Capítulo 43
Uno no puede entrenar un caballo a gritos y esperar que obedezca a susurros.
–Dagobert D. Runes
A itor me acompañó a Finca Deva por la mañana. Se me hizo raro verle allí sin Cristian cerca. Nunca había venido una mañana, siempre trabajaba. Me quedé abstraída en su figura y en Verona que reposaba en sus brazos.
—Puedes dejarla en el carrito —dije deleitándome aún en la figura de ambos.
Aitor negó.
—Me gusta llevarla en brazos. Y… —Dejó la frase a medias y resopló cuando notó mi mirada inquisitiva—. No quiero que pueda pensar que está sola —admitió en un susurro.
Entonces todo encajó. Reflejaba en Verona su mayor miedo siendo un niño. Es tan complicado. Tener una familia que te cuida y te quiere, pero saber que tus padres biológicos han renunciado a ti y no han querido criarte o cuidarte. Que no le importas a la sangre de tu sangre.
—Ella nunca va a estar sola —comenté. Y luego, al ver la turbación en su mirada, añadí—: Tú tampoco. No solo tienes a tu familia. También tienes a la mía, lo sabes, ¿verdad?
Aitor asintió y su mirada se relajó, al igual que su cuerpo.
—¿Sabes una cosa? —Mi mirada se iluminó—. Me encanta veros juntos. Que la cuides tan bien. Que… —Me trabé cuando mi garganta se me cerró—. Gracias por esta noche. Por no dejarme sola.
—Quiero hacerlo todas las noches, Ádriel. —Clavó su mirada en la mía. La seguridad con que lo dijo, me envolvió y me dio una sensación de calidez única—. Y no estás sola. Tienes a tus amigos. Si yo no hubiera dormido ayer contigo, habrían ido Gelo o Ainhoa por si necesitabas ayuda.
—Lo sé. Sé que ellos estarán. Sé que tú quieres estar. Pero siento que esta niña es solo mía. Mi sangre, no la vuestra. Y no quiero que hagáis nada solo por… —No llegué a terminar la frase, Aitor me interrumpió.
—Ádriel, tú hiciste lo mismo por Gelo. Él hará lo mismo porque en estos meses me he percatado de que vuestra amistad es como si tuvierais la misma sangre.
Sois dos personas, pero fácilmente podríais ser una.
Y eso no os hace débiles, eso os hace fuertes, porque nunca vais a estar solos.
Siempre os tendréis el uno al otro. —Asentí, pero debió notar que no estaba muy segura de mí misma porque añadió—: Gelo te quiere ayudar porque en relaciones tan estrechas como la vuestra, se está siempre.
Yo quiero ayudar porque te quiero, porque tu hija me importa.
Y por ello, haría cualquier cosa que pudiera para que estuvierais bien las dos. Y también para que lo estemos los tres.
«Los tres». Qué bien sonaban aquellas dos palabras. «Los tres. Los tres. Los tres». Me encantaba.
—¿T-tú… Me… me quieres? —titubeé mientras le miraba entre abrumada y alucinada.
—Te quiero —repitió Aitor.
Me quería. Aitor me quería.
Quise contestarle que yo también le quería, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta. Tragué fuerte y reuní el valor para devolverle esas dos palabras que yo también sentía. Para dejar a un lado la congoja que me provocaba decirlo, o que alguien hiciera daño a Verona.
—Yo también te quiero —susurré—. Y… me cuesta decirlo no porque no esté segura de ello, sino por el miedo y la incertidumbre que esconden esas dos palabras para mí.
Aitor sonrió, me besó y me susurró entre los labios que me quería.
—Tú marca el ritmo, Ádriel. No me importa.
—No puedes ser tan bueno…
—No lo soy. Soy egoísta. Si quiero estar contigo sé que necesitas ir despacio, colocar los pies uno delante de otro con cuidado y asegurándote que el suelo no va a ceder ni un poco a cada paso que des. Respeto eso.
