Capítulo 27 #2
Él asintió y le insté a pasar algo de tiempo con Pegaso mientras yo dejaba a Troya en su sitio, pero ya lo había hecho al llegar.
Cada uno nos subimos en nuestro coche y en cuanto me puse el cinturón, mi móvil comenzó a sonar.
Acepté la llamada y la voz de Aitor inundó el coche entero.
Me preguntó si estaba bien y me pasé todo el camino hasta casa explicándole por qué debía aprender a ver a los caballos como a mí me habían enseñado.
Al llegar, aparcó justo detrás de mi coche.
Dejé salir a Togo y Balto. El cachorro ya era lo suficientemente mayor como para salir solo.
—¿Todo bien? —preguntó Aitor acercándose a mí.
Asentí.
—Por un rato el que mis padres no vengan no ha sido tan malo.
—Tienes otra familia. Justo dentro de esta casa. —Aitor señaló la casa frente a nosotros.
—Lo sé. Sé que no debería sentirme mal porque les tengo a ellos. Pero lo hago, porque no tengo a mis abuelos y necesito a mis padres. Los quiero aquí, conmigo. Y no están.
—Siento que tengas unos padres así.
Me encogí de hombros y no le contesté.
Esperaba que dentro de casa hubiera alguien más porque estaba harta de sentirme expuesta frente a él; pero no había nadie.
Me precipité en la cocina para buscar comida y poner algo de espacio entre nosotros; no quería mostrarme vulnerable frente a él.
Había tortilla de patata con pimientos verdes asados por encima.
Esa comida tan rica, tenía la firma de Marcos.
—¿Estás bien? —preguntó Aitor.
Era imposible huir de él.
—Tú me pasas —solté y ante su mutismo, me giré y enfrenté sus ojos.
Aitor arrugó el ceño y pensé que, incluso confuso y con los ojos entornados como estaba, sus ojos seguían siendo imponentes.
Retorcí mis manos nerviosa y el chico deslizó las suyas por mis brazos hasta llegar a las mías y envolverlas.
Me agradó su contacto. Noté su calor deslizarse por mi piel y me estremecí.
Dejé mis manos quietas cuando empezó a hacer círculos en el dorso de una de ellas.
Pensé que podría acostumbrarme a sus pequeños gestos de cariño y disfrutarlos el resto de mi vida.
—¿Qué problema tienes conmigo?
—Pues que me gustas. Y mi corazón… Mi corazón tiene miedo. ¡Y a veces, pasa por mi cabeza la idea de que esto que siento está mal! —Negué con fervor.
Aitor me taladró con su intensa mirada y yo desvié la mía hacia algún punto detrás de él porque aguantarle la mirada se me hizo insoportable.
—Yo también tengo miedo.
Su afirmación me dejó en shock. Él parecía siempre fuerte. Busqué sus ojos para ver qué me decían.
—¿Tú?
Aitor asintió.
—Mucho —musitó.
—¿Por qué?
—Porque estoy dañado. Tengo taras. —Aitor bajó la mirada.
Fruncí el ceño sin entender ni una sola palabra—.
Mis padres biológicos me abandonaron. Mis padres adoptivos también.
Tal vez tengo algo que hace que todo el mundo se aleje, ¿sabes?
Y yo queriendo a muerte a personas que luego se terminarán alejando de mí. Otra vez. Y otra. Y otra.
—No todo el mundo desaparece.
—Eso díselo a mi corazón. Y tú, con todo lo que llevas a cuestas, no puedo sacarte de mi cabeza.
Muero por besarte. Por tocarte. Por estar cuando me necesites.
Es una locura y no puedo dejar de pensar en ti.
Tú tienes tus ralladas y cualquiera con dos dedos de frente se alejaría, pero yo no puedo.
Porque mi corazón se queja del dolor que sufriré, pero también me dice todo lo bueno que podemos ser.
—Yo… —No supe continuar.
Me abrió su corazón sin pedirlo. Fue vulnerable. Me encantó.
Aitor llevó sus manos a mis mejillas y me acarició con mimo.
Supe que iba a besarme. Y si me besaba, iba a devolverle el beso.
Porque lo necesitaba. Entre tanto lío en mi cabeza, necesitaba saber que lo que yo sentía era correspondido.
