Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

No entiendo el amor como un asalto momentáneo y sin consecuencias. Para mí es una relación recíproca, larga y a fuego lento.

–El olor de la guayaba, Gabriel Garcia Marquez

E staba de cinco meses. Me miré en el espejo del armario de mi habitación y levanté la camiseta para ver mejor la tripa bajo la tela y sonreí.

Había crecido mucho en la última semana.

O al menos yo lo veía así. Palpé mi vientre y dejé las manos reposar en él.

¿Quién me iba a decir a mí que disfrutaría tanto de verme la barriga crecer frente al espejo?

, ¿que querría a ese bebé incluso sin haber nacido?

Nunca pensé que sentiría un vínculo con él antes de nacer.

Caminé hasta el escritorio de mi habitación. Abrí el cajón y observé los pedazos del boceto de Alexis. Escogí uno de los trozos y lo saqué del cajón. Se me revolvió el estómago y dejé a toda prisa el trozo de papel con los demás. Suspiré hondo y cerré el cajón.

Volví al espejo y enfrenté mi figura. Aquel día tenía la ecografía de las veinte semanas.

Mis padres llamaron mientras aún observaba mi vientre abultado.

Habían quedado en que me acompañarían a la revisión.

Supuse que llamaban para ver dónde quedábamos.

Nos saludamos y después me dijeron que no iban a venir.

Me pusieron la excusa de siempre: una guardia de última hora de mi madre, un quirófano que se podría alargar de mi padre y que al día siguiente, a las ocho, tenía que entrar a trabajar.

Estarían demasiado ocupados como para acompañarme a la ecografía.

Mi estómago se cerró con cada palabra que pronunciaron y sentí ganas de vomitar.

No iban a cambiar. La sensación de tristeza que se asentó en mi estómago, en mi corazón, en mi mente, fue…

devastadora. Les dije que no pasaba nada, aunque quise gritarles todo lo contrario: que otra vez me habían fallado.

Que otra vez el trabajo estaba por encima de mí.

—Llámanos cuando salgas de la cita. Y si puedes, graba la ecografía. Tenemos muchas ganas de verle —dijo mi madre.

—Claro. Os tengo que dejar, tengo que ir a trabajar.

Esperé a que se despidieran y colgué.

26 de enero. Nueve menos cinco de la mañana.

Ádriel

Mis padres no vendrán conmigo a la eco. Para variar tienen que trabajar.

Ádriel

Siempre es lo mismo.

Ainhoa

Voy contigo.

Cristian

Te acompaño. Por la tarde estoy libre.

Gelo

Yo también.

Marcos

Y yo.

Ádriel

Gracias.

Aitor

¿A qué hora?

Ádriel

Es pronto. No te preocupes.

Aitor

Dime la hora. Si puedo, os llevo.

La conversación continuó como si solo estuviéramos Aitor y yo en aquel grupo. Me prometió que haría todo lo posible por poder venir con nosotros. Ojalá mis padres fueran un poquito como él.

Fui a Finca Deva y los caballos me arroparon.

Debería haber dicho a mis padres que me había sentado mal que no vinieran, pero me sentí tan abatida que no encontré la fuerza o la voz para hacerlo.

Pensé en mis abuelos. Ellos nunca me habrían dejado ir sin ellos.

Su recuerdo hizo que sintiera una punzada en el corazón.

Ellos no estarían cuando mi bebé naciera.

No estarían. Pero en mi corazón, se convertirían en bisabuelos, eso lo tenía claro.

Me encontraba sentada en el pasto, abrazándome las piernas, protegiendo mi barriga, cuando el morro de uno de los caballos me olió el pelo.

Me giré para ver quien era. Pegaso. Flipé y contuve el aliento.

En cuanto mis ojos conectaron con los suyos, se alejó.

Tampoco ayudó que mi gesto al girarme fuera brusco.

—Está bien, Pegaso —susurré—. No tengas miedo. Aquí no tienes por qué tenerlo.

Me rodeó, volvió con el resto y yo me quedé observándola.

Estaba mucho más gordita y se la veía más sana.

Me entraron náuseas de pensar en su historia.

No me entraba en la cabeza que alguien pudiera dañar tanto a un caballo que su instinto de huida quedara atrofiado y dejara paso al ataque o a hacerse daño a sí mismo. No lo podía comprender.

Ángel me enseñó años atrás que era más fácil que un caballo dejara de comportarse como uno, a su rehabilitación después.

Que un caballo con traumas tenía muchas capas que debíamos quitar poco a poco y contener el aire cuando se solucionaba un problema, pues seguramente aparecería otro y no tenía por qué ser de menor envergadura.

Me acerqué a Troya y le abracé.

—Ojalá todo el mundo os conociera así. Os valorara siendo libres y viera la magia que desprendéis —murmuré—. Ojalá no tuvieras cicatrices, Troya.

Me quedé junto al equino hasta que él mismo me pidió espacio, alejándose de mí.

Les puse su ración de pienso y, a pesar del cansancio y la tristeza que sentía, estuve ejercitando a Neo y Danko.

Después cogí a Troya y le llevé a la pista que hizo Aitor.

Desde que la había construido, era la que más usaba.

