Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 50
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Capítulo 50

Desearía haberte conocido antes.

No a alguien como tú, sino a ti.

–Bajo la puerta de los susurros, T.J. Klune

A l día siguiente, escribí a Aitor. Le hablé del boceto y ambos propusimos vernos.

Sonreí como una boba al móvil. Quería verle.

Quería tocarle y notar su tacto en mi piel.

Decirle que al fin había sanado. Que quería ser valiente y arriesgarme por lo que mi corazón sentía por él.

Que por fin podía darle todo a él. T-O-D-O.

Fuimos a Alevia, al balcón, al paraíso. Hicimos el camino en coche en silencio a pesar de que lo que más había añorado de ese tiempo separados, fue su voz.

Al salir del coche y adelantándose a mí, Aitor cogió a Verona de la silla y con su mano libre, entrelazó sus dedos con los míos.

Sentí la electricidad que comenzaba en los dedos de mis manos y se perdía por mi brazo.

El pecho se me hinchó de amor y de una sensación cálida que atesoré.

Me encantaba la tibieza que inundaba mi cuerpo con gestos tan simples y pequeños como aquel cuando venían de Aitor.

Le quería cerca y se lo iba a decir. No le quería volver a tener lejos.

Nos acercamos al balcón conformado por piedras y me senté a mirar el horizonte. Me perdí en las montañas, en el verde de diferentes tonos que decoraban las montañas, en los tejados naranjas y negros de las casas a lo lejos. Una pasada ver así un trocito de Asturias.

—¿Ser adoptado es una de las razones por las que…?

Aitor no me dejó terminar la pregunta y negó con vehemencia. Alzó su mano y acarició mi brazo con la punta de sus dedos. Amaba su cercanía y que la piel se me erizara allá donde me rozaba.

—No. —Volvió a negar, y su voz sonó aún más firme—. Pero es posible que el haber sido adoptado haga que no me importe vivir en una familia tan diferente como la tuya, porque para mí lo importante es que los niños crezcan rodeados de amor.

Se detuvo un segundo, como buscando las palabras justas, y buscó mi mano entre las suyas, apretándola con suavidad.

—Da igual cómo sea esa familia mientras esté unida. Por eso jamás intentaré separar la tuya.

Alzó la mirada, y su expresión, vulnerable y decidida, me desarmó por completo. Entonces siguió hablando:

—Me gustas tú y tu forma de ser. Me gusta tu físico y tu forma de pensar.

Me gusta que a pesar de todo, tienes una pizca de inocencia aún intacta.

Y eso ha hecho que me enamore de ti. —Me sonrió de medio lado—.

Te quiero a ti, y la familia que has creado junto a Gelo no es un impedimento para mí porque os entiendo.

Angelito necesitaba una madre y tú lo eres.

Se inclinó un poco hacia mí, como queriendo acercarse aún más a lo que decía:

—Una familia tan bonita como la vuestra no se destruye. Solo puede crecer. Y yo quiero ser parte de esa vida que habéis construido.

Para cuando terminó de hablar, por mis mejillas resbalaban algunas lágrimas que no había podido retener y mi corazón estaba lleno de sentimientos bonitos por él.

—Aitor. —Tragué saliva con fuerza—. Quiero ser valiente y arriesgarme. Quiero darte todo de mí y quiero que seas el amor de mi vida. Te quiero —susurré antes de zambullirme en su pecho en un apretado abrazo, con Verona en medio.

Hogar. Sentí hogar cuando sus brazos me envolvieron, cuando nos envolvieron a las dos.

—Te reto —susurró en mi oído y la piel se me erizó.

—¿A qué? —Sonreí.

—A no mirar atrás. —Aitor encajó su mirada en la mía y nuestros ojos quedaron atrapados en los del otro. Como un hechizo—. ¿Qué me dices?

Mi corazón comenzó a latir furioso. Vi a Verona coger su dedo índice y a él disfrutar de la niña. Y lo tuve claro. Lo supe. Aceptaría el reto. Siempre. Por verlos así a los dos. Por verme a mí con ellos. Por ser feliz.

—Acepto el reto. Siempre.

Mientras volvíamos a casa, con mis raperos sonando por los altavoces del coche, hice callar a Aitor de manera abrupta cuando escuché una frase de Rafa Espino que llamó mi atención e hizo que mi corazón se desbocara.

—¿Qué pasa? —preguntó Aitor confundido.

Le mandé callar por segunda vez y acto seguido puse desde el principio la canción. Resiliencia , de Rafa Espino, comenzó a sonar y noté cómo Aitor aguzaba el oído para escuchar lo que a mí me había llamado la atención.

Mi corazón se paró en el minuto uno y cincuenta y un segundos.

Desvié el coche y lo dejé tirado en el arcén, con los warnings puestos.

Con manos temblorosas, cogí mi móvil y eché hacia atrás la canción unos segundos.

Y entonces contuve el aliento y me perdí en los ojos de dos colores de Aitor mientras Rafa Espino cantaba:

Porque todo pasa y todo llega

y hay que saber dejar marchar hacia el pasado.

Que el amor es ciego, pero a veces ciega

y que no vale la pena si no se quedó a tu lado.

Yo soy el único que decido

a la que le escribo verso «fino» en el costado.

Busca tu destino y para recorrer camino

pregúntate tres cosas en el orden que te digo:

Primero, ¿quién soy?

Segundo, ¿a dónde voy?

Tercero, ¿quién viene conmigo?

Aquellos versos, que había escuchado durante meses de otra forma, cobraron todo un nuevo sentido para mí. Y entonces, con una sonrisa, le dije a Aitor:

—Ven conmigo —susurré haciendo referencia a la canción.

—Siempre —contestó Aitor mientras rompía el espacio que había entre nosotros para besarme—. Siempre.

Volví a casa llena de sentimientos bonitos y con una promesa tatuada en mi corazón.