Capítulo 48
Supongo que las peculiaridades de los demás
dejan de ser incómodas en cuanto las conoces
y puedes anticiparte a ellas.
–El día que dejó de nevar en Alaska, Alice Kellen
M e desperté con una extraña sensación en mi pecho.
Mi cabeza sabía perfectamente qué día era.
El día de despedirme de mis abuelos. De su casa.
Dejaría de haber paredes que me recordaran a ellos. Habitaciones. Ya no podría fantasear con entrar en su casa e ir a la cocina siguiendo el olor de la comida que tocara. Aquella casa, tal y como la había conocido, iba a dejar de existir. Y en mí residía el poderme despedir o no de ella.
Pedí a Gelo que se quedara en casa y fui a Finca Deva con Verona y los perros.
Dejé a Verona en el carrito pegadito a la valla para poder vigilarla y me refugié en los caballos, como tantas otras veces.
Abracé a Troya mientras estaba encima de él.
Dejé que sus crines se pegaran a mi rostro y su olor inundara mis fosas nasales.
Dejé que mis brazos resbalaran por su cuello y le acaricié con suavidad, dejando que sus pelos se deslizaran por las palmas de mis manos y mis dedos.
Troya me dio tranquilidad, sosiego. Me dio valor.
—Gracias, Troya, por darme la fuerza que necesitaba hoy — susurré antes de besar su cuello.
Sabía que no entendía mis palabras o mi gesto, pero a mí me reconfortó hacerlo. Unos instantes después y para mi sorpresa, Aitor apareció en mi campo de visión.
—¿Qué haces aquí? —pregunté tensa mientras me incorporaba—. ¿Ha pasado algo? —Me alteré. Aitor negó.
Hacía semanas que no pisaba Finca Deva. Hacía semanas que no nos veíamos.
Y estaba tan guapo como siempre. Con esa cresta rubia trenzada y sin una capucha o una gorra puesta.
Conmigo no la necesitaba. Sentí una punzada en el estómago.
Quise poder pasar mis dedos a través de su cabello para colocar bien los mechones que se habían escapado de la trenza.
—Pensaba que tal vez necesitaras dejar la mente en blanco un rato. He venido a cuidar de Verona —dijo mientras la cogía del carrito y la saludaba con un beso en la coronilla.
Sus palabras encogieron mi corazón y mis ojos se humedecieron. Tendría que haberle dado las gracias, pero no me salía, la palabra se quedó atascada en mi garganta y en su lugar añadí:
—Te van a despedir del trabajo como sigas faltando por mi culpa.
Aitor se encogió de hombros.
—Merece la pena el riesgo.
No encontré las palabras exactas que quería decirle. Eran demasiadas. Por ello me limité al escueto «gracias» que tendría que haber dicho desde el principio y en el que esperé que Aitor encontrara el resto que no le dije.
Les eché un vistazo a los dos y me quedé unos segundos atrapada en la imagen de Aitor con Verona en brazos.
Después me centré en Troya, me volví uno con él y casi olvidé por qué me había levantado sintiéndome tan rara.
Cuando me bajé, pregunté a Aitor si le apetecía montar y aceptó. Elegí a Cuervo para él.
—Cuervo es parecido a Pegaso —dijo Aitor subido al equino—. O al menos es el recuerdo que tengo. Un paso ligero, bonito, que te hace sentir libre.
—Con Pegaso parece que vuelas. Se mueve tan suave que parece que sus cascos no tocan el suelo —le conté por si eso le hacía recuperar algún recuerdo de la yegua—. Deberías montarla.
Aitor bajó de Cuervo y se mantuvo a una distancia prudencial de mí. Aquello me escoció un poquito, pero me dije que debía alegrarme porque a pesar de todo, él pensó que aquella mañana sería dura y quiso ayudarme.
—No me atrevo —admitió Aitor y bajó la mirada—.
No es solo por esa última conexión caótica con ella cuando me caí…
—Su mano fue a su codo—. Es por si no me siento tan cómodo como cuando mi madre me dejaba montarla.
Por si ella no me ha perdonado por venderla.
Porque… si me subo… —Tragó saliva con fuerza—, es un recordatorio de que ellos no están.
—Tus padres no te culpan. Lo sé. Monta en Pegaso. Hazlo. Tal vez después de hacerlo, seas capaz de perdonarte a ti mismo. Tal vez, sientas a tus padres más cerca.
