BULBOS #2
—Ya… y, tal vez, lo mejor sea mantenerlos también alejados de la mansión Lancaster, obviamente.
—¿No me digas? —inquiero impávido—. Ahí es donde pensaba poner el cuartel general de búsqueda y rescate.
Harper por fin se gira hacia mí con una mirada seria. No estoy seguro de en qué momento me enganché a sacar ese desafío fiero que le ilumina los ojos, pero soy adicto y creo que ella también es consciente.
—Vámonos de aquí, fiambre —dice estampándome su mochila en el pecho—. Estoy lista para ir a casa.
Me cuelgo las dos mochilas a la espalda y encabezo la marcha por la oscuridad.
Conduzco a Harper al SUV que he dejado aparcado entre las sombras del sendero sin salida que hay al final de la carretera.
Cuando llegamos a la mansión Lancaster, ella lleva los huesos a la caseta de jardín que hay en la colina, cerca de la casona principal, y ya por la mañana los pasará por la trituradora de madera.
Mientras tanto, yo descargo el resto del material y nos reunimos en su casa.
—Me alegro de haber acabado por fin con las dichosas exhumaciones.
Ha sido un día muy largo. Al menos hemos eliminado algunas pruebas del camino de la investigación —dice Harper, que va encendiendo las luces de camino a la cocina.
Saca un tarro de cristal de una estantería que hay junto al fregadero y vierte lo que parece una mezcla de cacahuetes y gusanos en una taza de café desportillada—.
Voy a echarle de comer a Morfeo para que no empiece a gritar «asesino» en cuanto amanezca.
¿A qué hora tienes que empezar a currar mañana?
—He quedado con Yates a las seis en Un Grano Náufrago para tomar café —respondo con una sonrisa triste—, así que al alba.
Ella solo masculla un «maldita sea» y sale por la puerta de atrás; ni se molesta en encender la luz del patio para deslizarse en la oscuridad.
Yo me quedo plantado en medio de su salón; giro despacio y me fijo en los detalles que tan familiares me resultan ya, incluso reconfortantes.
El tablero de ajedrez en el que únicamente ha movido el peón blanco, esperando la jugada del contrincante.
El olor a palo santo que le gusta encender.
Los libros de jardinería bien colocados en la estantería, sujetos por unos sujetalibros de madera con forma de cuervo.
Cojo un caballo negro del tablero de ajedrez y lo giro bajo la luz tenue.
Me dan ganas de dejarlo, pero no en su posición inicial, sino delante de la hilera de peones negros.
A ver si ella también juega. Sin embargo, siento que estaría mal.
Sería intrusivo. Así que lo coloco en el mismo cuadrado donde lo he encontrado.
Estos cachitos de Harper me tranquilizan, pero de repente siento que soy un intruso en su presencia.
Cuando vuelve a entrar en la casa, hace todo lo posible por ser hospitalaria, aunque parece moverse con rigidez y hablar con poca seguridad, como si estuviera diciendo lo que cree que debería decir.
Cosas como «Coge lo que quieras de la nevera» y «Las toallas están en el armario que hay al lado del baño».
Seguirla por la casa conforme me explica dónde está todo lo que puedo necesitar hace que se intensifique esa sensación de intrusismo, más que cuando la espiaba desde las sombras mientras ella trabajaba en el jardín o cuando seguía todos sus pasos por Cabo Masacre.
Solo consigo respirar del todo una vez nos detenemos delante del baño y dice que va a darse una ducha; luego, cierra la puerta tras ella con cuidado.
Me lavo los dientes en el fregadero. Recojo mis bolsas.
Lucho contra las ganas de quemar todo lo que llevo dentro de la mochila, las armas que traje al pueblo con la intención de usarlas con ella.
Y a continuación subo al piso de arriba mientras el agua todavía repiquetea sobre la cortina de la ducha.
Me he puesto unos pantalones de chándal finos y me estoy metiendo en la cama cuando oigo que sube por las escaleras con pasos suaves. Primero va a su habitación, luego sale y llama tres veces a la puerta del cuarto de invitados que he dejado entreabierta.
—¿Nolan…? —me llama; la luz de su cuarto que se cuela en el pasillo le enmarca la silueta—. ¿Qué haces aquí?
—Necesitas descansar y yo tengo que madrugar. —Me giro lo suficiente para que vea la tranquilidad en mi leve sonrisa—. No quieres que mi alarma te estalle en toda la cara a las cinco y media de la mañana.
Aunque se queda callada y nos separa toda la habitación, noto que está sorprendida y confusa. Cuando se mete el labio entre los dientes y baja la mirada hacia las sombras, salgo de la cama y me acerco a ella. No me mira a los ojos hasta que no la cojo de la mano.
—Harper, he venido aquí para cuidarte, no para asfixiarte.
Solo quiero que tengas tu espacio. Al menos, todo el que pueda ofrecerte.
