Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 40
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Capítulo 40

Por lo general, cuando uno echa algo de menos, se refiere a las cosas que ya ha vivido; a esas que se quedan grabadas para siempre en tu memoria. Nadie habla de lo que duele echar de menos recuerdos que no existen.

–El arte de ser nosotros, Inma Rubiales

M i padres entraron en la habitación con una gran sonrisa en los labios.

Me besaron la frente y se quedaron prendados de la bolita blanca que sostenía entre mis brazos.

Sentimientos encontrados se entremezclaron en mi pecho.

Habían llegado. Por fin habían llegado. Pero habían pasado más de diecisiete horas desde que me habían dicho que estaban de camino.

Mi madre me dijo que la niña era preciosa y me preguntó si ya tenía nombre.

Asentí. Si hubieran ejercido de padres, sabrían que su nombre era Verona.

—Hace casi dieciocho horas que me dijisteis que veníais.

—Lo siento, cielo. Cuando terminé mi operación, a papá le surgió una urgencia tras otra y tuvimos que esperar a que terminara para venir. —Se lamentó mi madre.

La miré perpleja. ¿De verdad esa era su excusa?

—Podrías haber venido tú al menos.

—Ya… No quería dejar a tu pad…

—¿Y a tu hija sí? —La interrumpí alucinada—. En su lugar, me abandonaste a mí —susurré dolida mientras las lágrimas se agolpaban en mis ojos.

—Tú estabas arropada por tus amigos y por Ángel y Carmen.

—No, mamá. —Negué—. Os necesitaba a vosotros, no a ellos. Os llamé porque estaba asustada y quedamos en que estaríais conmigo. —Mi voz se quebró—. Os necesitaba a vosotros.

—Yo… —comenzó mi madre.

Pero Almu no la dejó. La interrumpió poniéndose en pie como un resorte y estalló.

—Lo más importante debería ser vuestra hija, ¡no una urgencia!

—¿Había alguien más que podría haber operado? —pregunté. Estaba dolida. Muy dolida. También enfadada y algo traicionada.

—Cielo…

—¿Sí o no? —demandé con voz dura.

—Sí —contestó mi padre—. Pero ahora estamos aquí, chiquitina.

—No, papá. Os necesitaba cuando he dado a luz. No ahora.

—Julia, Jorge. —Gelo llamó la atención de mis padres con voz dura—.

Dijisteis que estaríais para Ádriel. Que todo cambiaría.

Y la realidad es que no ha cambiado nada.

No habéis venido a ninguna de las ecografías, no habéis venido más a menudo para ver cómo el vientre de Ádriel iba creciendo.

No habéis estado a pesar de haber prometido lo contrario —les recriminó sin ningún tipo de remordimiento, algo nuevo para mí.

Gelo siempre mantenía las formas con mis padres.

—Hijo, tranquilo —susurró Carmen acercándose a su hijo y cogiéndole de la muñeca—, relájate.

—Estoy muy relajado —escupió Gelo con el cuerpo rígido.

—Lo sentimos, cielo —confesó mi madre con rostro compungido y una pequeña lágrima escapando de sus ojos.

—Ya. Confié en vosotros. Os llamé asustada.

¡Me dijisteis que estaríais porque Gelo debía estar con su familia!

Y si no fuera por esta familia. —Señalé a mis amigos y a los padres de Gelo—.

Habría estado completamente sola en casa, en el paritorio y ahora en esta habitación hasta que os habéis dignado a venir aquí.

—Bufé a medio camino entre el enfado, la tristeza y el dolor.

—Jorge, Julia, ¿por qué no dejáis un rato a Ádriel para que se aclare un poco? —intercedió Carmen con buen juicio—. Ha sido un día complicado.

Mi madre me miró a mí, como si esperara que le dijera que no era necesario que se marcharan.

Pero yo estaba cansada y no me quería sentir como me sentía con ellos cerca.

Negué ante su súplica silenciosa. Necesitaba estar sin ellos.

En aquel momento no me hacían falta. Tenía que luchar primero contra mi enfado.

Agradecí cuando salieron de la habitación.

También cuando poco a poco, fueron yéndose el resto, hasta que solo quedaron Aitor y Gelo que sostenía a Verona en sus brazos.

—Ha pasado el neurólogo a ver al abuelo —anunció Gelo mientras miraba su móvil—. Tiene una hemiparesia del lado derecho, pero, por suerte, es leve.

Suspiré aliviada. No había sido tan grave como con mi abuela.

Quería ir a verle y Gelo me dijo que primero iría él y si veía a su abuelo bien, nos avisaba para que fuéramos Aitor y yo y así conociera a Verona.

Asentí. Gelo me besó la frente antes de darme a la niña e irse de la habitación.

Cuando cerró la puerta tras él, Aitor se acercó a nosotras y se recostó en un lado de la cama.

Pasó su brazo por encima del mío, en el que sostenía a Verona, como si ambos la abrazáramos.

Fue un gesto y un momento muy bonito, no pude evitar sonreír.

