BULBOS #3
Secundo la mentira con una expresión que espero que transmita que estoy dispuesto a ayudar, aunque la verdad es que no estoy seguro.
En realidad, estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para joder la búsqueda, pero al mismo tiempo me acojona un huevo que me pillen.
Sin embargo, a juzgar por la sonrisa de Yates, ninguno de esos oscuros pensamientos se cuela por la máscara del engaño.
—Bueno —me mira mientras le da un buen trago a su café—, ¿tienes todo lo que necesitas? ¿Estás seguro de que hay que centrarse en el bosque que hay al norte de Simmons Loop?
—Sí, parece que a la gente le gusta mucho ir allí a pasear a los perros y la señora Evanston dijo que su marido había llevado al suyo por allí un par de veces.
—Es una de las cosas que no me acaban de cuadrar —dice Yates, rascándose la barba incipiente mientras aparta la vista y se queda mirando algo al otro lado de la calle.
Cuando vuelve a centrarse en mí, sus ojos de camaleón parecen más claros que antes, como un reflejo descolorido del cielo matutino—.
No me imagino a un perrillo tan pequeño volviendo solo desde el bosque al Airbnb de Maria.
¿Qué son? ¿Más de tres kilómetros por un terreno con el que el chucho no está familiarizado?
De noche, nada más y nada menos. En un pueblo que no conoce. Es una hazaña tremenda, ¿no te parece?
—En realidad, son más de cuatro kilómetros, casi cinco —digo mientras arranco un trozo del cruasán, y me encojo de hombros como si nada mientras mastico—.
Pero he comprobado el tiempo que hacía la última vez que vieron al señor Evanston y aquella noche había niebla, lo que hace que los perros olisqueen.
Así que podría haber seguido el rastro hasta la casa.
Yates se muestra de acuerdo con un «ajá», aunque no estoy del todo seguro de que le convenza mi lógica.
—De todos modos, vamos a enviar varios voluntarios al Pico de la Viuda y a las inmediaciones del faro —continúo—. Mandaré también un equipo a la playa sobre las cinco y media, que es cuando está baja la marea. Hasta entonces, pueden buscar el rastro por el cabo.
—Sabía que eras el hombre indicado para este trabajo —dice Yates; parece que se queda tranquilo.
Le dedico una sonrisa tensa y vuelvo a centrarme en mi plato.
Sigo mirando el bollo medio mordido cuando el sheriff da un manotazo en la mesa tan fuerte que los platos repiquetean mientras declara que sí que soy un verdadero chico de Tennessee, el «estado voluntario».
Un botecito de mermelada se desliza hasta el borde y lo atrapo al vuelo antes de que se rompa contra el suelo.
—Lo siento. Menudos reflejos tienes, hijo.
—Gracias —respondo dejando de nuevo el tarrito sobre la mesa.
—¿Jugabas al fútbol en la universidad?
—Al rugby, la verdad.
Yates arruga los ojos en lo que parece un gesto de diversión.
—Ah, sí, se nota. Yo era más de artes en la universidad, aunque no te lo creas. Pero de vez en cuando también jugaba al rugby. —Se aparta de la mesa y se termina el café de un trago—. Vamos, deberíamos ponernos en marcha.
Le dice adiós al camarero con la mano y se despide de todo el mundo llamándolos por su nombre, luego sale de la cafetería delante de mí.
El sol todavía está bajo en el horizonte, aunque el aire, pegajoso y húmedo, nos cubre como una membrana.
Yates se seca la frente con un pañuelo y mira a nuestro alrededor con parsimonia, como si estuviera revisando un paisaje conocido para asegurarse de que todo está en su sitio.
—Te acerco al centro de búsqueda y luego nos vemos ahí —dice cuando parece decidir que la calle es de su agrado—. Tengo que recoger al ayudante Collins para ir a la antigua granja Iver.
De repente me acuerdo de Arthur y pienso en la posibilidad de que tuviera otro cementerio del que Harper no sepa nada.
