ARAR #2
Un cuchillo. Un martillo. Unas tenazas. El rayador de queso que usaba para llevarme un trozo de piel como trofeo.
Al poco de llegar a Cabo Masacre, me di cuenta de que Harper no tenía un tatuaje de «Memento mori» como los tipos que iban en el coche que me atropelló, un recordatorio de la noche del accidente que se llevó la vida de mi hermano.
Supuse que tenía sentido, ya que ella había fingido su muerte y huido a Maine, mientras que ellos se habían quedado en Maryland.
La chica ya no tenía ningún contacto con ellos.
Sin embargo, eso no me habría impedido llevarme un trozo de su piel.
Dejo el rayador de queso a un lado con la mano temblorosa. Y luego saco mi libro de scrapbooking.
Siento unos latidos fuertes en la cabeza al abrirlo y me quedo mirando la última página.
Marc Beaumont, asiento del copiloto.
Dylan Jacobs, asiento trasero del lado del copiloto.
Trevor Fisher, asiento trasero del lado del conductor.
Harper Starling, al volante.
Paso un dedo por el último nombre, trazando las letras que escribí hace cuatro años. Todavía me acuerdo de lo que me embargó cuando anoté con cuidado cada palabra. Rabia. Determinación. Un compromiso inquebrantable de vengar a mi hermano, Billy, y un futuro que sentí que me habían robado.
Sin invitarla, aparece ante mí una imagen de Harper atada y a mi merced, la cual me deja sin aire en los pulmones.
Pero ese no es el tipo de sometimiento que ella ansía de mí.
Este solo sirve para destruir. Me imagino el miedo en sus ojos.
El pánico en su voz. El sudor en su frente y el dolor en su rostro.
Me imagino que tengo el rayador de queso en la mano y lo presiono contra su antebrazo, igual que hice con Marc, Dylan y Trevor.
Me imagino que le aprieto la muñeca atada con una mano y que le paso la cuchilla afilada por la piel.
Su grito desesperado me perfora la mente.
Cierro el libro de golpe y corro al baño; me arrodillo sobre las baldosas mientras el vómito salpica la porcelana blanca.
Estoy temblando cuando por fin me levanto un buen rato después, tiro de la cadena del váter y me acerco al lavabo.
Me agarro al borde y trato de tranquilizarme.
Miro fijamente mi reflejo. Los ojos inyectados en sangre.
La piel pálida, manchas rojas que se desvanecen bajo un brillo brumoso.
Podría intentar convencerme de que a lo mejor me estoy poniendo malo o que he tragado agua de mar por accidente cuando he ido a bucear para ver la caravana que revela la verdadera identidad de Harper como Autumn Bower.
Sin embargo, sé que no es por nada de eso y ya no quiero seguir mintiéndome.
Es porque podría haber matado a una mujer que no tuvo nada que ver con la muerte de Billy ni con las heridas que me cambiaron la vida para siempre.
Una mujer que ha demostrado una lealtad fiera, que está más que decidida a cumplir sus promesas, y soy consciente de que, aunque la hubiera torturado, ella no me habría dicho su nombre.
Podría haberla asesinado y todos sus secretos y verdades la habrían seguido a la tumba que cavé para ella junto al río Ballantyne.
Casi cometo el error más atroz de mi vida.
Y, pese a que dejé de hacerlo, al principio la traté con desprecio.
Le he dicho cosas imperdonables. He proferido acusaciones y palabras de odio, he amenazado su seguridad.
Y, como maté a Jake Hornell, el mazado de gimnasio imbécil que la espiaba entre las sombras, la gente hará preguntas. La he puesto en peligro.
Y no soy el único que lo ha hecho.
Entrecierro los ojos cuando el nombre de Arthur Lancaster cruza mis pensamientos como una alarma.
No solo es un riesgo para los turistas que decide que merecen desaparecer del mapa: también es una amenaza para sí mismo.
Y, lo que es aún más importante, es un peligro para Harper.
Es irracional. Violento. Y manipulador. Quizá algunos de esos rasgos ya estaban presentes antes de que le diagnosticaran alzhéimer, pero la enfermedad solo los ha empeorado y vuelto más impredecibles.
Y tal vez se preocupe más por lo que puede obtener de Harper que por la seguridad y el bienestar de esta.
Si de verdad la quisiera como ella cree que la quiere, ¿no desearía que se marchara?
¿No la liberaría de una promesa que sabe que no puede romper?
Me agarro con fuerza al borde del lavabo; los nudillos se me ponen blancos.
Por tentador que me resulte, dudo que pueda matarlo.
Harper acabaría destrozada, y soy incapaz de vivir sabiendo que fui yo quien le atestó ese golpe, aunque pudiera garantizar que ella nunca se enteraría.
No obstante, sí que tengo que alejarla de él.
Y debo asegurarme de que no vuelve a matar ni a generar más secretos que luego tendremos que enterrar nosotros.
¿Cómo lo voy a hacer? No tengo ni puta idea. Pero voy a averiguarlo, joder.
