Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 39
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Capítulo 39

Cuidar de las personas es el trabajo

más revolucionario que hay.

–La chica del pelo rojo, Buzzy Jackson

T ras colgar la llamada con Gelo, el corazón y los pulmones dejaron de estar tan apretados y pude respirar un poco más tranquila sabiendo que Abu Ángel permanecía estable.

Decidí escribir a Aitor y Cristian y en menos de cinco minutos, llegó Cristian. Aitor veinte minutos después. Se acercó a mí con mirada preocupada, me besó los labios y acarició mi duro y abultado vientre con sumo mimo.

—¿Cómo estás? —Acarició mi mejilla con sus nudillos.

—¿Qué haces aquí? ¿No trabajas hoy?

—Es más importante Verona.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Parpadeé varias veces para intentar alejarlas, pero no funcionó.

Hice un puchero de manera inconsciente. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.

Por sus palabras, porque Abu Ángel estuviera ingresado, por no tener a Gelo a mi lado. Por no tener tampoco a mis padres.

Aitor me abrazó con fuerza y dejó que me deshiciera en su abrazo.

Aspiré su olor y escuché sus arrulladoras palabras, que me tranquilizaron e hicieron que la siguiente contracción no fuera tan dolorosa.

Cuando me calmé, llamé a mis padres. Los necesitaba conmigo, no a cuatrocientos ochenta kilómetros.

Quería sentirlos cerca y acurrucarme entre ellos.

Pero no me cogieron el teléfono. Ninguno de los dos.

Les dejé un mensaje, y esperé su llamada.

No llegó en las siguientes cuatro horas.

Para ese momento, las contracciones se habían espaciado a cada quince minutos, pero no dejaban de ser regulares. Estaba cansada de aquel dolor que me mantenía alerta, sin dejarme descansar, estar sentada mucho rato o comer.

—Vamos a llevarte al hospital —concluyó Ainhoa cuando pasó la contracción—. No puedes más.

Mi cara lo debió decir todo. Sabía que si el bebé no estaba colocado de forma correcta, las contracciones podían ser más dolorosas.

Verona debía estar colocada mal no, lo siguiente.

Porque ese dolor no era normal. Ya empezaba a estar agotada tras tantas horas con aquel dichoso dolor que empezaba en mis lumbares e iba a mi vientre.

—Aún no son ni cada cinco minutos…

—Lo sé. —Ainhoa acarició mi mano con suavidad—. Pero estás muriéndote de dolor. Necesitamos que te pongan la epidural. O tal vez puedan recolocar a la niña para que no te duelan tanto.

Asentí. Estaba cansada, quería que todo acabara y mis padres no habían dado señales de vida.

Les mandé otro mensaje cuando salimos de casa para avisarles.

El viaje al hospital se me hizo eterno. Estar sentada durante las contracciones fue un horror.

Tras cuarenta minutos de viaje, mis padres contestaron con un: vamos para allá y un corazón.

Suspiré aliviada. Mis padres estarían conmigo.

Entramos por urgencias. Solo estaba con dos centímetros de dilatación y me mandaron a casa. Hasta los cuatro centímetros no me podían ingresar.

—Ya, pero es que me duele muchísimo… —me quejé con lágrimas en los ojos—. ¿Podría hablar con alguna matrona u obstetra? Creo que la niña está mal colocada y por eso me duele tanto.

—No puedes, no. Es un parto, tiene que doler —contestó la ginecóloga de urgencias—. Acostúmbrate a ese dolor.

—Pero…

—Si ya te estás quejando ahora, dentro de unas horas, va a ser peor.

—¡Necesito ayuda, es que no lo ves! —aullé enfadada.

La ginecóloga se mostró impasible. Ni siquiera su mirada o su gesto serio cambió un ápice.

—Camina, date una ducha y vuelve cuando lleves dos horas con contracciones cada cinco minutos.

—Pero…

—Por favor. —Señaló la puerta—. Tengo otros pacientes que atender.

Salí furibunda a la salita de espera. Eché en falta a mis padres. Tal vez ellos habrían conseguido que me hicieran caso. La vuelta a casa fue una tortura. ¡Malditas contracciones! ¡Qué dolor!

