Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 42
71%

Capítulo 42

Donde yo esté, da igual dónde sea y cómo sea, tú siempre formarás parte.

–#nosotros, #juntos, #siempre, Cristina Prada

M e dieron el alta a la mañana siguiente, pero no me fui del hospital; me quedé hasta bien entrada la tarde con Abu Ángel, a quien aún le quedaba tiempo allí a pesar de que se encontraba mejor y aquella mañana incluso se había levantado con ayuda de Ángel y mi padre.

Mis padres no se separaron de mí. No entraba en sus planes volver a Madrid.

Habían pedido a unos amigos que se coordinaran con la empresa de mudanzas para que todas sus pertenencias fueran embaladas y llevadas a Cantabria.

Carmen y Ángel les ofrecieron quedarse en su casa hasta que supieran dónde iban a vivir.

Hablé a mis padres de Aitor. De que éramos pareja y por primera vez solo hubo palabras bonitas. También me pidieron conocerlo más a fondo.

Antes de que terminara el día, ya habían llamado a mis padres del hospital Valdecilla para ofrecerles trabajo. Ellos lo tenían muy fácil. Son muy buenos.

Me encantó volver a pisar nuestro hogar y que Togo y Balto corrieran a saludarme.

Puse a Verona en el suelo sobre una manta y dejé que la olieran.

Balto la olió más tiempo, pero a Togo no le hizo falta mucho.

Me miró como diciendo: lo sabía, sabía que en algún momento saldría de tu barriga, no es nada nuevo para mí.

Mis padres y yo buscamos ropa de la talla de Verona entre las bolsas que me habían ido donando, que habíamos comprado o me habían regalado.

Ainhoa y Daniel se encargaron de colocar la ropa por edades en un mueble de cajones que Gelo usaba en casa de sus padres para la ropa de Angelito.

Aitor y Cristian montaron la minicuna que usó Angelito de bebé y Gelo fue a casa de sus padres a buscar el carrito.

—Mierda, soy una pésima madre de caballos —gemí—. Se me ha olvidado preguntaros quién ha estado yendo a ocuparse de ellos y cómo están. Les echo de menos… —dije mientras cenábamos unos sándwiches.

—Yo —anunció Cristian con la boca llena—. Me ha estado llevando Aitor cuando salía de clase.

—Gracias. ¿Y cómo has gestionado las faltas al trabajo? —pregunté a Aitor al darme cuenta de todo lo que había faltado los últimos días.

—Se llaman vacaciones —contestó.

—¿Vacaciones? —arrugué el gesto.

—Sí. Tengo cuatro días más. Y los quiero pasar veinticuatro siete con vosotras. —Sonrió de medio lado—. Si te parece bien, claro —añadió deprisa cuando no pronuncié palabra alguna.

No hablé no porque no quisiera, sino porque no podía. ¿Por qué era tan mono? ¿Por qué se preocupaba tanto por mí?

—¿Por qué te gusta lo complicado?

—No me gusta lo complicado. Me gustas tú. Y si es complicado, no tengo problema —afirmó muy serio—. Mientras seas tú.

Me puse roja como un tomate y Aitor me sonrió. Me callé porque éramos muchos en la mesa y yo estaba demasiado sonrojada. Pero… tenía mil preguntas más que hacerle sobre ese tema.

Se había cogido varios días de vacaciones para estar conmigo y con Verona. Solo de pensarlo, apareció una sonrisa boba en mis labios y sentí el calor extendiéndose desde mi corazón hasta el resto del cuerpo, invadiéndolo todo.

Por unos segundos, el desasosiego se instaló en mi pecho porque ya intenté algo parecido con Alexis y no salió bien, pero cuando Aitor deslizó su mano por la pequeña manita de Verona, que dormía en el carrito entre ambos, se disipó; en su lugar, se llenó de amor y calor por aquel gesto.

Tras la cena, me despedí de todos para irme a la cama con Verona. No sabía cómo sería la noche y prefería ser precavida.

—Ádriel. —Me llamó Aitor cuando me disponía a irme con Verona en brazos. Me giré y le miré—. ¿Puedo dormir con vosotras esta noche?

Me limité a mirarle alucinada sin saber qué contestar. ¿Quería? Demonios sí. Quería dormir sintiéndole cerca por primera vez. ¿Quería que me viera vulnerable si algo no iba bien por la noche? No.

—No sé cómo va a ser esta primera noche. No sé si es buena idea.

—Por eso lo digo, boba. —Se rio—. Quiero estar para vosotras.

