Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 30
54%

Capítulo 30

En el corazón de todo ser humano hay algo que nos lleva a buscar justicia para aquellos que han sido perjudicados y heridos.

H abían pasado tres días desde aquella conversación con Aitor y aún daba vueltas a su proposición.

No mirar atrás.

Olvidar.

Empezar de cero.

Aquella madrugada me desperté a las cuatro de la mañana con una sensación extraña en el estómago.

Tuve un sueño muy raro, rozando la pesadilla sobre Alexis.

Dejé que el dolor me envolviera y que su recuerdo me hiciera daño.

Cuando sentí que era demasiado, cogí mi móvil entre hipidos y escogí llamar a Aitor en vez de ir a buscar a Gelo y refugiarme en él.

Fue algo que me nació de dentro. Coloqué mi móvil en mi oreja y dejé que mi llanto quedara apagado por el sonido de los tonos de la llamada en mi oído.

—¿Ádriel? —preguntó Aitor al descolgar.

Intenté contestar pero no pude. Solo podía llorar.

—Te escucho respirar, tal vez llorar. ¿Estás bien?

No me sentía capaz de contestar. Las palabras no salían de mi garganta por más que lo intentaba. Mis cuerdas vocales estaban rotas. Se me escapó una especie de quejido en su lugar.

—No pasa nada, Ádriel. Estaré aquí hasta que quieras que cuelgue. No me voy a ir. Estoy aquí —susurró con voz dulce y suave.

Un calor abrumador y bonito me envolvió al escuchar sus palabras; y dejé de sentirme sola y perdida.

No hablamos, él se quedó escuchándome llorar hasta que me calmé. Hasta que me dormí. Y entonces, en algún momento cuando mi respiración se hizo más profunda, colgó. Cuando me desperté al día siguiente, tenía un mensaje suyo.

21 de febrero. Seis de la mañana.

Aitor

Siempre que me necesites, llámame. No tenemos por qué hablar. Solo que sepas que estoy al otro lado si te hago falta. Gracias por llamarme y confiar en mí.

Leí el mensaje más veces de las que voy a admitir y escribí varias respuestas que luego borré.

No sabía qué contestar. Aquel «gracias por confiar en mí» me descuajeringó.

¿Confiaba? Sentía que aún no, pero decidí llamarle a él en vez de irme con Gelo.

Tal vez, le estaba dando la oportunidad de demostrarme que podía fiarme de él.

Al final, no contesté hasta después de comer, mientras observaba a Angelito jugar a la oca junto a Marcos.

21 de febrero. Tres y cinco de la tarde.

Ádriel

Gracias.

—Gelo. —Llamé la atención de mi mejor amigo, que como yo, observaba cómo jugaban Angelito y Marcos—. Tengo la estúpida sensación de que no ha pasado suficiente tiempo desde que se fue Alexis como para tener una relación con otra persona. Pero Aitor…

—Niña, no hay unos meses tras los cuales puedes rehacer tu vida. Debes hacerlo cuando tú te sientas bien con la idea. ¿No estás preparada ahora? Entonces no es el momento. ¿O acaso lo estás?

—¿Y si me equivoco?

Gelo se encogió de hombros.

—El ser humano se equivoca constantemente.

Para eso estamos los demás respaldándote.

Para cuando caigas. Porque vas a caer en algún momento.

Tal vez en el amor, o tal vez en la relación con tus padres, en el trabajo o con alguno de nosotros.

Sea cuando y como sea, estamos los demás para ayudarte a salir. Igual que haces tú con nosotros.

—Te estás comiendo mucho la cabeza. —Marcos entró en la conversación. Debía de haber terminado de jugar con Angelito—. ¿Sientes algo por Aitor? ¿O quieres llenar el vacío que dejó Alexis?

—Siento algo.

—Pues ya lo tienes. —Señaló mi amigo como si eso arreglara todo mi popurrí de sentimientos confusos y contradictorios.

