Capítulo 53
Porque hay huellas en la arena que ni el viento es capaz de borrar.
–Solo un amor de verano, Alexandra Roma
Nueve meses después.
A itor entró en casa tras salir del trabajo, saludó a los perros, a Angelito, cogió del suelo a Verona, la lanzó al aire y le hizo pedorretas en su vientre mientras ella se desternillaba de risa.
Después vino hacia mí, que colocaba la compra que Gelo había traído apenas diez minutos antes, mientras bailaba descoordinadamente junto a mi mejor amigo una canción de pop elegida por él.
Aitor se quedó observándonos con Verona en brazos y una sonrisa ladeada.
—Hola —le saludé al ver que se había quedado parado en mitad de la estancia—. ¿Nos ayudas a colocar la compra? —Aitor asintió pero no se movió—. ¿Tan mal lo hacemos que te hemos roto las neuronas y ya no puedes caminar?
Aitor negó y un destello cruzó sus ojos.
—¿Te apuntas conmigo a clases de baile? —preguntó con una enorme sonrisa.
—O sea que crees que bailo mal… —dije con fingido enfado.
—Lo sé yo. Lo sabes tú y lo sabe todo el mundo en la tierra —añadió Gelo, a mi lado.
—Gracias —gruñí, pero era una realidad. Bailaba fatal.
—Eres tú la que se queja de que no sabe cuando bailamos. —Me señaló Aitor.
Tenía toda la razón. Cuando poníamos música en casa, yo intentaba bailar y seguir el ritmo que marcaba la canción, pero lo hacía francamente mal. Hasta Angelito seguía el ritmo mejor que yo.
—¿Entonces qué me dices? ¿Probamos? Empezamos mañana. A las siete en la casa de la cultura. —Me guiñó un ojo antes de acercarse a mí con Verona en brazos y besarme con suavidad.
—¿Lo dices en serio?
—Ajá. Acabo de pasar por allí desde el chalet que estoy reformando, he visto el cartel y me he acordado de ti.
Sonreí y le volví a besar.
—¿Has visto Verona que guay es aquí tu casi padre postizo ? —dije a la niña que andaba jugando con los dedos de Aitor, mordiéndolos y chupándolos.
La primera vez que fue llamado así, cinco días atrás, lo hizo Cristian y yo, asustada, observé la reacción de Aitor. Este me miró con intensidad y pensé que sus ojos podrían atravesarme. Y entonces sonrió. La sonrisa más bonita de todas las que me ha dedicado hasta la fecha.
—Me gusta cómo suena ser su casi padre postizo —susurró para que solo yo le escuchara, y a mí el corazón se me derritió. Porque de verdad vi en sus ojos ese amor que sentía por nosotras y por nuestra familia.
Sonreí y fui a enterrarme en su abrazo, aplastando un poquito a Verona en el proceso. Pero ella no protestó, estaba acostumbrada a aquello.
Unos meses después de aquello, mis padres me llamaron. La reforma había terminado. Mi corazón se desbocó. Era una realidad. «Ya no queda nada de la casa que conocí». Aquel pensamiento me secó la boca y me dejó en shock por unos segundos.
A la mañana siguiente, me inventé una excusa para no acompañar a mis padres a su nueva casa. Y así toda esa semana. Y la siguiente. Me entraba ansiedad y decidí retrasar el momento todo lo que pudiera.
Tanto lo retrasé que mis padres comenzaron a llevarse trastos de mi casa a la suya.
Y todos ayudaron. Menos yo. Me escudé en el trabajo, en estar cansada porque Verona no me había dejado dormir y mil tonterías más que se me ocurrieron.
Cada día una excusa nueva. Hasta que Almu, Aitor y Gelo entraron en la cocina, donde yo bebía un Cola Cao, la llenaron con su presencia y me hicieron una encerrona.
—Hoy vamos a ir los cuatro a ver cómo ha quedado la casa de tus padres —dijo Almu sin dar lugar a una réplica.
