Capítulo 60
Nunca olvides que el amor y la esperanza son infinitamente más poderosas que el odio y la furia.
–Los últimos días en Berlín, Paloma Sánchez Garnica
¡ E y! Vaya baile os habéis marcado. ¿Ya os vais? ¿Sin tomar nada, saludar, o terminar de escuchar tu canción favorita? —Elevó la voz Alexis—. Hola, Togo, ven a saludar, ¿no?
Mi cuerpo se congeló.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero, mi estómago se cerró y sentí náuseas. No podía ser. ¿Qué hacía él allí? «Esto debe ser una pesadilla».
No me giré hacia el sonido de su voz a pesar de que algo dentro de mí me lo exigió.
En su lugar me mantuve con mi cuerpo tenso y mi corazón bombeando como loco, intentando controlar las náuseas.
La rabia, el enfado y el recuerdo de lo que fuimos se mezclaron dentro de mí y mi cuerpo sucumbió a la ansiedad que todo ello me produjo.
Gelo sustituyó a Cristian y apretó mi mano.
—¿Huíamos de él? —susurré mientras intentaba concentrarme en respirar y no caer redonda al suelo.
Julio no se movió de donde estaba y creo que hasta sintió pena por mí. «Que te jodan. No quiero tu pena», pensé con rabia impregnando cada palabra que mi mente le escupió. Aitor seguido de mis perros, se acercó a nosotros con cara de pocos amigos y me evaluó preocupado.
—¿Me necesitas? —preguntó Aitor en un siseo con su ceño fruncido y su cuerpo tenso—. ¿O le necesitas a él? —Miró a Gelo.
Aitor no estaba nada bien con encontrarse frente a frente con Alexis.
Y yo necesitaba a mi lado un escudo, no una bomba de relojería a punto de estallar.
La elección fue fácil. Necesitaba a Gelo.
Aitor asintió y tendió a Gelo las correas de los perros, que dejó que se colocaran a cada uno de mis lados.
Y con Gelo y mis perros, se creó un escudo a mi alrededor.
Agradecí a Aitor que entendiera que en aquel momento su mal humor no era bueno y que era mejor Gelo, que se mantenía estoico a mi lado, listo para luchar a mi lado y no por mí.
Me giré y enfrenté a Alexis. La tensión e incomodidad del ambiente, mezclados con la rabia y la ira se podían distinguir a la legua.
Togo comenzó a gruñir, in crescendo con cada segundo que pasaba.
Balto se unió a sus gruñidos a pesar de que no sabía de quién me tenía que defender.
Quise fijar la vista en el pecho de Alexis para evitar mirarle a los ojos, pues no quería ver lo que allí habitaba.
Pero la curiosidad hizo que mi mirada se clavara en la suya.
Esperaba encontrar... No sé lo que esperaba.
Tal vez que su sonrisa se reflejara en sus ojos.
Pero desde luego no ese vacío tan inmenso.
No esos ojos tan desprovistos de transparencia.
Eran opacos. Más de lo que nunca fueron.
Tenía escudos nuevos con los que enfrentarse a la vida.
«Ya somos dos». Pero luego me di cuenta de que la gente que me rodeaba, ayudaron a que mi coraza cayera.
La familia de Alexis provocó que él creara defensas nuevas y sentí lástima por él. Y también rabia.
Alexis pareció confuso por el recibimiento. ¿Qué esperaba?
—Ya nos íbamos. —Almu rompió el silencio, antes de interponerse entre nuestras miradas, cortando toda conexión entre nosotros.
Intenté moverme, pero no pude. Mis pies estaban anclados a la madera del suelo y por más que quería huir, no podía.
Mi canción sonaba, hablando de la vida y lo único que pasó por mi cabeza fue que Alexis no había olvidado cuál era mi canción favorita.
¿Por qué? ¿Por qué había vuelto? No le quería cerca.
Almu se movió y los ojos de Alexis volvieron a conectar con los míos y me percaté de algo nuevo.