—Le aprieto la mano, después le doy un beso en la mejilla y me detengo un instante a oler el jabón en su piel antes de darme la vuelta—. Descansa. Estaré aquí si me necesitas.
Ella sigue mirándome cuando me siento en el borde la cama y me paso una mano por el pelo. Me recorre el cuerpo con la vista, pasa por las cicatrices que se me marcaron en la piel la noche que nos conocimos. Cuando por fin me mira a los ojos, asiente una sola vez.
—Buenas noches, Nolan —dice y cierra la puerta despacio.
Tardo un rato en escuchar sus pasos por el pasillo. Puede que me haya dejado a merced de mis sueños, pero siempre la tengo presente cuando sueño.
Su grito. Su mano extendida. El abismo de agua negra, el terror en sus ojos mientras se hunde en el mar. Nunca nado lo bastante rápido, nunca pataleo con la fuerza suficiente. Jamás la agarro a tiempo. Incluso debajo del agua, la oigo llamarme: «Nolan». «Nolan».
«… Nolan».
Cuando abro los ojos, tardo un segundo en reconciliar a la mujer que tengo delante con la de mis pesadillas. Harper está acuclillada junto a la cama; lleva el pelo recogido en una trenza suelta por encima del hombro; tiene las cejas fruncidas mientras yo parpadeo para desprenderme del sueño.
—¿Va todo bien? —le pregunto sentándome. Compruebo que está bien, al menos lo que puedo ver. No hay sangre. No hay rasguños. Solo una expresión en su rostro que dice que no está segura—. ¿Qué ha pasado?
—Nada. Estoy bien; es solo que…
No termina la frase; sus ojos se desvían a la puerta como si debiera volver a escabullirse por ella.
Sin embargo, sacude la cabeza de forma casi imperceptible y se incorpora lo justo para meterse en la cama conmigo.
Mi cerebro somnoliento tarda un momento en procesar lo que sucede: que esta chica quiere una conexión que no está preparada para pedir.
Me quedo quieto, reticente a hacer la cucharita y a apartarla mientras ella se recoloca bajo las sábanas.
Cuando echo mano de la lámpara de noche para encenderla, ella me detiene.
—No hace falta —susurra.
—¿Estás segura? —pregunto, y ella asiente contra la almohada.
Me tumbo a su lado. Le paso un brazo por la cintura.
Apoyo la palma por encima de su corazón.
Tardo muy poco en quedarme dormido con su olor y su calor y su respiración regular y profunda contra mi pecho.
Y, esta vez, no sueño con el mar. Ni con mi hermano ni con la sangre que le chorreaba por la boca y que formaba un charco en la carretera.
Ni con el hospital ni con todo el odio y la venganza que me mantuvieron con vida.
Por primera vez en mucho tiempo, no sueño nada.
Me despierto antes de que suene la alarma.
Harper apenas se ha movido; su respiración es lenta y regular.
Me quedo un rato contemplándola sin más y memorizo los detalles más insignificantes de sus rasgos.
La curva precisa de su nariz. El lunar diminuto que tiene en la mejilla.
El pelo rubio donde no ha llegado el tinte.
«Casi entierro todos esos detalles en una tumba poco profunda», pienso.
Levanto el brazo. Salgo de la cama. La tapo con la colcha y enciendo la lámpara, por si acaso se despierta. Y luego me escabullo de la habitación sin hacer ruido.
Después de darme una ducha rápida, me quedo junto a la ventana de la cocina comiéndome una tostada con mantequilla de cacahuete mientras veo que Morfeo está picoteando los frutos secos y los gusanos que tiene en el comedero.
Cuando me bebo el último trago del té, cojo la llave de repuesto que Harper debió de dejarme anoche en la encimera y voy a reunirme con Yates.
Nunca había visto la cafetería tan tranquila; he llegado unos minutos antes de las seis.
Hay muy poca gente a la que reconozca: tres hombres que a veces ayudan a Harper a colgar las cestas de la calle principal y la dueña del supermercado que sabe cómo me llamo por todas las mierdas de acampada que he comprado para las exhumaciones.
Ninguno de los clientes que no me suenan parece tener pinta de ser un Buscasabuesos; solo hay una pareja mayor con un panfleto del faro y una familia con dos críos.
Y también está el sheriff Yates, cómo no, sentado a una mesa de dos junto a la ventana.
Me saluda; un cruasán y una taza de té ya me están esperando en el sitio libre.
Compongo una sonrisa por encima del gruñido que quiere escapárseme de los labios y me acerco.
—Buenos días, hijo. Como ayer en la comisaría te tomaste Earl Grey en cantidades industriales, he asumido que querrías lo mismo —dice el hombre, señalando el asiento que tiene delante.
Me río y saco la silla; las patas de hierro arañan las baldosas del suelo.
—Gracias, es todo un detalle.
—Es lo mínimo que puedo hacer. —Se rasca el hombro; todavía lleva el cabestrillo—. No sabes cuánto te agradezco que te encargues de la búsqueda.
—Encantado de aportar mi granito de arena.