Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 59
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Capítulo 59

Las cosas que acechan dentro de la mente pueden ser tan peligrosas como las amenazas tangibles.

–Verity, Colleen Hoover

D ecidimos ir al bar para celebrar nuestro compromiso. Me calcé, fuimos al bosque de pinos e hicimos un pequeño recinto con pastor para los caballos. Les pusimos agua, un paquete de heno que habíamos metido en el camión, dejamos una cámara puesta y nos fuimos de vuelta a la playa.

Nos quedamos a unos cuantos metros del local y lo observamos. Ainhoa fue la primera en romper el silencio al decir que seguro que el sitio sería caro. Algunos le dieron la razón, la reforma debía haber salido por un pico. Y el traspaso también.

—¿Apostamos? —pregunté con ganas de ganar esa apuesta. Era mi día. Iba a ganarla.

Y lo hicimos. Saqué mi móvil y apunté quienes pensábamos que era caro y quienes no (solo yo). Si ganaba iba a volverme rica. También establecimos el precio máximo de bebidas y tapas.

—Yo llevo el fondo —nos recordó Gelo—. ¿Me acompañas, Ainho? —Miró a la aludida. Esta asintió—. Vamos a mirar los precios. Si es caro, nos damos una vuelta por el local para conocerlo y nos vamos al bar del pueblo a celebrar que dentro de poco habrá bodorrio.

Silbé a los perros para que se acercaran a mí y mientras les ataba, se sacudieron el agua salada mezclada con tierra, llenándome de barro.

Eché un vistazo al local cuando estaba a un paso, literalmente, de pisar la madera de castaño de la terraza y el olor a madera nueva inundó mis fosas nasales. Era espectacular.

Tenían música a un volumen que no molestaba para hablar y no había mucha gente.

Me fijé en las mesas, de madera con patas negras, al igual que las sillas.

Esperaba las típicas mesas metálicas con sillas blancas de terraza, como siempre hubo en ese chiringuito.

Aunque las nuevas eran mucho más bonitas.

—Tiene muy buena pinta —admití sin dejar de observar el local. Entonces comenzó a sonar mi canción favorita de K&D y me dejé llevar—. ¡Venga, chicos! ¡Antes de nada vamos a inaugurar el local con un bailecito! Y esta canción os la sabéis.

Desde que Aitor y yo fuimos a esas clases de baile años atrás, me encantaba bailar siempre que podía, por fin, siguiendo el son de la música a la perfección.

Fui la primera en comenzar a entonar la canción y a moverme con el ritmo de la música.

Cristian me siguió segundos después y el resto detrás.

Creo que dimos el espectáculo, pero nos dio igual.

Nos fuimos pasando un micrófono imaginario aunque en realidad todos cantábamos al unísono.

La letra de la canción era profunda, hablaba de la infancia, de cómo nos marca, de la huella en nuestros corazones y nuestra mente.

De la gente que hace daño y deja una cicatriz permanente por mucho que no queramos que suceda.

Era una letra dura, pero cada palabra de ella me llenaba.

La voz dura del rapero mezclada con la aguda y suave del otro cantante.

Me encantaba esa canción. La bailé, sintiéndola dentro.

La canté casi a grito pelado sin importarme molestar al resto.

—Id uniendo las mesas mientras Ainho y yo vamos a por las bebidas. Después de cantar tengo la garganta seca. Lo de siempre, ¿verdad? —Gelo preguntó y no esperó respuesta alguna por nuestra parte antes de alejarse junto a Ainhoa hacia la barra.

—Me voy con ellos. No van a poder con las bebidas de todos —observó Cristian.

—Voy contigo —dijo Almu, quien dio un suave beso a Gael en la frente antes de irse con Cristian.

Los demás nos acercamos a una de las esquinas para que los perros no molestaran.

Pedí a Togo y Balto que se quedaran a un lado y dejé las correas en el suelo, sabía a ciencia cierta que no iban a moverse de allí.

Entre Daniel, Aitor, Marcos y yo juntamos varias mesas y los niños ayudaron a llevar las sillas.

No nos habíamos sentado aún cuando volvieron los cuatro que se habían ido de avanzadilla.

Tres de ellos con cara pálida y desencajada. Cristian con cara de pocos amigos.

—¿Tan caro es? —me burlé—. ¿O es porque me debéis un gran favor todos?

—Vámonos —dijo Gelo con voz un tanto extraña. Muy demandante.

—¿Qué ha pasado? —Me empecé a poner nerviosa—. Me estáis asustando.

—Vámonos. En La casa os contamos todo. —Gelo se acercó a mí y me empujó hacia la playa.

La casa . Ir a La casa significaba algo chungo. Solo íbamos allí en momentos puntuales. Cuando necesitábamos estar todos bajo el mismo techo. Cuando necesitábamos estar muy cerca para uno de nosotros. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué cojones les pasaba?

Cristian se acercó raudo a Verona, cogiéndola en brazos antes de acercarse a mí.

—Morena, vámonos al coche. Aitor, ocúpate de los perros.

Cristian unió nuestras manos entrelazando nuestros dedos y tiró de mí. ¿Qué puñetas pasaba?

—Pero… no entiendo… ¿Qué pasa?

—Luego, Ari. Pero tenemos que salir de aquí, por favor —rogó Ainhoa con voz tensa colocándose a mi otro lado e instándome a andar hacia la playa.

Cristian pegó un apretón a mi mano mientras Verona preguntaba por qué nos íbamos tan rápido. Nadie contestó. Todo fue muy raro. Nos precipitamos hacia el exterior, haciendo demasiado ruido, sin pasar desapercibidos. No entendía nada, ¿por qué nos íbamos tan deprisa?, ¿qué me estaba perdiendo?

Nada tenía sentido alguno.

La canción que sonaba terminó y comenzó a sonar Cartas a la vida , de Subze. Mi canción favorita. Paré en seco y conmigo lo hicieron el resto.

—Es mi canción favorita —susurré. ¿Nerviosa? ¿Confusa? ¿Mil cosas a la vez? No era normal que en un local sonara una canción como aquella.

—Sí. Muchos escuchan a Subze, morena. Venga, vamos. Por favor. Date prisa. —Me apremió Cristian con ojos nerviosos. ¿Qué les pasaba a todos?

Asentí y retomé la marcha con una sensación rara en el pecho.

Estábamos casi fuera de la terraza cuando Julio entró en mi campo de visión.

Ainhoa, a mi lado, se tensó cuando el chico clavó sus ojos entrecerrados en ella.

Con mi mano libre alcancé la suya y la apreté.

A pesar de las quejas de Gelo tras de mí, me paré a saludar.

Puede que creyera que Julio era gilipollas, pero la educación es la educación.

—Hola, Julio.

Julio desvió su mirada de Ainhoa a nuestras manos unidas y luego a mí.

—Veo que por aquí nada ha cambiado —contestó molesto sin dignarse a devolverme el saludo.

El ambiente se volvió bastante incómodo, pero no me dejé amedrentar. Llevaba años sin ver a Julio y tenía mucho que decirle a ese tipo.

—Oh, ya lo creo que ha cambiado —comencé.

—No merece la pena, Ari. Vámonos. —Me urgió Ainhoa. Apretó demasiado mi mano y, por la mirada urgente de Gelo, que me estaba asesinando, debí haberme callado la boca y seguir andando.

Si hubiera hecho caso a mis amigos no le habría vuelto a ver así de sopetón, sin esperarlo, sin prepararme mentalmente. Porque mientras Julio y yo nos tirábamos pullitas en forma de frases de uno a otro, le escuché tras de mí.

A él.

A Alexis.