Capítulo 35
¿Sería capaz de una hazaña semejante?
¿De llegar al límite de mí mismo hasta olvidar el dolor?
–No lo olvides jamás, Michel Bussi
A l día siguiente, Angelito nos pidió ir a la playa por la tarde.
Avisamos a nuestros amigos y fuimos todos, excepto Ainhoa.
Esa vez no puso excusa alguna, simplemente no contestó.
Tal vez ni siquiera nos leyó, como era lo habitual en la última semana.
Mi mejor amiga por fin había encontrado a alguien bueno de verdad, pero a cambio, se alejaba de nosotros, sus amigos.
Era injusto, pero tendría que aprender a vivir con ello porque Ainhoa era feliz.
Debía primar su felicidad sobre todo lo demás.
Aitor y yo nos pusimos a discutir sobre en qué coche iríamos a la playa, pues nuestra regla no escrita era que el que conducía, elegía la música. Por cómo defendía él su postura, le apetecía tan poco como a mí escuchar la música del otro los veinte minutos que duraba el trayecto.
—Voy con Gelo.
—¿Prefieres la música a estar conmigo? —preguntó Aitor con fingida molestia.
Resoplé.
—Bueeeno… Vaaale…, a la ida voy contigo. —Cedí y me sonrió triunfal—. Pero vuelvo con Gelo —añadí y el gesto de Aitor cambió—. Media hora de tu música es mi límite. Pero ida y vuelta completa, ni hablar.
Aitor se agachó hasta quedar a la altura de mi vientre, apoyando una mano sobre la curva.
—¿Has escuchado a tu madre? —susurró, esperando una patada que no llegó—. Anda que no tiene morro ni ná. —Rio entre dientes.
—Deja de hablarle a la niña, anda —reí con él.
—¡Eh! Que tiene que irse acostumbrando a mi voz —se quejó serio, y yo enarqué una ceja sin entender—. Para que cuando nazca, me reconozca.
Un revoloteo de emoción llenó mi pecho entero. Le miré como si estuviera loco, pero con una sonrisa boba en los labios imposible de camuflar.
—¿Lo dices en serio?
—Claro. Para mentir, me habría callado —contestó como si fuera la cosa más obvia del mundo.
Sonreí, tiré de él para que se levantara y le besé. Gelo nos interrumpió, alegando que Angelito tenía prisa por pisar la playa. Aitor y yo reímos y rompimos nuestro beso. Me encantaba poder ser, lo que fuera que éramos, delante de todos. Sin escondernos.
Al poco de llegar a la playa, llamaron mis padres.
Dudé si cogerlo pues no me apetecía hablar con ellos.
Pero al final acepté la llamada. Las voces de mis padres saludando y pidiendo fotos de mi abultada barriga, inundaron mi oído.
Gruñí para mis adentros. Debían estar a mi lado, no viendo cómo crecía mi tripa a través de fotografías.
—¿Por qué no venís unos días? Cogeros vacaciones y pasamos unos días aquí juntos.
Mi madre suspiró al otro lado de la línea y supe al instante que dirían que no.
Y, obviamente, tenían una excusa, cómo no.
Estaban haciendo cambios en el hospital, tenían mucha lista de espera y no podían faltar.
Para ellos, salvar vidas, operar, las guardias, el hospital… , todo eso era más importante que yo.
Aproveché la llamada para decirles que había decidido dejar de ir con el veterinario equino. Mis padres se escandalizaron, pero les paré los pies al explicarles mis sentimientos encontrados. Quería que me comprendieran.
—¡No puedes dejarlo por tu forma de ver a los caballos! —exclamó mi madre —. Tienes que volverte fuerte, Ádriel. Y eso solo sucederá si ves una y otra vez injusticias. Porque cada una te hará más fuerte y aprenderás a mirar a otro lado.
—No quiero terminar tan vacía como para mirar para otro lado.
—Es normal que estés indecisa. Cuando nazca la niña verás cómo vuelves a cambiar de opinión —soltó mi padre—. Esto es temporal.
—No lo es, papá. —No iba a cambiar de opinión. Mi decisión fue por mi ética.
Mi padre me pidió que esperara a que naciera la niña y le diera otra vuelta.
¿Debía decirle que eso nunca sucedería? ¿O debía callarme y decirle que sí para que me dejaran en paz?
Elegí la vía fácil. Solo quería colgar y volver con Aitor, que tenía su mano enlazada con la mía y hacía leves círculos en el dorso de mi mano.
—Claro… —murmuré.
Mi madre, ajena a mi murmullo, cambió de tema de manera drástica y volvió a mi embarazo. Aproveché para pedirles que me acompañaran durante el parto. No me imaginaba a nadie más que a ellos acompañándome en aquel momento.
—Allí estaremos, cariño. No lo dudes. Tú solo llámanos y dejaremos todo por ir contigo. Lo prometo —dijo mi madre con voz dulce.
Decidí creer en sus palabras a pies juntillas porque no podía engañarme con algo tan delicado e importante como aquello.
—Tú llama e iremos contigo —continuó mi padre.
Me preguntaron si ya había elegido el nombre de la niña. Negué. No había un nombre que me encantara por cómo sonaba o por su significado. Mi madre me propuso mandarme nombres y acepté encantada. Me gustó que se implicara. Cuando colgué, no pude evitar suspirar para relajar mi cuerpo.
—¿Todo bien? —se preocupó Aitor. Asentí y busqué con mi mirada a Marcos—. ¿Le echas de menos?
Asentí. Me gustaba cuando casi nos dábamos codazos por comer todos pegados en la mesa por tener el puzle ocupando la esquina. O tener a Marcos a un grito de distancia.
Los cambios se suceden a cada rato y debemos saber surfearlos. No me gustaba nada la situación, pero debía hacerme a ello y aceptar que las cosas cambian. Que a veces no pueden ser eternas y que a veces es mejor simplemente vivirlas hasta que se acaban.