Capítulo 31
—Quiero todo el tiempo que tengamos.
—Es tuyo.
–Bruma roja, Lucía G. Sobrado
T ras la cena, me encerré en mi habitación para leer y elegí escuchar la lista de novedades.
Hubo una canción que llamó mi atención. Tanto como para dejar de leer y mirar el nombre: El amor siempre vuelve , de Rafa Espino y Nous Nizzy.
La volví a reproducir desde el principio para escuchar la letra.
Cuando terminó, la volví a poner tres, cuatro, cinco y hasta seis veces.
Escribí en un papel las frases importantes, las que aquellos raperos me hicieron recordar y volver creer en ellas.
El amor siempre vuelve.
El amor siempre hará otro intento.
Ya llegará aunque ahora no quieras verlo.
Ya volverá a paralizar el tiempo,
a besar con nervios,
a desear que nunca acabe ese momento,
a jurarle a tu dolor que algo mejor está viniendo.
Pero hay quién forja una coraza y desconfía
del terremoto que provoca al que le conocía.
[...]
Cada amor es diferente, cada historia una batalla…
Unos se buscan y pierden, otros se encuentran y ganan.
[...]
Decir adiós es parte de volver a ilusionarse cuando menos lo creíste.
El amor se renueva y si no es el que conociste,
va a llegar algo nuevo venciendo tu miedo a irte.
[...]
El amor siempre vuelve dónde alguien lo cuidó.
Leí lo escrito hasta que la letra caló dentro de mí. Hasta que entendí lo que debía hacer.
23 de febrero. Doce menos cuarto de la noche.
Ádriel
¡Hola!
¿Podemos vernos?
Aitor
En cinco minutos en tu casa.
Salí de casa entusiasmada y con los nervios a flor de piel.
Iba a ser valiente.
Mi corazón se aceleró cuando vi a Aitor saliendo de su casa.
—¡Acepto el reto! —le grité con mi corazón latiendo desbocado y mi voz saliendo nerviosa y atropellada de mi garganta.
Una sonrisa desbordante apareció en su rostro. Sonreí de vuelta y ya no pude dejar de hacerlo.
—¿Segura? —preguntó Aitor con su sonrisa intacta mientras caminaba hacia mí desde la acera de enfrente.
—Segura.
Caminé a su encuentro por mi acera, con mi corazón martilleando fuerte, nervioso, contento, con miedo, con ganas de empezar algo.
Nos paramos cuando nuestros caminos se cruzaron y nos contemplamos con la calzada como única separación entre ambos.
Caminé entre los coches aparcados y salí a su encuentro.
Él hizo lo mismo y nos encontramos en mitad del asfalto.
Quise pasar mis manos por sus hombros hasta llegar a su cuello, atraerle hacia mí y besarle.
Pero estaba tan nerviosa que no fui capaz de moverme.
Me quedé enganchada en su mirada de dos colores, sin entender que a nadie le resultaran tan atractivos y fascinantes como a mí.
—Repítelo —susurró Aitor con voz ronca, acercándose tanto a mí que su aliento llegó hasta mi rostro como una suave caricia.
Mi corazón se volvió más loco aún por su cercanía, palpitando tan rápido y fuerte que temí que rompiera mis costillas y se me saliera del pecho. Mi boca se secó y sus ojos parecían que podían leer todo lo que estallaba en mi mente.
—Aitor… —Me detuve, disfrutando del sonido de su nombre saliendo de mis labios—. Acepto el reto. —Sonreí con timidez.
Me sonrió con ternura y deslizó una de sus manos hacia mi rostro, que acarició con tanto mimo que tuve que cerrar los ojos y deleitarme en aquel gesto.
Suspiré hondo y por unos segundos, dejé a un lado el miedo, la incertidumbre, todo.
Solo… quise sentir el momento que lo cambiaría todo entre nosotros.
Porque sí, aceptaba el reto de no mirar atrás. Con él.
—Voy a besarte… —susurró cuando mi mejilla buscó más el contacto con su mano.
Mi corazón se detuvo un instante y volvió a bombear nervioso ante el inminente beso.
Abrí los ojos y le observé romper los pocos centímetros que separaban sus labios de los míos.
Cuando los noté rozar los míos, volví a cerrar los ojos y una sensación de euforia, de sentirme segura y de deseo también, lo inundó todo.
Lo que empezó siendo un mero roce, terminó siendo un beso con nuestros alientos entremezclándose, con nuestras lenguas reconociéndose, con nuestros cuerpos entrelazándose.
Mi barriga me molestó porque no me dejaba tener a Aitor todo lo cerca que quería.
Él notó mi frustración y me cogió en brazos.
Encajé mi voluminoso vientre en uno de sus costados y conseguí que nuestros cuerpos se tocaran.
