BULBOS
BULBOS
Nolan
—Siento que esa información me habría venido bien al principio de la velada —dice Harper mientras hunde la pala en el limo con más fuerza de la que tal vez sea necesaria.
Conseguimos trabajar rápido para exhumar las últimas víctimas de Arthur que yacen en el río Ballantyne; ya tenemos dos conjuntos de huesos apartados.
A lo mejor podríamos haber dejado los dos que quedaban para mañana por la noche ahora que estamos seguros de que Sam y Vinny no nos están espiando, pero el cierre de la venta de la propiedad es inminente y cualquier día podrían aparecer por aquí más Buscasabuesos, así que hemos decidido quedarnos hasta que haga falta para acabar con esto de una vez por todas.
—Estaba ocupado recibiendo un puto palazo en la cara.
—Hago el numerito de limpiarme la nariz con el dedo, aunque dudo que todavía me esté sangrando.
Harper me lanza una mirada asesina antes de volver a centrarse en el agujero—.
Tampoco me ha parecido un buen momento para sacar el tema cuando te estaba comiendo el coño.
Ella masculla algo ininteligible. Si la luz de la linterna fuera más potente, estoy seguro de que vería cómo el rubor le empieza a subir por el cuello.
—No creo que sea una buena idea.
—¿Comerte el coño?
—Cierra la puta boca. Sabes que me refiero a la movida de búsqueda y rescate a la que te ha arrastrado Yates. Comerme el coño siempre es una idea magnífica.
Sonrío, echo una palada de tierra sobre la lona.
—Mira, a mí tampoco me entusiasma la idea, pero a lo mejor nos viene bien que me encargue de la búsqueda del turista que se cargó Arthur.
Harper resopla con sorna.
—No acabo de ver cómo nos puede ayudar que estés en el centro de la vorágine de policía y prensa.
—La fe que tienes en mí me inspira —digo impávido, y le lanzo una palada de tierra a la bota—.
Puedo intentar dirigir la investigación hacia donde no es, siempre y cuando tenga cuidado.
Hacer que los voluntarios se mantengan alejados de lugares como este.
A lo mejor incluso tengo la oportunidad de plantar donde yo quiera las pertenencias del turista.
Además, ya le he sacado partido a la situación…
Tengo más información sobre lo que le sucedió a Vinny Meschino.
Harper me mira a los ojos.
—¿De verdad?
Aunque nunca lo admitiré delante de ella, que me mandara ese mensaje tan desanimado para cortar conmigo resultó ser útil. Me cabreé tanto que me lancé de cabeza a mi nuevo papel de líder; les sonsaqué todos los detalles que pude al sheriff y al resto de los locales.
—Sí. Yates se lo encontró en la destilería.
Fue a investigar porque la señora Talbot, la del final de la calle, llamó para quejarse de que había luces en el edificio.
Al parecer, el sheriff estaba preocupado de que fueran ladrones de cobre que estuvieran robando en las obras.
Su teoría es que ya se habían peleado antes en el hostal.
Que Vinny siguió a Sam a la destilería y lo empujó por la barandilla antes de que intentara matarlo a él.
—Yates —repite Harper sacudiendo la cabeza—. Sigo sin creerme que fuera él quien matara a Vinny.
—Me lo dijo él mismo.
—Vinny no tenía ninguna pinta de «voy a atacar al sheriff». Cuando le di en la cabeza, se limitó a colgarle el teléfono a Sam y no parecía muy entusiasmado con eso de ir a la destilería para entrevistarte bajo coacción.
—A lo mejor no, pero aun así quería contar la historia. Sabía que Sam me había secuestrado. Si de verdad le hubiera importado la ley una mierda, habría llamado a la policía.
Harper se muerde el labio; los ojos se le van al río mientras se apoya en la pala.
—Entonces…, si Vinny atacó al sheriff y este cree que es probable que también atacara a Sam, ¿significa que estamos a salvo?
—Yo no diría tanto, Harper. A saber lo que podría encontrar o averiguar todavía. Sí que vio la sangre en el aparcamiento y envió a un equipo para que la analizaran, así que no estoy tan convencido de que sea un inepto total.
Clavo la pala en el suelo, se oye un sonido que ya es familiar: el saco de centeno de polietileno que Arthur usó para deshacerse de todos los cadáveres que hemos localizado hasta la fecha. Los huesos parecen susurrar desde la tumba: «No estáis a salvo ni de lejos».
—Me voy a mudar a tu casa —anuncio.
Harper se queda mirando las sombras y, por un instante, espero que me suelte un no rotundo.
Joder, cómo picaría eso. Llevo todo el día dándole vueltas a la posibilidad, pero el corazón se me ha puesto en modo frenesí al decirlo en voz alta.
Aunque me rechace, no lo aceptaré, y mucho menos cuando su seguridad está en juego.
Puede que ella también sea consciente de ello, porque dice:
—¿Durante cuánto tiempo?
Me rasco el pecho. Supongo que es mejor que un no, aunque tampoco ha sido una respuesta entusiasmada, precisamente.
—Hasta que sepa que lo peor ya ha pasado.
—Dejo caer la mano a un lado—. De momento conservaré la reserva del hostal El Cabo, por si es demasiado para ti.