—¿Sabes qué? Yo me ahogaba y tú eras tierra firme, aunque a veces no me diera cuenta. Te estaré eternamente agradecida.

Giré mi rostro hacia el suyo y busqué sus ojos, brillantes, llenos de emociones bonitas en aquel momento. Aitor me abrazó con cuidado de no hacer daño a Verona, me besó y sentí que los tres podíamos ser una familia. Una real. Eso me gustó y asustó a partes iguales.

—¿No te da miedo estar aquí?

—¿Con vosotras? —preguntó Aitor sin entender. Asentí—. Para nada. Es donde quiero estar.

—A mí me da miedo no saber hacerlo bien.

—La maternidad y paternidad no vienen con libro de instrucciones, pero tú ya tienes práctica con Angelito.

No terminé de procesar su frase entera. Me quedé trabada en la palabra paternidad . Escruté su semblante, anonadada, la boca se me secó y me costó horrores pronunciar mi pregunta.

—¿Te… te refieres a tu paternidad?

—Solo si tú me dejas. —Le miré nerviosa y alucinada. No sabía ni qué contestar—. No me tienes que contestar ahora. Solo quiero que sepas que quiero estar contigo. Que Verona nunca será un impedimento. Llevo meses viéndola crecer dentro de ti y ya me ha robado un trocito de corazón.

—Yo… necesito pensar. Son demasiadas cosas a la vez y… Odio sentirme así de expuesta. Lo odio… Son… demasiadas cosas y… —me aturullé.

—Sé lo que es sentirse expuesto. No es malo mientras sea frente a personas de confianza.

Asentí porque es posible que tuviera razón aunque en aquel momento no lo vi.

Gelo nos avisó pocos minutos después de que Abu Ángel estaba despierto y más receptivo que unas horas atrás y yo, ni corta ni perezosa, me levanté de la cama con Verona en brazos y me fui hacia la puerta.

Menos mal que solo tenía la vía puesta, pero sin nada en ella.

Habría sido gracioso salir con el suero colgando bajo un brazo y Verona en el otro.

Noté un leve brillo en los ojos de Aitor cuando salimos de la habitación.

Estaba igual de emocionado que yo de escaparnos de la habitación y que fuera algo un poco prohibido.

Nos cruzamos el hospital entero, subimos varias plantas y llegamos a la habitación.

Ahí estaban nuestros amigos y la familia de Gelo, pero ni rastro de mis padres.

¿Dónde estarían? ¿Habrían vuelto a Madrid? No me hubiera extrañado, la verdad.

Había demasiada gente ahí dentro y en cuanto crucé el umbral, el estómago se me cerró y mis ojos se llenaron de lágrimas. Era como recordar ir a ver a mi abuela al hospital. Aunque me habían dicho que estaba bien, una vocecita en mi cabeza no paraba de decirme que no podía perderle a él también.

—¡Ari! —llamó Ángela. Se acercó a mí, besó a Verona y después me abrazó—. Es una niña preciosa. —En cuanto sentí sus brazos a mi alrededor, comencé a llorar de manera incontrolada—. Tranquila, el abuelo es muy fuerte y va a salir de esta.

Cuando me tranquilicé, me separé de ella y dejé que conocieran a Verona. Abu Ángel abrió los ojos, me llamó en un murmullo y yo corrí a su cama.

—Verona es preciosa —susurró con un intento de sonrisa en sus labios—. ¿Estás bien? Siéntate. —Abu Ángel señaló con la mirada un lado de su cama.

Cogí sus manos y noté que una de ellas apenas tenía fuerza. Se me cerró la garganta y me tembló el labio inferior a pesar de que intenté que no se me notara lo mucho que me afectó. No quería compararlo con mi abuela, pero fue algo inevitable.

—Estoy bien. ¿Y t-tú? —Me tembló un poco la voz.

—Me pondré bien —susurró. Asentí con alguna lágrima lista para escapar, pero las contuve—. No me va a pasar como a ella.

La mera mención de mi abuela hizo que me fuera imposible aguantar todas las lágrimas que amenazaban con salir. Arrastró su mano buena bajo la mía y secó con su mano temblorosa algunas de mis lágrimas.

—Voy a estar bien —me repitió.

Asentí y hundí mi rostro entre nuestras manos.

Me fui a mi habitación cuando estaba demasiado cansada. Me acompañaron Almu y Aitor. Este último me preguntó si estaba lista para ver a mis padres. No tenía ni idea.

—¿Quieres mi opinión? —habló Aitor. Asentí—. Déjales que pasen. Ya sé que te han fallado varias veces, pero… dales otra oportunidad. Si no lo haces, tal vez te arrepientas.

Supe que pensaba en sus padres. Aquellos que le adoptaron, le criaron junto a Cristian y tuvieron la desgracia de fallecer en un accidente.

Aquellos de los que no tuvo tiempo ni de despedirse, ni de disfrutar de ellos todo lo que él hubiera querido.

Suspiré profundamente y miré a Almu quien asintió.

Con Verona en brazos, me abstraje de todo y me dediqué a pensar en lo que yo quería, en lo que mi mente y mi corazón me pedían.