Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 55
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Capítulo 55

Quizá la clave para volver a sentir que eres tú mismo es aceptar que ya no eres la misma persona que eras antes, y eso no tiene por qué ser algo malo.

–El arte de ser nosotros, Inma Rubiales

Dos años y cinco meses después.

¿ C ómo podía hacer que la gente respetara a los caballos y no los desechara a la mínima?

La respuesta llegó sola: creando conciencia.

Por eso, decidí que era hora de dejar que escolares y jinetes vinieran a Finca Deva para explicarles nuestra labor y cómo hacer para evitar que las protectoras y santuarios se llenaran de caballos.

También empecé a ofrecer a jinetes clases de equitación centrada.

Una mujer, que acababa de comprar una yegua, acudió a mí en busca de ayuda pues venía con algunos resabios; y fueron ella y su equino quienes me dieron la idea de poder ofrecer a más binomios como aquel mi ayuda para que los caballos no pasasen de mano en mano por no saber entenderles.

Porque seguramente habría más personas en esa situación: con caballos que habían adquirido de una u otra forma y a los que no entendían y por ende, al no poder manejarlos ni siquiera pie a tierra, se veían en la tesitura de deshacerse de ellos.

Algunos con más cargo de conciencia que otros.

Estaba claro que no todos creían que tener un caballo era un compromiso de por vida, pero tal vez facilitando el poder seguir con él, algunos equinos podrían salvarse de cambiar de manada, de hípica, de dueño, pasar de tratante en tratante, y poder quedarse siempre en su primera casa.

Estuve presente el día que Ángel decidió dejar de criar caballos. No fue por venir al santuario y ver a los caballos que me llegaban, como pensé que sería. No. Fue por algo más traumático para él.

Aquel día, quería hablar con Ángel, pero venían a llevarse a uno de sus potros y quedamos en la yeguada.

He de aclarar, que no todas las personas pasaban el filtro de Ángel.

No veía a todas aptas para cuidar de sus potros.

Se suponía que la pareja que venía a por uno de sus potros, había pasado su primer filtro.

Aquella pareja se acercó al box donde Ángel colocaba una cabezada de nudos color gris a Nevado, un potro tordo de cinco años que había vivido libre toda su vida y al que tan solo le había enseñado doma de cuadra.

Eso era una maravilla. Un lienzo en blanco.

Sin resabios, criado junto a una manada que le hizo crecer sin inseguridades.

La pareja comenzó a alabar el bonito trabajo que hacía Ángel y lo bonito que era aquel potro tordo.

Ángel ató el ramal a la cabezada y Nevado salió del box.

Le tendió el ramal a su nuevo propietario y le hizo unas caricias de despedida en su testuz.

Cuando el señor acercó al equino a su van, el potro se asustó y paró en seco.

La cara del hombre cambió y se tornó seria y enfadada.

Se giró hacia Ángel y le taladró con la mirada.

—Sédamelo —pidió con aires de superioridad.

—¿Perdona? —pregunté cuando vi que Ángel, en estado de shock, no iba a contestar.

—No quiere entrar en el van. Sédalo. Quiero irme. Tengo prisa —dijo con hastío. Tal vez en su mundo eso fuera lo más lógico y normal. Pero en el nuestro no.

—No entra porque le da miedo. Solo hay que hacerlo con mimo y paciencia. —Intenté no perder los nervios mientras lo explicaba.

—No tengo tiempo para esto. Sédamelo —repitió mirando solo a Ángel y obviándome a mí.

Gruñí molesta y mis manos se convirtieron en puños. Me gustaría decir que esto es un caso aislado. Pero no lo es. Si ese tipo se quedaba con Nevado, iba a romperle en mil pedazos.

Y entonces Ángel reaccionó.

—No. Nevado se queda conmigo. No te he calado bien a la primera, pero ahora sí. Mis caballos no se sedan porque no quieran entrar en un van. Se les enseña con paciencia —soltó con voz mosqueada mientras rompía el contrato de cesión de Nevado y lo dejaba caer al suelo.

Se acercó con orgullo a Nevado y le arrebató el ramal al hombre, que se quedó tan anonadado como yo.

—Nevado no se va a ningún lado —gruñó Ángel con rabia contenida antes de darse la vuelta y caminar hacia el interior de la yeguada con el potro.

Una sonrisa escapó de mis labios mientras el hombre maldecía por lo bajo y propinaba una patada a la rueda del van.

—¿Necesitáis que os acompañe a la salida? —pregunté con fingida amabilidad.

El hombre me fulminó con la mirada, gruñó algo que no entendí, se metió en el coche seguido de su mujer y se marchó quemando rueda y haciendo aspavientos con su mano izquierda por fuera de la ventanilla.

Cuando el coche arrastrando el van desapareció, busqué a Ángel. Le encontré mirando su prado lleno de potros.

—Lo dejo.

—¿Qué dejas? —pregunté extrañada sin entenderle.

—No voy a criar más. Nunca pensé que mi instinto me fallaría.

Pero si lo ha hecho hoy, puede que lo hiciera también antes o que vuelva a pasar en el futuro —confesó con dolor impregnando cada palabra—.

He sido egoísta. He observado el bien que haces tú salvando caballos y devolviéndoles a sus raíces.