No vi al chico de hacía cinco años. El chico que yo conocí estaba lleno de ilusiones, loco por empezar de cero y ser feliz.
El Alexis que vi ante mí aquella noche, estaba roto, era inseguro y había perdido el brillo tan característico en su mirada que a veces tan solo yo encontraba.
En ese momento, en su mirada no había ni rastro de ese poquito transparente que había años atrás.
Ni rastro de felicidad. Solo unos ojos y un rostro enmascarando su vendaval interior.
Él había cambiado. Todo él había cambiado y sin embargo seguía siendo Alexis.
—¿Qué pasa? —preguntó Alexis.
«¿De verdad?» quise gritarle a la cara. Después de tanto tiempo hacía como si no hubiera pasado NADA. Sentí una punzada de rencor mezclada con tristeza e ira que se extendió como la lava, comiéndose todo mi cuerpo y mi alma, invadiéndolo todo, cada resquicio, sin dejar nada sin marchitar a su paso.
—No entiendo cómo eres capaz de preguntar —dijo Ainhoa con rabia.
—Vete —escupió Almu.
«No puedo, no puedo, no puedo». Noté un hormigueo en las manos y me empezó a costar respirar.
Hacía tanto tiempo que no tenía un ataque de ansiedad que había olvidado esa sensación de que el pecho se me oprimía y que no cogía el suficiente aire como para seguir respirando, viviendo.
Busqué con la mirada a Verona, lo que solo empeoró mi cuadro de ansiedad.
Mierda. Había visto a su padre biológico y él ni siquiera se había percatado del parecido de ambos.
Me mareé, mis piernas fallaron y pensé que iba a desmayarme.
Mi visión se tornó borrosa y por primera vez sentí confusión.
¿Me estaba volviendo loca? ¿Todo estaba en mi cabeza y no había visto a Alexis? ¿Era todo un juego sucio de mi cabeza?
Para cuando llegamos a La casa , el ataque de ansiedad había llegado a su fin.
—¿Ha sido real? ¿Era él? —susurré.
—Sí —dijo Almu con desprecio en su voz.
Aitor vino hacia mí, me besó y me abrazó con fuerza. Hogar. Él era mi hogar. Sin embargo, no logró calmar mi desasosiego.
Ninguno volvimos a hablar mientras entrábamos en aquella casa a la que hacía tiempo que no íbamos.
No desde que Almu nos contó allí que iba a abrir su propia peluquería canina a pesar de que sus padres creían que era un error.
Le entraron las dudas y allí que fuimos todos a pasar el día y la noche, hasta que tomó la decisión de seguir adelante a pesar de la negativa de sus padres.
El olor a humedad nos saludó al abrir la puerta, aunque yo lo que respiré fue hogar. Noté todos los ojos puestos en mí, en cada movimiento que hacía, cada respiración, cada latido de mi corazón. Como si intentaran averiguar qué pasaba por mi cabeza. Ni yo misma lo sabía.
Gelo y Marcos, que se quedaron recogiendo a los caballos, tardaron más de una hora en volver.
Y todo ese tiempo, nos mantuvimos callados en La casa .
Solo escuchando nuestras respiraciones y algún insulto por lo bajo por parte de Almu.
Menos mal que los niños se habían dormido por el camino y les dejamos a los tres en la habitación de Angelito, pues habría sido incómodo hacer como que nada pasaba cuando por dentro todo bullía a lo loco.
Cuando regresaron Gelo y Marcos, este último admitió que a pesar de la negativa del primero, se acercó a hablar con Alexis cuando la furgoneta partió. Estuve a punto de saltar, pero me contuve y le dejé explicarse.
—Quería saber a qué venía todo eso de poner tu canción favorita y hacer como si no hubiera pasado nada. El muy ingenuo me ha dicho que quería hablar contigo. Aclarar las cosas. —Negó varias veces.
—¿Aclarar las cosas? ¿Qué hay que aclarar? —solté con rabia e incredulidad—. No tengo nada que aclarar con él. Estaba bien sin él y quiero que siga siendo así.