Capítulo 54
Renunciar a algo puede ser una expresión de poder. [...] Quienes renuncian son peligrosos porque conocen un secreto: siempre es posible empezar de cero.
–La chica del pelo rojo, Buzzy Jackson
Un año y medio después.
S on pocos a los que se llega a querer con locura. Mis amigos son unos de esos pocos. Es maravilloso saber que nunca estarás sola. Que siempre habrá alguien. Aunque la cagues mucho. Aunque la cagues demasiado. Aunque no la cagues.
La relación con mis padres siguió por el buen camino, recuperé a los padres que nunca tuve en mi infancia y adolescencia. Se pasaban casi todas las tardes por casa, aunque fuera solo media hora, para vernos a todos. Y yo disfrutaba como una enana de ellos.
Pilar, la abuela de Aitor, comenzó a venir algunos sábados a las comidas y terminamos por comprar una mesa más grande para poder entrar todos más holgadamente.
Empezó a ser una constante que Aitor durmiera al menos cuatro noches a la semana conmigo y con Verona, que aún dormía en mi habitación.
Y yo, cada noche que pasábamos separados, le echaba de menos y Verona preguntaba por él.
Aitor también comenzó a irse una tarde a la semana con Angelito y Verona al parque.
A veces solo ellos tres, otras se les unía Cristian.
Mi chico volvió a montar a Pegaso de manera asidua y me sentí orgullosa de él. En algún momento dejó atrás la culpa y volvió a ella. Su conexión era infinita y siempre preciosa de presenciar.
Quién me iba a decir que lo conseguiría. Después de luchar con la administración pública, por fin tenía mi licencia para el santuario de caballos. Increíble.
—Estoy orgulloso de ti —confesó mi padre cuando se lo conté.
Me abrazó y mi madre le siguió. Quise que fueran los primeros en saber mi logro. Podía contar con ellos, me lo llevaban demostrando mucho tiempo.
Aunque era mi proyecto, parecía ser el de todos; pues cuando me había atascado, alguno de ellos cogió su ordenador o su móvil y me ayudó a buscar información o me facilitó un número al que llamar, o directamente llamó donde debía.
Por ello, avisé a mis amigos y aquella noche cenamos todos juntos para celebrarlo.
Después de aquello, el tiempo se me pasó volando.
Nuestros seguidores en Instagram siguieron creciendo, y gracias a ello —y a Cristian— conseguí patrocinadores del mundo del caballo que me proporcionaban alimento de muy buena calidad y cualquier tipo de material higiénico y mantas para ellos.
Conseguí madrinas y padrinos para los caballos que fuéramos a acoger, así como una ayuda que el ayuntamiento se comprometió a darme una vez al trimestre.
Esperaba que con los cambios de Gobierno a lo largo de los años, mi ayuda se mantuviera.
También me formé más a fondo en la parte equina en la que creía y empecé a conseguir financiación al acoger ese tipo de cursos en el santuario con profesionales como: Lucy Rees, Mario Soriano, Tomás Mateo, Paula Ohlin y otros que estudian para comprender al caballo; y sobre temas como doma natural y respetuosa, podología, nutrición, coherencia cardiaca y equitación centrada.
Dejé para más adelante formarme en hipoterapia, que creía que podría ser también una forma de que las personas conectaran con los caballos y aprendieran a ver, percibir y sentir su magia.
Y entonces llegó nuestro primer aviso. Nos llamó otra protectora que ya no podía con más casos.
Nos había conocido gracias a Instagram y creían que podíamos ayudar.
La yegua era Senda. No me lo podía creer.
Había empeorado desde la última vez que la vi, hacía más de un año.
La valoré y planteé una dieta adecuada a cómo estaba después de los análisis veterinarios.
Evalué sus dolores y diseñé una tabla para poder paliar sus problemas y poder ejercitarla bien para su recuperación.
Sin olvidarme de mi vena veterinaria, por lo que le hice una ecografía para comprobar de dónde venía su dolor al caminar y su consiguiente cojera.
Almu empezó a acompañarme a Finca Deva después de salir de trabajar, a pesar de que los caballos aún le daban respeto.
Se quedaba con Verona y a veces también con Angelito mientras Gelo y yo trabajábamos con Senda o mirábamos alguna cosa del santuario.
Creo que jamás podré entender cómo lo hacía para tragarse su miedo y mantenerse estoica al lado de aquellos animales que tanta desconfianza le causaba.
Almu siempre será especial. Por ser tan diferente y a la vez tan parecida a mí.
Por no tener pelos en la lengua y decir las cosas tal cual las piensa o las siente.
Sin filtro. Por quererme en mi peor momento.
Por ser tan negativa con sus cosas, pero tan positiva con las mías para darme ánimos.
Por ser tan detallista. Por nunca separarse de mi lado.
Y sobre todo, por estar. Por quedarse. Siempre.
Pegaso dio un cambio brutal con nosotros en el último año.
Hasta Angelito se podía subir en ella sin que la yegua se pusiera nerviosa.
Se dejaba tocar por casi cualquier humano e incluso a veces, venía a pedirte mimos.
Alucinante su cambio. Y cuando veía a Aitor sobre Pegaso, siempre le decía lo mismo a Cristian:
—Esto es gracias a ti, rubio. Sin tu esfuerzo y dedicación, Pegaso no sería hoy así.
