ARAR
ARAR
Nolan
Paralizado. Estoy paralizado.
Siento que tengo el cuerpo anestesiado mientras me alejo con el coche de la mansión Lancaster y regreso al hostal El Cabo.
Necesito distanciarme un tiempo de esa maldita casa si quiero albergar la esperanza de solucionar este embrollo.
No estoy seguro de si pretendo mantenerme alejado de Harper mucho tiempo o si podré hacerlo.
Parece que haya un hilo invisible que siempre me arrastra hasta ella.
Pero tampoco puedo quedarme ahí sin que toda esa movida se nos eche encima.
Debo mantenerla a salvo y no puedo hacerlo si no soy capaz de pensar con claridad cuáles son los siguientes pasos.
Cuando aparco, tardo un buen rato en bajarme del coche.
Me quedo sentado sin más, mirando fijamente el agua oscura que se extiende hacia el horizonte; el sol de media tarde se refleja en las olas.
Pero en realidad no lo estoy viendo. Estoy buscando a Harper en mis recuerdos.
Busco su presencia en esa noche de hace cuatro años cuando me dejó tirado en la carretera, aunque tal vez no en el sentido que creía antes.
Tendría el pelo rubio. A lo mejor habría destacado entre las sombras de los árboles que bordeaban la cuneta.
Por desgracia, da igual con cuánto ahínco la busque: no la encuentro en mi memoria.
Solo hay dolor y sufrimiento y miedo. Apenas un destello de su rostro bajo las luces del salpicadero; un truco del tiempo, un pasado distorsionado. Nunca fue ella.
Suelto un suspiro pesado, salgo del vehículo y cojo la mochila.
La plaza de al lado del SUV está vacía. Hay una mancha en el suelo que cruza la línea blanca que delimita los espacios de aparcamiento.
No es de aceite ni de refrigerante, aunque podría parecérselo a cualquiera que pase por aquí.
Es sangre seca, y hay un montón. Aquí es donde Harper debió de darle a Vinny en la cabeza.
Tal vez lo asesinó. Pero no importa si anoche lo mató o no: nuestra conexión con gente asesinada o desaparecida está por toda la ciudad, si alguien se molesta en prestarle la atención suficiente.
Tomo nota mental en mi lista de tareas pendientes que no hace más que crecer: limpiar esa mancha por la noche cuando nadie me vea, y luego voy hacia el hostal.
Al entrar en el vestíbulo, Irene está terminando de hacer el check-in de una pareja que ya va en dirección a las escaleras con las maletas.
Tendrán más o menos mi edad. La mujer lleva un diamante brillante, pero ninguno de los dos lleva alianza de matrimonio.
Se sonríen el uno al otro cuando se giran lo suficiente y logro verlos de perfil.
Dudo que sean Buscasabuesos… La verdad es que no tienen pinta de ser detectives de sillón que han venido a buscar respuestas por las muertes de Sam y Vinny.
De todos modos, quizá sea demasiado pronto para que los investigadores aficionados hagan acto de presencia.
Ya llegarán. Y a lo mejor entonces no resulta tan fácil distinguir a los recién llegados inofensivos de los que suponen una amenaza.
Yo tenía razón: debemos deshacernos de las pruebas. Y tengo que empezar con las mías, el rastro que lleva directo a Harper Starling y a la mujer que vive a su sombra.
—Señor Rhodes —me llama Irene. Me vuelvo hacia ella, y de repente me doy cuenta de que a lo mejor me he quedado mirando a esa pareja demasiado tiempo—. ¿Se encuentra bien?
Hago todo lo que puedo por mostrar una expresión relajada.
—Sí, señora.
—Sí que tiene usted la habitación ordenada. Al principio pensé que se había marchado y, por alguna razón, se me había olvidado.
—No, señora, es solo que… —titubeo cuando Irene alza las cejas.
Sospecho que ya sabrá que paso mucho tiempo con Harper, pero no quiero fomentar futuras especulaciones.
Más cuchicheos. Más ojos volviéndose hacia ella con preguntas.
Se me revuelven las tripas; es una sensación desagradable—.
No me gusta el desorden. Se me ocurrió llevarlo todo a la lavandería.
Nota mental: dedicar una tarde a echar mil horas en la lavandería.
—Debe de venirle de cuando estuvo en el parque de bomberos. Mi nieto Jamie es bombero en Atlanta. El pobre no sabía ni hacer la cama antes de acabar ahí. Ahora tiene la casa impoluta.
Aunque no debería sorprenderme que sepa ese detalle sobre mi pasado, el cual le podría haber contado Sam, tampoco me entusiasma. Cuando sonrío, siento que la sonrisa se me descascarilla por los bordes.
—Bueno, será mejor que me vaya…
—Oiga —me interrumpe; tiene dos arrugas profundas entre las cejas. Se sube las gafas por el puente de la nariz y siento que me está evaluando. Escudriñando—. ¿Se ha enterado de lo que ha pasado? ¿Con Sam? ¿Y su ayudante?
