Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 36
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Capítulo 36

El amor imparable nace y se independiza de la razón.

Es un amor donde reina la locura a plazo fijo.

–Marwan, Los amores imparables

A quel sábado de abril, mientras desayunábamos, Ainhoa comentó que quería que Daniel comenzara a venir los sábados y Gelo y yo estuvimos de acuerdo, ¿por qué no?

Tras el desayuno, decidí ir a nuestra biblioteca para dejar el libro que me regaló Aitor que ya había terminado y elegir uno de los suyos.

Tiré de la cuerda para bajar la escalera de la trampilla.

Cuando me preparé para ascender por la escalera, mi abultada tripa chocó contra la escalera.

Gruñí. No era la primera vez que tenía un encontronazo como aquel.

Ya me había dado contra los marcos de las puertas cuando me cruzaba con alguien y aprendí después de una semana que o me dejaban pasar, o cedía yo.

También me pasó al salir del coche, que aparqué en batería.

Mi dura barriga topó contra la puerta sin ningún cuidado haciéndome parar en seco.

¿A quién le gustan las barrigas de embarazada? ¡Trastocan todo a su alrededor!

Resignada por mi gran barriga, en el tercer peldaño decidí bajar e ir por fuera.

Cuando llegué a la zona de biblioteca, me quedé embelesada admirando las baldas llenas de libros.

Me encantaba ver tantos libros juntos, aunque no todos fueran míos.

Me acerqué a una de mis estanterías y busqué el estrecho cuaderno donde apuntaba las frases que me habían marcado.

Cogí el boli enganchado a la libreta y escribí las dos frases del libro que me habían gustado.

Con él en las manos, me pilló Aitor. Me preguntó si quería intimidad, pues podía volver más tarde.

—Quédate. No me importa compartir este espacio con mi novio. —Sonreí.

Aitor me devolvió la sonrisa y un brillo especial cruzó su mirada.

—¿Ah, sí? ¿Novio? —susurró mientras rompía la distancia que nos separaba para besarme. Colocó una de sus manos en mi cuello, que acarició con delicadeza y la otra en mi cintura—. Qué bien suena, princesa —murmuró antes de volver a besarme.

Sonreí contra sus labios y le besé de vuelta. Me gustaba su calidez y el cuidado con que hacía todo conmigo. Cuando se separó de mí, tocó mi tripa y saludó a la niña.

—¿Qué tienes ahí? —añadió cuando se percató del cuaderno en mi mano. Se lo mostré y dejé que leyera.

—Son mis frases favoritas.

—¿De libros? —Aitor echó un vistazo por segunda vez al cuaderno.

Asentí.

—Y algunas sobre caballos.

Aitor siguió leyendo cada palabra escrita en él. En algún momento lo cogió de mis manos. Se enfrascó en la lectura y a mí me entraron ganas de saber cuáles serían las frases que él seleccionaría de sus libros.

—Me gustaría poder leer las frases que más te han gustado a ti. ¿Hacemos una lista juntos?

Aitor levantó la mirada del cuaderno a mi rostro y asintió con una bonita sonrisa que llenó su rostro.

Cuando terminó de leer, di la vuelta a la última página, cogí el bolígrafo y escribí: Frases favs Aitor & Ádriel.

—Creo que podría escribir ya un par que me sé de memoria — admitió Aitor.

Le tendí el cuaderno y el bolígrafo.

—¿Tú ves raro que aún no tenga nombre la niña? —pregunté mientras escribía su primera frase y el libro al que pertenecía—. La gente no para de preguntarme por ello. Me miran con desaprobación cuando les digo que aún no lo sé.

—Aún tienes tiempo —contestó Aitor tras terminar de escribir.

—¿Puedo leer lo que has escrito?

Aitor asintió. Me tendió el cuaderno y me perdí en su letra, que a pesar de ser irregular, era redonda y clara.

Eran unas frases preciosas. Y tan reales.

—Son una pasada —susurré tras leerlas dos veces.

—Lo sé. Leí el libro hace años y no he podido olvidarlas ¿No te gusta ningún nombre? —Aitor volvió a la conversación anterior.

Me encogí de hombros y le conté que siempre me gustó el nombre de Ada, pero que ya no llamaba mi atención. Incluso le conté de dónde venía la idea de llamarla Noemí.

—Dame un segundo y te leo nombres —dijo mientras sacaba su móvil del bolsillo.

Para mi sorpresa no comentó nada al respecto de que quisiera llamarla como la abuela de Alexis. Él solo me buscó una alternativa. Sin más. Y ahora que lo pienso, creo que fue un detalle muy bonito.

—¿Así de fácil? ¿Tú me lees mil nombres y de repente uno llamará mi atención y zas, es ese? —pregunté escéptica.

—¿Se te ocurre algo mejor? —Aitor elevó una ceja.

La verdad era que no. Quedamos en que mientras él me leía nombres, yo buscaría un libro de los suyos que leer. Aitor comenzó a leerme nombres y más nombres. En algún momento desconecté. Ninguno llamaba mi atención.

—Valeria, Vera, Verónica…

Escuché el nombre y mi cabeza dijo: este es, es precioso.

—¡Verona! —le interrumpí mientras me giraba hacia él—. Verona. —Sonreí—. Me encanta ese nombre.

—He dicho Verónica —dijo Aitor mientras intentaba contener la risa.

—¿En serio? —Rompí a reír a carcajadas y Aitor me siguió.

—Voy a ver qué significa Verona. —Empezó a trastear con su móvil—. Aquí está. Verona: auténtica imagen y también la ciudad italiana, conocida por su culto a los caballos.

Aitor omitió que es la ciudad donde más carne de caballo se consume y se lo perdono. Sino quizá ella no se llamaría así.

Volví a sonreír al saber que Verona no era solo un nombre bonito, sino que los caballos tenían algo que ver.

—Verona. Se va a llamar Verona. —Me acerqué a Aitor y le besé—. Gracias —susurré en sus labios.

Escribí un mensaje en nuestro grupo para hacerles saber a todos que ya podían llamar a la niña por su nombre y me gané un montón de iconos de aplausos y guirnaldas.

Aitor y yo reímos y así nos pilló Angelito cuando subió hasta la buhardilla seguido de Gelo, quienes se mostraron entusiasmados porque la niña tuviera nombre.

—Puedo llamarla Vero. Pero solo yo, para que sea algo de hermanos —dijo Angelito mientras colocaba su oreja en mi barriga para ver si escuchaba a Verona.

Me dio tiempo a elegir un libro antes de que mis padres llamaran cuando bajaba de la buhardilla.

—¿Sigues trabajando? —inquirió mi padre cuando intenté despedirme de ellos para poder cambiarme e irme a Finca Deva.

—Claro.

—¿Hasta cuándo vas a seguir poniendo tu salud y la de la niña en riesgo? —demandó mi madre—. ¡Eres una inconsciente!

Les dije que iba con cuidado, pero eso no evitó que me echaran un sermón. Aquello me quitó las ganas de decirles que por fin mi hija tenía nombre.

Cuando colgamos, me fui a la finca y me refugié en los caballos. ¿Cómo iba a dejar de ir a verlos, cuidarlos y mezclarme entre ellos? Los necesitaba igual que ellos a mí. Pero mis padres jamás lo entenderían porque no se ponían nunca en mi lugar. Nunca.

Abril. 34 semanas.

Se llama Verona. Mi hija se llama Verona.

Por fin tiene nombre.

Verona tiene que ver con los caballos y además me parece superbonito.

Sigue dándome patadas a diario y está creciendo sana y fuerte dentro de mí.

Ya queda menos para conocerla.