Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

Cuando todo se hunde, si algo sigue en pie

supone una pequeña esperanza para seguir adelante.

–Los últimos días en Berlín, Paloma Sánchez Garnica

A itor me dejó un Cola Cao y una flor roja silvestre junto a un pósit; consiguió que sonriera y una sensación cálida y bonita me llenara.

Tu niña es preciosa. Disfruta del día.

En Finca Deva, solía quedarme prestando atención a lo que hacía Cristian con Pegaso para poder ayudarle. Pero como no quería descuidar mi vínculo con Troya, aquel día, cuando Cristian cogió a Pegaso, yo me fui a por mi caballo tizón.

—¡Rubio! —llamé su atención—. Voy a ponerme con Troya. Si me necesitas, pégame un grito.

—Vale, morena.

Solté a Troya en la pista y dejé que se moviera a su antojo. Observé sus movimientos, cómo sus crines encrespadas rozaban su cuello. Tenía que cepillarle, estaba lleno de briznas de hierba seca y polvo. Sonreí cuando me miró todo repeinado.

—Estás guapísimo. —Cogí su rostro con ambas manos y le planté un beso en el morro.

Fui a por el limpiacascos. Cuando llegó a la finca, Troya no era capaz de quedarse quieto mientras el podólogo le recortaba o mientras yo le limpiaba los cascos.

En aquel momento, suelto, se quedó quieto y cuando le dije «dame» y posé mi mano en el corvejón de la pata delantera, la levantó y le limpié el casco sin problema. Era increíble cómo había cambiado.

Rompí el espacio que nos separaba, pasé mi cuerpo bajo su cuello y le abracé con fuerza, colocando mis manos en su cruz. Mi abultada tripa chocó contra su pecho. Troya dejó caer su cabeza, que quedó apoyada en mi espalda. Sonreí contra su cuerpo.

—No puedo estar en un lugar mejor que contigo. ¿Sabes que es una niña esto que tengo en la barriga?

Como si Troya me entendiera, se alejó dos pasos y olió mi prominente vientre. Después, dejó apoyado la mitad de su rostro en ella, moviéndola arriba y abajo con una suavidad y una dulzura increíbles. Sonreí.

—Eres el caballo más especial del mundo. Tienes una delicadeza y sensibilidad dentro que jamás he visto en otro caballo. —Acaricié con mimo su piel—. Eres magia.

Cristian llamó mi atención. Necesitaba ayuda con Pegaso. Miré a Troya con disgusto, no quería que terminara nuestro momento. Le llevé con el resto y me acerqué a mi amigo.

—A cambio de haberte cortado el rollo con Troya, os he hecho un vídeo.

Sonreí y le pregunté qué le pasaba. A Pegaso le seguía dando miedo la silla. Ofrecía la grupa al chico, movía la cola molesta y lanzaba coces. Le propuse que la montara a pelo, pues la silla era un obstáculo para ella. Cristian lo pensó unos segundos y aceptó.

—Es normal que cuando logras quitar una capa de pasado doloroso, aparezca otra.

Y Pegaso tiene capas y capas bajo las que aún no hemos explorado.

Como me pasa también con Troya. No sabemos si algo de lo que vivan aquí va a hacer clic en su cerebro y a dejar salir otro problema.

Pero para eso estamos nosotros, para subsanarlo, para enseñarles que todo está bien, que pueden olvidar y que todo quede en cicatriz curada.

Cristian me dio las gracias por ayudarle con Pegaso y sonreí. Después me preguntó si podía subir a nuestro Instagram mi vídeo de Troya. Asentí y Cristian me contó que cada vez teníamos más seguidores y gente que nos apoyaba. Al poco de subirlo, me puso la pantalla de su móvil en mi cara.

—Mira, ya tenemos tres me gusta y un mensaje —me anunció Cristian—. Léelo. Es de Aitor —añadió con voz sugerente.

Enfoqué mi mirada en la pantalla con el pulso acelerado y leí: Nunca me cansaré de verte sobre un caballo. Estás preciosa ahí arriba. O al lado. Dices que los caballos son magia, pero tú haces magia para ellos. Esa niña que llevas dentro, ya está orgullosa de ti.

Sonreí como una boba y bajé el móvil de Cristian para coger el mío y escribir a Aitor.

27 de enero. Once de la mañana.

Ádriel

Ese comentario… ¿Ha sido real?

Aitor

Mira bien el vídeo. Mira cómo haces que Troya esté relajado. Se nota que tenéis esa conexión.

Aitor

Y no me malinterpretes por esto que te voy a decir, pero tu barriga de embarazada ahí pegada a Troya, es la

cosa más bonita que he visto.

Ádriel

¿Por qué me dices todo esto?

Aitor

Porque es lo que pienso.

Ádriel

Gracias por verme.

Y por apoyarnos a tu hermano y a mí.

Aitor

Eso siempre.

Aitor

Tengo la tarde libre.

¿Puedo pasarme a veros?

Ádriel

¿A mí y a quién más?

Aitor

A la niña, claro.

Sonreí como una idiota. Noté un escalofrío por la columna y a mi corazón bombear más rápido.

Hablaba de nosotras, no solo de mí. El desasosiego se filtró dentro de mí, pero aquella vez no dejé que ganara y mantuve la sonrisa boba.

¿Cómo podía ser tan mono? Cristian me miró de reojo y elevó una ceja.

—Quería comprobar si de verdad era cierto lo que decía.