—¿Qué cuatro? —pregunté mientras contaba en mi cabeza los que éramos en la estancia—. No. No puedo.
—Las excusas buenas hace al menos una semana que se te gastaron —rebatió Gelo.
—Vale. Entonces no pondré ninguna. —Me crucé de brazos—. No voy a ir. No quiero.
—Te da miedo. —Aitor clavó sus ojos en los míos, buscando confirmación.
—Me crie allí.
—Deberías ir. —Gelo mantuvo un tono suave pero insistente.
—Vamos a acompañarte. —Almu cogió mi mano y la apretó con suavidad—. Pero de hoy no pasa. Han pasado tres semanas.
—No.
—Tus padres quieren que vayas a conocer su nueva casa. —Gelo comentó lo obvio—. Y nosotros queremos que dejes de estar acojonada todo el día. Cuando escuchas algo sobre la casa de tus padres, te tensas y parece que estás al borde del ataque de ansiedad.
—Es que es así. Tal y como lo describes.
—Vamos a intentarlo, ¿vale? —habló con suavidad Aitor.
Y no sé si fue por cómo me miró o por lo bonita que sonó su voz así de relajada, de bajita, que mirándole solo a él y perdiéndome en sus ojos de colores, asentí.
Gelo se quedó con Verona y Aitor me llevó a Alevia antes de que fuéramos a la casa nueva de mis padres.
Aquel mirador al lado de la ermita, que antaño era de Cristian y Aitor, se convirtió también en nuestro sitio.
Aquel día, mi mirada y mis pensamientos se perdieron en el horizonte, observando el paisaje.
Por mi mente pasó la idea de que jamás me cansaría de mirar los verdes parajes que aquel sitio nos obsequiaba.
Desvié mi mirada del paisaje frondoso y verde asturiano, a Aitor, que mantenía su mirada en un coche rojo al que daba vueltas con los dedos.
—¿Qué haces con el coche favorito de Angelito? —pregunté confundida al darme cuenta de qué coche era.
—Me lo ha dado hoy después de que le ayudara con una palabra que no sabía escribir —contestó Aitor sin desviar la mirada de sus manos.
Cogió una gran bocanada de aire y lo soltó antes de seguir—.
¿Sabes? Al principio, cuando estabas embarazada y empecé a sentir cosas por ti, salió solo que también empezara sentir algo por Verona.
Pero Angelito me parecía a años luz. Porque él ya había sufrido la pérdida de Alexis.
Porque su madre biológica le ignora. No quería interactuar de más con él por no causarle dolor en un futuro si tú me echabas de vuestra vida.
Pero desde que nació Verona, a él le gusta pasar tanto tiempo como a mí con ella.
Y ha sido inevitable que conectáramos. Es un chaval alucinante.
Y ahora me quiere. Y yo quiero a los niños.
Y te quiero a ti. Quiero la familia que has creado con Gelo.
Quiero ser tu compañero de vida y criar a los niños contigo.
Quiero ser un padre. Uno de verdad, Ádriel.
Y no quiero fallarles. Nunca. Y eso, me da miedo.
No contesté enseguida, la emoción me cerró la garganta, entumeció mi musculatura y paralizó mi mundo unos segundos, dejándome vivir en aquel momento más tiempo.
No me esperaba aquello. Para nada. Mi corazón bombeó enloquecido por su sinceridad, por dejar salir sus sentimientos sin filtro alguno.
Le abracé con fuerza y enterré mi rostro en su pecho.
Cuando me separé de él, lista para decirle algo, las palabras no salían de mis labios, estaban atoradas en mi garganta.
Tenía demasiados sentimientos y palabras atravesadas. Carraspeé hasta encontrar mi voz.
—No tengas miedo. Yo… Ellos… Pase lo que pase, jamás querrán que dejes de formar parte de su vida porque eres una persona maravillosa y excepcional. Eres familia, Aitor. —Contuve mis emociones para no echarme a llorar.
—Sois mi familia —susurró y sellamos el momento con un beso y el paisaje asturiano como testigo.
