Temporada de cosecha (Masacre 2) INVERNADERO
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Harper

La noche está nublada, las estrellas y la luna se ocultan tras un denso manto de nubes. No hay brisa, solo un calor pegajoso que se me incrusta en la piel. Todo parece pesar más de lo que debería. Más allá de la linterna que llevo en la cabeza, únicamente hay oscuridad. El silencio. Mi corazón.

Me saco el móvil del bolsillo mientras avanzo por el sendero que conduce al cementerio de Arthur junto al río Ballantyne, que serpentea por las afueras de Cabo Masacre para desembocar en el mar.

He tardado un par de horas, pero por fin he reunido valor suficiente para quitar el modo no molestar después de que Nolan no apareciera por mi casa, como creía que haría.

Y luego he tenido que hacer acopio de aún más coraje para mirar las últimas notificaciones del Discord de los Buscasabuesos.

Más especulaciones sobre la muerte de Sam y Vinny.

Más conversaciones sobre venir al pueblo.

Más furia agitando el torrente de preocupación que me recorre las entrañas.

Al final, he dejado el móvil y me he quedado contemplando el ajedrez que tengo en el salón hasta que me he obligado a moverme.

En el fondo esperaba que Nolan viniera para discutirme el mensaje en el que le he pedido que se marche.

Aun así, no ha venido. Quizá al final ha dejado de intentar que seamos algo que nunca podremos ser.

Después de todo lo que ha pasado, ni siquiera yo estoy segura de que esté a salvo si se marcha, aunque es lo mejor que podría hacer.

Así que espero que se haya ido. «Pero no es lo que yo quiero…

es lo que los dos necesitamos», no hago más que repetirme.

Sin embargo, ese mantra se me clava en los pensamientos. Me perfora cada vez que se repite.

Me guardo el teléfono en el bolsillo y un largo suspiro se me escapa de los labios.

Es entonces cuando oigo un susurro entre el bosque, a mi derecha.

Me detengo y apunto con la linterna hacia los árboles y arbustos. No veo nada a través del denso muro de vegetación. Ni siquiera el movimiento de las ramas y las hojas.

Paso una vez más la luz por la espesura y reanudo la marcha por el sendero.

Me dejo llevar por el ritmo; tomo la última curva antes de continuar por la franja que conduce hasta la carretera cuando lo vuelvo a oír.

Me paro de repente. Ni siquiera respiro. En el barro seco del camino hay huellas de animales. No sabría decir de cuándo son… puede que pasaran por aquí hace un ratito o hace horas. Pero reconozco las marcas del oso de inmediato.

Una rama cruje a mi derecha.

—Oso —digo con voz firme.

No aparto los ojos del bosque al dejar que la mochila se me deslice por el hombro. Saco la pala plegable de uno de los laterales y la monto con un clic. Nada se mueve a mi alrededor mientras envuelvo con los dedos el espray antiosos que llevo en el bolsillo.

—Ey, oso.

Se oye otro ajetreo de hojas y, aunque escudriño la oscuridad, no veo nada.

—Oso… —Saco el pulverizador del bolsillo—. Deberías saber que tengo sabor a arrepentimiento y sueños rotos.

Silencio.

Diviso la carretera. No puedo correr más deprisa que un oso. Debería defender mi terreno, esperar hasta que la bestia aparezca o se aleje.

Tengo los nudillos blancos de apretar el mango de la pala.

Levanto la lengüeta del activador y el clip de seguridad del espray.

—Me tomaré tu silencio como un acuerdo tácito de que no soy digna de que me comas.

Se me ha acelerado el corazón; la sangre me ruge en la cabeza. Con cada latido, siento que avanzo hacia un final tortuoso.

—Que le den —siseo y salgo corriendo por el sendero.

No miro atrás. No oigo si el oso me sigue. Ni siquiera estoy segura de si he gritado. Solo me centro en la carretera y corro.

Las botas crujen contra la gravilla del arcén. Cruzo el asfalto a la carrera. Llego al arcén opuesto cuando una forma negra emerge ante mí de entre los arbustos que hay junto al camino que lleva a la orilla del río.

Ni siquiera lo pienso. Tan solo activo el espray con la mano izquierda y muevo la derecha.

Un alarido de pánico rompe la noche antes de que mi pala golpee el rostro de Nolan.

—¿Qué coño haces? —grita este al caer de rodillas y taparse la cara con las manos.

—Ay, madre mía, lo siento…

—¿Por qué siempre me rocías mierdas?

Me arrodillo a su lado y bajo el arma y el repelente de osos; luego busco la botella de agua. Todavía me tiemblan las manos cuando le vierto el contenido por la frente.

—Pensaba que eras un oso.

—Pues está claro que no lo soy.

Aunque le rocío encima toda la botella de agua, no es suficiente para aplacar el dolor. Nolan suelta una retahíla de improperios mientras lo cojo del codo.

—¿Por qué estás compuesto de un porrón de kilos de músculo? —digo con los dientes apretados, tirando de él para que se levante.

—¿Por qué eres tú tan violenta conmigo?