—Sí, algo he oído, pero no sé muchos detalles —digo mientras me meto las manos en los bolsillos y me acerco al mostrador de recepción con pasos lentos y uniformes.
El corazón se me revoluciona en el pecho.
Me da miedo descubrir que no sirvió de nada que nos esforzáramos en que la muerte de Sam pareciera un accidente.
Aun así, es una información que estoy desesperado por conocer—. ¿Sabe usted algo?
—No demasiado, solo que están investigando en la destilería.
Asiento. Las ganas de sacar el móvil casi pueden conmigo. Si están indagando en la destilería, Harper tiene que saberlo, si es que no lo sabe ya. De todas formas, no le escribo. Espero a que Irene continúe.
—Es que están renovando la destilería —explica al fin cuando el silencio se alarga demasiado—.
Yo al principio pensé que había sido un accidente por las obras; luego me enteré de que el sheriff Yates está en el hospital y parece que las heridas son graves.
Alguien dijo que uno de los hombres lo apuñaló y él le disparó. ¿Se lo puede creer?
Apago la pequeña llama de esperanza que encienden sus palabras antes de que se intensifique más.
Tengo que admitirlo: después de haber hablado con Yates un par de veces, dudaba cuando Harper afirmaba que era un inepto.
Pero a lo mejor tiene razón si el tío ha conseguido que un puto investigador amateur lo apuñale.
Sin embargo, mi estupor es real cuando pregunto:
—¿En serio?
Irene se encoge de hombros.
—A saber. Los cotilleos pueden distorsionarse bastante en un sitio como este.
—Chasquea la lengua y sacude la cabeza, como si lo que ella estuviera diciendo no tuviese nada que ver con la rumorología, solo con hechos—.
Pero lo más probable es que no tardemos mucho en averiguar lo que pasó en realidad.
Al final, la verdad siempre encuentra un modo de salir a la luz.
Sus palabras se me adhieren al cerebro como el alquitrán, una capa pegajosa que me enturbia los pensamientos.
—Seguro que sí —asiento—. Con suerte, todo se sabrá pronto.
Me despido con un gesto de la cabeza y voy hacia mi habitación.
Me siento incapaz de respirar del todo hasta que la puerta se cierra detrás de mí. Incluso entonces me da la sensación de que el miedo me oprime el pecho, como un tornillo que se niega a aflojarse. Y en el centro de todo se encuentra Harper.
Durante un buen rato, me quedo plantado sin más en medio del cuarto, dándole vueltas a todas las preocupaciones, los deseos y las emociones que en cierto modo están relacionados con ella.
Está entretejida en el lienzo de mi vida.
Y, aun así, aunque me cabrea y me intriga y me aterra, sigo sin saber quién es esa chica en realidad.
Cuando por fin me libero de la apatía, escaneo la habitación y me doy cuenta de que no tengo nada de alcohol.
Me vendría bien una copa para adormecer el nido de avispones que se ha quedado a vivir en mi cráneo, al menos durante un ratito.
Me siento en el borde de la cama, me quito la mochila y la dejo entre mis pies.
Luego me la quedo mirando sin pestañear y me animo a echar un vistazo dentro.
No la he abierto desde que Harper me la devolvió.
Antes el corazón se me aceleraba de la emoción cuando sacaba las armas que guardo en ella o al ampliar mi libro de trofeos con mapas y fotos, nombres y los crímenes que habían cometido, trozos de piel curtida que cosechaba de mis víctimas.
Pero ahora, cuando miro mi mochila, me acuerdo de todo lo que tenía pensado hacerle a Harper cuando vine y solo siento pánico.
Respiro hondo, aunque no me calmo lo más mínimo; agarro la cremallera y la abro despacio. Cada tic de los dientes de metal al apartarse es como una cuenta atrás hacia un destino aciago inevitable.
Una vez abierta la mochila, meto la mano y saco el nunchaku con el que maté a Jake Hornell.
Incluso entonces intenté convencerme de que no lo hice porque estuviera espiando a Harper en un momento íntimo y privado sin el conocimiento o consentimiento de esta.
Me dije a mí mismo que fue porque quería asustarla con sus miembros cercenados.
La verdad pura y dura es que no estoy seguro de lo que habría hecho si ese chico no se hubiera cruzado en mi camino aquella noche. Pero, en ese instante, los celos y la necesidad de proteger a Harper superaron a las ganas que tenía de matarla.
Paso los dedos por el cable fino. ¿Y si Hornell no hubiese despertado algo en mi interior? ¿La habría matado? Tal vez sí. Después de todo, vine para eso.
Dejo caer la cabeza y cierro con fuerza los párpados; permito que la verdad me cale en el tuétano antes de colocar el nunchaku en la cama y coger la siguiente arma.