Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 32
57%

Capítulo 32

El amor es la fuerza más poderosa que existe,

puede mover montañas y cambiar destinos.

–La verdad sobre el caso Harry Quebert. Joël Dicker

A primera hora de la mañana, mi mejor amiga me contestó, aunque no por el chat de grupo.

24 de febrero. Siete de la mañana.

Ainhoa

He dormido en casa de

Daniel. Por la tarde, cuando vuelva a casa, me cuentas.

Sonreí al ver el mensaje. Todo aquello que la noche anterior me invadió, se esfumó.

Bajé al salón y leí la nota que Aitor había dejado pegada a mi vaso de Cola Cao. Me pirraban esos detalles de Aitor.

Apenas he pegado ojo pensando en todo lo que sucedió ayer. ¿De verdad aceptas el reto, princesa? :)

Sonreí al pósit con la letra de Aitor y busqué nuestro chat para escribirle: Acepto el reto. Siempre.

Por la tarde, en Finca Deva junto a Cristian, me descubrí mirando de más mi reloj de pulsera. Aitor solía llegar a la misma hora y mis ojos estaban llenitos de ganas de verle. Me volví a centrar en Pegaso tras mirar por doceava vez el reloj.

Por primera vez, fue sencillo colocar a Pegaso la cabezada de nudos y llevarla a la pista.

Cristian colocó su móvil en el Pivo, un trípode motorizado que hizo que nuestros vídeos empezaran a ser mucho mejores que cuando uno de los dos grababa.

Me fui a por una silla, queríamos enseñar a Pegaso a no rechazarla.

Cuando me vio cargar con ella, su cuerpo entero se tensó.

Cristian se mostró preocupado por que yo cargara la silla y se ofreció a hacerlo él. Resoplé. No me gustaba no poder realizar bien mi trabajo y tener que necesitar ayuda. Quería hacer todo lo que aún pudiera. Aunque para mí fuera un esfuerzo más grande.

Me acerqué a Pegaso con la silla. Cristian abrió la boca para protestar, pero terminó cerrándola y negando.

Llegué a Pegaso con torpeza, me coloqué frente a ella y dejé que oliera la silla, que cada vez me pesaba más, pero me mantuve estoica.

La deslicé hasta que tocó su cuerpo. A Pegaso no le gustó el contacto y huyó del cuero.

Cristian me preguntó por qué no la cogíamos del ramal para que no pudiera huir.

Le expliqué que debíamos permitirle alejarse del estímulo que le asustaba, darle espacio para escapar si lo necesitaba.

Era crucial que aprendiera por sí misma que la silla no le haría daño.

Cristian lo entendió, pero lo vio como un proceso más lento.

—A la larga es mejor porque no habrá que quitarle ciertos miedos que se pueden crear haciendo el trabajo rápido —le expliqué—.

Quizá por eso llegó aquí como lo hizo. Quisieron enseñarla algo nuevo y en vez de preocuparse porque ella quisiera aprender, la sometieron.

Puede que la obligaran a trabajar mucho y duro con gente encima, o le rozó en algún momento la silla porque no miraron si le quedaba bien y ahora cuando ve una, le provoca rechazo.

Cristian asintió en silencio.

—Es torda —añadí—: Las cicatrices no se ven fácilmente, pero cuando un caballo sufre rozaduras graves, el pelo vuelve a crecer blanco para siempre.

—¿Como una quemadura?

—Sí. Algo parecido.

—No sé si prefiero vivir en la ignorancia…

—Ya. Es duro y triste. Cuando veas que tienen zonas blancas en la cruz, el paso de cincha o junto a las vértebras, es porque les ha rozado la silla, la cincha, espuelas usadas con brusquedad…

Esos pelos crean un mapa de todo lo que han hecho mal con ese caballo.

En raras ocasiones, es por una manta de invierno que les quedaba demasiado holgada y les ha rozado.

—Eso es muy triste.

—Lo sé. ¿Pero sabes qué? Me gusta el trabajo que estamos haciendo con Pegaso.

Como el que hice y hago con Troya. El enseñarles que no todo está perdido.

Que no tienen por qué seguir aborreciendo la silla, que les toques o que estés cerca de ellos.

Vivirán más tranquilos y felices sin tantas heridas.

Solo quedarán cicatrices que en algún momento les dejarán de molestar.

—Podrías dedicarte a eso, ¿lo has pensado?

—¿A qué?

—A rehabilitar caballos.

—Me gusta tu idea. Pero es duro. No soy tan fuerte como para que ver a un caballo al que ha roto un ser humano no me afecte. No tengo una coraza que ponerme.

—Yo creo que sí que lo eres. Encontrarás una coraza.

Decidí darle vueltas a lo que Cristian me había dicho.