—Viniste a matarme —replico pasándome su pesado brazo por el hombro y guiándolo hacia el sendero que dudo que pueda ver—. Supongo que me caló hondo todo aquel discursito de: «No cometas ningún error; si yo caigo, te arrastro conmigo».

—Si no recuerdo mal, aquello fue cuando me rociaste la cara con el puto aerosol ese de ¡A la Mierda! El escozor era peor que este, por cierto.

Le doy unas palmaditas en el pecho y él gruñe.

—Cómo me alegro, Nolan.

La conversación se reduce a meras instrucciones y algunos improperios conforme avanzamos hacia el río.

Cuando llegamos a la orilla, Nolan se desprende de la mochila, se quita la camiseta y se mete en el agua.

Sale poco después para coger aire y volver a sumergirse, una y otra vez.

La necesidad inmediata de aplacar su dolor y la culpa por haberle hecho daño se van desvaneciendo cuanto más tiempo pasa en el agua y algo peor las reemplaza: el miedo.

Nolan está aquí. No se ha marchado como le pedí que hiciera. Y voy a arriesgarme y a suponer que el humor de mierda que tenía al principio del día no ha hecho más que… empeorar.

Ese temor queda más que confirmado cuando sale del río y se vuelve. El pecho le brilla cada vez que se le alza con la respiración irregular, de la nariz le cae un hilillo de sangre iluminado por la linterna que hay en la orilla.

No aparta los ojos de los míos en ningún momento mientras sale del agua.

Quizá debería volver a disculparme. O a lo mejor ayudarlo a salir del río, aunque por cómo camina contra la corriente con los pantalones empapados bajos en las caderas diría que no necesita que le eche una mano.

De todos modos, lo único que puedo hacer es quedarme ahí plantada.

Siento que todos los órganos se me caen a los pies como piedras.

Unos pies que tal vez deberían estar corriendo, pero están pegados a esta maldita orilla embarrada.

Estoy atrapada en la ferocidad de su mirada; tengo demasiado miedo para moverme mientras el depredador se acerca cada vez más, cautivada por el peligro que entraña.

—¿De qué…?

Se limpia la sangre del labio.

—¿… coño…?

Más goterones que le caen de la nariz lo reemplazan.

—¿… vas?

Se detiene tan cerca que podría tocarme, pero no lo hace. Está furioso; me observa desde arriba con una intensidad tan férrea que me cuesta no hundirme bajo el peso de su mirada.

Nos quedamos un buen rato en silencio. El labio se me cuela entre los dientes. Este tic nervioso le llama la atención. A veces incluso consigue que me toque. Esta vez no. Y me da la sensación de que está esperando a que se me acabe la paciencia.

—Estás aquí —digo al fin con una despreocupación forzada.

Suelta una carcajada sin gracia, aunque no responde.

—Estoy… sorprendida.

Ladea la cabeza.

—¿Estás «sorprendida»?

Asiento una vez.

—Cierto. Porque me escribiste y me dijiste que me marchara. —Se acerca un poco más, como si intentara grabarme las palabras en el cerebro con esa furia implacable—. Por mensaje.

Trago saliva y casi sucumbo a las ganas de apartar la mirada.

—Sip.

Nolan cubre la distancia que nos separa con una sola zancada, se detiene tan cerca que huelo el río en su piel.

—Dímelo a la cara.

—Vale. —Enderezo los hombros y alzo la barbilla—. Lárgate de una puta vez de Cabo Masacre antes de que los Buscasabuesos asomen el hocico.

Una sonrisa perversa y preciosa aparece en su rostro y por fin desvía los ojos de mí para buscar entre las sombras que hay a mi espalda, solo por un segundo. Sacude la cabeza. Luego vuelve a clavarme la mirada, aún más brutal que hace unos instantes.

—No.

El aire se enrarece. Me cuesta coger aire, pero siento que me estoy ahogando desde dentro.

«No puedo tenerlo», me digo. «No es lo que necesitamos. Me hará daño. Nos hará daño a los dos».

Cada pensamiento se me incrusta más adentro, hasta que acabo con el pecho desgarrado.

—Deberías irte —susurro; la voz se me atasca en un nudo doloroso—. Deberías…

Noto un calor repentino cuando la mano callosa de Nolan me envuelve la garganta. Lo miro de nuevo a los ojos.

—Deja de decirme que me marche, joder. No voy a irme a ninguna parte —gruñe.

—Pero…

Me tapa la boca con la otra mano, siento su palma cálida y empapada contra los labios.

—Harper, por favor. —Hay mucho más que rabia y frustración en esas tres palabras. Hay desesperación. Deseo. Tal vez incluso miedo. Percibo su pulso acelerado contra la piel. Se me cierran los ojos cuando su tacto me roza a lo largo de la mandíbula—. Déjalo ya…

El tiempo se detiene. Al abrir los ojos, lo único que veo es él. Las palabras que está a punto de pronunciar laceran una marca indeleble en mi corazón antes de que salgan a la noche.

—Harper, estoy enamorado de ti —dice.

Mi grito se pierde en su palma. Lo agarro de la muñeca para apartarlo, pero no se mueve. Sacudo la cabeza, las lágrimas se me caen de las pestañas y él sigue el movimiento sin soltarme.