A pesar de que se mostró receloso, le convencí.
—Sin expectativas, Aitor. —Me acerqué despacio, cogí a Verona de sus brazos y reprimí las ganas de besarle los labios con delicadeza o abrazarle—.
Solo háblale con tus gestos, con amor. Hazle sentir cuánto la has echado de menos, lo que significa para ti y agradece que haya vuelto a ti —añadí, con lágrimas en los ojos.
Por la situación de Aitor con Pegaso. Por mi situación con él.
Levanté la mano para acariciar su mejilla, pero me detuve a medio camino. Noté su rostro afligido por el gesto que se quedó en pudo en vez de ser. Sacudí mi cabeza para alejar todo lo que sentía en aquel momento y tragué saliva.
—Después coge la silla, la cabezada y vístela. Y si te deja y tú estás seguro, súbete. —Mi voz bajó hasta ser apenas un susurro, cargado de mil emociones—. Y sobre todo, disfruta de la conexión con ella.
Aitor desvió su atención de mí y se quedó unos minutos contemplando a la yegua.
Cuando estuvo preparado, se acercó a Pegaso y fue con ella hasta la pista que él mismo había construido.
Pasó una hora y media con ella. Y yo, mientras, con el corazón encogido, no dejé de derramar lágrimas de emoción por verle superar un reto, de pena por haberle alejado por el bien de los dos, de tristeza porque aquel momento hubiera pasado cuando no podía correr hacia él para besarle y abrazarle por superar un obstáculo.
Aitor se pasó casi todo el tiempo al lado de Pegaso.
La abrazó y lloró. Cuando se sosegó, habló con ella, susurrándola cosas que no llegué a oír.
Y la vistió y se subió a ella. Pude ver la conexión que bullía entre ambos.
Sonreí y me sentí orgullosa del chico de cresta trenzada.
Menos mal que grabé todo, sino Cristian no me creería cuando se lo dijera.
—¿Sabes? Yo solo quería montar a Pegaso.
Si mi madre no me la dejaba, no me iba con ellos.
Cristian tiene un vínculo con cualquier caballo.
Le encantan. Le gusta todo lo relacionado con ellos.
Aprender con y por ellos. Todos le hacían sentir bien.
A mí solo me gustaba Pegaso y todo lo relacionado con ella.
Le miré sorprendida ante la información que yo sospechaba, pero que él jamás me había revelado.
Había pasado meses aquí, mirando cómo su hermano pequeño montaba a Pegaso, cómo trabajaba con ella su rechazo al ser humano y su miedo.
Y por dentro sufría por no ser él quién estuviera con ella.
Porque tenía miedo. Porque se sentía culpable.
Que mala es la culpa que te impide avanzar, dar un paso en la dirección correcta, disfrutar de las cosas bonitas.
Cómo lo tergiversa todo. Cuánto daño hace.
Aitor comenzó a ir al paso y noté el momento en que la expresión de su cara se relajó y comenzó a brillar. Ambos se convirtieron en uno delante de mis propios ojos. Pegaso le recordó y él a ella también. Fue alucinante poder ver aquello y formar parte.
Aitor se bajó de la yegua con una amplia sonrisa y se acercó a mí a toda prisa mientras hablaba:
—Pegaso sigue siendo Pegaso.
Me estrechó entre sus brazos y dio una vuelta y dos y tres conmigo y Verona entre sus brazos.
Su mirada y sus labios en una eterna sonrisa, me contagiaron su buen humor.
Y me besó. Fue corto, pequeño, casi un roce, que nació del subidón de adrenalina que experimentó tras subirse a Pegaso, y que me gustó demasiado.
Al darse cuenta de su error, se alejó de mí y me dejó fría sin su cuerpo pegado al mío.
—Lo… lo siento —titubeó con el rostro lleno de sentimientos encontrados.
Hui. Porque aquel beso fue hogar. Y yo no estaba preparada para ello aún. Todavía no podía darlo todo en una relación que no merecía menos.
Mi estómago estuvo hecho un nudo de nervios todo aquel día.
Y la extraña sensación de mi pecho, lejos de desaparecer poco a poco, fue aumentando.
Mis amigos y mis padres fueron llegando a casa a cuentagotas y cuantos más éramos en casa, más nerviosa estaba, pues menos quedaba para enfrentarme a la casa de mis abuelos.
