TRILLAR #2
Nolan me observa, esperando, y creo que sería capaz de quedarse así una eternidad si ese es el tiempo que tardo en bajar las defensas.
Se acabó huir del pasado, al menos cuando se trata de él.
Me ha arrinconado en el refugio de las sombras.
Y tal vez estaría bien dejar que entre un resquicio de luz.
—No podía —susurro al fin—. Lo siento.
—Lo sientes —repite, pero la entonación no es como me esperaba después de la furia que parece estar comiéndoselo vivo—. Que lo sientes.
—¿S… Sí?
En un segundo me pone las manos en las mejillas, me enmarca el rostro con su calidez.
Le brillan los ojos, una franja reluciente en la línea de las pestañas.
Frunzo el ceño. Una vez Nolan consigue reunir la compostura para decir las siguientes palabras con los dientes apretados, se detiene entre una y otra, como si necesitara grabármelas en el alma.
—Casi te mato.
Siento que me han arrancado de mi eje y ya nada tiene sentido desde este ángulo.
Sabía que quería asesinarme cuando nos conocimos, pero es diferente que lo admita con una expresión de angustia.
Claro que trató de borrarme del mapa. Pensaba que yo era Harper Starling, la mujer que se cargó a su hermano, y le permití que siguiera creyéndose la mentira.
Me obligo a sonreír; es un gesto frágil, a punto de resquebrajarse.
—A ver… a lo mejor tú planeabas hacerlo, pero yo también tenía muchas papeletas para matarte primero.
—Este intento tan soso de darle un toque de humor al asunto no aplaca ni lo más mínimo la tormenta que se fragua tras sus ojos—.
No creo que le hayas puesto demasiadas ganas, si te sirve de consuelo.
—No.
—Eso me parecía a mí.
—¿Cabe la posibilidad de que sintieras que tal vez sería una buena idea compartir conmigo en algún punto ese detalle insignificante sobre tu verdadera identidad?
—pregunta—. ¿O pensabas no decir nada en la vida?
¿Ibas a permitir que siguiera pensando que mataste a mi hermano y casi me matas a mí?
Creía que eras la mujer que nos dejó tirados…
—Pero es que os dejé tirados —admito; mi confesión flota en el aire.
Uno de mis peores recuerdos es abandonar a Nolan en aquella carretera hace cuatro años para que muriera solo. Tal vez no tuviera elección cuando perdí a mis padres o a Adam… porque entonces no tenía forma de ayudarlos. Aunque a Nolan sí pude ayudarlo. Y decidí no hacerlo.
Me pica la nariz, me arde la garganta. Nolan no es el único al que están a punto de caérsele las lágrimas.
—Te vi. En la carretera. Estaba acampando cerca y oí el choque y los gritos. Escuché a unos chicos entrando en pánico y a una mujer discutiendo con alguien. Cuando llegué, los tres tíos corrían hacia un sendero que se alejaba de la carretera. El coche se había largado. Tú estabas…
Sacudo la cabeza, pero Nolan no me suelta como pensaba que haría.
Su calor firme todavía me cubre las mejillas como una manta y, aunque intento bajar la mirada, sus ojos me perforan, se niegan a dejarme marchar.
Siento que trata de rescatar el recuerdo perdido.
Y lo mínimo que puedo hacer es darle las piezas para que rellene los huecos.
—Gritabas —empiezo de nuevo mientras la primera lágrima se me desliza por la cara—.
Eran unos chillidos aterradores que solo había escuchado una vez en la vida.
Como si te estuvieran desgarrando. Como…
como si no fueras a salir vivo de esa. Y me dio miedo.
Me aterró lo que pasaría cuando la gente descubriese quién era yo.
Un aluvión de culpa me recorre entera, me quema con un beso de ácido. Pero, en cierto modo, hay libertad en la herida abierta que deja a su paso.
—Oí otro choque en la carretera y te dejé ahí.
Corrí a ver qué había ocurrido. Había una mujer al volante.
En cuanto abrí la puerta, olí el alcohol.
Cuando encontré su cartera en el bolsillo, saqué su carnet de conducir y me di cuenta de lo mucho que nos parecíamos.
—Me encojo de hombros; sigo intentando evitar el escrutinio de Nolan—.
El coche estaba ahí balanceándose, a punto de caer por el acantilado.
Pensé que nadie echaría de menos a otra conductora borracha, así que me quedé con el carnet y la lancé por el precipicio.
Por el rabillo del ojo, veo que Nolan sacude la cabeza, aunque todavía soy incapaz de mirarlo a los ojos.
—¿Por qué?
—Todo el mundo deseaba algo de mí: los periodistas, la gente en redes sociales, los yonquis de los crímenes reales, incluso una puta marca de ropa que me quería de modelo para sus camisas de cuadros…
Ya era agotador de por sí. Se me ocurrió que, si me hacía pasar por otra persona y me ceñía a trabajar en B, podría escapar de mi pasado. Durante un tiempo.
Nolan aparta las manos de mi rostro soltando un largo suspiro y baja la barbilla al pecho.
Se da la vuelta y sacude la cabeza mientras mira a lo lejos.
Aunque en algunos sentidos siento que me he quitado un peso de encima, otra carga se desliza en el hueco que me ha quedado en el pecho, más pesada a cada momento que Nolan sigue de espaldas a mí.
Cuando por fin se gira para observarme, continúa teniendo una expresión atormentada.
—¿Por qué no me lo has contado antes?
—No te ofendas, pero eso de poner la cabeza de un tío decapitado en el comedero para pájaros no me dio mucha confianza ni me inspiró demasiada seguridad —contraataco—. Te has pasado la tira de años cazándome. ¿Me habrías creído si te lo hubiera contado?
—Todos los días luchaba contra el impulso de agarrarte del pescuezo y apretar hasta que te murieras entre las palmas de mis manos. Y lo sabes. Eras consciente de ello, te lo veía en los ojos. ¿No crees que habría valido la pena intentarlo?
—No podía —susurro y él me responde con una mirada cruel y cargada de dudas—. Se lo prometí a Arthur…
—Me cago en todo…
—Le di mi palabra, Nolan. Puede que para otros eso no significa nada, pero para mí sí. Juré no contarle a nadie quién soy en realidad.
—¿Aunque te matara? —me pregunta; no respondo, me muerdo el labio inferior por dentro hasta que el sabor a hierro de la sangre me serpentea en la lengua—. ¿Quién más lo sabe?
—Lukas.
Nolan suelta un suspiro exasperado mientras se aparta y se pasa una mano por el pelo; los mechones que el sol le ha aclarado atrapan la luz entre el resto del cabello marrón chocolate.
—Fue él quien me ayudó a deshacerme de la furgoneta. Pero no sabe nada más sobre… esto. —Señalo hacia el montoncito de miembros cercenados que hay en el suelo—. Tampoco sabe lo de las inclinaciones de su abuelo hacia la caza. Cree que solo es… estrafalario.
—Eso es decir mucho —dice Nolan, casi a punto de soltar una carcajada burlona.