—Pero hay muchas cosas aquí dentro. —Señalé mi cabeza—. Que no me permiten dar otro paso.

Tenía un muro frente a mí. O cogía un mazo y lo rompía o dejaba que cogiera terreno. Y yo no estaba dispuesta a darle más terreno, pero romperlo, daba miedo.

—Siente. Vive. No te quedes estancada solo por el dolor o por las consecuencias de tus actos. Sé valiente —me instó Gelo—. Siempre lo has sido —aseguró mi mejor amigo—. Solo tienes que recordarlo.

Gelo confiaba tanto en mí, habló tan seguro de sí mismo que ¿cómo no iba a creer en sus palabras? Era valiente. Podía serlo. Debía seguir mi camino.

—¿Y Almu y tú? —pregunté a Marcos—. ¿Has hablado con ella últimamente?

—No. No sé cómo hacerlo.

—¿Pero quieres volver a casa? —añadí con millones de ganas de saber la respuesta.

Marcos iba a contestar cuando entró Ainhoa como un vendaval en casa y me quedé sin respuesta.

Escruté el semblante de Marcos y le noté apesadumbrado.

Debía hablar con Almu. No sabía qué decisión había tomado, si es que lo había hecho, pero debía hablar con ella.

No podían estar en el limbo mucho más tiempo. Habían pasado meses.

—¿Vamos a la playa del chiringuito? He tenido un jaleo de día —dijo Ainhoa tras saludarnos.

A todos nos pareció bien y yo desconecté por completo de la conversación. Me centré en mi móvil. En escribir a Almu. Tenía que ayudar a Marcos.

21 de febrero. Cuatro de la tarde.

Ádriel

Vamos a ir a la playa del chiringuito. Vente.

Ádriel

Marcos y tú tenéis que hablar.

Y sé que él quiere hacerlo.

Le mandé la ubicación a Almu y fui nerviosa todo el camino desde casa hasta la playa. Lo mismo había metido la pata por meterme donde no me llamaban, pero quería echar un cable a Marcos.

Al llegar, no había ni rastro de Almu. Tal vez no viniera. El cartel del chiringuito seguía ahí colgado, cada vez más deteriorado. Un día iríamos y el chiringuito se habría caído de lo mal que estaba.

En cuanto nuestros pies rozaron la orilla de la playa, Ainhoa asió mi brazo y el de Gelo y tiró para llamar nuestra atención.

—¡Daniel y yo estamos saliendo oficialmente desde ayer! —La voz de Ainhoa sonó llena de ilusión y su rostro, iluminado, más de lo mismo.

Clavé mi mirada en ella. Había estado mil años con Juli y en unos pocos meses, había conseguido dejar todo olvidado.

¿O no lo había olvidado y solo seguía su vida buscando momentos nuevos, personas nuevas…

? No aparté mi mirada para ver si distinguía qué había cambiado en ella; estuve tentada de pedirla que me enseñara cómo lo había hecho.

Gelo le dio la enhorabuena, pero a mí me costó más, pues recelaba de su relación con Daniel, no sé si por el desasosiego de que se separara más de nosotros o porque yo no era tan valiente como ella.

Ainhoa miró a un punto tras de mí.

—¡Marcos! ¿Esa no es Almu? —preguntó Ainhoa extrañada.

Nerviosa, me giré hacia la figura de mi amiga.

—Lo es —contestó Marcos con un tono de voz que no supe descifrar—. ¿Qué hace ella aquí? —Fue tan seco que me arrepentí de la movida en la que me había metido yo solita.

Me giré hacia mis amigos y los encontré observando la figura de Almu. Angelito, tras de ellos, jugaba en el agua con los perros. Miré a Marcos y al ver su turbada mirada, pasó por mi mente callarme la boca, pero nunca he sido así.

—Es posible que la haya llamado yo —dije con un hilillo de voz.