Podría poner como excusa que era un poquito más grande, pero la verdad era que me sentía bien ahí dentro.

Como si me arropara cuando estaba yo sola.

Era una tontería, ¿no? Eran solo unos postes de madera con tablones cruzados. Pero a mí me hacían sentir segura.

Coloqué las riendas en la cabezada de nudos y me preparé para subir a Troya a pelo.

Ya no podía subirme apoyando mi vientre, pero había enseñado a Troya a quedarse quieto pegado a un taburete de dos alturas que Gelo compró cuando me quejé de no poder subirme a Troya por la tripa.

En cuanto noté sus músculos en mis piernas y mi trasero, mi corazón dejó de estar tan triste.

Coloqué mi vientre en un lado de la cruz de Troya, mis manos se deslizaron por su cuello hasta sus orejas.

Mis piernas fueron hacia atrás y coloqué mis pies en su grupa.

Confié en él y cerré los ojos. Estuve tentada de susurrarle que fuera al paso, pero me contuve por si me caía.

En su lugar, me coloqué erguida. Con Troya había llegado a conectar a un nivel en que no hacía falta que le pidiera que empezara a caminar, él me leía la respiración, la postura de mi cuerpo y sabía qué quería yo.

Comenzó a ir al paso. Justo lo que necesitaba.

Esa conexión no se gana de un día para otro.

Se genera con confianza por parte de los dos; con el caballo y el jinete relajados y receptivos.

No se crea sometiendo al equino o con castigo.

No todos quieren encontrar esa mágica conexión con el caballo.

Algunos solo quieren montar, disfrutar sobre un caballo, la adrenalina del galope.

Otros solo quieren competir con ellos y ganar.

La minoría quieren lograr esa conexión con el caballo que montan.

Fuimos al paso. Por mucho que echaba de menos el trote y el galope, desde que mi vientre comenzó a crecer, dejé de hacerlo sin silla para poder mantenerme mejor en suspensión y que el bebé no sufriera los botes.

Amaba mi conexión con Troya. Adoraba la felicidad que me transmitía.

«No existe un lugar mejor para sanar un corazón roto que la espalda de un caballo».

Aquellas palabras eran verdad. Los caballos sanan, curan el alma y cierran cicatrices.

A veces enseguida, otras tardan más. Pero la manada lo consigue. Son así de perfectos.

—¿Sigues montando?

Aitor me sobresaltó. ¿Cuándo había llegado? ¿Por qué Togo y Balto no habían ladrado? ¿O lo hicieron y yo estaba en otro mundo con Troya?

—¿Qué haces aquí?

—He pedido el día libre.

Negué.

—Vuelve al trabajo. De verdad que no tienes por qué estar aquí.

—Lo sé.

Aitor y yo nos quedamos enganchados en los ojos del otro, observándonos.

Decidí dejarlo por aquel día y bajarme de Troya, no sin antes volver a tumbarme sobre él, sintiendo su calmada respiración que hacía subir y bajar mi cuerpo entero.

Cerré los ojos. Ojalá al bebé le gustaran tanto los caballos como a mí, ojalá sintiera la respiración y el pulso de Troya a través de mi barriga.

—Estás preciosa, princesa. Podrías quedarte ahí toda la vida —dijo Aitor con voz ronca y yo esbocé una suave sonrisa sin abrir los ojos. Me encantaron sus palabras.

Bajé de Troya y fui hacia Aitor. Me encantaba cuando llevaba la cresta rubia recogida en una trenza, como aquel día y sin una capucha o gorra que escondiera sus ojos.

—Creo que nunca me acostumbraré a que tus ojos sean cada uno de un color.

—Sonreí tímida, con el calorcito alrededor de mi corazón por sus palabras aún intacto—.

Pero con el tiempo es posible que me habitúe a tu corte de pelo cuando lo trenzas y ya no se me caerá la baba —susurré mientras acortaba los metros que nos separaban.

¿Por qué hablé sin pensar? ¿Por qué le dije lo que pensaba sin ningún tipo de filtro? Tal vez fue por el arrullo que sus palabras me provocaron. O porque necesitaba su cercanía. O tal vez por unos minutos me cansé de que mi corazón luchara contra mi mente.

Me quedé a tres pasos, aunque mi cuerpo me pedía seguir caminando hasta llegar a él.

Aitor redujo el espacio que nos separaba y llevó su mano a mi brazo.

Fui muy consciente del calor de su mano recorriendo mi brazo y mi muñeca hasta llegar a mi mano, que cogió con delicadeza y apretó con suavidad.

No quería que su agarre desapareciera porque su toque me provocaba un hormigueo que me encantaba.

Porque mi cuerpo reaccionaba a sus caricias y me hacían sentir bien, viva.

Cuando se separó de mí, sentí frío allí donde sus dedos habían tocado mi mano.

Me provocaba congoja cómo reaccionaba mi cuerpo ante su cercanía.

Y mi mente. Iban al unísono. El único que discrepaba era mi corazón, que a veces parecía estar de luto y otras tenía miedo de lo que sentía cuando tenía a Aitor cerca.

—¿Te queda algo por hacer? —Negué—. Te acompaño a casa.

—¿Quieres quedarte a comer?