Capítulo 45
Algunas personas se cierran tanto en un momento determinado que luego olvidan cómo volver a abrirse a los demás; se vuelven herméticas, necesitan protegerse porque en el fondo tienen mucho miedo o no sienten nada.
–El día que dejó de nevar en Alaska, Alice Kellen
L legada la noche, estaba ansiosa por irme a mi habitación. Quería volver a sentir esa conexión especial que sentía cuando estábamos los tres solos.
—Tengo sueño —mentí vilmente. Un bostezo involuntario se abrió paso por mis labios e hizo que mi frase sonase más verdadera—. Me voy a dormir. Buenas noches. —Me despedí de Gelo y Ainhoa.
—¿Vendrá Aitor? —preguntó Ainhoa—. ¿O estamos pendientes por si necesitas algo?
—Viene Aitor. —Sonreí.
Ambos asintieron y me dieron las buenas noches.
Saqué a los perros al jardín y escribí a Aitor para que viniera.
Le esperé con una mezcla de nervios y felicidad encima.
Al verle, mi estómago se encogió de anticipación.
Saludó a los perros, se acercó a mí, me besó con cariño y nos saludó a las dos en un murmullo.
De mis labios salió un «te he echado de menos». Acarició mi rostro con su pulgar y dejó reposar el resto de su mano en mi mejilla y mi cuello. Con aquel pequeño gesto, mi nerviosismo marchó lejos y solo quedó el recuerdo.
Subimos a mi habitación. Me preguntó si tenía sueño y cuando negué, me propuso que leyéramos un rato, si nos dejaba Verona, claro. Asentí. Me apetecía mucho.
Aitor quiso intentar dormir a Verona, sin embargo, ella no se lo puso fácil, prefería que lo hiciera yo.
Cuando se durmió en mis brazos, Aitor me propuso dejarla entre los dos.
Pero decidí colocarla a mi lado para estar pegada a él.
Mi chico cogió el libro de mi mesilla, lo alejó de mí y una sonrisa pícara llenó su rostro.
Me pidió un beso. Y otro. Y otro. Y yo le di todos los que me pidió y más.
Me encantaba besarle. Le quité mi libro de las manos y rio.
Verona se revolvió a mi lado y me giré hacia ella.
Parecía incómoda. Aitor me animó a ponérmela encima para que se calmara.
Le hice caso y la recosté en mi pecho, donde continuó dormida.
—Estáis preciosas así —murmuró Aitor con ojos brillantes y una sonrisa en el rostro.
¿Cómo podía querernos tanto? ¿Cómo podía querer a Verona sin ser suya?
¿Cómo lo hacía para hacerme sentir especial con aquella simple frase de tres palabras?
No tenía respuesta para ninguna de las preguntas, solo sentimientos bonitos, miedo e incertidumbre sobre el futuro.
Pero no dejé que mis dudas ensombrecieran el momento.
Rocé la mano de Aitor y sonreí antes de abrir el libro y continuar por donde lo había dejado.
El silencio, solo roto por las respiraciones profundas de los perros y Verona, nos envolvió, como una especie de melodía. Me costó concentrarme al principio, después el libro me absorbió. Leímos durante dos horas, hasta que Verona se despertó con hambre.
—¿Nos vamos a dormir? —preguntó Aitor cuando Verona volvió a dormirse. Asentí—. Esta vez, colócala entre los dos. Me gusta.
La dejé con sumo mimo entre los dos. Aitor se quedó embelesado con Verona y yo me quedé embobada admirando cómo miraba a mi niña.
—¿Crees que se parecerá a mí?
No era la primera vez que esa pregunta surcaba mi mente, pero sí la primera que lo decía en voz alta. Me incomodaba que no se pareciera a mí. Que tuviera más de Alexis.
—Seguro —contestó sin desviar su atención de la niña.
Verona se movió en sueños y su diminuta manita cogió por sorpresa un dedo de la mano de Aitor. Él sonrió ante el gesto y a mí el corazón se me paró un segundo. Les hice una foto. Él mirando a Verona con una sonrisa y ella agarrada al dedo anular de Aitor con fuerza.
Acercó su rostro al mío, con cuidado de no molestar a Verona, me besó en la frente y me dio las buenas noches.
Me aturullé con tanta emoción buena mezclándose en mi cabeza, en mi corazón, en todas partes.
Fui incapaz de pronunciar palabra. Solo sonreí y seguí admirando la manita de Verona en Aitor.
Cuando este apagó la luz, deslicé mi mano hasta llegar a las de ellos y coloqué la mía encima.
Aitor movió sus dedos, entrelazándose con los míos.
Y así nos quedamos dormidos. Los tres juntos, con nuestras manos unidas. Familia.
De madrugada, Angelito vino a mi cuarto. Me necesitaba. Yo me encontraba dando el pecho a Verona aunque me estaba quedando dormida, eso de no poder dormir del tirón no iba conmigo.
—Angelito —susurró Aitor para llamar su atención cuando este se acercó al borde de la cama—. Vente a mi lado.
—¡No! —dije demasiado alto—. Puede dormir conmigo.
—Lo sé. Pero tú estás con Verona. Yo cuidaré de él.
—Puedo con los dos —rebatí reticente.
