Temporada de cosecha (Masacre 2) CULTIVAR
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Harper

—Cuéntame otra vez cómo ocurrió —susurra Lukas; estamos de pie junto a la cama de Arthur; la suave cadencia de sus ronquidos inunda la habitación.

—Dijo que se tropezó dando un paseo y se dio con la cabeza en un árbol —respondo.

—Pues parece que le han dado un puñetazo en la cara.

—Ja… deberías ver al otro tío —digo exagerando la voz, y le doy un codazo en las costillas como si fuera uno de esos cómicos de antes.

Por dentro, me estremezco del asco. Ni siquiera sé cómo se llamaba el turista al que Arthur mató anoche.

Pero puedo confirmar que, cuando Nolan tiró su cabeza a la trituradora de madera, todavía tenía en la jeta la marca del bastón hecho a medida de Arthur.

Aunque Nolan se encargó de meter los trozos de carne congelada en el Monstruo de las Galletas, dejó que yo lidiara con el pringue resultante.

Tardé un par de horas en enterrarlo todo y en plantar una nueva hilera de dalias encima de los restos blandos.

Supongo que al menos a mis flores les irá genial este año.

—Dios, por favor, no. Lo último que necesito es que mi abuelo se meta en peleas.

Me giro antes de que Lukas pueda ver que mi sonrisa es más bien una mueca y lo saco de la habitación.

Cierra la puerta del dormitorio con un suave clic; luego se recuesta contra la pared. Los hilos de oro del empapelado de damasco brillan bajo la luz tenue de los apliques victorianos de la pared.

—Esto es horrible —se lamenta pasándose una mano por el pelo negro como la tinta—. Primero el puto estropicio en la destilería y ahora esto.

Suelto una larga bocanada de aire y me muerdo el labio mientras veo que Lukas apoya la cabeza contra la pared y se queda contemplando el techo fijamente, como si ahí estuvieran las respuestas a todos sus problemas, por complicados que sean.

—Lo siento. Es todo culpa mía.

Me mira y suaviza la expresión a modo de disculpa agotada.

—No es culpa tuya, Harper. Tampoco es que hicieras que alguien se colara en la destilería y se matara. Y Arthur no es tu responsabilidad.

Aunque sé que el pobre intenta que no me sienta culpable, sí que me da la sensación de que he fallado.

No es consciente de que el caos de la destilería sí que está relacionado conmigo, claro.

Mi trabajo es que Cabo Masacre esté a salvo.

Es lo que juré hacer, esa promesa que ya no puedo mantener si otro turista de mierda aparece por aquí.

Por mucho que lo deteste, Nolan tiene razón: no podemos seguir matando.

Los Buscasabuesos van a venir e invadirán el pueblo en cuestión de días para buscar respuesta a las muertes de Sam y Vinny y al resto de secretos que hay aquí enterrados.

Lo único que puedo hacer es encontrar un modo de que ninguna pista los lleve a nosotros.

Por Arthur. Es mi mejor amigo. Mi mentor.

Y acabo de dejar a Lukas en la estacada.

He dejado a Arthur en la estacada. He permitido que se metiera en líos.

A pesar de lo que piense su nieto, siento que su bienestar sí es mi responsabilidad.

Pero tal vez no debería serlo. Quizá le estoy haciendo más mal que bien.

—¿Qué vas a hacer? —No puedo decir nada más sin desmoronarme.

Él me mira con cierto arrepentimiento inexorable.

—Me pregunto si es el momento de hablar con la casa de cuidados Pinos Susurrantes.

Dudo un segundo antes de asentir ligeramente una única vez y me trago el ardor que noto en la garganta.

—No significa que tengamos que internarlo ahora mismo —continúa cuando percibe lo tensa que estoy, a pesar de que me esfuerzo para no fruncir el ceño y que no se me salten las lágrimas—.

Solo quiero decir que quizá estaría bien hablar con ellos a ver qué ofrecen.

Seguro que hay lista de espera. He oído que tienen un programa de demencia estupendo.

Asiento otra vez y me obligo a sonreír. Sé que solo hace lo que es mejor para su abuelo, aunque ambos sabemos que a este no le hará ni pizca de gracia.

Poner a punto y en marcha la destilería Lancaster es una tarea colosal y la cosa no va a ser más fácil ahora que hay una investigación en las instalaciones.

Y tampoco es que me una a Arthur ningún lazo de sangre, por mucho que yo lo considere familia.

Y sé que he metido la pata. Que he abarcado demasiado.

