Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 56
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Capítulo 56

Las personas importantes pueden irse y llegar en cuestión de minutos.

–Brillo por tu ausencia, Lae Sánchez

Tres años y dos meses después.

G ael, el bebé de Marcos y Almu, nació a las treinta y ocho semanas y tres días de gestación. Y me convertí en tía. Fue una pasada cuando lo cogí por primera vez. Las caras de Almu y Marcos cuando miraban a su bebé eran para enmarcar.

Era una realidad. Vivíamos junto a Finca Deva.

Pero no nos olvidamos de La casa. La usábamos cuando necesitábamos estar todos bajo el mismo techo.

Esa casa siempre sería especial porque habíamos vivido muchas cosas allí, por la familia que forjamos entre sus paredes.

Porque apiñados allí, parecía que las cosas malas, no eran para tanto.

En la finca construimos dos chalets de una planta. Desde las ventanas, se podían observar los caballos. Uno de los chalets para Gelo, los niños y yo —y mis padres, que venían a pasar el fin de semana casi siempre—. Otro para Aitor, Cristian y Pilar.

El chalet de Marcos y Almu, de dos plantas, a unos cien metros.

La única valla de separación entre los chalets, eran los palos de pastor eléctrico que Marcos y Almu conectaban con cinta cuando dejábamos a los caballos entrar para que limpiaran nuestra finca porque ellos preferían un jardín salvaje y que los caballos no se rascaran contra su fachada.

Era genial vivir todos juntos, pero con nuestro espacio. Eché de menos a Ainhoa cerca de nosotros, pero con el tiempo, lo acepté.

A raíz de la mudanza a nuestro nuevo hogar, cuando terminó la baja de maternidad de Almu, dejó su trabajo de secretaria y decidió emprender.

Sus padres no estuvieron de acuerdo y pasamos una noche en La casa por ello.

Al final fue valiente y creó su propia peluquería canina, lo que siempre quiso desde que hizo el curso de adolescente, con guardería de día.

Encontró un traspaso en Santander y fue a por ello sin pensarlo.

Me sentí orgullosa de ella el día que me contó sus planes y sobre todo, cuando lo consiguió.

La acompañé a firmar los papeles del traspaso y estuve presente cuando le entregaron las llaves de su propio negocio.

Fue una maravilla, pura ilusión, nerviosismo y ganas de ver el futuro.

Me ofrecí a cuidar a Gael mientras Marcos y Almu trabajaran. No quería que siendo tan pequeño fuera a una guardería. Y aunque al principio no quisieron cargarme con más trabajo, cuando vieron que yo era feliz con aquel niño entre mis brazos mientras trabajaba en mi santuario, aceptaron.

Empecé a impartir talleres de coaching con caballos y equinoterapia.

También a enseñar a la gente a disfrutar del pie a tierra, no solo de la monta.

Me seguí formando con profesionales del pie a tierra y la doma respetuosa, rescaté caballos nuevos y a algunos de ellos logré encontrarles una familia comprometida con su cuidado.

También llegó al santuario mi primer poni, al que los niños llamaron Spirit a pesar de ser negro como el carbón.

Vino requisado por el SEPRONA, pues vivía en un pequeño patio solado de dos metros cuadrados.

Sin agua y sin comida. Los vecinos llamaron varias veces a la policía y al final el SEPRONA intervino.

Llegó con pavor al ser humano, pero con un corazón y una paciencia infinitos hacia los niños, quienes desde el primer día pudieron acariciarle y cepillarle.

Con el paso de las semanas, los tres se convirtieron en inseparables.

Aitor terminó de estudiar Enfermería y en apenas dos semanas, encontró su primer trabajo: una sustitución en el Centro de Salud del pueblo. Y de ahí fue encadenando sustituciones en diferentes centros de salud y hospitales hasta encontrar un puesto fijo en el hospital de mis padres.

Comenzamos a ir a la playa con los caballos de forma asidua.

A veces incluso venían mis padres. Y todo empezó porque a Cristian y a mí se nos metió entre ceja y ceja enseñar a los caballos a que entraran al camión sin miedo.

Nos costó menos de una semana acostumbrarlos a subir y bajar solos, sin miedo, con calma.

—¡Lo tenemos! —dijo Cristian cuando Troya, Pegaso, Spirit, Neo y Cuervo estuvieron en el camión—. Y están tranquilos. ¡Lo hemos conseguido! ¿Y ahora qué?

—¿Por qué no nos vamos a la playa con los caballos? —propuse con ilusión contenida. Cristian asintió—. Pero avisamos a Gelo y a Aitor para que vengan los niños. Seguro que les mola pasear del ramal con Spirit por la playa.

Esperamos a que llegaran y nos dirigimos a la playa, a la del chiringuito que seguía cerrado.

La elegimos de entre todas las demás porque era solitaria, pequeña y las olas solían ser insignificantes.

Por el camino, descubrí en Mis novedades de Spotify, un nuevo grupo que llamó mi atención.

Se llamaba K&D, mezclaba rap con flamenco y tenía unas letras crudas y llenas de sentimiento.

Me enamoré del grupo, tanto como para escuchar sus canciones en bucle.

Nos costó varios días que los caballos se acostumbraran a la arena de la playa, al sonido de las olas del mar…

mientras paseábamos con ellos del ramal.

Una semana después, me subí en Troya y Aitor en Pegaso.

Aquella experiencia fue alucinante. Paseamos cogidos de la mano, montando a pelo a los caballos de nuestra vida.

¿Se podía pedir más? Sí. Cuando Angelito se unió a nosotros en Spirit y Verona pidió subirse en Pegaso, Aitor la colocó delante de él y paseamos los cuatro juntos, fue mágico.

Ojalá hubiera podido parar el tiempo justo en aquel instante.

Y haberme quedado a vivir allí durante unos minutos, o tal vez horas. O toda la vida.