Que mi vulnerabilidad y mi debilidad a Aitor no le importaban.
Que estar embarazada de otro hombre, no era un problema para él.
Acortó el espacio que nos separaba y el olor característico de su colonia, inundó mis fosas nasales.
Me encantaba aquel olor a vainilla y lavanda mezclada con menta.
Era su olor. Sus labios rozaron con dulzura los míos y noté su aliento en mi piel.
Se me puso la piel de gallina y entreabrí mis labios a la vez que cerraba los ojos.
Fue un roce fugaz y tal vez me hubiera gustado parar unos segundos el tiempo para poder guardarme aquella sensación tan maravillosa que sentí en el pecho cuando nuestros labios se unieron.
La voz de Ainhoa irrumpió en el salón y aunque estuviéramos a una habitación de distancia, me separé de Aitor de manera abrupta.
Mi mejor amiga entró en la cocina a por agua y nos dijo que aún le quedaba un ratito corto de trabajo y que la esperáramos para comer.
Asentí porque mi corazón bombeaba tan nervioso que no me vi capaz de hablar sin delatarme.
Cuando salió de la cocina, eché un vistazo fugaz a Aitor, quien me miraba con sus ojos en llamas.
Quise acercarme a él y cometer una locura como besarle otra vez, probar su sabor, pero la puerta principal se abrió mientras Togo y Balto ladraban.
Eran Angelito y Gelo. Y yo me quedé con las ganas de aquel beso.
Cristian llegó poco después y cuando Ainhoa terminó de trabajar, nos sentamos a comer.
Evité a toda costa cruzar mi mirada con Aitor.
Nos habíamos besado. Aunque fuera solo un mero roce, nuestros labios se habían tocado.
Sentí un nudo en el estómago al desear que hubiera podido sentir su lengua en mi boca y la mía en la suya.
Gelo preguntó si iríamos todos a la ecografía y, aunque suene ñoño, yo quería estar rodeada de ellos. Tal vez para mitigar el que mis padres no vinieran.
—Os quiero a todos allí —comenté emocionada y unas pocas lágrimas se agolparon en mis ojos—. Y a ti. —Miré a Aitor y recordé el roce de nuestros labios. También nuestra conversación—. Aunque solo quieras ser un chófer.
Mi cabeza y mi corazón se pasaban el día entre luchas. Era agotador. Pero aún no sabía a quién debía dejar ganar por completo. Aquel día vencieron mis ganas de ver a Aitor conmigo en aquella sala de espera del obstetra y dejé a un lado el miedo que tenía mi corazón de salir dañado otra vez.
Aitor asintió y me dedicó una fugaz sonrisa de medio lado.
—Estaré.
—Vamos todos, Ari —dijo Ainhoa.
Me sentí bien. Arropada. Esa ecografía era importante porque harían un estudio morfológico del bebé y yo estaba nerviosa por si algo no iba bien. También por verlo. Debía haber cambiado mucho desde la ecografía de las doce semanas.
Dejamos a Angelito con Ángel y Carmen y pusimos rumbo al hospital.
Marcos quedó en encontrarse con nosotros allí cuando saliera de trabajar.
Me sentí un poco avergonzada al entrar en la sala de espera con tanta gente cuando la mayoría iban con un acompañante o solas.
Me quedé quieta y observé la sala y a mis amigos, que ya iban hacia unas sillas libres.
—¿Nerviosa? —preguntó Aitor tras de mí.
Estaba muy cerca. Tanto que podía oler el aroma fresco de su colonia. Negué demasiado rápido y después asentí varias veces mientras observaba la sala.
—Mucho.
Noté su calor más cerca de mí.
—Todo va a ir bien —susurró en mi oído antes de posar su mano en mi abultado vientre.
Fue la primera vez que me tocó la tripa.
Durante una milésima de segundo, me tensé, pero enseguida se me pasó.
Dejé mi mano sobre la suya y disfruté de su piel sobre la mía.
Del calor que desprendía, de cómo se erizaba la piel de mi vientre.
Me recosté en su pecho y disfruté del momento sin importarme si los demás miraban o dejaban de mirar.
Y entonces algo se movió en mi tripa.
El bebé.
La primera vez que le noté.
—¿Lo… Lo has notado? —titubeé nerviosa, feliz, alucinada, todo a la vez.