Gemí sin poder evitarlo. Necesitaba desnudarle.
Me urgía. Noté su excitación en mi centro y supe al instante que él me necesitaba tanto como yo a él.
—Te necesito desnudo —gemí en su boca.
—¿Segura? —Aitor me observó de una forma que no supe descifrar. Era una mirada bonita, que decía demasiadas cosas a la vez como para entenderla.
Asentí. Estaba más que segura. Necesitaba deshacerme de toda la ropa que impedía que nuestras pieles se tocaran. Lo ansiaba. Aitor caminó conmigo en brazos hasta el portal de su casa, donde me liberó para poder abrir.
No recuerdo cómo llegamos a su habitación.
Solo recuerdo sus besos y lo bien que me hicieron sentir; las ganas que tenía de poder verle desnudo, el deseo que recorría todo mi cuerpo, sus ojos brillantes por el deseo también.
Le quité la camiseta con dedos torpes y me detuve a admirar su torso desnudo, los tribales que le recorrían el brazo izquierdo hasta el hombro y el cuello y los que decoraban su pecho.
Los tracé con dedos temblorosos y allí donde mis yemas le tocaban, su cuerpo se erizaba.
—Me encantan tus tatuajes —dije hambrienta de bebérmelos con los ojos—. ¿Por qué tribales?
—Con dieciséis me parecían lo mejor. Después he ido añadiendo algunos más hasta lo que es ahora.
—¿Solo es estética? —pregunté confundida. Aitor asintió—. Aunque me gustan más cuando tienen un significado, te sientan de muerte.
Aitor me desnudó con premura y observó mi cuerpo, deslizando su mirada por todo él.
Y yo aquello lo sentí como una caricia. Me acarició el rostro con mimo y besó mis labios, mis mejillas, mis párpados.
Fue bajando y bajando por el resto de mi cuerpo.
Deslizó mi ropa interior y su lengua entró en contacto con mi nudo de nervios.
Ahogué un jadeo y deseé que no dejara nunca de besarme y lamerme en mi centro.
Que sus dedos no dejaran de acariciarme y volverme loca.
Le pedí tenerle dentro. Le necesitaba.
Perdí la cabeza cuando nuestros cuerpos conectaron. Parecían estar hechos para encajar, para fundirse el uno con el otro. No quería que terminara aquel momento. Quería seguir sintiendo esa conexión.
Cuando nuestros cuerpos se liberaron, primero el mío, segundos después el suyo, nos quedamos tumbados uno al lado del otro, mirándonos, recuperando el aliento.
Nos sonreímos y Aitor comenzó a trazar círculos en mi vientre desnudo.
Ese que a veces no me gustaba porque con el crecimiento rápido que había tenido, estaba lleno de estrías y grandes venas lo recorrían. Y el ombligo, que comenzaba a asomar.
—¿Sabes qué? Me encanta verte desnuda con esta tripa. Estás creando vida y es alucinante poder verlo sin ropa.
Las palabras de Aitor llegaron hasta mi corazón, llenándolo de tanto amor y calorcito que me lancé a besarle con una sonrisa. Me hizo sentir hermosa, a mí y a mi barriga de embarazada.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —Aitor asintió—. ¿Qué tienes en el codo derecho?
Aitor se tensó bajo mi piel.
—¿Por qué lo preguntas?
—Cada vez que entras en Finca Deva o hablamos de Pegaso, te tocas el codo.
Se creó un silencio entre ambos. Alcé mi mano y deslicé mis dedos con mimo hasta su codo. Aitor se tensó más aún. Entonces lo noté. La piel de esa zona era rugosa. Una cicatriz.
—¿Te la hiciste al caer de Pegaso?
Aitor asintió. Rígido.
—El día que murieron mis padres. Fui allí. Y me subí en ella.
—Pero… dijiste que…
—Lo sé. Mentí. Porque me avergüenzo de lo que hice.
—¿Qué pasó? —pregunté con el corazón encogido.
—Me subí. Lleno de rabia. Y me caí en mitad del campo. Me hice esta herida y una fisura en las costillas.
—Y no te volviste a subir.
Comencé a acariciar con mimo su brazo con la intención de reconfortarle y le noté relajarse un poco bajo mi piel.
—No —dijo con voz quebrada—. Tuve miedo. Porque Pegaso me leía —susurró.
—¿Te sigue dando miedo?
—Creo que el tiempo ha sido lo que más miedo me ha provocado.
Cada día que pasó desde que me caí hasta que se la llevó esa familia.
Cada día desde que llegó. Cada vez el miedo y la angustia aquí dentro.
—Se señaló el corazón—. Se hicieron una bola más y más grande y no tenía ni idea de cómo pararla. Y luego está la culpa…
Nos sumimos en el silencio y continuamos abrazados, hasta que me entraron ganas de cerrar los ojos y dormir.
