Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Hasta que no has amado a un animal,

una parte de tu alma permanece dormida.

–Anatole France

A inhoa tuvo su primera cita con Daniel y me alegré tanto por ella.

Se merecía lo mejor. En aquel momento la vi tan feliz, que fue imposible evitar que un poco de su felicidad se filtrara dentro de mí.

Después de esa primera cita, vinieron otras dos más esa semana que hicieron que ella se perdiera las escapadas que hicimos todos juntos a la playa y a una cascada.

No me gustaba la sensación de malestar que me empezó a rodear cuando Ainhoa se iba con Daniel.

No quería sentirla. Ella había conocido a un chico genial y, a diferencia de cuando estaba con Juli, diferenciaba bien pasar tiempo con sus amigos de pasarlo con el chico que le gustaba.

Quería mimar desde cero su relación para que saliera bien.

¿Pero sería a costa de nuestra amistad? Porque aunque no quería sentirlo, lo veía así.

Conseguí no quedarme a solas con Aitor en toda la semana. No quería tenerle cerca porque ansiaba su contacto, que me besara, que acariciara mi vientre. Pero no quería más daño.

Aquel sábado, fui sola a Finca Deva y me perdí entre los caballos. Pegaso se acercó a mí sin recelo por primera vez. El orgullo me invadió. La yegua tenía un corazón fuerte y noble. Era valiente. Sonreí como una lela ante aquel momento.

—Estoy orgullosa de ti —susurré.

El ruido de un motor me sobresaltó. Miré hacia la puerta y vi el coche de Aitor.

Mi corazón comenzó a latir furioso contra mis costillas cuando le vi salir del coche y quitarse la gorra.

Cristian no venía con él. Estaba él solo.

Se acercó a la valla y nos miró a la yegua y a mí con una sonrisa.

Me preguntó si podía acercarse y asentí.

Pensé que sería raro tenerle cerca después de todo lo que hablamos días antes, pero no fue así.

Aitor me dio un beso en la mejilla y después saludó a la yegua. Sentí que estaba viendo la unión de dos almas gemelas. Ellos se sabían escuchar y leer a la perfección.

—Crees que tú no tienes una conexión, pero Pegaso y tú la tenéis —dije cuando Pegaso se alejó de él.

Aitor negó—. No puedes negar algo que he visto con mis propios ojos.

Dame diez minutos con Troya y luego vamos a perdernos entre caballos, ¿te apetece?

—Algo me empujó a preguntarle. Tal vez porque necesitaba sentirle cerca durante más tiempo. Y también besarle…

Troya y yo aún teníamos retos por delante, pero la confianza vibraba entre nosotros otra vez.

Trabajé con él con Aitor dentro de la pista observando todo.

Me gustó tenerle allí. Cuando terminé, besé al equino en mitad del morro.

No se apartó ante mi contacto, se había acostumbrado a mis sonoros besos.

Le abracé antes de soltarle junto a los demás e insté a Aitor a pasar la valla y acercarse a los caballos.

Nos sentamos en el suelo y coloqué mis manos a ambos lados de mi cuerpo, tocando el suave pasto.

—¿Y ahora? —preguntó Aitor sin entender qué hacíamos allí.

Reí por lo bajini.

—Nada. Solo tienes que sentir. Escucha los sonidos de la naturaleza, deja de pensar y disfruta de este momento.

Aitor asintió. Dejó sus manos a ambos lados, como yo, y sus dedos rozaron los míos.

Podría haberlos movido al notar mi cercanía, pero no lo hizo.

En su lugar, acercó sus dedos un poco más hasta colocar casi la totalidad de su mano sobre la mía.

Sentí el calor calando hasta mis huesos, cerré los ojos y dejé que la cercanía de Aitor me engullera.

Aunque el chico lo intentó, no logró conectar con los caballos. Yo tampoco lo hice la primera vez que fui a la yeguada de Ángel. Lo hice varios meses después, mientras miraba embobada a través de la valla algunas yeguas pastar con sus potros.

—Deberías pasar más tiempo aquí sentado entre ellos mientras tu hermano y yo estamos en la pista. Al final conectarás con ellos. Y no olvides nunca que entre Pegaso y tú hay una conexión especial.

Mi móvil vibró y lo miré, por si era importante. Una foto, de Gelo, Ainhoa, Angelito y Marcos haciendo el indio en casa. Me preguntaban que cuándo volvería. Sonreí como una idiota y me perdí en la foto durante unos segundos.

—Los quieres. —Aitor interrumpió mis pensamientos.

Asentí.

—Pero es más que eso. No funciono sin ellos. Son mi motor. Siempre lo serán.

—Lo sé y lo entiendo. Sabes que no quiero apartarte de ellos, ¿verdad? Solo formar parte —contestó Aitor y comprendí a la perfección a qué se refería.

Sopesé sus palabras. Cómo me hubiera gustado ser valiente. Confiar. Dejarme llevar y ver a dónde nos llevaba lo que sentíamos por el otro.

Tal vez se quedara en nada.

O tal vez sería todo.

Sentí un cosquilleo en mi interior. Quería volver a arriesgarme.

—¿Y si quiero vivir siempre con Gelo y Angelito? —Me crucé de brazos—. Porque es lo que quiero hacer a no ser que Gelo cambie de opinión.

—¿Qué hay de malo en eso?

Negué. No había nada malo. Para mí no. Pero para Alexis lo fue.

Suspiré con el corazón en un puño. Aitor rompió el espacio que nos separaba y me besó con dulzura.

Fue suave, cálido y dulce. Un beso de esos que dejan huella porque a pesar de no ser fuego, te marcan el alma para siempre.

Dejé mis labios pegados a los suyos unos segundos y disfruté de esa sensación placentera de pertenecer a algún lugar.

Aitor se separó de mí y bajé la mirada, aturdida por los sentimientos que se arremolinaron en mi vientre. Pero él deslizó su mano a mi barbilla y tiró de ella hasta que sus pupilas encontraron las mías. Le miré fascinada, como siempre. Un ojo de cada color. Precioso.

El chico cogió una gran bocanada de aire y noté cómo le temblaba la mano que aún descansaba en mi barbilla. Iba a decirme algo. Algo importante para él.

—Te reto —susurró Aitor mientras me contemplaba embelesado.

Le miré confundida.

—¿A qué?

—A no mirar atrás —contestó y mi corazón se saltó un latido, o dos, o tres. Y puede que también se derritiera un poquito—. Siempre que quieras echar la vista atrás, te voy a retar a no hacerlo para demostrarte que lo que podemos conseguir nosotros, no tiene por qué acabar nunca.

Sus palabras fueron amor líquido entrando de lleno en mi corazón para desestabilizarlo por completo.

¿Aceptaba el reto?

¿Quería?

¿Estaba preparada?