Pero de verdad que creo que es más seguro así.
Si los Buscasabuesos ignoran las muertes de Sam y Vinny para terminar su trabajo sobre La Pluma, quiero estar contigo.
Porque sé que en ese caso Arthur será su primer sospechoso.
Harper me mira fijamente durante un buen rato en silencio antes de asentir.
Tal vez se alegre de que esté decidido a protegerla.
O a lo mejor le preocupa que profane su santuario.
No sabría decirlo viendo esa expresión estoica que tiene.
Ambas posibilidades me reconcomen por dentro, consumen diferentes partes de mi ser.
—Cuéntame, ¿cómo vas a poner a Yates y a los voluntarios a cazar gamusinos exactamente? —pregunta al fin mientras rascamos el sedimento que queda en el saco. Harper agarra la cuerda deshilachada que cierra la bolsa y la saca del hoyo—. Podrías dejarles un rastro de huesitos.
Sus palabras se me meten en la cabeza; enraízan sin florecer, como si no tuvieran luz para crecer. Doy unos golpes con la pala en el fondo del agujero vacío, solo para asegurarme de que no queda nada más en la arena húmeda, y entonces lo vuelvo a llenar.
—Si te soy sincero, no lo sé. Ha sido un día de mierda con eso de que Yates se presentara en el hostal, el viaje relámpago a la comisaría, informar a los bomberos voluntarios y reunir todo el equipo. Me ha costado bastante aguantar el tipo. Aunque podemos sacarle beneficio si juego bien las cartas.
—Tal vez. Pero ¿y si se dan cuenta de que eres tú el que está saboteando la búsqueda?
A esa pregunta no sé qué contestar. No sería tan fácil que alguien llegara a esa conclusión, a no ser que cometa un fallo muy obvio, si bien tampoco sería la primera vez que me equivoco juzgando a la gente. Justo ahora tengo delante uno de esos errores de juicio.
—Tú… ten cuidado —dice al fin cuando el silencio se alarga demasiado—. Sé que tiene ciertas ventajas estar dentro, aunque también hay muchísimos riesgos. No me hace ninguna gracia.
—A mí tampoco, te lo aseguro.
Al girarse, veo que tiene una expresión de preocupación y duda, y es entonces cuando me doy cuenta de que tal vez no me cree. Es lo suficientemente lista como para no confiar en mí por completo. Después de todo, le he dado multitud de razones para que no lo haga.
Eso tengo que cambiarlo.
Mis pensamientos se van por unos derroteros oscuros mientras veo a Harper meter los huesos en su mochila.
¿Cómo puedo alejar la búsqueda de las huellas que hemos dejado por todo el pueblo?
¿Cómo puedo mantener a salvo su pasado y sus secretos?
¿Cómo puedo protegerla sin destruir esta vida que ha cultivado con tanto esmero?
Las únicas respuestas viables que tengo ahora mismo son las que le harán daño. Obligarla a marcharse de Cabo Masacre. Que rompa la promesa que le hizo a este pueblo. Matar a Arthur, pues cada vez es más impulsivo y eso la pone en peligro.
Tal vez no me quede más opción que herirla para salvarla, pero no estoy seguro de cuánto dolor podrá soportar. O cuánto podremos aguantar nosotros cuando la relación crezca más allá de las grietas de esta base de mierda.
Harper se vuelve hacia mí con el medidor láser y una pregunta en las cejas fruncidas, y dejo a un lado mis preocupaciones.
—El último —dice en voz baja mientras me pasa el dispositivo. Desliza los dedos por los míos cuando lo suelta, un roce que parece intencionado.
Completamos la última exhumación casi en silencio. De todos modos, ahora mismo no necesitamos palabras… Este proceso ya lo hemos repetido infinidad de veces. Sacamos a la víctima de su tumba, que no es más que un saco de huesos sin nombre, y rellenamos el hueco a toda prisa.
Y luego nos quedamos en el límite de la llanura de barro para echarle un último vistazo al cementerio de Arthur.
Hemos sacado dieciséis cuerpos del fango.
Hemos desenterrado secretos que dormían antes de que pudieran florecer.
«No confundas edad avanzada con debilidad», me dijo Harper cuando el viejo me engañó para que sacara su maletín de asesino de donde estaba escondido.
«Arthur se ha pasado décadas perfeccionando su arte. Si acaso, la edad le ha dado ventaja».
La consternación me aprieta el pecho como una mala hierba enredada.
—Bueno —me rasco la barba incipiente de la mandíbula—, voy a arriesgarme y a suponer que este no es el único campo de juegos de Arthur.
Pese a que Harper intenta que la vergüenza no se le cuele en la expresión, se le ve en la comisura del ojo cuando recorre con la mirada el terreno inundable.
—Eh…, sí.
—¿Dónde debería evitar que fisgoneen los voluntarios? —pregunto volviéndome hacia ella, aunque ella no hace lo mismo.
Se aclara la garganta.
—A lo mejor el viejo granero de la destilería.
—¿La misma destilería que está plagada de policías? Genial.
—Y también la antigua mina de plata que hay en la carretera del lago Esmeralda.
—Dios.