Le observé unos segundos y no pude evitar romper el espacio que nos separaba y besarle otra vez, con Verona entre los dos. Familia. Parecíamos una. Me encantaba aquella sensación.
Tenerle conmigo en Finca Deva fue una maravilla.
Pude estar con los caballos sin preocuparme por Verona porque con Aitor estaría bien.
Tuvo que mamar un par de veces mientras estuvimos allí y en cuanto Verona me necesitó, fui en su busca.
El resto del tiempo, Aitor se dedicó a enseñarle la finca, a los caballos y a hablarle de mí y de lo que hacía con los equinos.
No me pasó inadvertido, que primero le presentó a Pegaso. Sonreí.
—Ádriel —llamó mi atención Aitor—, ven, vamos a presentarle a Troya a la niña.
—Creí que ya lo habías hecho tú —le contesté mientras llevaba del ramal a Cuervo.
—Pensaba que te haría ilusión hacerlo tú.
Dejé a Cuervo con el resto y me acerqué a Aitor y Verona. La cogí de entre sus brazos y besé a mi chico en los labios.
—Vamos los tres —dije.
Nos acercamos a Troya, quien pastaba junto a Danko y Neo.
Llamé a Troya y el equino, al escuchar mi voz, levantó la cabeza del pasto y sus orejas fueron en mi dirección, escuchándome.
—Ella es Verona. Y este, mi niña, es Troya.
—Troya la olió unos segundos, que aproveché para acariciarle la testuz y volvió a bajar la cabeza para volver a pastar—.
¿Quieres que te cuente cosas de él? Su caos son mis ganas de ordenarlo.
Su locura es mi inseguridad. Su apego, mi miedo a enseñarle mal.
Su nerviosismo, mi nula paciencia. Y sobre todo, su nobleza es mi confianza en él. ¿Y sabes lo mejor?
Verona atrapó mi dedo índice entre sus manitas. Sonreí sin poder evitarlo antes de continuar:
—Cuando estoy cerca de él, le abrazo o estoy encima de él, somos capaces de hacer que nuestras respiraciones se acompasen y nuestros corazones latan al unísono.
Y eso es lo más bonito de los caballos, Verona.
Que son magia. Que vuelven un día gris algo más azul. Que con ellos nunca vas a estar sola.
Observé a Troya, escuché los cascos de todos los equinos en la hierba y sus dientes romper briznas de hierba. Miré a Aitor y sonreí. Él pasó un brazo por mis hombros y nos acercó a su cuerpo.
—Me encantan tus abrazos —susurré—. Podría pasarme la vida así. Entre caballos, con Verona en mis brazos y tus brazos protegiéndonos de todo.
—Está bien saberlo. —Sonrió Aitor antes de besarme la coronilla.
Tuvimos que volver a casa cuando me encontré muy cansada para seguir de pie allí.
Eché de menos poder subirme sobre Troya y montar, pero con los puntos que me dieron, aún no podía.
Dejé a Aitor en su casa y al entrar en la mía, me saludó un agradable olor a pollo asado.
Me acerqué a la cocina hechizada por aquel maravilloso aroma.
Allí estaban Gelo y Marcos. El primero mirando como el segundo se encargaba de la comida.
—¡Hola! ¿Qué haces tan pronto en casa? —pregunté extrañada a Gelo—. ¿Y tú porqué estás aquí? —Miré a Marcos.
—Va a ser la primera comida de Verona. Me he escapado un poco antes del trabajo para hacer algo rico —dijo Marcos encogiéndose de hombros. Como si aquel gesto no fuera para tanto. Pero para mí lo fue. Me acerqué a él, le abracé y susurré un «gracias».
—Yo ya he solventado lo del trabajo. Tengo dieciséis semanas de baja por paternidad —contó Gelo.
Pegué un saltito, contenta. Quería poder encargarme yo sola de Verona, pero mi subconsciente me decía que me dejara ayudar.
—Quiero aprender a hacer pollo asado —admití mientras Marcos abría el horno para comprobarlo.
