Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 41
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Capítulo 41

Es extraordinario cómo los sentimientos, de dolor, de culpa o de cariño, quedan arraigados en el interior de uno durante tanto tiempo.

Puede ser imposible desprenderse de ellos incluso a lo largo de toda una vida.

–La última muerte en Goodrow Hill, Santiago Vera

A la mañana siguiente, Gelo me instó a que bajáramos a inscribir a la niña en el Registro Civil. Algo que había postergado porque me angustiaba llegar allí y que en los papeles de Verona no figurara ningún padre porque no sabía ni los apellidos de Alexis. Tremendo, ¿no?

—Podemos ir mañana… —comencé.

—No, Ari. Mañana te darán el alta y es más lío. Ahora mismo no tenemos nada que hacer. Vamos a bajar. Ahora. —exigió Gelo y resoplé incómoda—. Sé por qué no quieres ir. Pero no estás sola. Recuérdalo.

Asentí con el estómago revuelto. Ainhoa me pidió quedarse con Verona y se la di sin rechistar.

Yo la había parido y puede que no tuviera padre, pero mi hija tenía un montón de familia a su alrededor.

Un montón de tíos que cuidarían de ella como cuidaban de Angelito.

Cuando salí de la habitación, quedamos en ir a la vuelta a la habitación de Abu Ángel, por lo que nuestros amigos nos esperarían allí directamente.

Entré inquieta en aquella pequeña sala blanca.

Parecía que iba a un juicio y no a inscribir a mi niña.

La mujer nos tendió dos hojas, pero negué y con voz temblorosa, le dije que solo sería necesaria una.

La mujer me miró raro, pero al cabo de unos segundos lo entendió.

Mientras rellenaba el papel, Gelo movió su mano hasta el papel que la mujer no le había llegado a dar y con disimulo cogió un bolígrafo y se puso a escribir.

—¿Qué… qué estás haciendo? —flipé. Dejé caer el bolígrafo en la mesa y miré de lleno a Gelo.

—Darle un padre de pega a Verona. —Sonrió Gelo como si fuera lo más obvio del mundo.

Mi corazón comenzó a golpear fuerte contra mi pecho, pero no por nerviosismo, sino por otro tipo de sentimiento. Uno profundo. Amor.

—¡¿Lo has meditado acaso?!

¿Y si esa era otra de sus locuras que hacía sin pensar?

—Hace meses.

—¿Estás…? ¿Estás seguro? —dudé. Era una locura. Una bonita locura. Pero locura al fin y al cabo.

—Sí. Si estás de acuerdo, Verona va a criarse mínimo con un padre. Y si luego dejas que Aitor o alguien más ejerza de ello, seremos dos.

Lo medité unos segundos aunque mi corazón me dijo desde el minuto uno que no había nada que meditar.

Gelo siempre estaría para Verona. Pondría la mano en el fuego ante aquella afirmación.

Siempre seríamos una familia. Pasara lo que pasara.

Aitor podría no ser una constante infinita en mi vida, pero Gelo sí que lo sería.

—Voy a estar para ella siempre. Porque somos una familia. Esto. —Levantó el papel de la mesa y lo zarandeó—. Es solo un papel que dice lo que tú y yo sabemos: que siempre estaré para ella. Que la voy a cuidar, a querer y a darle todo lo que pueda.

Asentí con lágrimas en los ojos.

—Te quiero —sollocé.

—Y yo a ti, niñita. —Gelo me abrazó con fuerza y me enterré en él.

Terminamos de rellenar los papeles y cuando salimos del registro, me sentí liberada. Verona tenía padre. No solo uno que figuraba en los papeles del registro, sino uno que iba a ejercer como tal. Verona, mi primer apellido y el primer apellido de Gelo.

Nos fuimos hasta la habitación de Abu Ángel y en cuanto vi a Verona, la cogí en brazos. No tenía planeado ser madre siendo tan joven y, sin embargo, desde que había nacido, me gustaba tenerla en brazos y mirarla. Y sonreír también.

Me acerqué a Aitor, le besé y le cuchicheé lo que Gelo acababa de hacer. Según se lo contaba, me di cuenta de que tal vez le sentara mal, pero para nada. Lo vio como algo lógico y yo no pude evitar abrazarle con Verona entre mis brazos.