Asiento determinado ante mi reflejo, me lavo, regreso a la cama y saco el móvil mientras me siento. Harper me ha mandado un mensaje hace poco, supongo que mientras tenía la cabeza metida en el váter.
La poli está en la destilería.
Aparecen los tres puntos que avisan de que está escribiendo su siguiente mensaje. Se detienen. Aparecen y se detienen por última vez. Como no los vuelvo a ver, la llamo.
—Hola —responde al segundo tono. Capto tantas emociones bajo esas dos sílabas que caen sobre mi oído con suavidad.
—Hola. —Suelto un profundo suspiro mientras la tensión parece crujir a lo largo de la línea telefónica—. Irene me ha contado lo de la destilería. Según la rumorología, a Yates lo apuñalaron.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Quién?
—Supongo que tiene algo que ver con Vinny, pero no sé mucho más aparte de que el sheriff disparó al hombre que lo atacó. La verdad es que no quiero indagar más para no levantar sospechas.
Nos quedamos un rato en silencio y me imagino a Harper mordiéndose el labio mientras piensa en todos los escenarios posibles que pudieron haber ocurrido en la destilería.
—¿Estás bien? —pregunto.
Tarda un segundo en responder.
—Sí. Eso creo. ¿Y tú…?
Miro mi libro de scrapbooking, que descansa a mi lado sobre la cama, abierto en una hoja en blanco. La que habría usado para ella. Cierro los ojos.
—No —admito—. Estoy preocupado por ti.
—¿En serio?
—Por supuesto.
—Creía que estabas enfadado conmigo.
—Puede que un poco —digo pasándome la mano por el pelo para agarrarme la nuca—. Pero puedo estar enfadado contigo y aun así preocuparme por ti al mismo tiempo. Y, al parecer, puedo estar aún más cabreado conmigo mismo.
Ella suelta una bocanada de aire que casi suena a carcajada y que atraviesa la línea telefónica.
—Sí. Yo también, supongo.
El silencio se alarga un buen rato. Es como si las disculpas, los secretos y las revelaciones colgaran en el espacio que nos separa, pero ninguna de esas palabras parece estar lista para dar frutos.
—Lukas está que se sube por las paredes por lo de la destilería.
Está volviendo a la mansión. He quedado con él ahí…
Estoy segura de que tendrá preguntas sobre el estado de la cara de Arthur, a menos que pueda convencer al viejo de que se eche una siesta antes de que llegue. Te mantendré informado, si quieres.
Asiento, aunque no puede verme.
—Vale, eso sería…
—Tengo que dejarte. Hablamos luego —dice y, justo cuando estoy cogiendo aire para decir su nombre, cuelga.
Suelto un largo suspiro mientras miro fijamente el teléfono.
Arranco todas las páginas del libro de scrapbooking hasta que solo quedan las hojas en blanco. Las quemo en la bañera mientras observo los recuerdos que perecen en las llamas.
Cuando las cenizas desaparecen por el desagüe, guardo lo que queda del cuaderno en la mochila, junto con las armas, y salgo de la habitación.
Dejo atrás el suave ronquido de Irene que sale del despacho que hay al lado de la recepción; voy pensando en todo lo que debo hacer hoy.
Volveré a casa de Harper. La ayudaré con Lukas y con Arthur.
Vamos a empezar a hablar de este embrollo en el que estamos metidos.
A averiguar cómo atar los cabos sueltos.
A lo mejor hasta consigo convencerla de que se venga a Tennessee conmigo, al menos durante un tiempo.
La determinación me hace cruzar las puertas del vestíbulo y salir al sol, pero mis pasos flaquean cuando veo que la camioneta del sheriff está aparcada al lado de mi SUV.
La urgencia de volver a entrar en el hotel casi se apodera de mí; sin embargo, la puerta del conductor se abre y Yates baja del vehículo.
Justo lo que necesito. Se gira para lanzarme una sonrisa reluciente al tiempo que se quita las gafas de sol de aviador.
Me obligo a cruzar el aparcamiento, la mochila con las armas me pesa más con cada paso que doy hasta que me detengo ante él.
—Señor Rhodes —me saluda. Cierra la puerta de la camioneta; las botas de vaquero raspan la línea blanca manchada de sangre. Lleva el brazo pegado al cuerpo y sujeto con un cabestrillo—. Justo el hombre que estaba buscando.
El corazón me retumba contra las costillas.
—¿De verdad?
—Sí, por supuesto, hijo.
Rasca la mancha con las botas cuando se gira para mirarme de frente.
Aunque no bajo los ojos a la marca que está pisando, a él sí que le llama la atención y agacha la cabeza y aparta los pies para ver mejor los goterones y manchurrones.
Al levantar de nuevo la vista, una sonrisilla le alza la comisura de los labios.
Por un instante me consuela que no sea tan incompetente como asegura Harper, pero ese alivio se evapora enseguida cuando me dice:
—Tengo un par de preguntas que hacerte.