Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

Tu procedencia no determina el lugar de tu corazón.

–La tinta que nos une, Paula Gallego

A ngelito llevaba días pidiendo aprender más sobre la mitología nórdica, así que por la tarde me fui con él a Santander para buscar un libro infantil sobre ella.

Nos costó pero dimos con uno que parecía chulo y prometí leérselo por las noches antes de irse a dormir.

Antes de pagar, fui a buscar un libro para mí, aunque al final elegí uno de temática romántica para Aitor.

Un enemies to lovers . Seguro que le gustaba.

Ya de vuelta, me llamó Cristian para que nos pasáramos por la finca y tras un chillido de emoción de Angelito, acepté.

—¿Podré montar a Pegaso? —preguntó el crío en cuanto colgué la llamada.

—Aún no. Pero si quieres, puedes ayudarnos. Estamos enseñándola a que no tenga miedo.

—Quiero ayudaros, mami.

Sonreí. Angelito era digno hijo de Gelo. Y mío, también mío.

Al llegar a Finca Deva, ya nos esperaba Cristian, quien nos dijo que Aitor había ido a hacer un recado, pero que volvería.

Pegaso y Cristian entraron en la pista, les seguí e insté al crío a acercarse a ella.

No supuso ningún problema para la yegua.

Sonreí con satisfacción. Saqué la silla de cuero y dejé que fuera Cristian quien la llevara y trabajara con Pegaso mientras el crío y yo los observábamos.

—Hombre, si la morena sabe delegar. —Se burló Aitor.

Me giré deseando encontrarme con su figura y, sobre todo, con sus ojos. Sonreí cuando nuestras miradas tropezaron. Aitor se apoyó en la valla y esperó a que me acercara. Llamé la atención de Angelito y le pregunté si se quería venir conmigo y Aitor, pero él prefirió quedarse donde estaba.

—Para nada —gruñí—. Solo dejo a tu hermano trabajar con vuestra yegua.

—Ya…

Caminé hacia él y apoyé mi pecho en la valla. Cogí el rostro de Aitor con mis manos, lo besé y me acerqué al coche para coger el libro que le había comprado, quería darle la sorpresa.

—Tengo algo para ti. —Sonreí al llegar a su lado.

—Y yo.

Le miré extrañada buscando su detalle y me di cuenta de que estaba en la mano tras su espalda. Sonreí más ampliamente.

—¿A la de tres?

Aitor asintió y contamos.

—¿Un libro? —Reí cuando Aitor me tendió su sorpresa y yo a él la mía—. ¿Me has leído la mente?

—¿Y tú a mí?

¿Podía haber una coincidencia más bonita que esa? Ambos habíamos pensado en el otro.

—¿Puedo? —pregunté y sin esperar respuesta le quité el libro de las manos y le di el mío de manera distraída—. Tiene muy buena pinta —dije tras leer la sinopsis.

Me comentó que lo había encontrado mientras buscaba uno para él. Estallé en carcajadas mientras le contaba que a mí me había pasado lo mismo.

—¿Seremos siempre así? ¿Nos leeremos la mente o las intenciones a kilómetros? —Le sonreí.

Aitor me dedicó una medio sonrisa.

—Seguro. —Se acercó para besarme.

Desvié mi atención a Cristian, que había logrado colocarle la silla a Pegaso y me sentí orgullosa de mi amigo y de la yegua.

Le aconsejé que le quitara la silla y se la volviera a poner.

Cristian asintió. Me centré en observar cada paso que dio y a corregirle la postura del cuerpo.

Si él se mostraba tenso, Pegaso se mostraría cauta.

Con los caballos hay que vigilar mucho tanto la postura como la respiración.

Llamé la atención de Angelito, que miraba ensimismado a Cristian y Pegaso, y le dije si quería venir con Aitor y conmigo. Pero volvió a decir que no. Le gustaba estar en la pista.

Me recosté en el hombro de Aitor, me amoldé a su cuerpo y cerré los ojos.

—¿En qué estás pensando? —Me encogí de hombros—. Mientes fatal —bufó Aitor—. Prefiero que me digas que no quieres hablar de ello.

Sopesé sus palabras y decidí abrirme a él.

—No quiero que seas una tirita.

—¿Tú crees que lo soy? —musitó con voz grave y noté la tensión de su cuerpo. Me dio miedo encararle y ver su rostro plagado de decepción así que me mantuve en la misma posición.

—Quiero creer que no.

—Sé que aún no has terminado de sanar. Pero también que me haces sentir cosas buenas, sensaciones agradables que no quiero dejar de sentir —se sinceró Aitor y a mí se me saltó un latido—.

Tampoco quiero exigirte nada. Solo quiero ver a dónde nos puede llevar esto.

—Colocó sus manos en mi vientre y lo acarició con mimo para después darme la vuelta y que nuestros ojos se encontraran.

En los suyos vi una determinación que no había visto antes—.

Y no sé cómo saldrá esto, pero pase lo que pase, a tu niña no la voy a dejar de lado. Nunca.

Tal vez fuera demasiado brusco, pero sonreí al escuchar sus palabras. Me sentí agradecida de que pensara en ella, en que no pasara por lo mismo que él cuando su madre lo abandonó al nacer.

—¿Sabes? Yo no quería tener hijos antes de los treinta. —Me abrí a él porque sentí que en él podía confiar—. ¿Tú quieres hijos?

—Sí. Lo he tenido claro desde que tengo memoria. Unos hijos a los que jamás voy a fallar y que van a poder contar conmigo. Voy a ser el padre que mis padres biológicos nunca fueron conmigo —dijo con tanta determinación que solo pude creerle.

—Quieres enmendar lo que hicieron mal contigo.

—No. —Sus ojos se oscurecieron—. Quiero demostrarme a mí mismo que mi sentimiento de familia, de cuidar de los más pequeños, no está roto.

Que aunque a mí me abandonaron, yo no tengo por qué ser como ellos.

—Arrugó el gesto—. Aunque a veces me pregunto si eso no vendrá en la genética.

—Su voz sonó apesadumbrada y con una pizca de miedo.

No pude contener las ganas de abrazarle para hacerle sentir mejor.

—No eres como ellos —susurré en nuestro abrazo—. Nunca serás como tus padres biológicos porque has aprendido de los padres que te criaron, no de los que te concibieron.

—Puede que tengas razón —murmuró antes de besarme en la frente.

Empecé el libro tras la cena y antes de irme a dormir, revisé el móvil por si tenía algún mensaje. Había uno:

26 de marzo. Once y media de la noche.

Aitor

Ya he empezado a leer el libro

Ádriel

Yo también

Marzo. 32 semanas.

He ido a la última ecografía antes del parto. Voy a echar de menos verla a través del ecógrafo.

Nuestra niña está muy bien de peso. Es perfecta.

Han venido Gelo, Aitor y Angelito con nosotras. El crío aún no había visto nunca a nuestra niña en directo. Ha flipado mucho. Tanto, que después se ha pasado la tarde con la mano en mi barriga, notándola moverse y hablándola. Es un amor de niño.