—Yo…

—Confía en mí. Por favor. —Se acercó a mí y me abrazó, con cuidado de no aplastar a Verona en mis brazos. Me besó—. Deja que te demuestre que estaré —me habló entre susurros y sus palabras calaron hasta dar de lleno en mi corazón.

Se me hacía muy, demasiado, extrañamente raro que Aitor de verdad quisiera complicarse la vida con una chica que tenía un bebé recién nacido. Esperaba que de un momento a otro se alejara.

—¿Me dejas que pasemos juntos vuestra primera noche en casa? —preguntó de otra manera Aitor.

Esta vez asentí. Aitor se despidió de todos y me siguió hasta mi habitación. Todo estaba igual, pero ahora también había una pequeña cuna pegada a la cama. Miré la cuna y después a Verona.

—No sé si quiero que duerma en la cuna. Me parece que ahí está muy desprotegida aunque esté pegada a mí. —Me sinceré. Aitor sonrió—. ¿De qué te ríes?

—De lo sobreprotectora que eres. Vas a ser una madre espectacular para Verona, como ya lo eres con Angelito.

Aitor cogió a Verona para que me pudiera poner el pijama e ir a por ropa cómoda para él a la habitación de Gelo.

Cuando entré y vi a Aitor sonriéndole a aquella bolita, no pude evitar sonreír y con disimulo, hacerles una foto.

Estaban irresistibles. Me acerqué a ellos y besé a Aitor.

Un beso lleno de amor y tal vez promesas y un futuro juntos.

—Estoy nerviosa —admití cuando me metí en la cama con Verona en brazos—. Y aún no sé dónde dejarla para dormir.

—Ponla entre los dos. Estará protegida por ambos.

—¿Y si la aplastamos?

—No lo haremos. —Me tranquilizó Aitor con una sonrisa mientras me acariciaba la mejilla.

Cerré los ojos y dejé que su gesto me llegara al alma.

—¿Estás seguro de que quieres que duerma entre los dos? Supongo que en tu cabeza, la primera vez que fuéramos a dormir juntos, éramos tú y yo sin ningún bebé de por medio…

—Quiero estar aquí. Siempre nos he imaginado con un bebé porque tú has estado embarazada desde que te conozco —admitió y me gustó que desde el principio no hubiera obviado el que esperara un bebé—.

No me importa no poder abrazarte y que lo único que pueda tocarte sea un pie con el mío.

Yo solo quiero pasar esta noche contigo y ayudarte cuando lo necesites.

Asentí sintiéndome en una nube. Es que no podía ser real.

No podía existir alguien tan bueno y bonito como él.

Era imposible. Me tumbé y coloqué a Verona entre los dos.

Me giré hacia Aitor y coloqué mi mano en mi mejilla.

Aitor hizo lo mismo y nos contemplamos unos minutos.

Después, desvió su mirada de mí a Verona y sonrió.

Hice lo mismo y le seguí. Era imposible no sonreír a esa bolita blanca de pelo oscuro.

Aitor apagó la luz y hablamos en susurros hasta que nos quedamos dormidos.

Verona no tardó en empezar a quejarse. Tenía hambre.

Yo, mal acostumbrada a dormir la noche del tirón, apenas me enteraba de nada.

Pero Aitor sí. Fue quien me levantó la camiseta de lactancia que llevaba puesta y acercó a Verona para que pudiera mamar.

También se encargó de cambiarle un pañal a medianoche.

La segunda vez que lloró Verona, hacia las seis de la mañana, no me hizo falta la ayuda de Aitor.

Esa vez logré volver de aquel sueño que estaba teniendo y encargarme yo de darle el pecho.

En cuanto la noté enganchada, cerré los ojos y me volví a dormir.

Cambié a Verona de sitio a lo largo de la noche y Aitor aprovechó para abrazarme y estrecharme contra él.

Me encantó sentir su cuerpo tras el mío y el calor que desprendía.

Me encantó la coraza que creamos alrededor de Verona aquella noche.

Me encantó aquella primera noche con Verona. Podría haber sido una locura, pero siendo dos, fue mucho más sencillo.

Al día siguiente, Aitor se levantó antes que nosotras para hacerme un Cola Cao y buscar unas flores silvestres que llevarme a la cama.

Mi corazón se hinchó de amor y me sentí en una puñetera nube.

Estaba feliz. Cuando se sentó a mi lado, en la cama, para tomarse su café con leche, le abracé con Verona en brazos.

Hogar.

Aitor era hogar y pasó por mi cabeza la hermosa idea de que éramos una familia.