Capítulo 47
El miedo a la pérdida… puede destruirte tanto como la pérdida en sí.
–Imperio de tormentas, Sarah J. Maas
E l domingo, Ainhoa y yo nos quedamos solas en el salón cuando terminamos de desayunar.
—¿Podemos hablar? —pregunté al ver que se ponía en pie con su plato y su vaso en la mano, lista para marcharse.
Ainhoa miró su reloj con un movimiento rápido y asintió.
—Pero no tengo mucho tiempo. He quedado con Daniel y sus amigos para jugar al pádel.
Pádel. ¿Desde cuándo ella jugaba al pádel? ¿Acaso sabía?
—Hace meses que no haces nada con nosotros. Salvo la comida de los sábados. Y viene Daniel —le reproché con tristeza tiñendo mis palabras.
—Estoy disfrutando de conocer a Daniel. De nuestra relación. Pasar tiempo con él me hace sentir bien. ¡Deberías entenderlo! —Perdió un poco los papeles y me agobié. Ella nunca los perdía.
Bajé la mirada y asentí. La entendía a pesar de que a veces echaba de menos que las cosas fueran como cuando estaba con Juli: ella siempre con nosotros.
—Eso no significa que lo que siento por vosotros haya cambiado.
Te sigo queriendo hasta el infinito, al igual que a Gelo y a los niños.
Sigues siendo la primera en saber cualquier cosa de mí.
A quien cuento mis secretos, mis dudas, mis progresos y mis logros.
—Aquello me tranquilizó—. Pero… también quiero estar a solas con Daniel.
Me gusta. Le quiero. —Asentí—. ¿Recuerdas cuando te pusiste de parto?
Estuve. No me lo iba a perder por nada del mundo.
Cuando me necesites, llámame y estaré. No pasa nada si ahora no somos como antes.
Es complicado que todo siga igual a pesar del tiempo y de los cambios que experimentamos.
Pero lo importante es que sigamos confiando la una en la otra a pesar de la distancia.
—Tienes razón. —La abracé con fuerza e inhalé su aroma a lavanda—. ¿Tienes otro minuto más?
Ainhoa escrutó su reloj y por la mueca que hizo, no lo tenía.
—Aún me queda un ratito —mintió para quedarse hablando conmigo y se lo agradecí en silencio.
Le expliqué que se me hacía raro que mis padres vivieran bajo nuestro mismo techo y que pasaran tanto tiempo conmigo.
Ella me sonrió con dulzura y me dijo que esa vez sí que habían venido para quedarse y no perderse cualquier paso que diera.
Asentí, volví a abrazar a mi mejor amiga y la animé a irse.
Ya continuaríamos nuestra conversación en algún momento.
Me dejó el corazón tranquilo, era lo que necesitaba.
Antes de la comida, mis padres me recordaron que debía elegir si me despedía de la casa de mis abuelos o no.
Había pasado casi un mes y medio desde aquella conversación y aunque habían esperado, debía tomar una decisión.
Hice una mueca pero asentí. Había evitado pensar en ello y, por ende, no había una decisión tomada.
—Mañana os digo algo. Dejadme solo el día de hoy —solté sin pensarlo mucho antes de encerrarme en mi habitación y dejarles con Verona.
Me arrepentí en cuanto estuve sola en mi habitación. ¿Solo un día? ¿En qué estaba pensando? Luego me di cuenta de que tener tres, cinco o dos semanas más, no iba a hacerlo más sencillo. Solo haría que le diera más vueltas a todo.
Cogí mi móvil y busqué La Casa donde cabemos todos.
30 de junio. Once de la mañana.
Ádriel
En mi lugar, ¿os despediríais de
la casa de mis abuelos?
Almu
Yo creo que entraría. O al menos lo intentaría. Pero si viera que no puedo, no insistiría más.
Marcos
Remover el pasado no va conmigo. Tal vez yo no entraría. Al menos sin estar seguro de que el recuerdo no va a dolerme tanto.
Ainhoa
Hazlo. Te conozco. Si no te arrepentirás.
Gelo
Opino como Ainho. Si quieres luego podemos hablarlo.
Cristian
Pues yo no sabría decirte. Dudo como tú.
Esperé con el chat abierto por la respuesta de Aitor, que no llegó. Suspiré tristona. Entonces mi móvil vibró con un mensaje. Aitor me había contestado en privado.
30 de junio. Once y media de la mañana.
Aitor
Yo entraría. Porque si no lo hiciera, creo que me arrepentiría el resto de mi vida.
Ádriel
¿Y si duele demasiado?
Leí mi última pregunta, guiada por el miedo y la inseguridad y la borré enseguida, antes de que la hubiera podido leer. O eso pensaba.
30 de junio. Once y media de la mañana.
Aitor
Voy a contestarte
aunque lo hayas borrado.
Va a dolerte. Pero estarán
para sostenerte y paliar
todo lo que puedan ese dolor.
Me entristeció que hablara de alguien más para sostenerme en vez de hacerlo él mismo. Pero me volví a recordar que yo le había alejado porque necesitaba sanar antes de empezar algo más. Me mordí el carrillo mientras releía sus palabras. Y decidí que iba a hacerlo.
—Voy a hacerlo. Quiero entrar y despedirme —dije con determinación al entrar en el salón, donde estaban mis padres con mi hija.
Quería despedirme de la casa que me vio crecer. Y también de esos recuerdos de esa temporada en que Alexis me ayudó a volver a entrar en aquella casa adosada, y que quemaban más que el fuego.
Mis padres asintieron y me abrazaron con la niña en brazos.
Tecleé en el grupo mi decisión y todos, excepto Aitor que no se pronunció, quisieron acompañarme.
Aitor tenía razón. Habría dolor, pero también estarían ellos.
Tenía una maravillosa familia por elección.
Jamás pensé que podría tener una tan bonita, tan unida, tan genial como la que habíamos formado con el paso de los años.
—Iré mañana cuando todos hayamos terminado de trabajar porque los demás van a acompañarme.
Mis padres me miraron sintiéndose orgullosos de mí. Tanto si dolía como puñales como si solo dolía un poquito, debía hacerlo. Para dejar ir, hay que enfrentarse al dolor. Y yo estaba dispuesta a enfrentarme al pasado y ser capaz de dejar ir sintiendo dolor.