Dentro de nada no será suficiente con hacerle la comida, traerle chai lattes dobles con leche de soja y comprobar que está bien un par de veces al día.

—Ya… A ver, merece la pena hablarlo, claro —admito, y consigo que la voz me salga firme.

Aunque en la expresión de Lukas sobrevuela una nube agridulce, intuyo su alivio.

—Vendrás conmigo, ¿no? Bueno, si quieres.

—Por supuesto.

Me pone una mano en el brazo.

—¿Por qué no te vas a casa un rato? Tú también tienes que cuidarte. Pareces cansada.

—Me halagas. Muchísimas gracias.

—Lo que quiero decir es que lo siento —dice entornando los ojos de buen humor—. No deberías echarte a la espalda tantas responsabilidades de su cuidado. Lo solucionaré, te lo prometo.

Me da un último apretón en el brazo, echa a andar por el pasillo y, después, oigo el golpe seco de la puerta principal cerrándose. Hasta entonces no soy capaz de respirar del todo.

—Como me mandes a Pinos Susurrantes, te desheredo —dice mi mentor tan cerca de mí que su aliento me sacude los pelillos del cuello.

—Por Dios santo, Arthur —siseo, y me llevo una mano al corazón desbocado mientras me giro hacia él—. Creía que estabas durmiendo.

Él hincha el pecho y clava el bastón en el suelo de parqué con un golpe decidido.

—Bueno. Al menos mis dotes como actor no han disminuido con la edad. Estoy viejo, ya ves.

Suelto una risa nada divertida.

—Sé que esa es la misma frase que le soltaste a Nolan cuando lo convenciste de que te entregara tu bolsa de asesino para llevar hasta el cementerio al turista que se alojaba en el Airbnb de Maria y matarlo. El mismo turista que acabo de hacer papilla para usarlo como compost. De nada, por cierto.

La confusión se apodera de sus iris grises como nubarrones.

—¿Quién es Nolan?

—Nolan Rhodes. El tío que conociste en el teatro cuando fuimos a ver La bella y la bestia hace un par de días.

Aunque espero que esto le refresque la memoria, no estoy segura de que dé resultado. Pero sé cómo funciona su cabeza. Le he dado información suficiente para que salga airoso si se siente avergonzado.

—Ah, sí. —Asiente con aire sabio—. El señor Rhodes.

Es un actor con talento, sin duda. No sabría decir si de verdad recuerda a Nolan o si solo ha aprovechado para repetir el apellido; sin embargo, él sigue adelante:

—De todos modos, Harper, yo debería estar en posesión de mi bolsa en todo momento.

Me está regañando, pero por nada del mundo voy a dejar que me intimide por no devolverle ese maletín lleno de armas, venenos y el diario al que se refiere cariñosamente como Libro de los muertos.

Me preocupa que me eche por segunda vez esta semana a los leones criticones, la forma en que el viejo te demuestra que lo has decepcionado muchísimo, cuando todavía debo encargarme de los malditos setos; no obstante, pasa por delante de mí y echa a andar por el pasillo.

—En cualquier caso, no me voy a ir a un asilo —gruñe mirando hacia atrás.

Lo sigo, me arden las mejillas.

—¿No crees que a lo mejor…?

—No.

—Pero Lukas…

—¿Qué «pero Lukas» ni qué ocho cuartos? Lo que le sucedió en el cementerio a ese hombrecillo horrible fue culpa suya. Él me atacó. Yo solo iba preparado. Gracias al señor Rhodes.

Me amonesta con una mirada amenazadora antes de volver a centrarse en el recibidor principal de la mansión y en el pasillo que lleva a la cocina.

Y yo sé bien que no hay que discutir con él si está de mal humor.

El Arthur al que conocí cuando llegué a Cabo Masacre hace cuatro años no es el mismo que ahora tengo delante.

Siempre fue fiero, formidable. Pero era racional.

Y esa parte de él se va desvaneciendo a pasos agigantados.

Siento que se me desgarra el corazón; es incapaz de encontrar fuerzas para latir una sola vez. Yo no soy quién para cuestionar las decisiones de Lukas. Y no está en mi naturaleza negar la autonomía de Arthur. Si hasta me sentí mal por esconderle el maletín en mi casa, aunque fuera necesario.

Tal vez una residencia sea lo mejor para él.

Tal vez saque todos sus secretos a la luz, una autopsia de todo lo que hemos enterrado.

Además, independientemente de que vaya o no a Pinos Susurrantes, ya hay bastante culpa con la que lidiar.

