Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 62
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Capítulo 62

La gente no cambia. Al menos, no del todo. Disimula, trata de evolucionar y mejora con el paso del tiempo.

H an pasado menos de doce horas desde el momento en que Alexis volvió a entrar abruptamente en mi vida, rompiendo con lo establecido.

He conseguido dormir tres horas, las suficientes para aguantar el día de hoy. Estar en La casa , me trae sosiego. No sé si porque es mi casa segura o porque estamos todos juntos, sentados en la mesa mientras desayunamos. Estar rodeada de gente me hace dejar de lado mis pensamientos.

Llaman a la puerta y dado que ninguno está dispuesto a renunciar a su desayuno por abrir, lo echamos a suertes.

Como me ha mirado un tuerto, pierdo, pero un chiste malo de Cristian me saca una sonrisa mientras me levanto y voy hacia la puerta.

Abro con la sonrisa aún intacta en el rostro, que muere en el mismo momento en que veo quién está al otro lado.

—Hola, Ádriel.

El corazón se me para, se me nubla la vista y la boca se me seca.

No es posible.

Lo que tengo ante mis ojos es un fantasma. No es posible que ella esté frente a mi puerta después de tantos años.

No ha cambiado nada. Absolutamente nada.

¿Qué hace ella aquí? ¿Cómo sabe dónde estaríamos? ¿Por qué ha venido?

Ella me mira de hito en hito, espera una respuesta por mi parte que no llega. En su lugar, llamo a mi mejor amigo:

—¡Gelo! —grito queriendo que la voz no se me quiebre y que las lágrimas contenidas en mis ojos no caigan.

—¿Qué pasa, niñita? —pregunta Gelo risueño hasta que llega a la puerta.

Su felicidad muere al ver a la mujer frente a nosotros.

Se queda de piedra tras de mí—. ¿Qué haces aquí?

—inquiere con miedo reverberando en cada palabra pronunciada, también con una pizca de sorpresa y tal vez un poco de alegría y esperanza contenida que no me mola un pelo.

Nuestras manos se encuentran y nos las apretamos con fuerza.

En ese mismo instante, la puerta del jardín se abre y fijo la vista en la silueta que entra de manera despreocupada.

No. No puede ser.

Él.

—Hola —saluda al vernos en la puerta.

¿Qué hace él también aquí?

Mi corazón late como un loco mientras los peores pensamientos se forman en mi cabeza y la respuesta aparece en cuestión de segundos: Han venido a por nuestros niños, para llevárselos con ellos. Nos quieren separar. ¿Si no a santo de qué han aparecido? No puede haber otra explicación.

Comienzo a no poder respirar.

Me siento superada.

Aprieto la mano de Gelo con más fuerza mientras mi cuerpo entero empieza a temblar. La sangre se drena de mi rostro y sintiéndome vulnerable, huyo.

Aparto hacia atrás a Gelo, cierro la puerta de un portazo y apoyo mi espalda en la puerta mientras cierro los ojos con fuerza.

No es posible que estén aquí. No puede ser.

Me centro en respirar.

—¿Chicos? —pregunta la voz de Almu —. ¿Estáis bien?

No soy capaz de moverme, de abrir los ojos o de hablar.

No puedo. A Gelo le debe pasar lo mismo, porque su mutismo es igual de grande que el mío.

Escucho sillas moverse y pies venir hacia nosotros en tropel.

Alguien coge mis manos y las aprieta. Intento abrir los ojos, pero no puedo.

Si los abro no puedo asegurar que pueda retener todas las lágrimas que amenazan con escabullirse de mis ojos.

Son demasiadas. También son demasiados los acontecimientos de las últimas horas.

No puedo enfrentar todo a la vez. No me veo capaz.

Noto a mi familia arremolinarse a nuestro alrededor, cuchicheando entre ellos, intentando hacernos hablar.

—¿Qué ha pasado? ¿Quién está ahí fuera? —demanda Almu.

—Están los dos —murmuro con la ansiedad consumiendo mis palabras.

Mis piernas comienzan a fallar y dejo que mi cuerpo se derrita y mi espalda se deslice por la puerta hasta quedar sentada en el suelo. Gelo no separa su mano de la mía y termina sentado a mi lado.

—¿Quiénes son los dos? —pregunta Marcos.

Abro los ojos y busco los de Gelo, vidriosos.

—Han venido a por ellos, ¿verdad? —Mi voz se quiebra mientras las lágrimas por fin logran escapar, dejando mis mejillas llenas de humedad.

Alguien llama a la puerta con sus nudillos y se me corta la respiración. Mi ansiedad crece de manera exponencial y mi corazón late más raudo, si es que eso es humanamente posible.

—¿Quiénes, Ari? —inquiere Aitor preocupado.

—Laura y Alexis —contesta Gelo.

¿Qué haces cuando el pasado irrumpe en el presente?