ARAR #3
Las ganas de atacarlo me superan. Mil pensamientos se me desperdigan por los confines del cráneo.
Podría abalanzarme sobre él. Me saca tres o cuatro dedos.
A pesar de que tendrá cincuenta y tantos, está claro que se mantiene en forma.
Aun así, podría aprovecharme de que está lesionado.
Dispararle con su propia pistola. ¿Lo conseguiría?
¿Me daría tiempo a recoger a Harper y obligarla a venir conmigo?
¿Podría ella desaparecer en una vida nueva por segunda vez?
¿O admito toda la culpa para mantenerla a salvo? ¿Me saldría bien la jugada?
Yates endereza los hombros; los ojos se le oscurecen como si pudiera leerme la mente.
—Cabo Masacre es un sitio muy pequeño, por si no te has fijado. Estoy seguro de que ya te has enterado de que anoche me apuñalaron en el hombro. Las noticias vuelan en un pueblo como este, sobre todo si la fuente de información es Irene.
Asiento una vez.
—Eso me parecía a mí —dice el hombre sacudiendo la cabeza con buen talante—. Tú eres especialista en búsqueda y rescate, ¿no?
Me aclaro la garganta cuando el corazón se me para en el pecho.
—Sí, señor.
—¿Cuándo vuelves a Tennessee?
—El 15 de julio, sheriff.
Se rasca la barba incipiente con la mano sana y mira hacia el mar. Asintiendo, alarga el momento, y a mí el pulso se me acelera en los oídos a cada segundo que pasa.
—Bueno, me vendría bien la ayuda, si no te importa.
—Eh… ¿Perdón…?
—La verdad es que no disponemos de personal para este tipo de tareas. Y agradeceríamos contar con una mano extra.
—Algo como… ¿qué?
—Un hombre ha desaparecido y su mujer está armando una buena.
Como también tenemos la investigación por homicidio en la destilería, nos vamos a convertir en un imán para la prensa.
Debemos zanjar este asunto enseguida, así que necesito a alguien que pueda organizar una búsqueda.
Alguien con experiencia. —Se da unas palmaditas en el brazo herido y me lanza una sonrisa cansada y desganada—.
Ya no estoy tan joven como antes. Esto no se me va a curar pronto…
Tendré que llevar el maldito cabestrillo como mínimo dos semanas más.
Abro la boca. La cierro. La abro otra vez, pero no me sale ningún sonido.
Yates me dedica una sonrisa desanimada.
—La verdad es que no es la respuesta entusiasta que esperaba —me dice agarrándome el hombro—, aunque lo entiendo. Estás de vacaciones y te estoy pidiendo demasiado. Creía que a lo mejor querrías hacerlo por el bien de Harper.
El pinchazo de miedo regresa y se me clava entre las costillas.
—¿Disculpe?
—Pensaba que querrías quedarte por ella. He escuchado que pasas mucho tiempo en su casa. Esto es Cabo Masacre… no se puede hacer nada sin que la gente empiece a cuchichear.
—Ya me he dado cuenta.
Me da unas palmaditas en el hombro.
—No te preocupes, hijo. Estoy seguro de que lo solucionaré.
A lo mejor nos vemos por casa de Harper; debería pasarme a ver cómo se encuentra.
Entre la caída de Arthur y ese horrible accidente que tuvo en la carrera de coches sin motor, ya tiene bastantes cosas entre manos.
Y Cabo Masacre es una «comunidad que se preocupa por los demás».
El sheriff se da unos golpecitos en la placa, en cuyo círculo interior está inscrito « Caritas Communitatis », y luego echa a andar hacia el hostal dejándome atrás. Apenas ha dado dos pasos cuando las palabras se precipitan fuera de mi boca como si lo persiguieran.
—Espere, puedo ayudar.
Yates se gira sobre los talones despacio y me observa, tiene las cejas alzadas formando una pregunta que no llega a pronunciar.
—Lo siento, solo me ha sorprendido un poco que me lo pidiera. Pero me encantaría echar una mano. Por supuesto.
Por un instante, el rostro de Yates se muestra impávido. Una máscara vacía e indescifrable que me devuelve la mirada. Y entonces parece que sus rasgos florecen, sus ángulos y líneas duras se suavizan.
—¿De verdad? —pregunta, y yo asiento—. Eso sería de gran ayuda, hijo.
Le dedico una sonrisa; una que espero que esté a caballo entre lo útil y lo sincero.
—Claro. Cuente conmigo para lo que pueda hacer.
—Genial, súbete a la camioneta.
Yates se pone las gafas de sol y se gira hacia la puerta del conductor.
—¿Ahora…?
—No hay nada mejor que el ahora, señor Rhodes. Hay que encontrar a un hombre desaparecido.
El sudor me pica en la columna vertebral. La mochila con las armas me quema en la espalda. Me quito un tirante y luego el otro mientras voy a la puerta del copiloto y me monto en el vehículo; a continuación, dejo la mochila entre los pies.
Cuando el sheriff Yates arranca el motor, empieza a sonar una canción country que no reconozco.
—Vaya, maldita sea. Casi me olvido —dice Yates girando la rueda de la radio para bajar el volumen de la música. Pulsa un botón del micrófono con altavoz remoto que lleva sujeto en el hombro herido—. Sheriff Yates, adelante, cambio.
Un instante después, la voz de una mujer habla entre el crujido de los altavoces.
—Le recibo, cambio.
—Envía al ayudante Collins y a un par de personas del equipo al hostal El Cabo con un kit de campo. Parece que hay sangre en el aparcamiento.
—Diez-cuatro.
Yates me lanza una sonrisa fugaz, sube la música y mete la marcha atrás.