—Ya. Buscabas una excusa para escribirle. —Sonrió de manera engreída. Negué—. Ayer todos os vimos besándoos…

Le gruñí que no quería hablar de ello y él murmuró que Aitor y yo éramos iguales. Solté una pequeña risa y volví a mi conversación con Aitor.

27 de enero. Once y media de la mañana.

Ádriel

¿Quieres vernos?

Aitor

Sí. Cierro a las dos y después puedo acercarme a tu casa.

Ádriel

Vale, te espero.

Bloqueé mi móvil nerviosa y con una sonrisa tonta dibujada en los labios. Esa conversación no fue como las otras. Hubo algo más. Había quedado con Aitor.

Cuando entré en casa seguida de mis perros, recordé que aquel día estaría sola hasta bien entrada la tarde. La soledad y el silencio no me gustaban, así que puse música mientras me sentaba a hacer algo de mi puzle.

Tiempo después, sonaron dos golpes secos en la puerta de madera y Togo seguido de Balto se pusieron a ladrar.

Aitor. Me alteré tanto que mi pierna empezó a moverse a lo loco bajo la mesa, como mi corazón.

Le observé saludar a los perros y acercarse.

Se quedó de pie y miró mi puzle. Me preguntó si había comido y negué.

—¿Esto es lo que te gusta escuchar? —preguntó Aitor con una mueca mientras sonaba una canción de rap.

Fruncí el ceño y me crucé de brazos, ofendida.

—Pues acostúmbrate. Escucho música a todas horas.

Aitor hizo una mueca. Le pregunté por sus gustos musicales y eran totalmente opuestos a los míos: hardbass, rock, heavy metal y grupos de los setenta.

Serví dos platos de judías verdes con patatas y tomates cherry. Nos sentamos en la mesa en silencio y observé todos sus movimientos mientras comíamos. Sentí una familiaridad brutal por algo que jamás habíamos hecho solos.

—A mi abuela le gusta hacer palomitas de postre —dijo Aitor cuando terminamos de comer. Sonreí porque compartiera algo de su vida privada conmigo—. ¿Tienes maíz de palomitas? —Negué—Vale. Dame cinco minutos. Voy a casa.

Casi no me dio tiempo a echarle de menos, pues enseguida estaba de vuelta con un paquete de maíz en la mano. Preparamos varias sartenes y sacamos todas las especias que había por casa, la sal y el azúcar. Una sonrisa empezó a surgir entre mis labios por la emoción de hacer algo nuevo.

—Estás preciosa cuando sonríes, ¿lo sabías? —aseguró Aitor con una sonrisa—. Se te ilumina toda la cara —susurró acercándose demasiado a mí.

Su aroma a colonia llegó a mis fosas nasales y me vi sintiendo que quería más. Me asusté por sentirme así, pero no me aparté. Ni un milímetro.

—No sé si me acostumbraré alguna vez a tus alucinantes ojos de colores. Parece que pueden entrar dentro de mí y leer todo.

—Cuando era pequeño, la gente a veces me evitaba por tener los ojos distintos. El ser diferente a los demás y no encajar por ello no es lo más genial cuando eres un niño o incluso adolescente. En algún momento odié mis ojos. Quería ser como los demás.

—¿Y ahora?

—No me gusta que sean tan llamativos. Los intento esconder.

—A mí me gustan. Eres especial.

—Eres la primera persona, además de mis padres, que me lo dice —susurró conteniendo mil sentimientos bonitos en cada palabra y estuve tentada de besarle. Muy tentada.

—Te lo diré más a menudo para que no lo olvides. —Sonreí sincera.

Aitor me miró maravillado y acercó su rostro peligrosamente al mío.

Deseé que terminara de romper el espacio que nos separaba.

Y ocurrió. Sus labios chocaron con los míos y aquello levantó una oleada de sentimientos y emociones en mi vientre, en mi corazón, en todo mi cuerpo.

Me aferré a él mientras ambos profundizábamos el beso y nos bebíamos el uno al otro.

—Tenía ganas de besarte —admitió Aitor tras separarse de mí unos centímetros.

Llevó un mechón de mi pelo tras mi oreja y aquel gesto me encantó. El roce de sus dedos bordeando mi mejilla, la caricia de sus dedos en mi oreja. Suspiré y en mis labios apareció una suave sonrisa.

—¿Palomitas?

A pesar de querer volver a besarle otra vez para notar su sabor, asentí y dejé que se alejara de mí.

En algún momento mientras hacíamos palomitas, levanté la tapa al escucharlas saltar y empezaron a salir disparadas por toda la cocina.

Me eché para atrás, tapándome la cara con los brazos y con la tapa aún en mi mano.

La risa brotó de mi garganta y salió entre mis labios sin que pudiera detenerla.

Escuché las carcajadas de Aitor entre las mías.

—¡La tapa, la tapa! —exclamó Aitor entre risas.

—¿Dónde está? —pregunté aún con los brazos tapando mi rostro.

—¡En tu mano! —Aitor estalló en carcajadas.

Aitor guió mi mano hasta la sartén y colocamos la tapa.

—Ya puedes abrir los ojos.

Un escalofrío recorrió mi piel.

—Qué desastre —me lamenté mientras miraba a nuestro alrededor.

Aitor cogió dos palomitas de la encimera, se comió una y dejó la segunda palomita frente a mis labios. Dudé un milisegundo por aquel gesto que me pareció tan íntimo, pero abrí mi boca y cogí la palomita.

—¡Están riquísimas! —exclamé sorprendida—. Deberíamos hacer como mil para cuando lleguen los demás.