Capítulo 38
Es importante tener presente que el error también es cambio, también es calma, también es necesario.
–Brillo por tu ausencia, Lae Sánchez
E stábamos en mayo y yo tenía una barriga que a mí se me antojaba enorme. A veces deseaba que pasara ya el mes que me quedaba. Tenía muchas ganas de conocer a Verona.
Fui a comer a casa de los abuelos de Gelo, Ángela y Abu Ángel.
Me hacía ilusión decirles que la niña tenía nombre.
Fueron amigos de mis abuelos y me sentía a gusto y mimada a su lado.
A efectos prácticos, eran unos abuelos para mí.
Llamé a la puerta con mis nudillos y abrí sin esperar. Sentía esa como mi casa.
Ángela me saludó con una enorme sonrisa al verme entrar en el salón. Sonreí de vuelta y me sentí como una niña otra vez. Se acercó a mí, colocó ambas manos en mi rostro y besó mi mejilla con dulzura. Su sonrisa permaneció en sus labios al separarse de mí y me sentí tan querida…
—¡Ari! —llamó Abu Ángel cuando su mujer me liberó. El hombre llegó hasta mí con los brazos abiertos y me envolvió en ellos con fuerza—. La última vez que te vimos, ese vientre no parecía albergar una sandía dentro. —Colocó la palma de su mano en él.
Nos pusimos al día y fuimos a la cocina, donde había una pequeña mesa redonda de madera con platos, vasos y cubiertos para tres.
Aquel día tocaba potaje asturiano, mi favorito.
Abu Ángel me pidió sin mucha sutileza que les hablara de Aitor.
Gelo les había contado cosas, fijo. Así que les hablé de él.
—Cuando aparece una persona buena de verdad, hay que aprender a desprendernos de nuestra coraza aunque estemos inseguras al principio —dijo Ángela leyendo mi mente.
—El amor a veces deja un mal sabor de boca cuando las cosas salen mal. Otras veces es para siempre. Y otras, el amor cambia y dejas de estar enamorado de una persona, pero sigues queriéndola. —Abu Ángel buscó mi mano sobre la mesa y la estrujó con cuidado.
—Ángel, ¿me pasas el agua? —pidió su mujer.
Él la miró, asintió, me soltó la mano y sonrió. Acto seguido, el gesto de su cara cambió. Una mitad de su rostro dejó de sonreír y sus ojos se tornaron confusos. Se intentó levantar, alterado. Le costó mucho esfuerzo y tropezó con sus propios pies al incorporarse y querer caminar.
Me asusté.
Mucho.
Me levanté de la mesa a toda prisa, con el corazón desbocado, pero antes de llegar a él, ya estaba en el suelo, inconsciente.
Caí de rodillas a su lado.
—Es… es… es un ictus, Ángela —dije con un hilillo de voz—. Llama a una ambulancia.
Ángela asintió, pero se quedó observando a su marido en el suelo, sin entender qué estaba pasando. Hacía unos segundos que Abu Ángel me estaba dando consejos y al siguiente estaba en el suelo.
—¡Ángela! —bramé. Ella desvió la mirada de su marido y llamó.
Tomé las constantes a Abu Ángel y comprobé que respiraba.
Joder, un ictus. En cuanto vi el gesto de su rostro, el pánico se instauró en mí.
Sabía lo que era. Sabía lo que iba a pasar.
Porque a mi abuela le pasó exactamente lo mismo.
Recé para que Abu Ángel saliera airoso de la situación y no como mi abuela.
«Por favor, que esté bien. Por favor, que esté bien».
Durante unos segundos sentí que no podía respirar, que no podía… nada. Me ahogaba.
Ángela puso una mano sobre mi hombro y la apretó con fuerza.
—Ya vienen, mi niña. Tranquila, va a estar bien. —Asentí a duras penas—. No le va a pasar como a tu abuela. Ángel va a estar bien —dijo mientras su voz se quebraba.
Y eso fue lo que necesité. Debía ser fuerte para Ángela. Asentí. Con manos temblorosas y mi corazón que latía con fuerza, marqué el número de mi mejor amigo y puse el manos libres.
