Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 49
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Capítulo 49

Algunos padres te dan la vida.

Algunos te enseñan a vivirla.

–Hopeless, Colleen Hoover

L as reformas en casa de mis abuelos empezaron pocos días después. Mis padres me pidieron opinión sobre los cambios que querían hacer y yo, en el fondo, prefería que cuando volviera a entrar en esa casa no me recordara para nada a la de mis abuelos.

Una tarde que mis padres se llevaron a ambos niños de paseo, cerré la puerta de mi habitación y saqué de mi cajón los trozos del boceto que Alexis hizo.

Los observé con detenimiento mientras mi corazón golpeaba con fuerza contra mis costillas.

No intenté calmarlo, solo dejé que todo fluyera.

Pasé mis dedos por los pedacitos de papel.

Hacía meses que aquellos trozos aguardaban a que estuviera preparada para reconstruirlo.

Y era hora. Porque aquel día me di cuenta de que apenas dolía verlos.

Me puse los cascos y elegí una lista con música rap. Coloqué los bordes, que ya había localizado meses atrás, en el tapiz donde hacía el puzle con el que estaba en ese momento.

Angelito entró en mi habitación en algún momento, tocó mi hombro y cuando me quité los cascos, me preguntó qué hacía con los trocitos de papel.

—Es un boceto que hizo Alexis.

—¿Por qué está roto?

—Lo rompí al verlo. Me enfadé —admití mientras el crío pasaba sus dedos por los trozos de papel.

—Yo también me enfadé cuando se fue. A veces me acuerdo de él —dijo el crío—. ¿Puedo ayudarte?

Asentí.

Gelo entró al poco en la habitación y se interesó por lo que hacíamos.

Al explicárselo, nos preguntó si podía ayudarnos.

Me sentí reticente al principio. Quería sanar yo.

Y quería hacerlo sola. Podía hacer una excepción con Angelito, ¿pero con Gelo?

Entonces me encontré con la mirada de mi mejor amigo y en sus ojos pude ver que él también necesitaba cerrar esa herida que perder a su amigo le causó. Y asentí.

Nos fuimos al salón, di el pecho a Verona y mis padres se ofrecieron a hacer la compra con ella y dejarnos a nosotros tres un ratito para reconstruir el boceto. Se lo agradecí.

Cristian me escribió para preguntar cuándo iríamos a Finca Deva. Le contesté que no iría, pero que si quería, podía ir él si le llevaba y le recogía alguien.

Cada tarde nos sentábamos los tres, aunque fueran solo unos minutos y algunas noches, con los niños ya dormidos, Gelo y yo seguíamos reconstruyendo el boceto.

Hasta que lo terminamos.

Enfrenté el boceto recién restaurado. Alexis y yo mirándonos, montando a Troya y Capri, cogidos de la mano.

Y descubrí que no dolía. Alexis ya no dolía. Solo quedaba una sensación agradable por nuestro pasado común e indiferencia por su presente y futuro.

Sonreí.

Había sanado.