—Tengo que volver a casa —susurré sin ganas de irme. Allí, junto a Aitor, envuelta en sus brazos, me sentía bien, segura y a salvo.
—Quédate —musitó. Y su beso tras la oreja, erizó mi piel.
Gemí y negué.
—Es lo que más quiero ahora, no despegarme de ti. Pero no puedo. Angelito a veces viene a mi habitación si no puede dormir. Y quiero estar.
—Lo entiendo. —Aceptó sin oponer resistencia—. Pero deja que te acompañe hasta casa.
—Vivimos a veinte metros de distancia. —Sonreí de medio lado.
—Lo sé. —Aitor besó mi nariz—. Pero quiero aprovechar todo el tiempo que pueda contigo. ¿Y si mañana te arrepientes de esto? —Nos señaló—. Quiero todos los minutos contigo —susurró en mis labios antes de besarme.
El corazón se me encogió un instante y después volvió a latir como loco.
—No me voy a arrepentir de esto. —Negué varias veces—. He elegido el reto en vez de quedarme estancada. —Acaricié su rostro con mimo—. Me encantaría poder quedarme aquí esta noche. Me haces sentir bien.
Aitor me besó la sien antes de levantarse para vestirse.
Cuando hice lo mismo, sentí su mirada sobre mi cuerpo.
Al mirarle de reojo, descubrí que había dejado de vestirse solo para mirarme.
Me agobié un poco por sentirme tan expuesta, con aquella tripa que veía antiestética por sus venas pronunciadas y sus estrías.
Pero la vergüenza se me pasó cuando me percaté de que me observaba como si fuera lo más bello que había visto nunca.
Sonrió cuando se dio cuenta de que le miraba y me sonrojé.
Mientras me vestía, él se acercó en busca de sus zapatillas.
Se arrodilló junto a mí y, antes de incorporarse, posó sus manos sobre mi abultado vientre para dejar allí un beso tierno.
Sonreí ante el gesto que me pareció el más bonito del mundo y la sensación de inquietud, se disipó un poquito.
Justo en ese momento, la niña pegó una patada en su dirección, lo que nos arrancó varias carcajadas.
—Creo que la niña me quiere.
—Es imposible no quererte —dije con una sonrisa, sin planear que aquellas palabras salieran de mis labios. ¿Era imposible? ¿Sí? ¿Yo le quería?
Aitor pasó por alto mi desconcierto, se levantó, cogió una de mis manos y tiró de mí. Me acompañó hasta la entrada de mi casa, me acercó a él y me besó con suavidad.
—Me pasaría la noche entera besándote.
—Y yo —gemí en su boca. Con ganas de volver a desnudarle y tenerle recorriendo mi piel con las yemas de sus dedos.
—Voy a irme, ¿vale? —agregó sin ganas de separarse de mí. Besó mi nariz con dulzura—. Lo hago por ti. No por mí —aclaró sin soltar mi mano—. No vaya a ser que Angelito te esté esperando.
¿Cómo podía ser tan atento y cariñoso? Por un momento, por mi mente también pasó la pregunta: ¿Por qué tienes miedo de esto, Ádriel?
Le sonreí y pasé mis dedos por su cresta con gesto cariñoso.
—Me gusta cuando te haces la trenza.
—Fue cosa de mi madre la primera vez. —Aitor sonrió al recordarlo—. Ahora me la hacen mi abuela o mi hermano.
Me pareció un gesto entrañable que cuidaran de él así y no pude evitar sonreír.
Nos costó soltarnos las manos y cuando se alejó de mí, advertí el vacío que dejaba y a mi cuerpo entero quejarse. Noté a mis huesos helarse y a mi corazón añorar ir acelerado.
Entré en casa, silenciosa a esas horas y me fui directa a la cama.
Allí me esperaban Togo y Balto. Antes de cerrar los ojos, metí a Almu en el grupo en el que no estaban ni Cristian ni Aitor y escribí todo lo que había sucedido.
Marcos, Almu y Gelo se alegraron por mí.
A Gelo incluso lo escuché exclamar feliz desde su habitación.
No me pasó inadvertido que Ainhoa no dijo nada.
La tentación me pudo y miré si había leído mis mensajes.
Tal vez ya estaba dormida y por eso no había escrito.
Pero lo había leído todo. ¿Por qué pasó de contestar?
Eché de menos un mensaje suyo. Unas palabras bonitas o, simplemente, a mi amiga.
Una sensación rara se instauró en mi pecho y la ilusión que me había hecho sentir Aitor, se desvaneció un poquito. Cerré los ojos y esperé olvidar esa sensación tan rara que me había invadido. Por ello, decidí llenar mi mente del momento vivido con Aitor hasta que caí rendida al sueño.