INVERNADERO #2
—No quiero escucharlo. No puedes cambiar cómo me siento.
—Se centra en la humedad que me brilla en las mejillas—.
No quiero que respondas nada —susurra, como si esperara que hablando más suave fuera a esconder el dolor que todavía oigo en su voz—.
La cagué desde el principio. Sé que tengo que currármelo para compensártelo.
No espero que tú sientas lo mismo por mí, y aunque sea así, no quiero saberlo.
Ladeo la cabeza; mi pregunta tácita se alarga entre mi ceño fruncido.
—No quiero dudar de si te has sentido presionada a decirlo.
Y algo me hace pensar que no estás preparada si crees que un puto mensaje va a conseguir que me vaya.
—La oscuridad le atraviesa el rostro antes de convertirse en ese tipo de anhelo que se parece al dolor físico.
Lo siento, un eco en mi pecho, como si siguiera un hilo invisible que nos une—.
Así que prométemelo, Harper. No sé si me quieres o no, pero prométeme que no me lo dirás. Al menos esta noche.
Me dejo caer contra su mano; la cubro con la mía, en un intento por asegurarle que lo comprendo a un nivel que jamás nadie podrá entenderlo.
Sin embargo, su mirada severa no flaquea, no se desvía en ningún momento.
Hasta que por fin asiento y murmuro mi juramento contra su piel.
Un destello de alivio le inunda las pupilas cuando me mira a los ojos.
Muy despacio, aparta la palma de mis labios, aunque no estoy preparada para que su piel me abandone.
—Eh… —Carraspeo. Me enderezo. Me paso las manos por las mejillas para secarme las lágrimas antes de volver a intentarlo—. Siento haberte arreado un palazo —me disculpo, pero tengo la voz demasiado rota como para sonar convincente—. Eres un puto grano en el culo, Nolan Rhodes.
Y entonces estampo mis labios contra los suyos.
Es un beso de sangre y angustia. Le envuelvo la cara con las manos y tiro de él hacia mí.
Devoro sus palabras mientras todavía le cuelgan de la lengua.
Gimo contra su boca. Puede que no me deje decir lo que siento.
Ni siquiera estoy segura de saberlo a ciencia cierta.
Solo sé que lo deseo como nunca he deseado a nadie.
Lo necesito, como si fuera una parte de mí sin la que no puedo vivir.
Así que se lo demuestro, con cada caricia, con cada mordisco y con cada gimoteo y estremecimiento de anhelo.
Lo pego a mí y le demuestro todas esas cosas que sí sé.
Nolan nos aleja del borde del agua, con pasos lentos e inseguros, hasta que estamos en tierra firme.
Se aparta con urgencia para dejarme un beso en el cuello y cuela las manos por debajo de mi camiseta para agarrarme de la cintura.
Aprieto los dedos contra las llanuras de su espalda y la otra mano se la hundo en el pelo.
—Creía que habías dicho que teníamos que mejorar nuestras habilidades de comunicación como enemigos acérrimos —susurro sobre sus labios.
—De acuerdo —dice antes de darme tal mordisco en el cuello que ahogo un grito—. Quítate la puta ropa. ¿Qué tal así?
—A mí me vale.
Me aparto solo el tiempo suficiente para deshacerme de la camiseta y dejarla caer al suelo, pero él no para de tocarme en ningún momento.
Siempre hay un punto de contacto, ya sea el agarre de sus dedos firmes por debajo de mis costillas o la suave caricia que me sube por los costados.
Con cuidado, me ayuda a quitarme el sujetador deportivo y lo lanza a una franja de hierba sin despegar los ojos de las barras de metal que me perforan los pezones.
—Creo que nunca voy a superar lo bien que te quedan esos putos piercings. —Me pasa el pulgar por debajo del pecho—. ¿Te duelen?
—Un poco. —Me encojo de hombros en un intento por contener el escalofrío que me provoca con el pulgar cuando vuelve a recorrerme la piel—. Pensaba que te ibas a pasar por casa esta mañana antes de que todo se fuera a la mierda para curármelos.
Aunque le dedico una sonrisa sugerente, no hay diversión en su expresión cuando me mira a los ojos.
—Lo siento —se disculpa. Al encogerme otra vez de hombros, sacude la cabeza—. No, debería haberme quedado. Sentía que me hacía falta un rato para pensar en todo lo que había pasado. Pero no me ayudó tanto como creía. Te necesitaba, era solo eso.
No tengo oportunidad de preguntar nada ni de decirle que entiendo lo que es necesitar tiempo, porque presiona los labios contra los míos, con urgencia y exigencia, y sus dedos encuentran la cremallera de mis pantalones vaqueros cortos.
Me los baja junto con las bragas por las caderas y deja que caigan hasta mis botas de senderismo.
Apenas logro sacar un pie de la tela antes de que él se ponga de rodillas y me arrastre consigo.
En un segundo, está tumbado bocarriba sobre la tierra húmeda y yo tengo las piernas abiertas alrededor de su cabeza mientras entierra la cara en mi coño con un gruñido feroz.
Con Nolan no hay espacio para las inhibiciones.
Le da igual que me haya pasado la mitad del día trabajando en el jardín o que esté cubierta de una capa de sudor. No creo que le importara una mierda si estuviera con la regla, si los dos estuviéramos embadurnados de sangre. Me consume y me devora como si me necesitara para vivir.
Me agarra las caderas con tanta fuerza que me hace moratones mientras succiona y muerde y acaricia y vuelve a empezar; me destroza el coño.
Es la necesidad atávica personificada; su deseo es tan salvaje que ni siquiera él puede domesticarlo.
Como si la piel fuera su jaula y el monstruo que se encuentra debajo siempre estuviera rozando la superficie, a un paso de liberarse.
Cuando echo la cabeza hacia atrás gimiendo y suelto un grito impaciente, él emite un gruñido de aprobación y me obliga a separar más las piernas.
Y, en cuanto muevo las caderas y le cabalgo la cara para perseguir el orgasmo que casi tengo al alcance de la mano, su monstruo se desata.
En un parpadeo, me doy de espaldas contra el suelo y el aire se me escapa de los pulmones con un «uf».