Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 46
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Capítulo 46

Bajo la palabra libertad millones de pájaros enjaulados.

–La realidad de mi mente, Darío Rodríguez Escribano

A itor me dio el espacio que le pedí. Dejó de venir a Finca Deva.

También a las comidas de los sábados. Pero cuando Cristian fue el primero en disculparle con una pobre excusa, sentí una gran punzada en el corazón a pesar de que él solo ponía la distancia que yo pedí entre ambos.

Eché de menos a Aitor en aquella mesa. Su mirada en la mía, su sonrisa, sus gestos cariñosos hacia Verona.

Eché de menos todo de él. Pero él no se merecía un amor a medias.

Él se merecía todo. Hasta que mis heridas estuvieran curadas, debía pensar en ambos para no volver a alejarle a la mínima y hacerle daño.

A veces nos cruzábamos cuando dejaba a Cristian en su casa y nuestros ojos se quedaban enredados en los del otro.

Pero nunca rompíamos esa barrera y hablábamos.

Era raro ver a Aitor y que mi corazón latiera desbocado sin poder frenarlo con un beso.

O no sentir sus gestos cariñosos y sus abrazos.

O sentirle cerca. Escuchar su voz. Algunos días la línea marcada por mí parecía desdibujarse y otras parecía más definida que nunca.

Era una mierda. Pero debía trabajar en mí. En sanar.

Mis padres siguieron viviendo en casa de Ángel y Carmen y no me volvieron a recordar que les había pedido solo una semana para decidir si me despedía de la casa de mis abuelos. Yo tampoco saqué el tema.

Una tarde, al volver a casa de Finca Deva, Angelito vino corriendo a la puerta.

—¡Hola, mami! ¡Hola, Vero! —saludó emocionado—. ¡Hoy abu Jorge y abu Julia me han llevado al parque!

—Te refieres al abuelo Ángel y a la abuela Carmen, ¿no? —pregunté tras besarle en la mejilla.

—No. —El crío negó—. Ellos. —Señaló a mis padres, que se acercaban a nosotros.

No me creí lo que me dijo. Era imposible que mis padres hubieran llegado tan pronto a casa, que no les hubiera surgido nada en el hospital.

—¿Habéis llevado a Angelito al parque? —solté incrédula.

—Claro —contestó mi padre sin entender mi pregunta—. Déjame coger a la niña. Está cada día más bonita.

Le tendí a Verona sin creer lo que el crío me acababa de contar.

—Tus padres me han pedido llevarse a Angelito al parque para pasar tiempo con él —me explicó Gelo.

Asentí pero aún flipaba.

—No nos mires con esa cara, no es tan difícil de creer. —Mi madre se cruzó de brazos, ofendida.

—Sí lo es, sí. Vosotros siempre estáis en el hospital. De día, de noche. Siempre. —Remarqué la última palabra.

—Dijimos que eso cambiaría —me recordó mi padre.

—Y no os creí —admití sin una pizca de arrepentimiento—. ¿No más guardias?

—No más guardias —confirmaron mis padres al unísono.

—Tú eres más importante que nuestra profesión —dijo mi padre con voz seria.

—Nos olvidamos en ciertos momentos de qué era lo que nos hacía levantarnos por las mañanas. Tú —confesó mi madre con ojos brillantes.

Asentí y los creí con lágrimas que colapsaron mis ojos. Mi corazón se reconcilió con mis padres y me acerqué para abrazarles. Angelito se unió a nuestro abrazo y comenzó a reír.

—Es una maravilla ese niño que tenéis.

Sonreí. Mi madre tenía razón.

Propuse a ambos que se unieran a las comidas de los sábados y aceptaron sin pensárselo dos veces, mientras Gelo ya nos organizaba para ir al día siguiente a comprar dos sillas más para mis padres.

—Os lo vuelvo a decir: mudaros aquí —pedí a mis padres.

Mi madre asintió y le tembló el labio inferior.

—Nos encantaría. Con lo de Aitor, no sabíamos si preferías estar sin nosotros —dijo mi padre.

—Siempre os necesito. —Se me rompió la voz—. Sois mis padres.

Nos volvimos a abrazar y me encantó aquel abrazo tan bonito, tan sentido.

Esa misma tarde, mis padres se mudaron a la buhardilla. Me gustó tenerles a un grito de distancia.

Al día siguiente, fuimos a por dos sillas nuevas. Cada vez éramos más alrededor de aquella mesa de madera que antaño nos parecía enorme y ahora apenas alcanzaba para todos, incluso con las tablas para alargarla. Me encantaba verla a rebosar de vida, de anécdotas, de risas. Viva.