Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 58
94%

Capítulo 58

La valentía no es la ausencia de miedo, sino la decisión de seguir adelante a pesar de él.

–Una corte de niebla y furia, Sarah J. Maas

Cuatro años y cinco meses después.

A quel mediodía, Almu, Gael y Pilar vinieron a comer a casa, como era lo habitual.

La primera solía quedarse hasta que abría la peluquería canina por la tarde y la segunda, hasta que llegaban sus nietos de trabajar.

Ainhoa se nos unía al menos un día entre semana para ponernos al día de todo, como aquel día.

—¡Hola, familia! ¡Traigo noticias! —Entró Gelo gritando en casa—. ¡Adivinad! —Rezumaba alegría por cada poro de su piel y su sonrisa era tan tirante que no podría haberla hecho más grande aunque quisiera, su piel no habría dado más de sí. Debía ser algo muy gordo para que estuviera así de contento.

Para aquel momento, ya estábamos con el postre y saludamos a coro.

—¿Has comido? ¿Te pongo un plato? —Pilar se giró en su silla hasta encontrar la figura de mi mejor amigo. En algún momento, cuando nos mudamos, comenzó a tratarnos como familia.

—Tranquila, Pilar. He picado algo por el camino.

—¿Qué nos tienes que contar, papi? —preguntó Angelito.

—¡Abren el chiringuito el viernes!

Todos emitimos un pequeño grito de alegría. Tenía ganas de ver cómo había quedado ese chiringuito desvencijado que tantas tardes me había aguantado allí, con mi culo pegado a una silla de plástico blanca y un libro.

No sé muy bien cómo el chiringuito pasó de ser «aquel chiringuito viejo» a «ese nuevo chiringuito al que tenemos que ir en cuanto abra». Puede que fuera porque hacía años que no abrían un local nuevo por la zona.

Por la tarde-noche, llegaron nuestros amigos convocados por Gelo.

Aitor llegó a casa junto a mis padres, que pasaron a saludar y jugar con los niños.

Cristian fue el último en llegar y lo hizo cansado no, lo siguiente.

Estudiar y trabajar era complicado. Aunque estaba agotado, fue él quien se ofreció a hacer la cena.

Miré a los integrantes de la mesa. Me gustaba la familia que con mimo y esmero habíamos creado en los últimos años.

Todos encajábamos en ella a pesar de ser bastante diferentes en muchos aspectos de la vida.

Querer formar parte de nuestra familia fue lo que nos unió.

Querer permanecer juntos y ser un apoyo para unos y otros siempre.

Somos la familia más unida y dispar que conozco. Y la mejor que podría existir.

Gelo nos recordó que el viernes abrirían el chiringuito y no hizo falta más, enseguida empezaron a surgir planes alrededor del local. Decidimos que iríamos a pasar la tarde a la playa con los caballos y después, nos tomaríamos algo en el chiringuito para inaugurarlo. La tarde pintaba genial.

El viernes, subimos en el camión a Troya, Pegaso, Senda y Spirit.

Me precipité fuera del coche en cuanto aparqué, fui a la parte trasera del camión y esperé junto a los niños a que Gelo bajara la puerta que hacía de rampa.

En cuanto me lo permitió, fui a por Troya.

Gelo se encargó de Senda y Spirit y Cristian fue a por Pegaso.

Vestimos a Senda y Spirit. A Pegaso y Troya solo les colocamos la cabezada de nudos.

Quería llenar mis ojos del chiringuito y después disfrutar de un paseo a caballo por la playa que a esas horas —debido a la marea— era cuatro veces más grande, así que pedí a Togo y Balto que no se alejaran del grupo y metí prisa al resto para poder llegar cuanto antes al borde de la playa.

Angelito comenzó a caminar por delante de nosotros.

Colgué las riendas de Troya de mi muñeca, cogí a Verona en brazos y di mi mano libre a Aitor.

Miré a mi chico un segundo, nuestros ojos conectaron y ambos sonreímos. Me gustaba aquello.

—Sé que tengo temporadas en que te lo repito mucho, pero me gusta tenerte en nuestras vidas —le dije sonriendo más ampliamente.

—Y a mí estar, princesa. —Aitor me besó la coronilla.

—Y a mí que seas mi papá —añadió Verona.

La miré con una sonrisa enorme en los labios y eché un vistazo atrás, a todos esos meses de incertidumbre, de no querer atar a Aitor a nuestra familia.

Esa desconfianza que escondía en mi interior.

Pero todo cura, todo sana y todo vuelve a su cauce.

Todo tiene solución y gracias a superar mis miedos, tenía entre mis manos lo que siempre quise: una familia unida.