Y yo mientras, criando más. Pero eso se acaba hoy.

Estos caballos se quedan conmigo. Quiero…

Quiero formar parte de tu santuario y cederte espacio para ello en esta yeguada.

Llevaba esperando mucho tiempo aquellas palabras de Ángel. Le sonreí y abracé con fuerza.

—Podemos ser socios —sugerí enterrada en su pecho.

Unos días después de que Ángel decidiera dejar de criar caballos, Aitor y yo estábamos sentados en el columpio de la entrada, leyendo, mientras los niños jugaban.

—Papá —llamó Verona desde algún punto del jardín.

Ambos alzamos la vista de nuestros libros y buscamos a Gelo, pero no estaba.

—Papá no ha llegado aún, cielo —expliqué.

Verona y Angelito aparecieron en mi campo de visión y la primera señaló directamente a Aitor poniendo sus ojos en blanco.

—Está ahí —dijo como si fuera lo más obvio del mundo.

Observé a mi hija anonadada, sin saber qué decir. Hasta aquel momento, aunque los mayores nos referíamos a Aitor como casi papá postizo , los niños siempre le habían llamado tío Aitor. Miré de soslayo a Aitor y pude apreciar cómo de su rostro brotaba una gran sonrisa.

—¿También soy tu papá? —preguntó Aitor con alegría contenida.

Verona asintió y terminó de acercarse a nosotros seguida por Angelito.

—Tengo dos papás y una mamá. Lo aprendí mañana en el cole —dijo refiriéndose a aquella mañana en la bosque escuela—. Los papás y las mamás te cuidan. Te duermen. Te enseñan. Como mamá, papi y tú.

—¿Ya no es el tío Aitor?

—No. Los tíos no te quieren tanto como los papás.

—Bueno. Los tíos a veces sí que quieren como los papás —expliqué—. Pero los papás tienen un vínculo mucho más grande que los tíos.

—Como el mío. Es ennoooorme. —Verona abrió sus brazos todo lo que pudo para enseñarnos cuán grande era.

Yo me eché a reír y la besé en la coronilla. Angelito llamó mi atención con su mano en mi brazo y me giré para mirarle.

—¿Puedo llamarle papá también?

—¿Es lo que sientes?

Angelito asintió.

—Desde hace años. Pero no sabía si os parecería bien. Con el tío Alexis estuviste triste mucho tiempo y no quería que llamarle papá a Aitor, te pusiera triste.

Me sentí culpable al instante. No supe estar para él por estar sumida en un dolor y tristeza que creía infinitos. Pero no volvería a pasar. Lo primero siempre serían Angelito y Verona.

—No me dolerá. Nunca me dolerá que le llames papá. Te cuida, te protege y te educa como si fuera un padre más. Si estás preparado para llamarle así, adelante. Él me ha prometido no marcharse nunca. Aunque nosotros no estemos juntos en algún futuro.

Angelito sonrió y vino a abrazarnos a los dos.

Fue un momento precioso, cargado de significado y de una promesa.

Éramos familia.

Aitor era padre.

Pillé a Gelo escribiendo a alguien en el sofá, así que me dejé caer junto a él y vi que mandaba fotos de Angelito a Laura.

—Nunca te contesta —afirmé lo obvio.

—Lo sé.

—¿Y no te cansas?

—¿De qué? —preguntó Gelo.

—De no saber nada de ella. ¿No te has planteado dejar de escribir y mandarle fotos?

—No. Porque los lee.

—¿Crees que volverá? —No quería que hiciera daño otra vez a Gelo o a Angelito.

—Ojalá dejara de ser tan egoísta y de privar a Angelito de su presencia —dijo Gelo con mirada turbada.

Eso no calmó mi malestar, pero no quise preguntar más.

No quería saber. Prefería vivir en el presente, sin miedo al futuro.

Jamás entendería a Laura. No al menos con los datos que tenía.

Tal vez si algún día escuchaba su versión de la historia, podría llegar a entenderla.

Al principio, los primeros meses, incluso yo la escribí.

Pero cuando vi que no contestaba, dejé de hacerlo.

Habían pasado ocho años y Laura aún no había contestado ni una sola vez a Gelo.

Yo habría tirado la toalla hacía tiempo.

Cristian terminó el bachillerato, se presentó a la selectividad y su nota le dio de sobra para entrar en Veterinaria, como hice yo años atrás. Quería ser de utilidad en el santuario para los equinos. Me sentí orgullosa de su decisión.

Ainhoa se mudó a Santander, a casa de Daniel y nos pidió no contar con ella para la compra de la finca.

El resto, tras mucho meditar, buscar ahorros y créditos y, con la ayuda de mis padres, compramos la finca aledaña a Finca Deva. Nos costó, pero lo conseguimos. Y después empezó nuestro largo camino para conseguir los permisos pertinentes y empezar a diseñar nuestras casas junto al arquitecto.

Para ahorrar todo lo posible, Marcos y Almu se mudaron a la buhardilla y fue genial estar todos juntos otra vez, aunque eché en falta a Ainhoa. Cristian, Aitor y su abuela, apalabraron con un comprador la casa de esta última para poder tener liquidez.

Y tres días después de que Marcos y Almu se hubieran mudado, nos contaron que esperaban un bebé. Fue una pasada de noticia.