—Vale… Vale… Vamos a ponerte cómodo —susurré a Abu Ángel—. No puedes irte, ¿me oyes? No puedes. Vas a ser bisabuelo otra vez…
Cuando Gelo descolgó le conté lo ocurrido.
Él pegó un grito ahogado, le escuché salir corriendo de su despacho y quedamos en que él avisaría al resto.
Pedí a Ángela una almohada para ponerle a Abu Ángel y cuando lo levanté a pulso por los hombros para colocársela, sentí una gran punzada que empezó en mis lumbares y llegó hasta mi vientre.
Al poco llegó la ambulancia y dejé apartado mi malestar.
Todo pasó muy deprisa. Dos paramédicos lo subieron en una camilla y Ángela corrió tras ellos, subiéndose en la ambulancia.
Y yo me quedé sola. De rodillas aún en la cocina.
Me dejé caer de culo y me tapé los ojos con las manos cuando comencé a llorar de manera incontrolada.
¿Por qué? ¿Por qué de todas las personas del mundo le tenía que dar un ictus a él?
Gemí al sentir otra extraña punzada de dolor desde mis lumbares hacia mi vientre e inmediatamente pensé que era la niña apoyándose donde no debía y le pedí que me diera un respiro.
Gelo entró alterado en casa de sus abuelos, seguido de sus padres y sus tres hermanos.
—¿El abuelo? —preguntó cayendo a mi lado, en mitad de la cocina.
—Se lo acaban de llevar. Creo… creo que han dicho que le llevaban al Hospital Universitario Marqués de Valdecilla —dije algo desorientada—. Creo que tienen una unidad de ictus… —susurré.
Entonces volví a notar esa extraña punzada de dolor. Me agarré la tripa y gemí. Gelo desvió su mirada de mí a su madre. Ambos se miraron un instante antes de que Gelo volviera a mirarme a mí. ¿Qué pasaba? ¿Qué no me decían?
—¿Ari? —preguntó Gelo alterado—. ¿Tienes contracciones?
—¿Contracciones? —Lo miré confusa—. No… yo… —Negué varias veces—. Me duele, pero… no… no son… —Me fui agobiando por segundos—. No pueden ser…, ¿no?
—Tranquila, niña.
—Solo estoy de treinta y seis semanas, Gelo. No puede nacer ahora. Todavía es pronto. Ni siquiera tenemos nada preparado. No… Yo… —Me faltaba el aire.
Estallé en llanto cuando me llegó otra contracción.
La familia entera me intentó calmar y Gelo me abrazó mientras me susurraba que todo estaría bien, que Verona estaría bien.
Y mientras me consolaba a mí, estaba atento a sus padres y hermanos, que se organizaban para irse a Santander después de confirmar a qué hospital debían ir.
—Yo voy —dije separándome de Gelo.
—No. No vas a ir a verlo —sentenció Ángel y levanté el mentón retándole.
Me dijo que no debía alterarme más. Me suplicó que me mantuviera tranquila. Y yo me resigné a asentir porque supe que solo quería cuidarme.
—Me quedo contigo —dijo Gelo, pero me negué.
—Tienes que ir con Abu. Estaré bien en casa. No estoy de parto aún. Tienen que ser regulares.
Gelo me miró indeciso.
—¿Pero tú sabes que son irregulares?
—No —admití—, pero ve con el abuelo. Nos mantendremos informados de cualquier cambio, ¿vale?
Noté la resignación en el rostro de Gelo antes de asentir.
—Pero Gelo —llamé su atención—, dime lo que sea. Aunque sea malo.
Gelo asintió y me dijo que iba a avisar a Ainhoa. Quise impedírselo, pues había quedado para comer con Daniel y ni siquiera estaba de parto.
—Va a nacer Verona. Más le va a molestar llegar a casa y darse cuenta de que estás pariendo sin ella. —Resoplé y asentí. Tenía razón—. Y comienza a cronometrar cuánto tiempo pasa entre esta y las siguientes contracciones para ver si son regulares.
Carmen y Gelo me acompañaron a casa mientras los demás iban directos al hospital. En la puerta estaban Marcos y Almu junto a los perros. Mi amiga no dejaba de dar vueltas alrededor de su novio con el rostro preocupado. Parecía muy alterada.