Almu y Marcos se quedaron en casa aquella noche y para mi sorpresa y resignación, los cinco adultos —Ainhoa, Almu, Marcos, Cristian y Aitor— plantearon guardias de dos horas para que no me quedara sola.

Intenté convencerles de que no hacía falta, que debían descansar, pero agradecí enseguida su compañía.

Pasaron seis horas desde que mis padres habían dicho que venían de camino y aún no estaban. ¿Cuánto se tardaba en hacer cuatrocientos ochenta kilómetros cuando tu hija estaba al final de ese viaje esperando a dar a luz? Poco. Seis horas seguro que no.

Intenté conciliar el sueño, pero fue imposible con las contracciones. Mi cuerpo y mi cerebro estaban agotados. Mi corazón estaba un poco machacado porque no estaban mis padres, ni Gelo. Porque no era la clase de pródromo de parto que había esperado.

—Haz algo para que esto pare —gemí a Aitor a las cuatro de la mañana—. No puedo más —lloriqueé exhausta.

Aitor me calmó, se colocó detrás de mí y masajeó mi zona lumbar. Cuando llegó la siguiente contracción, no sentí alivio aunque sí que se pasó el dolor más rápido.

A las ocho de la mañana, mis padres seguían sin dar señales de vida. ¿Y si les había pasado algo? Me empecé a agobiar. Habían pasado casi doce horas. Llamamos a los diferentes hospitales preguntando si había llegado una pareja por accidente de coche. No estaban en ninguno.

A las nueve y media de la mañana llegamos al hospital.

Estaba dilatada de cuatro centímetros, así que fue suficiente para que me ingresaran.

Pedí la epidural en cuanto entré en la sala de dilatación.

Fueron rápidos, solo cuatro contracciones más antes de que llegara el anestesista.

Un tipo bastante impertinente que me dijo que no me pondría la epidural si no me quedaba quietecita durante las contracciones.

Como si yo pudiera elegir no moverme ante el dolor.

Era algo que salía de dentro de mí, pues con el movimiento, dolía menos.

Hice de tripas corazón y las siguientes dos contracciones me quedé lo más quieta que pude y como consecuencia de ello el dolor se multiplicó por cien.

Se me saltaron las lágrimas. El dolor era demasiado.

Profundo, inmenso, atroz, punzante y me dejaba sin apenas fuerza.

Podría jurar que hasta inhumano. En la tercera contracción quieta, chillé sin poder contenerme.

La matrona cogió mi mano y me susurró las palabras que necesitaba para ser valiente y aguantar. Estaré eternamente agradecida por ello.

Tras varias horas más y mucho más tranquila cuando la epidural hizo efecto, comencé con los pujos.

Verona nació con dos kilos y doscientos treinta gramos, y Gelo y Ainhoa a mi lado.

Angelito fue el primero en cogerla en cuanto me llevaron a mi habitación y verle junto a su hermanita hizo que mi corazón se quedara repleto de amor por ellos dos.

Ellos nunca estarían solos porque además de tenernos a los mayores, se tendrían el uno al otro.

La niña era preciosa y apenas me percaté de que mis padres no estaban hasta que irrumpieron en mi habitación, donde me encontraba con mis amigos y los padres de Gelo.

Mayo. 36 semanas.

Verona ha nacido el día 9 de mayo, con treinta y seis semanas de gestación.

Han sido horas plagadas de dolor, donde Gelo, Ainhoa, Marcos, Almu, Cristian y Aitor han intentado mantenerme cuerda y que las contracciones no dolieran tanto. Incluso han hecho turnos por la noche para estar conmigo mientras yo gritaba desesperada.

Para nada tengo un buen recuerdo del parto.

Ha sido el peor momento de mi vida. Pero he estado rodeada de mi familia por elección.

Cada gesto frío y malas palabras de los profesionales que me han atendido se ha desvanecido porque la tengo en mis brazos.

Todo lo malo ha quedado eclipsado al ver su cara arrugadita y sus ojos claros.

Es preciosa.

Es lo mejor que he hecho en mi vida.