—¡Ahí está! —Angelito señaló al frente.

Efectivamente, se atisbaba a lo lejos una construcción nueva de madera clara. Tal vez fuera pino. No era para nada como el recuerdo que guardaba de años atrás. Ni siquiera como cuando empezaron las obras. Se debían haber gastado una pasta en hacerlo.

Según nos acercamos al borde donde comenzaba la arena de la playa, éramos capaces de ver más de la construcción de madera, que estaba rodeada por pinos centenarios. Desvié mi mirada hacia la orilla y fuimos hasta allí con los caballos.

Dejé a Verona en el suelo, me descalcé y toqué con la punta de mis dedos el agua salada, congelada como siempre.

Mientras, los perros corrían por la solitaria orilla.

Desvié mi mirada un segundo hacia el chiringuito por si alguien nos llamaba la atención, pero a nadie parecía importarle ver caballos en la playa o varios perros armando jaleo en la orilla.

Mejor. Volví a mirar al frente, a la inmensidad del océano y a los perros que en aquel momento se bañaban en él.

Una vez alcanzado el ritual de mojarme los pies, observé el local a unos centenares de metros de mí.

Tres paredes de madera clara, tejas de color oscuro decorando el tejado y una inmensa terraza.

Desde donde estaba yo, no se apreciaba dónde terminaba la terraza y dónde comenzaba el interior, pues no había un muro que separara ambos espacios.

La terraza tenía suelo de madera de castaño que se perdía en el interior del chiringuito y estaba delimitada por una valla de madera oscura y fina que casaba con el ambiente de la playa.

Una vez hube saciado algo mi curiosidad, besé a Aitor en los labios y me subí en Troya de un salto.

Me tumbé sobre él y recorrí su lomo hasta su grupa con mis pies descalzos y llenos de arena.

Me encantaba que ya no tuviera miedo de aquel gesto.

Que su mente hubiera borrado por completo que muchos años atrás recibió golpes en esas zonas donde antes evitaba que le tocáramos.

Verona y Angelito se pusieron los cascos, las protecciones de espalda y se subieron juntos en Spirit.

Verona, como era más bajita, iba delante.

Me incorporé y busqué con la mirada a los demás.

Almu, Marcos, Daniel y Ainhoa ya estaban en su sitio habitual, sentados en la arena, observándonos.

Cristian estaba sobre Pegaso y Gelo sobre Senda.

—Disfruta un rato con ellos. —Aitor señaló con la cabeza a su hermano y Gelo—. Yo me quedo con los niños.

Asentí con una sonrisa y me acerqué a mis amigos.

Eché un vistazo en dirección a los niños y Spirit, que iba al trote mientras Aitor corría a su lado.

Sonreí. Fui la primera en iniciar la marcha y Gelo y Cristian se colocaron a cada uno de mis lados, dejándome guiar.

Me gustaba cuando íbamos así porque podíamos hablar sin tener que chillar o retorcernos sobre el caballo para mirar a los demás.

—Gelo, deberías probar a ir sin silla con Senda.

—Lo probé hace poco, pero se puso muy nerviosa.

—Al principio, a veces pasa. ¿Quieres enseñarla? —pregunté.

Gelo negó.

—No me importa no poder montarla a pelo. Puedo montar a Troya.

¿Cuántas personas piensan como mi amigo? Tal vez solo él. Aún quedaba —y queda— mucha mentalidad que cambiar. El caballo no es una herramienta de trabajo: es un ser noble que nos permite subirnos sobre él. Ya que lo hace, seamos lo más respetuosos con ellos que podamos.

Me da rabia que aún esté tan extendida la imagen del caballo como un simple objeto. Que se vea como algo cotidiano, normal. Me da rabia que sean pocos los que pongan el grito en el cielo y muchos prefieran mirar hacia otro lado.

Nuestro deber es enseñar a cuantos podamos, para que poco a poco, la mentalidad alrededor del mundo del caballo vaya cambiando.

Porque si miramos hacia otro lado al verlo, estaremos dejando que siga sucediendo.

Con suerte, tal vez mis hijos puedan vivir ese cambio que ya empieza a verse en otros países.

Galopamos los tres por la orilla del mar, salpicándonos con el agua de las olas. Hice un nudo a las riendas y extendí mis brazos para mecerme con el viento, con el sonido del mar, con el vaivén del galope de Troya. Fue una sensación maravillosa. Fue magia.

En algún momento, Aitor se subió en Pegaso y galopé hacia ellos.

—Me encanta verte sobre Pegaso —murmuré con una amplia sonrisa.