—Lo sé. Puedo hablar con Angelito y calmarle hasta que se duerma.
No debí haberlo hecho, pero las palabras de Aitor me parecieron tan bonitas, tan reales, que le dije que sí.
Preguntó a Angelito cuál era su problema y le abrazó mientras le susurraba una canción y le acariciaba el cuero cabelludo.
Angelito se quedó dormido en cuestión de segundos, pero Aitor no se separó de él, se quedó abrazado a él.
—Puedes soltarle ya —murmuré a Aitor por si no se había dado cuenta de que ya estaba frito.
—Lo sé. Pero no quiero. Pasé tanto de pequeño hasta que mis padres me adoptaron que… me cuesta soltarle ahora. Tengo un instinto de protección muy alto hacia los que me importan. Y más si son pequeños.
—¿Solo por eso te portas así con ellos? —pregunté confusa.
—No. Ese instinto hará que jamás deje de luchar por ellos. Lo que hago ahora no es un sacrificio, es lo que quiero hacer. Tu familia me importa. Sé que para ti es importante y para mí también lo es.
Cuando Verona se volvió a dormir, la coloqué a mi lado, para poder acercarme todo lo posible a Aitor y Angelito. Los miré de reojo antes de apagar la luz de la mesilla y volver a conciliar el sueño, serena y feliz.
Sin embargo, por la mañana, al abrir los ojos y encontrar a Angelito y Aitor abrazados con Verona agarrando la camiseta de pijama de este último, me asusté y me entró el miedo.
Aquellos pensamientos no estaban bien. Esa imagen no tendría por qué haberme provocado ese rechazo.
Qué malas son las heridas del corazón que no han sanado aún.
Aitor, que ya estaba despierto, buscó mi mirada y me sonrió.
—Buenos días, princesa —susurró para no despertar a los pequeños.
Intenté que no se me notara la congoja y todo lo que pasaba por mi mente. Pero Aitor lo leyó todo en mi rostro y borró su sonrisa.
—¿Qué te preocupa?
—Sentirme tan bien como me siento cuando estás con nosotras —admití.
Angelito se movió al lado de Aitor. Se despertó, nos miró a ambos y tras saludarnos con una sonrisa en el rostro, dijo que iba en busca de Gelo.
—Ádriel… —murmuró Aitor cuando el crío salió de la habitación.
Me senté en la cama y Aitor, tras soltar la manita de Verona de su camiseta, hizo lo mismo.
—A veces, cuando las cosas encajan tan bien da miedo —agregué mirando a Verona dormir plácidamente.
—Lo sé.
Levanté la mirada y observé a Aitor.
—Ahora mismo solo te estoy dando un poco de mí. Lo que sobrevivió al daño. Y yo no quiero darte un poco, Aitor. Quiero poder darte todo. Un amor infinito. Sin temor. Creyendo que saldrá bien. Te mereces todo, no un poco. Y ahora mismo, no puedo.
—Entiendo lo que me quieres decir. Pero no me dejes fuera de esto —balbuceó, con voz rota y la incertidumbre flotando en el ambiente—. Esta noche he sido feliz.
Negué, luchando contra toda la vorágine dentro de mí.
—Tengo que hacerlo sola.
Aitor abrió la boca, pero no dejé que hablara. En su lugar continué:
—Aitor, al abrir los ojos, debería haberme sentido feliz por verte así con ellos.
Y lo que me ha entrado ha sido angustia.
—Retorcí las manos en mi regazo—. Por si te vas.
Por si nos dejas. Y eso no está bien. Ni para mí, ni para ti.
—Tragué con fuerza—. Necesito espacio. Y sanar. Aún tengo heridas que cerrar.
Aitor me escrutó durante unos segundos que se me hicieron eternos.
Sin decir una sola palabra, rompió el espacio que nos separaba, con cuidado de no molestar a Verona y me abrazó.
Le abracé de vuelta y dejé que su aroma a colonia me llenara, que sus latidos fueran lo único que sintiera, que su respiración fuera la única melodía que escuchara.
Aitor besó mi frente con mimo y yo apreté los ojos con fuerza, conteniendo las lágrimas.
Cuando se separó de nuestro apretado abrazo, me dejó indefensa sin su cuerpo cerca del mío. Se levantó de la cama con cuerpo mustio y dirigió una última mirada hacia Verona y por último hacia mí.
—Estaré aquí —murmuró.
Asentí. Noté el anhelo en su mirada, en su cuerpo, en sus andares hacia la puerta. Pero no le paré. No debía hacerlo.
Me quedé en mi habitación, digiriendo mi conversación con Aitor hasta que Verona comenzó a llorar y Gelo vino a ver si necesitaba ayuda.
Mi rostro le confirmó lo que ya sospechaba cuando Aitor se despidió de él media hora antes.
Se sentó a mi lado y esperó hasta que me abrí a él.
Y después de aquello, me hizo cambiarme y nos fuimos los dos, junto a los niños, a Finca Deva.
Allí, ejercité a los caballos y después me perdí entre ellos.
Me hizo sentir mejor. Los caballos tienen esa capacidad.
Por la noche, quise escribir a Aitor para saber cómo estaba. Pero no lo hice. Debía terminar de sanar. Y ser valiente. Sin dudar.