—U-una patada. —Su voz sonó conmocionada—. Una patada —repitió y esta vez, sonó fascinado.
—Es su primera patada, Aitor. —Sonreí y me giré hasta encontrar su mirada.
Él me sonrió de vuelta con ojos brillantes y bajó sus labios hasta besar los míos con suavidad. Sentí la calidez que aquel gesto me produjo y sonreí contra sus labios.
—Su primera patada —repitió Aitor cuando nos separamos.
Busqué a mis amigos, que nos observaban con mirada interrogante y les dije que el bebé me había dado su primera patada.
Se acercaron a mí y colocaron sus manos, esperando notar algo.
El bebé volvió a dar una patada exactamente en el mismo lugar y fue Ainhoa quién lo notó.
Chilló emocionada. Gelo notó su siguiente patada y Cristian la siguiente.
Lejos de sentirme agobiada por tantas manos en mi vientre, me gustó hacerles partícipes de lo que solo yo notaba en mi interior.
Cuando el momento pasó y fuimos a sentarnos para esperar mi turno, Gelo cogió mi mano y tiró de mí con suavidad para apartarme del resto.
—¿Y ese momento entre Aitor y tú? —susurró cómplice.
Me encogí de hombros y una medio sonrisa apareció en mis labios sin que pudiera detenerla. Los ojos de Gelo se iluminaron y me sonrió.
Un rato más tarde apareció Marcos, que me hizo prometer que le avisaría la próxima vez que el bebé se moviera; aunque fuera de madrugada.
No quería ser el único en quedarse sin notarle.
Acepté y me reí para mis adentros porque aquel hombre era el que desde adolescente dijo no querer hijos, no querer bebés en su vida.
Y estaba viviendo mi embarazo casi como si fuera el de su propia pareja. Tal vez debería hablar con Almu.
Me llamaron por el megáfono y me entraron los nervios.
El obstetra nos miró asombrado por ser tantos; pero no puso impedimentos para que pasáramos.
Me descubrí el vientre y el gel congelado entró en contacto con él.
Todos miramos expectantes la pantalla. Eché de menos a mis padres en aquella sala.
También a mis abuelos. El obstetra hizo las medidas correspondientes y luego nos dejó ver al bebé.
Me preguntó si quería saber el sexo. Hasta el momento no había estado segura de querer saberlo, pero cuando me vi en aquella sala, junto a mis amigos, supe que quería saberlo. ¡Y era una niña!
—¿Tienes pensado algún nombre? —preguntó el obstetra.
El primer nombre que vino a mi mente fue Noemi.
El nombre que quería poner Alexis a su hija.
El nombre de su abuela. Desde que me enteré de que estaba embarazada, fue un nombre que vino a mí de manera recurrente.
Pero aquella tarde, tras unos segundos en mi cabeza, lo deseché de manera definitiva.
Pensaría en uno que me gustara a mí. Me sentí bien con la decisión que tomé.
—Aún no —contesté y me gané las miradas asombradas de Gelo y Ainhoa, que sabían el nombre que barajaba si era niña, y su significado.
Miré a Aitor, que no dejaba de observar la pantalla donde estaba el último fotograma de mi niña entre asombrado y curioso. El corazón se me llenó de algo bonito que no supe identificar.
Enero. 22 semanas.
Es una niña. Y es preciosa. Con sus diez deditos, sus dos manos, sus dos pies…
Hemos visto todo en la ecografía. Han venido conmigo todos (Gelo, Ainhoa, Aitor, Cristian y Marcos) ¿Y lo mejor de todo?
He sentido sus patadas por primera vez. Las hemos sentido todos, de hecho.
Creo que ha sido un pie, no creo que tenga tanta fuerza con los codos.
Ha sido una sensación rara la de que algo dentro de mí empuje hacia fuera. Pero sentirla viva, me ha emocionado.
Nuestra bebé está sana y bien de peso. Es perfecta.
Su corazón late como siempre, desbocado.
Es alucinante escucharla. Gelo sabe lo mucho que me gusta y hoy le ha pedido permiso al obstetra para grabar el latido, además del vídeo entero de la ecografía.
Si pudieras escuchar el sonido de su corazón ahora mismo como lo estoy escuchando yo mientras escribo, te enamorarías de esa locura de corazón.