Pocas veces se subía sobre la yegua, seguía dejando a su hermano primero, pero las veces que lo hacía, era una maravilla verlos. Había una complicidad desbordante.

Aitor me devolvió la sonrisa.

—¿Damos una vuelta?

Asentí. Aitor acercó a Pegaso a Troya, me cogió una mano y comenzamos a pasear. Me encantaba poder estar encima de un caballo y además sentir a Aitor cerca. Mi sueño hecho realidad. Incliné mi cuerpo hacia el suyo y le besé con dulzura.

—Te quiero —murmuró Aitor con un brillo especial en los ojos.

—Y yo —dije tras separarme de él y colocarme otra vez recta sobre Troya.

—Ádriel… —La voz de Aitor cambió. Más seria, más ronca. Escruté sus ojos y le animé a seguir hablando—. Yo… quería pedirte… Perdona. Lo tenía todo planeado, pero ahora que estoy aquí… no encuentro las palabras, se me han escapado todas… —se excusó colorado. Le sonreí con ternura.

—Solo di lo que te salga.

—Quiero esto… —Aitor nos señaló a nosotros y a todo nuestro alrededor—, el resto de mi vida.

Te quiero a ti, el resto de mi vida. —Me escrutó sin hablar más y yo dejé de respirar.

¿Me estaba pidiendo lo que yo pensaba? Un millón de caballitos comenzaron a pegar brincos en mi estómago y un montón de corazones rosas inundaron mi mente—.

Cásate conmigo, Ádriel —susurró y una pequeña y nerviosa sonrisa tironeó de sus labios.

Una enorme sonrisa se abrió paso en los míos. No me lo podía creer. Era real. Estábamos sobre un caballo, con él agarrando mi mano y me acababa de pedir que me casara con él. ¿Podría existir una pedida mejor para mí? Imposible.

Asentí con fervor cuando abrí mi boca, pero no encontré mi voz. Tenía la garganta cerrada de la emoción. Me lancé a sus brazos y ambos reímos.

Nos íbamos a casar.

Íbamos a ser oficialmente una familia.

Le besé con ansia, casi cayéndome de Troya. Estaba tan feliz. Necesitaba poder abrazarle y fundirme con él.

—¡Papá!, ¡papá!, ¿qué ha dicho? —Llamó nuestra atención Verona.

Me separé de Aitor, me giré hacia mi hija, que estaba sobre Spirit y me reí.

—Que sííí —grité feliz.

Fue uno de los días más felices de mi vida.

Bajé de un salto de Troya para abrazar con fuerza a Verona y Angelito. Después a Gelo, que me levantó del suelo y me dio una vuelta por la arena de la playa.

—¡Que nos casamos!

Volví a subirme de un salto sobre Troya, besé una vez más a Aitor y le insté a galopar hacia donde estaban los demás para darles la noticia.

Mi chico asintió y me siguió cuando Troya comenzó a galopar a lo loco.

Al llegar a ellos, les chillé que Aitor y yo nos casábamos.

Todo fueron risas, abrazos y gritos de felicidad.

Estaba en una nube. Una de la que no quería bajar.

Una que no quería que se deshiciera. Quería mi nube y sentirme así de bien para siempre.

Cuando Aitor y yo bajamos de sendos caballos, nos abrazamos y besamos con descaro, sin importarnos quién nos viera.

Aitor se separó de mí para sonreírme, mirarme de lleno a los ojos y volver a acortar la distancia para besarme.

Después sacó de su bolsillo un precioso anillo plateado con la silueta de un caballo y lo colocó en mi dedo anular.

Era precioso. Lo miré y enterré mi rostro en su pecho mientras le abrazaba y aspiraba su aroma.

Él era hogar.

Mi hogar.

Sonreí contra su camiseta y me separé de su pecho para buscar sus labios otra vez. ¡Estaba tan feliz!

—Contigo soy feliz —susurré entre sus labios—. Eres mi hogar.

—Yo lo soy desde que formo parte de tu vida, princesa.

—Me sonrió—. Aunque al principio me mandaras a la mierda porque quería que Cristian fuera contigo a Finca Deva.

Aquel día ya me pareciste especial. Con esos ojos tristes, pero con determinación marcando cada palabra que pronunciabas.

Y ya cuando supe que eras como yo con los libros, me desarmaste y me enamoré de tu yo lectora y acaparadora de libros.

—Besó mis labios—. Eres vida, hogar y familia.

Mi vida —me besó los labios—, mi hogar —me volvió a besar— y mi familia —susurró contra mis labios.

Le miré con un montón de corazones tras los ojos. No podía pedir más. Era feliz y habíamos formado una familia de lo más maravillosa.