Mi beso con Aitor quedó relegado a un rincón.
Y llegó el momento. Me coloqué a Verona en la mochila ergonómica y con Almu, Marcos, Gelo, Ainhoa y Cristian a mi lado, salimos de casa.
El aire parecía más espeso de lo habitual y me costaba que entrara y saliera de mis pulmones mientras caminábamos por la calle.
Mi corazón iba a mil a pesar de que nuestro paso era lento.
Mi mano se aferró con fuerza a la de Gelo.
¿Y si no lo lograba? ¿Y si seguía siendo demasiado a pesar de estar rodeada de mi personas favoritas?
Llegamos a la calle de mis abuelos y me aferré con más fuerza a la mano de Gelo.
Cogí también la mano de la persona que tenía a mi otro lado.
Almu. Ella no se quejó ni un poquito de que estrangulara su mano cada vez con más fuerza.
En su lugar, comenzó a hacer pequeños círculos con su pulgar en el dorso de mi mano.
Deceleré el pasó y cogí bocanada tras bocanada de aire espeso para no caer redonda al suelo.
Nos detuvimos frente a la casa de mis abuelos y eché un vistazo al edificio que se cernía sobre nosotros. Precioso. Seguía siendo igual de bonito que siempre.
—¿Quieres que abra? ¿Necesitas más tiempo? Dime. —Gelo buscó mis ojos y escrutó en ellos qué debía hacer.
—Abre. No esperes. No quiero que mi corazón me haga salir corriendo.
Mi corazón se desbocó al escuchar la cerradura de la puerta ceder y el sonido de la puerta al abrirse. Me quedé delante de la puerta, enfrentándome a mis demonios. Nadie se movió. Nadie entró. Todos me esperaron.
Entré. Y aunque con Alexis también había entrado, mi subconsciente lo había olvidado y volví a esperar que el olor de las comidas ricas de mi abuela, me envolviera.
Pero no. Olía a casa cerrada. A humedad.
No era el hogar de mis abuelos. Ya no. Era una casa.
La casa donde vivieron mis abuelos. Donde viví con ellos.
No me solté de Gelo y Almu, que tuvieron que hacer malabarismos para ir pasando por las diferentes estancias.
Yo intenté grabarlo todo en mi retina, sin dejar que el miedo me paralizara o me hiciera huir y dejé que algunos recuerdos vinieran a mí.
Me detuve en la cocina. La abuela y yo pasábamos mucho tiempo allí.
Le pedí a Gelo que cogiera su recetario, donde de su puño y letra mi abuela fue apuntando sus recetas.
Esas eran mis favoritas. Solté unos segundos la mano de Gelo para tocar la encimera con las yemas de mis dedos y cerré los ojos, recordando.
También me detuve un ratito en el salón.
Solté la mano de Almu unos instantes y la pasé por la tela del sofá, recordando cuando el abuelo se sentaba a uno de mis lados, la abuela al otro y ella me daba un pequeño masaje en el cuero cabelludo mientras veíamos una película los tres.
Busqué en la mesilla de noche de mi abuelo su poemario favorito. El que me leía de pequeña cuando me echaba la siesta o me quedaba a dormir. Y después a mi abuela, cuando estuvo tan malita.
Salí de aquella casa llorando, con el corazón en carne viva pero sintiéndome mejor que cuando había entrado.
—Gracias. Me habéis dado la energía que necesitaba. Sin vosotros, no habría sido capaz de entrar aquí. —Rompí a llorar.
Nos abrazamos, con cuidado de no aplastar a Verona, y con ello mis amigos crearon una muralla que me protegió de no estallar en mil pedazos. Con las lágrimas y el llanto, solté el nudo de mi estómago. Y poco a poco, todo dentro de mí se fue calmando.
Observé por última vez la entrada de casa de mis abuelos antes de que Gelo la cerrara. Sería la última vez que la vería así.
Esa noche, cenamos todos mis amigos y mis padres juntos. Unidos. Como una familia. Y aquel bonito gesto por su parte, hizo que me sintiera mejor. Eché de menos a Aitor, pero entendí que no viniera.
Aquel día de julio, me despedí de lo que fue mi hogar en mi juventud y adolescencia.
También me despedí de mis abuelos.
Les dejé marchar.