Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 44
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Capítulo 44

Nunca tengo miedo de lo que sé.

–Anna Sewell, Black Beauty

P or la mañana, tenía un pósit junto a mi desayuno.

¿Habéis pasado buena noche? No me quiero poner muy bobo, pero esta noche os he echado de menos a las dos. Tal vez podríamos dormir juntos de vez en cuando para que se me quite el mono de teneros conmigo :)

Releí la nota varias veces con una sonrisa boba en los labios.

—¿Qué opinas, Verona? ¿Le dejamos que venga a pasar la noche con nosotras?

Verona hizo un ruidito y yo entendí claramente que sí, que quería que viniera.

16 de mayo. Nueve y media de la mañana.

Ádriel

Buenos días, cariño.

Verona y yo creemos que sería

genial que vinieras esta noche

a dormir con nosotras

Aitor

Os quiero.

Os veo esta tarde

Desayuné con una sonrisa tonta en los labios. Estaba feliz.

Fui a Finca Deva acompañada de Gelo. Ya que iba a disfrutar de una baja de paternidad, pensaba aprovecharla al máximo con Verona.

Palabras textuales suyas. Di de comer a los caballos, trabajé con ellos pie a tierra y Gelo se encargó de montarles, pues mi matrona aún no me había dado el visto bueno para hacerlo.

—Me gusta que vengamos juntos. Te echaba de menos aquí —admití.

—Pero si luego no dejas de quejarte de mis ideas.

—Tienes razón.

Fuimos a buscar a Angelito a la bosque escuela y Gelo preparó la comida mientras yo descansaba con Angelito y Verona en el sofá. Me encantaba lo atento que estaba el crío con Verona.

—Creo que le vas a consentir demasiado a esta niña —dije cuando Angelito comenzó a cantarle una nana inventada.

—No. Es que es mi hermana pequeña. Tengo que cuidarla.

—Ahora sí, porque es muy bebé. Pero cuando sea más mayor, cuidareis el uno del otro. Dará igual que tú seas el mayor.

Angelito me miró como si hablara en otro idioma.

—Te pongo un ejemplo para que lo entiendas mejor.

Mira, papá es más mayor que yo. Pero cuando él tiene un problema, yo le ayudo.

Cuido de él cuando me necesita. Y él cuida de mí cuando le necesito.

Ser el mayor, en algún momento, deja de importar.

Lo que importa es estar incondicionalmente para el otro hermano.

Angelito asintió.

—Entonces la cuidaré hasta que sea mayor y ella también pueda cuidar de mí.

—Eso es, enano. —Pasé mi mano por su cabello y le despeiné en el proceso.

Mis padres llegaron de trabajar y me comentaron que estaban pensando en reformar la casa de mis abuelos para vivir ellos allí.

Pero querían saber qué pensaba, pues sabían que era una casa muy especial para mí.

Tragué saliva con fuerza. No sabía qué esperar, pero desde luego eso no.

Mi corazón latía desbocado y sentí que podría romperse de pena.

La casa de mis abuelos no volvería a ser igual.

Y yo aún no había sido capaz de volver a verla.

Les dije que me parecía bien con una seguridad que no sentía.

Era ley de vida. Si yo no la quería, debían hacer algo con ella.

Que vivieran en ella me parecía genial. Mucho mejor aún, que quisieran reformarla; porque supuse que a mi padre le daría cosa vivir bajo el mismo techo que vivió con sus padres, con todo igual, pero sin ellos dentro.

A pesar de que mi corazón se rompió un poquito, entendí que todo está en constante cambio y debemos amoldarnos a él.

—¿Te cuento un secreto? —continuó mi padre. Asentí—. Le compré su parte a tu tío en cuanto leyeron el testamento.

—¿La querías tú?

—No. Yo no la necesitaba. Pero creí que tú sí. Aunque cuando fue pasando el tiempo, pensé que entrar en ella te haría tanto daño que no merecía la pena ni intentarlo. Yo solo quería que estuvieras bien.

Incluso cuando estábamos distanciados, mi padre pensó en mí. Fue un detalle que no olvidaré nunca.

—Gracias. —Abracé a mi padre—. Si queréis, mientras estéis con la reforma podrías quedaros en casa. La habitación donde vivía Marcos está libre —propuse con algo de aprensión por si me decían que no. No quería que rechazaran mi propuesta. Tenía ganas de tenerles conmigo más tiempo aún.

—¿Que-querrías? —titubeó mi madre.

—Claro. Sois mis padres. Siempre quiero pasar tiempo con vosotros.

Los ojos de mi madre se llenaron de lágrimas y me acerqué a ella para abrazarla.

—¿Querrás despedirte de la casa de los abuelos antes de que empiecen las reformas? —preguntó mi padre.

¿Quería? Me encantaría. ¿Pero podría? No lo tenía muy seguro. ¿Sería capaz de entrar una última vez para despedirme antes de que cambiara?

—Déjame una semana para que lo piense.

—El tiempo que necesites —susurró mi padre con voz suave.

—Una semana. Solo una. Si después de ese tiempo no me he decidido, es que en realidad no me puedo despedir.

Por la tarde, me acerqué con mis padres y Cristian a la finca.

Trabajé con Pegaso bajo la atenta mirada de Cristian y mis padres que cuidaban de Verona.

Creo que fue la primera vez que vieron en qué consistía mi trabajo.

Cuando me giré hacia ellos y los vi mirándome con orgullo, no pude evitar sonreír con regocijo.

Mis padres por fin empezaban a conocer mi vida. Y les gustaba lo que veían.

Aitor llegó a su hora habitual, me pilló en mitad del entrenamiento de Danko.

Saludó a mis padres y a Verona y se apoyó en la valla donde yo estaba con el equino.

Desde allí, echó un ligero vistazo a su hermano, en la pista de al lado con Pegaso.

Le había echado de menos. Tenía ganas de dejar el entrenamiento solo para acercarme a él y besarle.

Pero luché contra mis ganas y terminé con Danko.

Le llevé con los demás, cogí a Verona de los brazos de mi padre y besé a Aitor.

Insté a Aitor a acercarse a Pegaso cuando terminó Cristian. Había días en que seguía empeñado en mantener las distancias cuando estaba Cristian y parecía que seguía sin darse cuenta de que lo que necesitaba aquella yegua era a él. Al hermano mayor con el que tenía un vínculo tan especial.