—¿En serio? —Gelo me miró con incredulidad y elevó una ceja.
—Sí. Me gusta cómo huele la casa cuando hay pollo asado.
Gelo se rio de mí.
—¿Solo por eso?
—También está rico —me defendí.
—Te enseño —me dijo Marcos—. No es complicado.
Mis padres llegaron a casa antes de que nos pusiéramos a comer y se me antojó raro, muy raro, que se introdujeran en mi día a día.
Pero era una rareza a la que pensé que podría acostumbrarme.
Me informaron de que iban a dejar de hacer guardias y solo trabajarían su jornada de ocho horas.
No les creí. Ni un poquito. No podía. Habían dicho tantas cosas a lo largo de los años que luego no habían cumplido, que era imposible creer sin ver antes.
Igual que hizo Alexis. Ya no estaba enamorada de él.
Solo me daba una rabia enorme que se estuviera perdiendo cada minuto, cada hora y cada día de Verona.
Miré a la niña y busqué algún parecido con él, pero no vi nada.
Ningún rasgo característico suyo. Tal vez nunca lo vería.
Almu llegó un poco después y lo primero que hizo fue coger a Verona en brazos. Siempre formaría parte de esas personas imprescindibles en mi vida.
Esa noche cenamos todos en casa. Incluidos Aitor y Cristian. Tras la cena, Aitor me cogió la mano y tiró de mí para llevarme a un lugar apartado.
—Hoy también quiero dormir contigo —dijo nada más salir al jardín.
—¿Seguro?
Aitor asintió, cogió mi rostro entre sus manos y mirándome de lleno con sus preciosos ojos cada uno de un color, susurró:
—También mañana. Y pasado. Y así siempre.
Negué. Aunque sonaba muy bien, no quería eso para él.
—Hasta que vuelvas a trabajar —regateé—. Después necesitas dormir bien. Trabajas demasiadas horas como para no descansar bien.
—No me importa, Ádriel.
—Pero a mí sí —Aitor gruñó—. Duerme con nosotras cuando al día siguiente no madrugues.
Cuando vio que no iba a ceder, aceptó.
Me encantó pasar aquellas noches con Aitor.
Que fuéramos un equipo y cuidáramos de Verona por las noches.
Despertarme y al abrir los ojos encontrarme con Verona y Aitor en mi campo de visión.
Notar su calor tan cerca en mi cama. Su mano en mi cadera para ser nuestro punto de unión toda la noche.
El beso de buenos días y también el de buenas noches.
Su sonrisa al despertarse y vernos a las dos.
Su susurro al decir «buenos días» a la niña.
Pero los cuatro días pasaron, mi cama, Verona y yo nos tuvimos que despedir de él.
Y la pérdida fue enorme. Porque viví durante esos días en una hermosa burbuja y a la quinta noche, cuando me metí sin Aitor en la cama, se rompió.
Sentí frío, soledad, miedo y que ser madre de un bebé me quedaba demasiado grande.
15 de mayo. Once y media de la noche.
Aitor
Seguramente ahora estés nerviosa, pero estoy justo aquí. A treinta segundos de poder ayudarte. Llama si me necesitas.
Ádriel
Gracias
Aitor
Pero llama, ¿vale?
Ádriel
No puedo prometer algo que tal vez no pueda cumplir. Vete a dormir, mañana tienes un día muy largo por delante.
Aitor
Vale… Mañana os veo al salir del trabajo.
Ese os , me llenó el corazón de calorcito.
Se me hizo raro hacerlo todo sola, pero he de admitir que no nos fue mal.
Las dos nos entendimos bien. Envolví su pequeño cuerpo con el mío durante toda la noche y deseé que nadie le hiciera daño nunca.
Poderla proteger de todo lo malo. A pesar de que sabía que las malas experiencias muchas veces nos hacen más fuertes y nos enseñan, yo no quería nada malo para ella. La quería inocente toda la vida.