Culpa por no hacer suficiente. Por dejar a Arthur y a Lukas en la estacada.

Por preocuparme por lo que costará cuidarlo si permanece en la mansión Lancaster.

Por querer algo que no implique ninguna responsabilidad.

Como Nolan.

Me quedo plantada en el vestíbulo. Arthur sigue hacia la cocina sin mí; va refunfuñando y los gruñidos hacen eco por el pasillo.

Mi casa no es mía. Ni siquiera es mío el jardín ni la trituradora de madera que lo alimenta. Mis responsabilidades, mis promesas… Las hice yo, pero tampoco me pertenecen. Hasta mi nombre es la identidad de otra persona y yo apenas la habito.

Nolan es lo primero que he tenido solo para mí desde hace años. Y, aun así, ¿y si no me lo merezco? ¿Y si por eso me cuesta tanto aferrarme a él? No se trata de las promesas que he hecho o de la necesidad de mantenerlo a salvo. Es que sé que no soy digna de lo que está surgiendo entre nosotros.

Quizá nunca estuvo destinado a ser mío.

Me saco el móvil del bolsillo y abro el último mensaje que le mandé a Nolan.

«La poli está en la destilería». En cuanto lo he enviado, me he planteado decirle que huya.

He escrito un mensaje, pero luego lo he borrado y lo he vuelto a intentar.

Cuando hemos hablado por teléfono, lo he cortado de repente para no pronunciar las palabras en voz alta.

He sido egoísta. Supongo que solo quiero un poco más de tiempo.

Quedarme algo para mí sola. Y, al hacerlo, he dejado en la estacada a todo el mundo.

Respiro hondo. Paso los pulgares por la pantalla mientras escribo un mensaje que ha resonado en mis pensamientos más de una vez a lo largo del día.

Lo de Arthur está controlado. Puedo encargarme de todo lo demás sola, estaré bien.

Te lo prometo. Y quería habértelo dicho antes, pero no he podido.

A lo mejor porque hace un par de semanas me habría dado un puñetazo en la cara por decirlo…

, pero me gustas mucho, Nolan. Muchísimo.

Aun así, lo que yo quiero ya no importa.

Mucho menos con todo lo que hay en juego.

Así que deberías irte a casa, en serio. Vuelve a Tennessee antes de que vengan los Buscasabuesos.

Yo me aseguraré de que no te sigan, te lo prometo.

Será mejor para los dos. Quizá podamos con esto en cualquier otro momento. Pero ahora no.

Tengo los pies clavados en el suelo decorativo del vestíbulo. Sobrevuelo con el pulgar el botón de «Enviar» en el último mensaje. Me quedo mirando fijamente las palabras de la pantalla, cubiertas por un velo de lágrimas.

—¿Harper…? —me llama Arthur desde el pasillo.

Levanto la vista y lo veo en el umbral de la cocina.

Ladea la cabeza. No estoy segura de si me ve bien desde esta distancia, más allá de las sombras del pasillo y la luz difusa que se cuela por las vidrieras de la puerta.

Pero debe de ver suficiente—. ¿Estás bien?

Me obligo a sonreír.

—Sí. Por supuesto.

—Lamento haber sido demasiado duro contigo hace unos minutos. Es solo que… yo no… —Arrastra los pies. Aprieta y suelta un poco el bastón. Baja la mirada al suelo y tarda un buen rato en volver a levantar la cabeza—. No estoy preparado.

Se me corta la respiración. Los pedazos rotos de mi corazón se me clavan y se retuercen hasta que estoy segura de que me han arañado el hueso.

Arthur siempre elige las palabras exactas para decir lo que quiere decir, incluso ahora.

No es solo que no esté preparado para irse de su casa.

Es que no está listo para dejarse a sí mismo.

Trago saliva, aunque me duele.

—Yo tampoco.

—¿Te quedas a cenar?

El duelo es un torbellino; siempre se agita. Cuando una de las corrientes se aleja, la siguiente ya está ahí, dispuesta a inundar el hueco que se ha formado.

Miro el móvil. Me tiembla el pulgar cuando le doy a «Enviar». Por un instante, observo fijamente el mensaje. Cada segundo que pasa me corta como una cuchilla. Luego pongo el modo no molestar y me guardo el aparato en el bolsillo de atrás.

—Sí. Me encantaría —digo.

Arthur sonríe y vuelve a la cocina. Al final, lo sigo. Pero durante un buen rato permanezco ahí, atrapada en ese suelo pulido.