Temporada de cosecha (Masacre 2) TRILLAR #3
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TRILLAR #3

Durante un buen rato, ninguno de los dos hablamos; solo intercambiamos una larga mirada que se vuelve más pesada por segundos.

—Entonces, supongo que, si estás dispuesta a morir por mantener una promesa, vas a seguir en el pueblo, aunque te diga que deberías marcharte. ¿Me equivoco?

Me encojo de hombros en un intento por conciliar y él se tapa los ojos y un suspiro cansado le llena el pecho.

Una parte de mí quiere cabrearse con él solo por haberme propuesto que incumpla la palabra que le di a Arthur.

No hay muchas personas en el mundo dispuestas a mantener una promesa, aunque salga caro. Yo soy una de ellas.

—Nolan, soy consciente de los riesgos. Yates podría sacarse la cabeza del culo en cualquier momento y darse cuenta de que el rastro de Sam y de Vinny, e incluso de este tío, lleva directo a nosotros —digo mientras señalo otra vez el cuerpo que tengo a los pies—.

Pero no puedo abandonar a Arthur. En cambio, tú… tú sí puedes largarte cuando quieras.

—¿De verdad lo piensas?

—Ni siquiera eres de aquí. Eres un turista.

Un destello de pesar le cruza la mirada. Mis palabras le han hecho más daño de lo que pretendía. Controla el dolor, pero todavía queda un eco.

—No lo entiendes, ¿verdad? —pregunta—. No voy a irme a ninguna puta parte, Autumn…

—Harper.

Se me calienta el pecho. Me arde la piel. Una nueva oleada de lágrimas me acude a los ojos.

—Si te quedas aquí, vas a tener que enfrentarte a ella.

—Nolan me agarra por los hombros. Agacha la cabeza para mirarme a los ojos, como si pudiera obligarme a ver el mundo como lo ve él si estamos en el mismo plano—.

Van a venir más Buscasabuesos. Ahora que Sam y Vinny han muerto, van a abalanzarse sobre Cabo Masacre y solo es cuestión de tiempo que descubran quién eres, si es que el sheriff Yates no lo hace antes.

—¿Por eso estás tan cabreado conmigo?

—Me revienta que no me dejes cuidarte, me lo pones imposible.

—¿Quién ha dicho que necesito que me cuides?

—Yo. Lo dije cuando fuimos al parque, al salir del teatro. Y era en serio, joder.

Es la primera vez que la idea de que él también haya hecho una promesa penetra mi armadura.

Y a lo mejor es como yo…: pretende cumplir con su palabra.

Nunca me había planteado que estuviera dispuesto a defender sus promesas con la misma fiereza con la que yo defiendo las mías.

Y ese sufrimiento que veo en su rostro, esa angustia y esa determinación me resultan familiares.

Es la misma expresión que veo en el espejo cuando me limpio la sangre y sopeso mis crímenes contra mi pasado y mi futuro.

Es igual que yo: está dispuesto a jugarse la vida por un juramento.

Pero no importa cuánto lo intentemos, a lo mejor nuestro destino no es conseguirlo.

Sobre todo, porque se oye una sirena en la distancia.

Es un sonido repentino. Nolan me clava los dedos en los hombros.

Abre los ojos como platos y estoy segura de que yo hago lo mismo.

Se me cristaliza la sangre; el hielo danza bajo mi piel.

Cientos de preguntas se me pasan por la cabeza en este instante.

¿Viene hacia aquí? ¿Deberíamos correr? ¿Podemos escondernos?

¿Cómo podría explicar que hay un cadáver a mis pies?

¿Y cómo puedo proteger al hombre que tengo delante o al que vive en la colina?

—Es una ambulancia —aclara Nolan un segundo después, rompiendo un momento que parece haber durado años.

Aunque ambos sepamos que así no suena la sirena de la policía, sigo notando un temblor en el cuerpo, un subidón de adrenalina que se niega a aplacarse. Y no creo que él se sienta mejor al respecto teniendo en cuenta el modo en que el pulso le late en el cuello.

—Todo está bien. Estamos bien —afirmo con la respiración entrecortada—. ¿Verdad…?

Nolan traga saliva. Apartamos la vista el uno del otro, ya que nos habíamos quedado atrapados, y centramos la atención en el cuerpo desmembrado que hay encima de la lona.

El cuervo le arranca un jirón de carne congelada a un hueso.

Cuando Nolan y yo volvemos a mirarnos, él me aparta las manos de los hombros y deja tras de sí un escalofrío aún más profundo.

—Tenemos que cubrir nuestras huellas. No dejar nuevas —dice, y luego me quita los guantes antes de echar a andar en dirección al tractor para arrancar el motor—. Así que se acabaron los asesinatos.

Después de un segundo, asiento. Podría ser una declaración de intenciones. Pero, en un pueblo como Cabo Masacre, no creo que sea una promesa que ninguno de los dos esté dispuesto a hacer.

Sigue cabreadísimo. Casi siento el calor de su rabia en el espacio que nos separa. Y aunque por dentro le ruego que se me acerque, que me abrace, él se pone los guantes y va hacia la lona.

Cacho a cacho, introduce el cuerpo en la trituradora de madera, mientras el nudo de pavor que noto en el estómago se retuerce más con cada trozo de carne congelada que se traga la máquina. Y, cuando por fin acaba, se marcha sin añadir ni una sola palabra más.