—¡Ya estás! —exclamó Almu al verme—. ¿Cómo va todo? ¿Abu Ángel? Dios, estoy nerviosa. ¡Estás de parto!
—No lo sabemos —me quejé—. Tal vez sean irregulares y paren.
Otra contracción. Me encogí de dolor. ¿Por qué dolían tanto? ¿Era normal?
—No me voy a separar de ti. Yo me ocupo de cronometrar. —No sé si me lo dijo a mí o a Gelo.
—Venga, iros —instó Marcos a Gelo y Carmen—. Con nosotros estará bien.
Gelo asintió y me dio un beso en la frente mientras me abrazaba. Después se puso de rodillas, tocó mi vientre con mimo y lo besó por encima de mi ropa. Sonreí y acaricié con mimo la nuca de Gelo.
—No la líes, pequeña. Espera a que puedas nacer con seguridad. Aguanta un poquito —susurró en mi vientre.
Se separó de mí y salió escopetado junto a su madre. Noté su ausencia más de lo que esperaba, pero luché para que no me afectara. Entré en casa y me desplomé en el sofá. No podía dejar de pensar en Abu Ángel. Marcos se sentó a mi lado y llegó otra contracción.
—Han pasado diez minutos —informó Almu—. ¿Quieres avisar a Aitor?
Negué. No estaba de parto. Solo debía relajarme. Estaba tan solo de treinta y seis semanas…
Ainhoa irrumpió en casa y los perros fueron a saludarla.
—He llegado lo más rápido que he podido. ¿Estás bien? ¿Cada cuánto son las contracciones? —preguntó alterada—. Madre mía, tenemos que hacer la maleta del bebé. Y ni siquiera tiene cuna… ¡Ay, Ari!
Marcos fue el único que mantuvo la calma y nos intentó tranquilizar. Justo cuando pronunció la última palabra, llegó otra contracción.
—Diez minutos —susurró Almu sin creerlo.
—¿Estoy de parto? —Me alteré más aún.
—Vamos a esperar. Lo mismo ha sido una coincidencia. —Marcos siguió manteniendo la calma.
—Voy a llamar a Gelo para ver dónde tiene las cosas de bebé de Angelito —dijo Ainhoa separándose un poco de nosotros para escuchar bien a Gelo.
Volvió al poco para decirnos que las cosas estaban en el trastero de casa de Ángel y Carmen.
Como teníamos una copia de sus llaves en La casa, Ainhoa y Marcos se acercarían para traerse lo que pudieran.
Ainhoa estaba histérica y Marcos no fue capaz de contradecirla.
Así que Almu y yo nos quedamos solas. Ella me instó a avisar a mis padres. Tal vez ellos lograran tranquilizarme.
Otra contracción. Doce minutos.
—Papá —solté a punto de estallar en llanto cuando descolgó.
—¿Chiquitina? ¿Estás bien?
—No. Creo que estoy de parto, papá.
Mi padre preguntó si eran regulares y si estaba Gelo conmigo. Le expliqué la situación y mi padre me calmó.
—Iremos todo lo deprisa que podamos allí y te llevamos al hospital. Gelo ahora tiene que estar con su familia. Pero tranquila porque estaremos contigo. Somos tu familia. —Mi padre me habló con una suavidad infinita.
—¿No podéis venir ya? —Lloriqueé sintiéndome vulnerable—. Os necesito ahora.
Mi padre contestó con evasivas e insistí. Les necesitaba.
—Vamos a esperar a que sean regulares, ¿vale? Tu madre empieza a operar en dos horas.
O sea que era eso. Mi madre operaba. Mi padre la iba a esperar. No iba a venir corriendo a mi lado. Me despedí sintiéndome herida.
Otra contracción. Diez minutos.
Echaba de menos a Gelo. En un momento de desesperación le llamé y pregunté por Abu Ángel, aunque la realidad era que yo quería escuchar la voz de mi mejor amigo y que acallara mis miedos.
Otra contracción. Diez minutos.
Definitivamente estaba de parto.