Con energías renovadas y el corazón calentito, enfrentarme a la casa nueva de mis padres parecía más fácil.
A pesar de lo que pensaba, cuando Aitor y yo volvimos a casa y avisamos a Almu y Gelo de que estábamos preparados para visitar a mis padres, me entraron los nervios.
Para cuando entramos en la calle de la antigua casa de mis abuelos, decir que estaba nerviosa era quedarse corta.
Me iba a dar un puñetero infarto. Caminé nerviosa.
La fachada seguía igual, pero la madera que adornaba aquel adosado y que conformaba el corredor, estaba recién barnizada y su color caoba llamaba la atención.
Sobre la puerta, que estaba tal y como la recordaba, ya no estaban aquellos números plateados y desvencijados que había conocido de toda la vida.
Ahora estaban los números en negro, en un bonito azulejo de cerámica con detalles en color azul y verde alrededor.
¿Si por fuera parecía una casa completamente nueva, cómo sería por dentro? Me inquietó la respuesta.
Gelo llamó a la puerta y mis padres apenas tardaron en abrirnos. Nos saludaron y sonrieron contentos al verme.
—¿Pasáis? —preguntó mi madre y ambos se echaron a un lado para dejarnos pasar.
Era tarde para decir que no, ¿verdad? Hice de tripas corazón y asentí pero no me moví.
Almu me empujó por la espalda con suavidad y seguí a Gelo, que fue el primero en pasar.
Entré con el corazón en un puño, pero según caminaba por la casa, me fui relajando.
No quedaba nada de la casa que yo recordaba.
La única estancia que seguía siendo parecida, era la cocina, pues las encimeras eran las mismas.
El resto de habitaciones eran totalmente diferentes.
No me entró congoja como pensé que pasaría mientras observaba con interés los cambios en la casa.
Era un hogar nuevo. Y bonito. Un lugar donde crear recuerdos nuevos.
—Me gusta —concluí tras terminar la visita.
—¿Estás bien? —murmuró Aitor.
Asentí. Lo estaba. Me daba tanto agobio cómo me haría sentir la remodelación de la casa, que ahora que lo veo con perspectiva, veo que era solo una casa.
Cuatro paredes y un techo. Me costó separar los sentimientos de lo material.
Mis abuelos no volverían y seguirían doliendo porque fueron importantes.
En mí estaba que dolieran más o menos. En mí estaba que me quedara con un bonito recuerdo de todo lo que fueron en mi vida y la huella que dejaron en ella para siempre.
Unos días después, me senté en el pasto de Finca Deva con Verona, un cuaderno y un bolígrafo. Busqué entre las páginas del cuaderno hasta que di con lo que buscaba.
Mi proyecto.
Encontré las respuestas a mis preguntas sobre los caballos. ¿Cómo podía ayudarles sin ser veterinaria? La respuesta llegó de la mano de Ángel, quien me habló de Senda, una yegua de un conocido de un conocido, en muy malas condiciones.
Un santuario.
Fundaría un santuario donde poder albergar caballos rescatados.
Les daría una nueva vida. Una donde recordar qué es ser caballo, donde ser libres.
Tal vez incluso podría volver a buscarles una familia.
Aunque de eso último dudaba. ¿Cómo podía asegurarme de que esos caballos a los que había ayudado no cayeran en malas manos?
Todos podemos mentir. A gente que conocemos y sobre todo a desconocidos. Aún debía darle vueltas al tema.
Comencé a informarme, a hablar con protectoras y santuarios de la zona, porque no sabía por dónde empezar para crear uno desde cero.
Y en ello estaba, buscando cómo cambiar la vida de los caballos maltratados o que sus dueños, pese al compromiso que habían adquirido al hacerse cargo de ellos, ya no podían —o no querían— seguir haciéndolo.
Por fin empecé a sentir que iba por el camino correcto. Iba a ayudar a los caballos a seguir siéndolo. A seguir creando magia y que la llama de su encanto no se apagara.