—¡¿Qué has hecho qué?! —exclamó Marcos fulminándome con la mirada. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero.

—Solo quería ayudar.

—Podrías habérmelo consultado al menos, ¿sabes?

—Lo siento.

—Después de hablar con ella veré si te perdono o no —gruñó irascible y se fue hacia Almu.

Me senté en la orilla, lo suficientemente lejos como para que las olas no me alcanzaran.

Ainhoa y Gelo se acercaron con Angelito y mojaron sus pies en el agua salada cántabra.

Eché un vistazo con disimulo a Marcos y Almu y los vi teniendo una acalorada conversación.

Me sentí mal al instante y desvié mi mirada.

Minutos después, la curiosidad me hizo volver a buscar a las dos figuras.

Esta vez estaban muy pegados el uno al otro.

Besándose. Sonreí sin disimulo alguno y volví a mirar al frente.

Al cabo de un rato, Marcos pasó por mi lado y me dio con su pie descalzo en la cadera.

—Estás perdonada, enana —dijo a medias entre el enfado y la felicidad.

Subí mi mirada hasta encontrar su rostro y me sonrió.

—¿Eso es que vas a volver a tu casa? —Esperaba que dijera que sí.

—Sí.

Me alegré muchísimo por él.

—Tengo que decirte una cosa más.

Marcos se giró hacia mí y frunció el ceño. Me puse en pie y retorcí mis manos nerviosa.

—Almu me contó hace unas semanas por qué te habías ido.

Para mi sorpresa, aquello no le enfadó.

—Yo no me atrevía a contártelo —admitió con la mirada gacha—.

¿Tú sabes por qué no quería tener hijos?

—me preguntó. Negué—. No sabía si lo haría bien.

Porque mis padres nunca han estado para mí.

Me he criado sin un adulto al lado. No sabía cómo hacerlo.

Y lo más fácil para mí era decirme a mí mismo que no quería tener hijos.

Pero en vuestra casa he convivido con Angelito, os he visto a Gelo y a ti con el niño, te he acompañado en tu embarazo y he sentido cosas.

Me he emocionado al ver a la bebé en una ecografía, al escuchar su latido por las noches o al notar sus patadas.

He ayudado a Angelito cuando me ha necesitado.

Y he anhelado a esos niños para mí. Pero me angustiaba aceptarlo y decirlo en voz alta.

—Estoy orgullosa de ti. —Le besé en la mejilla. Me alegré mucho por él. Por dar el paso de querer convertirse en padre en algún momento futuro de su vida, por tener la valentía de hablar con Almu para volver a casa.

—Gracias, Ari. —Marcos me sonrió y me envolvió en un apretado abrazo, con mi gran barriga entre los dos, molestando un poquito.

—Cuando seas padre, serás uno genial. Y mientras, puedes practicar siendo el tío de Angelito y la niña.

—¿Has pensado ya en un nombre?

—Aún no. No hay ninguno que me encante.

—¿Pero acaso has buscado?

—Una vez —dije con la boca pequeña y Marcos se quejó mientras reía y negaba—. Ya, lo sé. Es que es muy aburrido. Leí varias páginas y ningún nombre me pareció bonito. Todos eran sosos, aburridos o feos.

—Aparecerá. Cuando menos te lo esperes.

Iba a echarle de menos cuando se fuera.

Almu vino hacia mí y echó a Marcos. Nos sentamos en la arena.

—Gracias.

Sonreí, la besé en la mejilla, la abracé y así nos quedamos. Con ella me sentía bien. A pesar de no conocerla tanto como a los demás, estar con ella me daba una tranquilidad inmediata.

—¿En qué piensas? —preguntó Almu.

En tantas cosas, quise decirle.

Me separé de ella y observé las olas romper en la orilla.

