Capítulo 61
Es curioso cómo los recuerdos vuelven a tu mente como si jamás se hubieran ido […
] Se quedan esperando en un rincón […] y resurgen para recordarte que cualquier tiempo pasado fue siempre mejor.
O quizá no, tal vez solo se alían con la nostalgia para engañar a tus sentidos […
] cuando en realidad no son más que una distorsión de la verdad.
El pasado no es mejor, es diferente. Los recuerdos solo hacen que añoremos la felicidad que sentimos antaño; nadie recuerda con nostalgia momentos de dolor.
–La última muerte en Goodrow Hill, Santiago Vera
A quella noche, me revolví en mi vieja cama sin poder conciliar el sueño. No dejaba de pensar una y otra vez en mi encontronazo con Alexis. Cerraba los ojos y era como si viera un vídeo en bucle. Una y otra vez la misma escena reproduciéndose.
Alexis había comprado el traspaso del chiringuito de una de mis playas favoritas.
Alexis estaba a unos pocos kilómetros de mí.
Las lágrimas se agolparon en mis ojos por quincuagésima tercera vez. Suspiré sonoramente, me revolví en la cama una vez más y me acerqué a Aitor para buscar calor, cobijo y paz.
—No puedes dormir —murmuró Aitor medio dormido en mi oído con su cuerpo pegado a mi espalda. Deslizó su mano hasta encontrar la mía y la entrelazó.
—Perdona por despertarte. —Me giré para mirar a Aitor. En cuanto mis ojos encontraron los suyos de colores en la penumbra, mi ansiedad se disipó un poquito, pero el sueño seguía a años luz de querer vencer a mi cerebro.
—Escribir sana —susurró Aitor mirándome con intensidad—. Escribe, Ádriel. Escribe y deja salir todo.
Acarició mi rostro con ternura y me regaló una sonrisa de medio lado.
Él sabía que dejé de escribir por Alexis.
Que durante años guardé todo lo que sentí, lo que viví, lejos para que no doliera.
Que Alexis me marcó como ninguna persona antes.
Tal vez Aitor tuviera razón. Tal vez debía dejar salir todo y que los recuerdos dejaran de atormentarme.
Enfrentar al miedo de que rescatar algún recuerdo de ese bonito año que vivimos juntos, me destrozara una vez más.
Asentí. Tenía razón. Escribir sana. Me levanté de la cama con decisión y busqué un cuaderno en mi antigua mesa.
Sabía que aún habría alguno en el cajón.
Encontré un bolígrafo verde con suficiente tinta como para pasarme escribiendo la noche entera.
Miré la cama y la mesa vacilante. Quería que Aitor pudiera dormir, también poder taparme con la sábana y acurrucarme a su lado para que si escribir dolía, lo hiciera menos en mi refugio junto a él.
—Ven conmigo. —Aitor palmeó mi sitio a su lado al notar mi indecisión—. En cuanto te note más relajada, prometo dormirme.
Asentí y caminé con mi cuerpo entero temblando por el nerviosismo. Me metí en la cama con torpeza y Aitor me tapó con mimo.
—Gracias por entenderme y por estar, Aitor —dije con un nudo en la garganta, a punto de estallar en llanto por los sentimientos tan bonitos que mi chico despertaba en mí. Con él siempre me sentía arropada.
—Siempre —contestó antes de besar mi hombro—. Te quiero. Y recuerda: escribir sana.
¿Cuántas personas pueden decir que tienen a su lado a la persona perfecta para ella?
Aitor es esa persona. Cualquiera podría haber montado un pollo al ver cómo actué frente a Alexis.
Sin embargo, no Aitor. Él me apoyó y estuvo para mí.
No me echó en cara que mi ex provocara que tuviera un ataque de pánico después de cinco años sin vernos.
No. Aitor debía ser de otro planeta. Uno en el que ponerse en el lugar del otro y entender sus emociones, decisiones y pensamientos estaba a la orden del día. Adoré aquello de él.
—Gracias por ser hogar —susurré y Aitor me besó los labios con ternura.
Encendí la linterna de mi móvil e iluminé el cuaderno delante de mí.
Aitor, con su mano apoyada a mi muslo, trazó círculos, cada vez más despacio hasta que se quedó quieto.
Se había dormido. Sonreí, le besé la frente con mimo y me centré en el cuaderno.
Busqué la primera hoja en blanco, quité la tapa al bolígrafo y con un gran suspiro dejé que los recuerdos inundaran mi presente.
Que los sentimientos, que durante años escondí, volvieran a aparecer.
Sabía que el tiempo había distorsionado algunos momentos.
También los sentimientos. Pero no me importó.
Lo que necesitaba era escribir y después de eso, nunca más dejar de hacerlo. Porque escribir me gustaba.
De pronto, parecía que era aquel día otra vez: cuando Alexis y yo nos prometimos que estaríamos juntos, el uno para el otro para siempre. Siempre puede ser finito. Nuestro siempre lo fue.
Necesitaba escribir. Dejarlo salir.
Era hora de escribir nuestra historia.