—Sé que sois una familia. No pretendo separaros. Solo quiero formar parte de ella. Aunque esta no sea la familia tradicional que siempre soñé construir, me parece un honor formar parte de lo que habéis construido Gelo y tú.

—Formarás parte de la vida de Verona como lo haces de la mía. Y cuando se afiance nuestra relación, serás padre —confesé y los ojos de Aitor se aguaron. Mi corazón se encogió de amor—. Eres de lo mejorcito que existe, Aitor. Gracias por estar aquí.

Aitor sonrió y besó mi nariz con ternura. Después cogió a Verona en brazos hasta dormirla.

Abu Ángel parecía estar mejor, aunque a ratitos se quedaba dormido.

Viendo todos los que éramos en aquella habitación, eché de menos que no estuvieran mi padres.

Así que les llamé y les dije dónde estábamos.

No tardaron en llegar, lo que me hizo pensar que se habían quedado por las inmediaciones del hospital desde el día anterior.

Les noté cohibidos los primeros segundos, pero después se acercaron a mí para besarme y pidieron a Aitor coger a la niña, que aún dormía.

Comenté a mis padres que Gelo y yo habíamos ido a inscribir juntos a la niña, que Gelo había rellenado la hoja del padre.

Todas las conversaciones cesaron en la habitación y todos los ojos fueron en mi dirección para ver mi reacción al contarlo.

Lo sabían. Todos lo supieron antes que yo.

Me podría haber sentido ofendida o traicionada.

Pero solo pensé en cómo pudieron mantener el secreto y que a nadie se le escapara en ninguna conversación.

Para mi incredulidad, por parte de mis padres no hubo ceños fruncidos o miradas desaprobatorias. Sonrieron. Sí, sonrieron. Y nos felicitaron. Los miré alucinada. ¿Dónde estaban mis padres? Esos no eran ellos.

Cuando terminó la avalancha de felicitaciones, mi madre me preguntó si podían hablar conmigo.

Nos fuimos a la cafetería del hospital con Verona, que iba en brazos de mi padre.

Me gustó ver cómo la miraba. Con adoración infinita.

¿Así era como me había mirado a mí cuando era pequeña?

Ojalá. Esperaba que pasara más tiempo con ella de lo que pasó conmigo en mi infancia y adolescencia.

Mientras caminábamos hacia la cafetería, observé a mis padres. Tenía sentimientos encontrados con ellos. Quería darles otra oportunidad por Verona, pero… no confiaba en su palabra. No quería que se volvieran a marchar. Me gustaba verlos junto a mí, con Verona entre sus brazos.

Pedimos algo de beber y nos sentamos en una mesa para cuatro en mitad de la cafetería.

—Ádriel… Queremos pedirte otra vez perdón. Te prometimos algo que no hemos cumplido y… —Mi padre no supo cómo continuar y mi madre le ayudó.

—Cuando hemos entrado en la habitación de Abu Ángel y os hemos visto ahí a todos juntos…

A ti allí, en vez de en tu habitación, para que todos pudieran ver a la niña y tú pudieras estar con Abu Ángel…

Se me ha partido el alma. Porque tienes razón, anteponemos el trabajo a la familia…

y… —Mi madre no supo cómo seguir mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

Mi padre pasó su palma por la espalda de ella, reconfortándola y dándole fuerzas para seguir—.

Eso se ha acabado. Hemos pedido el traslado a Cantabria.

Creo que abrí tanto la boca que tocó el suelo al escucharla decir aquello. Estaba realmente alucinada.

—Deberíamos haberlo hecho cuando nos dijiste que estabas embarazada —añadió mi padre ante mi mutismo.

Miré de hito en hito a mis dos progenitores. ¿Era verdad lo que decían? ¿Estaba soñando o de verdad volvían a casa?

—¿Ádriel? —Se preocupó mi madre cuando varios minutos después, seguía con la boca abierta, mi cerebro chamuscado y sin ser capaz de decir nada.

—Yo… yo… —No encontraba las palabras. Ni una sola. ¿De verdad volvían a casa?—. ¿Es… es de verdad?

—Sí. —Asintió mi madre con una pequeña sonrisa dibujada en su rostro.

—¿Van a cambiar las cosas esta vez? ¿Vais a volver?

—Deja que te lo demostremos —concluyó mi padre con mirada brillante.

Asentí y mi corazón se hinchó de felicidad. Hacía poco sentía que todo se derrumbaba y en aquel momento, todo se estaba colocando en su sitio.