Seguíamos trabajando con Pegaso para que viera que la silla no mordía cuando llegó Aitor.

Me giré hacia el sonido de su voz y sonreí al encontrarle.

Preguntó qué hacíamos y Cristian refunfuñó que yo no me dejaba ayudar.

Aitor me alcanzó bajo la atenta mirada de Pegaso, quien relinchó en reconocimiento.

Colocó su mano sobre mi antebrazo y su toque me hizo parar en seco.

—Hola. —Aitor me sonrió con timidez y se me debió pegar algo de la suya, porque recordé la noche anterior y me sonrojé, aunque eso no impidió que le devolviera la sonrisa. —. ¿Por qué no te dejas ayudar?

—No me gusta no poder hacer las cosas de siempre —gruñí molesta.

—Lo sé. Pero va a ser temporal. Luego volverás a poder hacer todo tipo de esfuerzos.

Cogió la silla de mis brazos y sonrió de medio lado.

La dejó en el suelo. Yo solo podía pensar en lo cerca que estábamos.

Aitor alzó la mano y la llevó hasta mi mejilla en una caricia y el deseo comenzó a fluir dentro de mí.

También las ganas de tenerle más pegado a mí.

Sonrió con una mirada de una intensidad aplastante.

—Deberías besarme —susurré mientras un suave rubor comenzaba a anidar en mis mejillas.

Aitor me estrechó todo lo que pudo contra él.

Mi vientre quedó pegado a su abdomen y nuestros labios a escasos centímetros el uno del otro.

Iba a besarme. Y yo me moría de ganas de que lo hiciera.

Emití un trémulo suspiro en su boca al rozar sus labios.

Esa calidez que desprendían era mágica. Mordí su labio inferior y Aitor sonrió antes de morder el mío.

Nos besamos con mimo y suavidad, sin preocuparnos por Cristian.

Cuando nos separamos, Aitor me miró durante unos segundos muy serio.

—Tienes que cuidarte. Me da miedo que te pueda pasar algo si no te pones límites.

—No me pasará nada.

—Ya… —Aitor llevó una de sus manos a mi vientre y acarició mi prominente barriga.

—¿Cómo puedes quererla si ni siquiera la conoces?

—Porque la he visto crecer dentro de ti. Y al igual que tú te estás convirtiendo en alguien muy especial para mí, ella también porque es parte de ti.

—¿Estáis juntos? —preguntó Cristian a ambos, interrumpiendo nuestro momento.

—He aceptado su reto. —Sonreí a Aitor con complicidad.

Cristian nos miró sin entender y negó.

Al final de la tarde Pegaso dejó de escapar cuando deslizábamos la silla por su lomo y nos dejó colocársela en el dorso.

Una vez puesta, parecía petrificada ante el miedo que le producía.

El siguiente paso sería hacerla ver que una silla sobre su dorso no le haría daño.

Era un camino complicado, pero que dejara de temer a cosas tan simples como una caricia, una silla, un cepillo o un palo, merecía la pena todo el esfuerzo y el tiempo que dedicábamos a ella Cristian y yo.

Durante la cena, Gelo insistió en que al día siguiente fuera a la yeguada de su padre para hablar con él sobre dejar la veterinaria aparcada.

Le había dado varias evasivas porque temía aquella conversación, pero Ángel merecía que le explicara mis motivos en persona.

Gelo tenía razón. Después de cenar, llamé a Ángel. Quedamos en vernos al día siguiente.

Estaba nerviosa por aquella conversación.

Ángel era un padre para mí. Debía decirle que no iba a seguir aprendiendo con Iván.

Había demasiadas injusticias en el mundo equino.

Hay caballos en situaciones lamentables que tienes que curar sabiendo que el pronóstico no es bueno solo por lo que comen, cómo se les trata o los cuidados que se les da mientras están convalecientes.

Nunca he visto más maltrato junto como el que hay en el mundo del caballo.

Luego veía a mis caballos, y me jodía pensar que ellos eran los «afortunados», cuando todos los caballos deberían vivir igual de bien que los míos y no haber solo unos pocos elegidos.

Mantener encerrado a un caballo en un box, privarle de estar en manada, de comer dieciséis horas al día, de caminar para desgastar los cascos…

, es otro tipo de maltrato y pocos lo ven como tal.

Están impidiendo al equino ser caballo y no lo ven porque no se han esforzado en estudiarles y entenderles.

Aquella conversación iba a ser dura.

Pensé en mis padres. A ellos también debía decirles que dejaba la veterinaria equina de manera profesional.

Que solo cuidaría de los míos. Ellos seguro que se lo tomarían mal.

Pensarían que todos mis esfuerzos por sacarme una carrera irían a la basura.

No entenderían que quisiera encontrar otra forma de ayudar a los caballos que no fuera mediante la veterinaria.