Aunque me encantaría que el viejo cargara con la culpa del lío que ha montado y dejara libre a su pupila, sé que están demasiado implicados el uno con el otro para que esa idea se haga realidad.
Sigo dándole vueltas a la cabeza cuando pregunto:
—¿La granja Iver…?
—Sí. Una cosa rarísima —dice mientras se rasca la sien con una uña casi rota—. El señor Porter tenía algunas bolsas de pruebas en su coche y en ellas ponía «carretera de Clarke». Y ese fue el último destino que buscó en el GPS del coche de alquiler.
—¿Qué tipo de pruebas? ¿Algo que robó de la comisaría?
Yates suelta una risita y me da una palmadita en el hombro, justo en la herida que me hizo McMillan con una estaca de metal antes de que Harper lo matara en el jardín. No se me ha curado del todo y el músculo sigue sensible.
—Puede que sea un sheriff de pueblo, pero no voy a permitir que un buscapleitos como Porter me robe pruebas delante de mis narices.
—Me da otra palmada fuerte en el hombro, como si un imán lo atrajera a la herida, y echa a andar hacia la camioneta mientras me hace un gesto para que lo siga—.
No, son cosas que debió de encontrar él y las guardó en bolsas.
Un quemador de incienso, una navaja con pinta rara y una sudadera de Texas Tech.
La última vez que estuve en la vieja granja Iver fue el otoño pasado, para arrestar a unos adolescentes que habían hecho botellón, aunque no recuerdo que hubiera nada así por ahí.
Un coche que pasa por la calle. La canción country que Yates empieza a silbar. Sus botas de vaquero arañando el asfalto. Todos los ruidos se amortiguan mientras mis temores crepitan como llamas contra los confines de mi cráneo.
—¿Sabe qué? —digo cuando el sheriff echa mano de la puerta del copiloto—. No me importa ir andando. El centro está solo a un par de calles. No quiero que llegue usted tarde a la granja.
—¿Estás seguro? No es ninguna molestia.
Sacudo el brazo y me obligo a mostrar una sonrisa despreocupada.
—Sí. El paseo me vendrá bien. Andar me despeja la mente y me ayuda a revisar los detalles. No me gustaría pasar nada por alto, ¿sabe?
Yates sonríe; se pone las gafas de aviador antes de darle unas palmaditas al remolque del vehículo.
—Está bien, hijo. No sabes cuánto te lo agradezco.
Asiente por última vez y se monta en la camioneta.
Un segundo después, una canción country suena por las ventanillas abiertas y el vehículo se aleja del bordillo.
Echo a andar en la misma dirección con paso regular, a pesar de que me tiemblan las piernas.
Incluso ese dolor constante de las heridas del atropello parece desvanecerse bajo el velo del pánico.
En cuanto la camioneta dobla una esquina y desaparece, me saco el móvil del bolsillo.
Abro YouTube. Reviso los últimos vídeos que he visto hasta que encuentro el que estoy buscando. Le doy al play.
—Hola a todos, soy Autumn Bower y esto son las camperaventuras de Autumn y Adam —dice Harper con una sonrisa cálida y acogedora, aunque cruza los brazos para protegerse del viento; tiene pinta de que hace frío.
El pelo rubio le cae sobre la cara—. Vamos dentro de la Chevi G20 de 1985, Goonie para los amigos.
Voy a enseñaros cómo nos mantenemos calentitos cuando hace frío.
La chica deja caer los brazos. Se acerca a la cámara.
Detengo el vídeo en la imagen de su sudadera de Texas Tech.
Levanto la vista del móvil y miro hacia el centro de Cabo Masacre.
Siento que un agujero se me abre por dentro, dispuesto a tragarme entero.
Porque no sé cómo voy a conseguir plantar pistas suficientes para alejar el rastro de Harper Starling cuando Autumn Bower está ahí pidiendo a gritos que la resuciten.