Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 51
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Capítulo 51

Vive y ama.

–La enfermera de Auschwitz, Joanna Barnden

F ue genial entrar en casa, tras dejar a Aitor en la suya, y gritar emocionada que Aitor y yo volvíamos a estar juntos. El grito de Angelito y las risas de Gelo no las cambio por nada del mundo. Tampoco el hormigueo que me atravesó cuando me llamó para hablar conmigo antes de dormir.

Al día siguiente, cuando por la tarde Aitor entró a la misma hora de siempre en Finca Deva, se me saltó un latido.

Aparcó, saludó a los perros según se acercaba a mí, saludó a Verona —que estaba en la mochila conmigo— con un delicado beso en la coronilla y después a mí con un bonito beso y un suave abrazo.

Me encantó volver a sentir mi corazón latiendo más deprisa cuando veía por primera vez a Aitor y que solo se sosegara cuando él me abrazaba y me dejaba cobijarme en su cuerpo.

—Gracias por esperar a que estuviera preparada.

—Siempre. —Besó mis labios.

—Te quiero —susurré.

Una bonita sonrisa se coló en sus labios y no pude evitar besarlo. Aitor llevó las manos a mis mejillas, nuestras miradas se quedaron enganchadas y se dijeron todo lo que no supimos decir con palabras. Cuando nos separamos, quise volver a sentir su piel en la mía y uní nuestras manos.

Observamos a Cristian trabajar con Pegaso. Aún no entendía por qué Aitor no había vuelto a montarla. Por qué no había probado a entrenarla y dejaba todo a su hermano pequeño. Seguramente Pegaso le habría ayudado a sanar también a él.

Era impresionante ver el cambio en Pegaso. A veces la yegua parecía olvidar algunos pasos si estaba unos días sin entrenar, pero le hacíamos recordar sin mucho esfuerzo.

—Quiero montar contigo —anuncié a Aitor cuando Cristian terminó de entrenar con Pegaso. —Me hace ilusión.

—Yo también tengo ganas —admitió Aitor con un brillo especial en los ojos.

—Dame a mi sobri —me pidió Cristian abriendo sus brazos cuando llegó a mí.

No me dejó terminar de quitarme la mochila, en cuanto pudo, cogió a Verona y la sostuvo contra su pecho mientras le hablaba en tono cariñoso.

—Montas a Pegaso —afirmé, o tal vez pregunté.

Aitor dudó y miró a su hermano pequeño, que le enseñó un pulgar hacia arriba.

Entonces Aitor asintió y sonreí. Desde aquel día que me despedí de la casa de mis abuelos, Aitor no había vuelto a montar a Pegaso.

Solo la saludaba al llegar a Finca Deva.

Nada más. Pensaba que aquel día había desbloqueado algo dentro de él, pero tal vez necesitaba un empujoncito y más momentos con la yegua para que saliera de él querer su conexión y montarla.

Insté a Aitor a mirar si los estribos estaban a su altura, pues había montado antes Cristian, mientras yo preparaba a Troya.

Salimos al campo a pasear con Cristian y los perros siguiéndonos de cerca.

El paseo fue una maravilla. Sentir a Troya bajo mi cuerpo, oír su respiración y sus cascos aplastando la tierra, música para mis oídos.

—Eres maravilloso, Troya. —Me eché hacia delante y abracé al equino.

Le noté tan relajado a pesar de que yo no estaba en una postura normal para él, que me quedé unos minutos del paseo así, abrazada a él.

—Pareces una garrapata. —Se rio Aitor.

Recuperé mi postura normal, le encaré y saqué mi lengua.

—¿Una carrera? —Aitor asintió—. Luego volvemos —le solté a Cristian. Sonreí con picardía antes de volver a hablar—. ¡Hasta el árbol y vuelta! —chillé y pedí a Troya galopar sin esperar a Aitor.

—¿Qué árbol? —preguntó confundido Aitor mientras yo comenzaba a carcajearme entre tranco y tranco de galope—. ¡Si estamos en mitad del bosque! ¡Tramposa! —Le escuché a lo lejos.

No me giré para ver si me seguía porque a los pocos segundos empecé a escuchar otros cuatro cascos a diferente ritmo que los de Troya.

Reí de manera descontrolada y disfruté del viento en mi cara, de la sensación de libertad, de ser solo Troya y yo.

Solos los dos en mitad del bosque. No había nada más.

En algún momento decidí que un pino bajito era EL árbol y me di la vuelta.

Aitor me miró divertido y pidió a Pegaso darse a la vuelta sin llegar hasta donde yo estaba y echó a galopar en dirección contraria entre risas.

—¡Ganaré, princesa! —Elevó la voz con risa envolviendo sus palabras.

Estallé en carcajadas y no me esforcé en cogerle, sabía a ciencia cierta que Troya era más rápido y que Aitor nunca pediría más de lo que Pegaso pudiera dar para ganarnos.

Pasé por su lado, le saludé entre risas y le adelanté.

Cuando llegué a la altura de Cristian, Verona y los perros, pedí a Troya ir al trote y probé a pedirle bajar al paso con la respiración.

Había una corriente que explicaba que relajando la respiración, el caballo entendía que debía bajar el ritmo.

Y así fue. Costó unos pocos metros, pero Troya bajó la intensidad de su tranco hasta llegar al paso.

Aitor llegó a mi lado y Pegaso frenó en seco.

—¿Has visto, rubio? —comenté orgullosa mientras Aitor y yo nos acercábamos hacia él—. Lo he conseguido con la respiración.

—Ha sido una pasada —exclamó Cristian—. ¡Y lo he grabado!

—¿Has pasado de trote a paso con la respiración? —preguntó Aitor escéptico—. No te creo.

—¿Recuerdas cuando te hablé de que los caballos son capaces de acompasar sus latidos a los de los demás y de respirar al unísono?

Pues si tú estás con la adrenalina por las nubes por el galope, tu corazón va a mil, tu respiración se desboca y lo mismo en el caballo.

Pero si consigues que tu respiración se vaya sosegando, también lo hará tu corazón y por ende, el caballo te imitará. Recuerda que sois un binomio.

—Me parece algo imposible de conseguir —contestó Aitor y Cristian le dio un poco la razón.

—Cuando lleguemos a Finca Deva, métete en la pista y prueba con Pegaso. O si quieres a Troya… —dejé en el aire.

Al llegar a la finca, le di el pecho a Verona y Cristian volvió a coger a la niña. Mientras, Aitor probó la técnica de la respiración con Pegaso. Tras bajarse de ella, vino a nosotros.

—Yo… —Aitor tragó con fuerza. ¿Qué quería decir?—. Estoy orgulloso de vosotros y de lo que habéis conseguido con Pegaso.

Cristian le abrazó con Verona aún en brazos y ojos brillantes.

—Sé que lo sabes, pero no te lo había dicho aún, Aitor. Te perdono —confesó Cristian a su hermano con voz llena de sentimientos bonitos.

Sonreí ante la escena. Todo se estaba colocando en su lugar. Y yo estaba deseando saber qué me deparaba el futuro junto a Aitor.