La rompieron en mil pedazos y dejó de ser un caballo.
Tú, con mimo, esfuerzo, empeño, dándole confianza, has conseguido pegar cada trocito roto.
Y más aún. Has conseguido que crea que jamás le volverá a pasar lo mismo mientras esté con nosotros.
Ahora confía. Y eso es el mejor regalo que nos podía hacer Pegaso.
Después de Senda, llegó Don Juan, un caballo Pura Raza Español, requisado por el SEPRONA.
Vino lleno de garrapatas, con todos los huesos de su cuerpo marcados, aplomo pando por unos cascos que comenzaban a espiralizarse —llevaba años sin que un podólogo o herrador le viera—, una gran herida infectada en el lomo y cero buen rollo con el ser humano.
Me costó hacerme con él a la hora de las curas y el recorte.
Tenía tanto dolor y tanto miedo que tardó meses en confiar en mí.
Es más difícil olvidar lo malo, que creer en lo bueno.
Puede que viviera mil cosas buenas, pero la mala experiencia con el ser humano le marcó.
Debido a los casos que llegaban a mí, visitar la yeguada de Ángel cada vez me gustaba menos.
Con lo bien que lo había pasado en mi adolescencia.
Con todo lo que había aprendido allí. Pero ver a los potrillos y pensar que en algún momento saldrían de ese prado que era su casa, su refugio, para ir con una familia que los venderían a la primera de cambio, que tal vez no los cuidarían como debían…
Me ponía los pelos de punta. No entendía cómo Ángel seguía criando caballos.
Ángel me llamó una mañana para avisarme de que vendían el terreno colindante a Finca Deva, con posibilidad de construir. En cuanto llegó Gelo del trabajo, le cogí por banda y se lo conté.
—¿Por qué estás tan emocionada? ¿Te gustaría vivir en mitad del campo? —preguntó Gelo extrañado—. Nunca me lo has comentado.
—No en mitad del campo. Sino junto a los caballos —maticé y él asintió—. ¿Te imaginas lo genial que sería?
—Creo que los niños lo disfrutarían —dijo. Pero no era la respuesta que esperaba y fruncí el ceño.
—¿Y tú?
Gelo sonrió enseñando los dientes y añadió:
—¿Por quién me tomas? Yo el que más. Aunque esta sea La casa, es hora de encontrar algo nuestro. —Aquello hizo que una gran sonrisa se abriera paso en mi rostro.
Comenzamos a hacer planes. Se lo diría a Aitor cuando llegara de trabajar. Gelo creía que le gustaría la idea. También se lo diríamos a Ainhoa, que aún vivía con nosotros. Yo dudé, pero Gelo tuvo claro: «Vive con nosotros. Seguro que se muda».
Hablé con Aitor de la finca aquella noche cuando estábamos ambos en la cama.
Aitor no dijo nada por unos segundos que se me antojaron eternos.
Después de sus labios nació una preciosa sonrisa.
Le gustó la idea. Estuvimos hablando gran parte de la noche sobre ello y decidimos que Aitor hablaría con su abuela y Cristian.
Quería que se mudaran con él también. Si ellos venían, construirían su propia casa junto a la nuestra.
Si no querían, Aitor se mudaría con los niños, Gelo y conmigo.
Me encantó la idea de poder dormir cada noche con él. El resto de nuestras vidas.
Aitor no tardó ni veinticuatro horas en llamarme para decirme que su abuela y Cristian se mudarían si nos salían los números para comprar la finca y construir.
Me hacía una ilusión infinita mudarme a tan solo un muro de distancia de los caballos y que Aitor viniera me hacía todavía más feliz a pesar de que pudiera ser complicado o arriesgado todo el proceso de compra y construcción.
Así que dimos el siguiente paso: llamar a los dueños de la finca.
Pedían bastante dinero por ella. Demasiado.
Lo que hizo que Gelo y yo propusiéramos una reunión con nuestros amigos para plantearles si querían unirse a nuestro proyecto.
Marcos y Almu fueron de cabeza, sin siquiera pensarlo.
Ainhoa se mostró reticente, pero nos prometió hablarlo con Daniel.
Tras la reunión, llamé a mis padres para contarles todo. Les quería mantener al tanto, como ellos hacían conmigo.
Cuando Aitor y yo nos quedamos solos en mi habitación unas noches después, me dijo que iba a volver a la universidad y terminar Enfermería. Le miré alucinada y le di la enhorabuena. Y después le pregunté el porqué de su decisión.
—Me ha convencido el querer vivir con vosotros en el campo.
Nunca podré ganar tanto con trabajos de mierda o cobrando en negro.
Si quiero que alguien me financie mi parte del terreno y la casa, tengo que ponerme las pilas —explicó y entendí su postura—.
Cristian está buscando trabajo desde que nos planteasteis lo de la casa.
Con suerte puede quedarse con alguno de los míos y así en casa seguirá entrando el mismo dinero.
—Estoy orgullosa de ti.
Emprendíamos otro nuevo hito en nuestras vidas. ¿Tenía miedo? Mucho. Pero era un miedo bueno, de ese que te crea un cosquilleo en el estómago y te hace querer ver qué pasará al día siguiente.