio de la nada, Texas.

Se suponía que teníamos que volver a casa, a Lubbock, en dos días y sé que él tenía muchas ganas de ver a sus padres después de que nos hubiéramos tirado un año dando tumbos por ahí, pero se comportaba como si aquello solo hubiese sido un imprevisto sin importancia.

Se adaptaba a los altibajos de vivir en la furgoneta, a la que apodamos Goonie.

Se dejaba llevar por la corriente de la vida. Y yo pensé que podría flotar a su lado.

Me equivocaba.

Parpadeo para borrar la imagen de su cara antes de que esa sonrisa se convierta en la mueca de desesperación y terror que provocó la tortura. Esos últimos días todavía me atormentan por las noches, igual que sus gritos.

Noto un nudo en la garganta cuando dejo la taza de café.

Limpio el caballo negro con el borde de la camiseta.

Es una necesidad que me cuesta explicar.

Siento que no puedo dejar que Nolan toque esta parte de mi pasado, porque, si lo hace, el mal que hay enterrado ahí abajo se arrastrará hasta el presente y se lo llevará como se llevó a Adam.

Solo cuando percibo que las líneas que separan el pasado, el presente y el futuro han vuelto a dibujarse, coloco de nuevo el caballo en el lugar que le corresponde.

No enciendo la tele, ni me como la tostada, ni me termino el café.

No estoy segura de cuánto tiempo me quedo ahí sentada, luchando una batalla que en realidad no voy a ganar nunca si esos días de horror se me pegan como una sombra. Estoy tan sumida en mis recuerdos que me olvido de mi principal responsabilidad… hasta que un sonido abrupto interrumpe mi letargo.

«Ay, madre del amor hermoso, ¿cómo he podido perder la noción del tiempo, joder?».

—Mierda —susurro y me levanto del sofá de un salto. Dejo el desayuno sin tocar en la mesita de café y corro hacia la puerta trasera de la casa. Subo deprisa la ladera hasta los dichosos setos guiada por el ruido del podador.

Arthur está subido al penúltimo peldaño de la escalera, el bastón tirado en el suelo, ya que sujeta el podador de setos con las dos manos. Pongo suficiente distancia entre nosotros, por si acaso lo asusto y la máquina acaba en mi cara.

Me detengo en su línea de visión con los brazos cruzados.

—Hola, Arthur.

Tarda un rato en apagar el artilugio y reparar en mi presencia.

—Harper, tienes muchos talentos —empieza pasando la mirada de mí al alce que el otro día decapité por accidente—, pero convertir setos en obras de arte no es uno de ellos.

—Ya, intenté decírtelo. —Le tiendo una mano para ayudarlo a bajar y me rechaza con un aspaviento—. Dios santo, Arthur. Vas a hacerte daño. Por favor, baja de ahí.

—No. Cuando arregle esta atrocidad. No vamos a ganar el concurso a mejor jardín con un alce decapitado. Lo voy a transformar en dos chorlitejos picocorto.

—No, no vas a hacer nada. —Lo contradigo y estiro el brazo para coger el mango del podador antes de que le dé tiempo a encenderlo de nuevo.

Sin embargo, es muy fuerte para ser un octogenario con dolor de rodillas y falta de vitamina B 12 , entre otras cosas.

No suelta el cacharro hasta que no lo retuerzo un poco—.

Vas a bajarte de ahí antes de que te caigas y te rompas todos los huesos, y luego vamos a ir a desayunar y a que te tomes las pastillas.

Él frunce el ceño e intenta recuperar la podadora, sin conseguirlo.

—Ya he desayunado.

—Podrías haberme llamado, Arthur. Te lo habría preparado yo.

—No quería molestar en caso de que el señor Rhodes todavía estuviera en casa. ¿Estás segura de que no quieres que le corte las manos?

El rubor se me sube a las mejillas y capto un destello de diversión en los ojos del viejo. Le encanta dar en el clavo.

—Estoy segura de que lo disfrutarías, pero no, gracias. Bueno, al menos no esta mañana —digo, y por fin lo ayudo a bajar de la escalera.

Viendo la pulla que acaba de soltar sobre Nolan, hoy está más lúcido de lo normal.

Aunque sé que no puedo esperar tanto del suplemento de B 12 que está tomando, la esperanza se abre paso.

«¿Y si el alzhéimer no está empeorando? ¿Y si era algo que se podía tratar desde el principio?

A lo mejor no hace falta llevarlo a la residencia.

Se podría quedar aquí, en la mansión Lancaster».

Debo aplacar esas ideas antes de que se conviertan en un futuro que parece real, pero que dolerá cuando se haga añicos.

—¿Qué llevas puesto? —pregunta Arthur, que señala las pantuflas de pingüinos con el bastón una vez se lo devuelvo y le paso el brazo por el mío—. Estás ridícula.

—Son cómodas. Denúnciame.

—¿Qué le parecen a tu nuevo pretendiente?

Resoplo.

—¿Pretendiente? Sí que eres antiguo.

—Si no hago más que decírtelo.

—Bueno, realmente no me importa lo que piense de mis zapatillas.

—Respuesta correcta. —Me da unas palmaditas en la mano cuando echamos a andar hacia la mansión que se encuentra en lo alto de la colina—. Aun así, siguen siendo atroces. Puedes comprarte calzado apropiado.

—¿Incluso unos Christina Ricci?

—Stefano Ricci, Dios santo, grosera incorregible.

—Siempre he querido ser una grosera incorregible. Es mi misión en la vida, Arthur.

A lo mejor no se da cuenta, pero no solo le estoy buscando las cosquillas con las pullitas sobre los zapatos.

Estoy poniendo a prueba sus límites. Sus recuerdos recientes, los que siempre son más volátiles y frágiles.

Entre lo de Nolan y los Christina Ricci, me parece que merece la pena arriesgarse.

Así que me aclaro la garganta y me digo:

—Hablando de misiones en la vida, ¿quieres contarme algo más de lo que pasó el otro día en el cementerio con el turista?

Arthur gruñe, clava el bastón en el césped con más fuerza de la necesaria.

—¿Aquel hombrecillo insignificante que tenía un demonio de bolsillo maleducado?

La esperanza de antes se me aferra un poco más a los huesos.

—Ese mismo, sí.

—Bueno, se lo merecía. Me pegó. Me podría haber roto la nariz, el muy bruto. —Se señala la cara con el mango del garrote, el lobo tallado enseña los dientes a los moratones oscuros—. Un hombrecillo terrible.

—¿Sabes su nombre?

—No recuerdo ese detalle. No era importante —dice ladeando la cabeza. Algo en el modo en que desliza los ojos de mí hasta la puerta de roble cincelado de la mansión me hace pensar que no es buena idea inmiscuirse demasiado en el resto de los detalles de esa noche.

De todas formas, lo intento.

—Bueno, ¿y cómo empezó la cosa? ¿Fue cuando te pegó en la cabeza? ¿Y te dio antes de que intentaras pincharle el midazolam o después?

Arthur emite una carcajada y me suelta el brazo para entrar primero en el vestíbulo.

—Harper, jamás me has pedido todos los detalles de mis… aventuras. Igual que yo tampoco los necesitaba de las tuyas.

—Sí, pero nunca antes casi mueres en tus aventuras, que yo sepa. Es comprensible que quiera algo de claridad, sobre todo porque hay una operación de búsqueda y rescate siguiendo los pasos del señor Evanston.

Arthur gira despacio la cabeza y me mira.

—¿De verdad?