Me sentía estancada en mi trabajo. No solo porque en las últimas semanas había empezado a delegar parte de mis tareas por no poder físicamente. Sino porque… ¿Cómo podía crecer cuando mi tarea consistía en cuidar caballos? ¿Cómo podía crecer cuando había dejado de lado el ser veterinaria equina?

—Me encanta lo que hago, pero, ¿eso es todo?

¿Es todo a lo que aspiro? Cuando me hice veterinaria, pensaba en ayudar a los animales.

Cuando volví a casa, pensaba que era mi sueño hecho realidad.

Pero no, tía. Ser veterinaria equina no siempre es ayudar a los caballos —me quejé con una pizca de resentimiento—.

Además en este mundo hay muchas urgencias y no quiero ser como mis padres.

Yo quiero estar para mis hijos. Pero si no soy veterinaria, ¿soy solo cuidadora de caballos y ya? ¿Eso es todo?

—Piensa qué otros trabajos se pueden hacer con caballos. Cómo puedes ayudarles y a la vez sacar beneficio por ello.

Asentí. Era buena idea. Apoyé mi cabeza en la suya, pasamos nuestros brazos por los hombros de la otra y una bonita calidez me envolvió. Sus abrazos me hacían sentir bien.

—Gracias por esforzarte en conocerme y aguantar mis lloriqueos —susurré.

—Estoy aquí para lo que necesites. —Almu besó mi mejilla sonoramente varias veces.

—¿Incluso para montar un caballo? —la piqué, porque el día que fuimos juntas a que me hiciera el tatuaje, me dijo que los caballos le daban mucho respeto.

—Si me lo pides, incluso para eso. —Me sonrió sincera.

En ese momento decidí que nunca dejaría que Almu saliera de mi vida. Porque, ¿cuántas personas hacen hasta lo que más miedo les da por otra? Muy pocas. A ese tipo de personas, hay que conservarlas siempre.

Aquella noche, Marcos se mudó. Sabía que algún día se iría. Pero eso no lo hacía más fácil.

—No quiero que te vayas —admití tristona desde la puerta de casa—. Me gusta que haya mucha gente en cualquier estancia de la casa.

—Lo sé. Pero eso va a ser siempre así. Es La casa, ¿recuerdas? —Me sonrió Marcos.

Me limité a asentir, pero no me creí ni una palabra.

Aparenté que estaba bien aunque por dentro se instauraba un miedo irracional al abandono.

Cometí el error de necesitar esas cenas multitudinarias y mucho griterío en casa.

Quería esa casa llena de vida, risas, gente andando y chocándose en la cocina.

No quería que el sonido de su voz dejara de adornar el interior de la casa.

Todos ayudamos en la mudanza, esa misma tarde, y entonces ya no éramos cinco viviendo en La casa , éramos cuatro.

A la mañana siguiente, todo estaba en silencio, solo roto por mis pisadas y las de los perros, pues Ainhoa apenas teletrabajaba ya, prefería ir a la oficina con Daniel.

Se me hizo raro el silencio. Pero como bien sabía, debía lidiar con los sentimientos que se aposentaron en mi pecho y removieron emociones que no me gustaron.

Porque mis amigos no podían bailar a mi son todo el rato.

Porque todos tenían otra vida de la que yo no era el centro.

Febrero. 27 semanas.

A veces me pregunto cuánto puede estirarse la piel de la tripa antes de estallar. Es realmente enorme ya. O al menos yo la veo así.

Noto a la niña moverse casi a todas horas y ya apenas la escucho con el aparato, a no ser que venga Marcos y lo hagamos juntos. Al principio me encantaba notarla a todas horas porque así sabía que estaba bien. Ahora hay veces que me gustaría que parara.

Todo esto es una locura. Algo que no esperaba y que no quería tan pronto. Pero ahora lo adoro.

Creo que aunque me queje, cuando nazca echaré de menos tenerla dentro. Poder protegerla con mi cuerpo de todo lo malo.