Temporada de cosecha (Masacre 2) INVERNADERO #3
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INVERNADERO #3

Contengo el aliento; el barro y la escasa hierba me enfrían la piel, me duele el clítoris por la necesidad que se le ha negado.

Oigo el clic del cinturón de Nolan y apenas se ha bajado los pantalones y los calzoncillos por las caderas cuando ya se está agarrando la erección con toda la mano.

Abre las piernas, se coloca delante de mi coño y me penetra hasta el fondo con una sola acometida.

—Cómo me estás torturando, joder —sisea antes de consumirme con un beso impregnado del sabor de mi flujo.

Me embiste otra vez, con toda su dureza y longitud, y me roba un gemido de los labios—.

Me he pasado todo el puto día pensando en tener tu coño en la cara y vas y me mandas ese mensaje de los cojones.

Y antes de que pueda terminar de leerlo…

sorpresa, sorpresa… pones el maldito móvil en no molestar.

—Ya —consigo decir, incapaz de formar pensamientos coherentes porque me está follando sin piedad.

Un gemido desvergonzado me vibra en los labios cuando me calienta la teta con la mano; está tan cerca del pezón que soy consciente del piercing, pero lo bastante lejos para que no me duela—.

Aunque ha estado bien eso de no… hablar.

—Cierto. Porque es tan fácil solucionar los problemas sin hablar.

—Intensifica el ritmo, el barro reseco me araña la espalda con cada embestida.

La incomodidad se mezcla con el placer que se me acumula en el núcleo, un elixir de dolor y éxtasis que solo él logra mantener en un equilibrio perfecto—.

¿Sabes qué? A lo mejor tienes razón. Las palabras no son suficientes.

—Baja las manos por mi cuerpo, se acerca más y más a mi centro con una lentitud agonizante.

Digo su nombre como una plegaria, con la voz áspera—. Creo que me debes un grito.

Su pulgar encuentra mi clítoris y jadeo porque me estoy perdiendo en otra dimensión.

Aunque las palabras fueran suficientes, ya he perdido toda esperanza de encontrarlas.

Sobre todo cuando me levanta las caderas del suelo y me penetra, o cuando me dibuja círculos alrededor del clítoris, o cuando se agacha para sellar mis labios con los suyos y me roba el aliento con un beso abrasador.

Me folla como si me odiara. Pero, con cada roce, con cada caricia, con cada susurro contenido de mi nombre, sé que me quiere.

Cualquier pensamiento de hasta qué punto debería asustarme que sea así se aleja con una embestida y otra y otra, una cadencia que va acumulando más y más la tensión de mi interior, que acaba detonando.

La euforia se traga todas las células de mi cuerpo.

Arqueo la espalda sobre el suelo. Le clavo las uñas en la carne.

Cierro con fuerza los párpados y unas volutas luminosas cruzan el lienzo negro. Y, justo como él quería, grito.

Nolan llega al mismo tiempo que yo; se estremece encima de mí.

Hasta que no me suelta el hombro no me doy cuenta de lo fuerte que me ha mordido mientras se corría en mi interior.

Aplaca el dolor con un beso lento. Solo pensar en verme mañana las marcas en el espejo me provoca una réplica de placer que me sacude entera al tiempo que él va reduciendo el ritmo de la penetración hasta detenerse del todo.

No se oye nada más en la noche, salvo el río y nuestra respiración entrecortada. Solo veo a Nolan; la piel le resplandece con una capa de sudor bajo la luz tenue de la linterna. Lo único que huelo y siento y deseo es a él.

—Acabamos de follar en el cementerio de un asesino en serie —susurro.

Suelta una carcajada, a la que le sigue un beso suave que me da antes de apartarse y salir de mi interior. Un escalofrío me recorre la piel al perder su calidez cuando se arrodilla.

—Si te soy sincero, no le veo ninguna pega. Para nada.

—Ya. Yo tampoco —digo.

Acepto la mano que me ofrece y, al incorporarse, me lleva consigo.

Luego se sube los calzoncillos y los pantalones empapados antes de atenderme de inmediato.

Se agacha y se coloca uno de mis pies en el muslo.

Estoy hecha un asco, sigo con los vaqueros y las bragas colgando de un tobillo y tengo la espalda cubierta de barro seco.

Pero a él le da igual. Se limita a desatarme la bota y a quitármela, deja mi ropa encima antes de pasar a la otra pierna.

Me cuida con tal reverencia que me duele el pecho.

Trago saliva, le pongo una mano en el hombro y se lo aprieto hasta que me mira a los ojos.

—Nolan…

Estudia mi rostro. Parece que encuentra algo, a lo mejor las palabras que yo no tengo claras en la cabeza como para soltarlas por la boca, y entonces, con cuidado, aparta mi mano.

—Mantén tu palabra, Harper —dice y me da un beso en los nudillos.

No estoy segura de que quiera, pero lo hago. Nolan me desnuda del todo. Luego me conduce más allá de la huella que ha dejado mi cuerpo en el suelo, lejos de las tumbas que hemos exhumado. Me lleva al río. Solo me mete hasta las pantorrillas y después se apoya en una rodilla.

Todavía debería rogarle que se marche. No quiero que acabe atrapado en el caos que he creado. Sin embargo, tiene pinta de que no puedo obligarlo a que se vaya. Aunque no parece lo correcto, él también quiere lo mismo que yo.

En silencio, cogiendo agua con las manos una y otra vez, me limpia el barro de la piel. Sin embargo, no puede limpiar todos mis pecados.