Te reto a no mirar atrás (A través de tus orejas 2) Capítulo 26
46%

Capítulo 26

Hay lugares maravillosos en el mundo,

pero uno de mis favoritos es a lomos de un caballo.

–Rolf Kopfle

A l día siguiente, fue la primera vez que Cristian logró poner la cabezada de nylon a Pegaso sin que se moviera.

Lo consiguió. Pegaso empezó a confiar en el chico.

Reí emocionada mientras grababa el momento.

Cuando Pegaso dejó de intentar mordernos al entrar en su espacio, empezó el reto de hacer que confiara en nosotros.

No podíamos acercarnos, no podíamos separarla de la manada para poder trabajar con ella sola, por lo que enseñé a Cristian a trabajar con ella entre los demás equinos.

No debía acercarse despacio, tampoco mirarle a los ojos y la postura relajada eran clave para que Pegaso no viera a Cristian como una amenaza.

Al principio nos turnábamos, era complicado mantenerse relajado y tranquilo a su alrededor, pues la inquietud de que el animal de casi cuatrocientos kilos cargara contra uno de nosotros hacía que la tensión a veces aflorara.

Los tres debíamos aprender a confiar y parecía que iba a ser complicado de conseguir. Pero el momento llegó.

Cristian la separó de la manada. Al principio, ella se resistió, no quería alejarse de lo que la hacía sentir segura.

Pero Cristian le mostró que podía confiar en él.

Se mostró confiado y relajado frente a ella, y Pegaso dio un paso hacia él, separándose del resto.

Cuando entraron en la pista, la dejó libre, quedándose con el ramal en la mano.

Pegaso, lejos de huir de él, como otras veces, se quedó a su lado.

—¿Has visto, morena? —alardeó con felicidad contenida. Tal vez tuvo miedo de que su voz pudiera poner en alerta a Pegaso.

—¡Lo he visto, mi rubio! —pegué un gritito emocionada.

Aquella tarde apenas trabajamos con Pegaso, lo hizo tan bien que quisimos que se quedara con ese buen recuerdo. Sin presionar.

Aitor nos encontró sentados encima de la valla de madera mientras observábamos a los caballos pastar. Cristian y yo nos pisamos las palabras, contándole a Aitor el gran avance con Pegaso. Él nos miraba de uno a otro, con un brillo genuino en los ojos.

—Ha sido un día espectacular. —Terminé con una sonrisa.

—Una pasada, Aitor, de verdad —añadió Cristian sonriendo a su hermano por primera vez desde que llegó Pegaso a Finca Deva.

Tal vez por la alegría del momento, ambos hermanos se abrazaron. Un abrazo que lo dijo todo en el idioma de los gestos. Fue una maravilla poder presenciar aquello.

—Siento haberte hecho pasar por todo esto —susurró Aitor a su hermano pequeño mientras se separaba de él.

—Siento haberme enfadado contigo. —Cristian tragó saliva con fuerza—. No he sido justo.

Los hermanos volvieron a abrazarse y una entrañable sonrisa se escapó de mis labios.

—Ahora te toca a ti —dije. Aitor elevó una ceja—. Acercarte a Pegaso.

—No.

—¿Por qué? —demandé con voz dura—. Explícamelo porque no lo entiendo.

—¿Qué no entiendes? —preguntó arisco mientras se cruzaba de brazos.

—Cada día desde que Pegaso está aquí, ella ha estado pendiente de ti. Y tú la has ignorado adrede. ¿Por qué?

—Debía hacerlo —espetó y cuando vio mi cara de póker, añadió—: Cristian la necesita.

—¿Y tú no? ¿No te mata por dentro ignorarla? —estallé alucinada. No podía lograr entenderle—. Creo que puedo adivinar la historia. Puedo decírtela y me paras cuando no esté en lo cierto.

—No. —Aitor se negó en redondo con voz autoritaria y se colocó la capucha con dureza para escapar de mi mirada.

—Hazlo —me instó Cristian.

Hice caso al hermano menor.

—Pegaso y tú teníais una conexión especial.

Solo con ella. Pero cuando murió tu madre, no eras capaz de mirar a la yegua, menos aún de montarla.

Verla era recordar esa conexión que tu madre y tú teníais con ella.

Porque Cristian entendía a los caballos.

Pero tú, solo la entendías a ella. Era tu yegua. ¿Me equivoco?

Aitor permaneció inmóvil frente a mí, tal vez asimilando una verdad que le dolía.

Con su mandíbula tensa, los ojos vidriosos y la mirada fija en algún punto que no éramos ni Pegaso, ni Cristian, ni yo.

Se me encogió el corazón al darme cuenta de la verdad que contenían mis palabras. Pero me obligué a seguir.

—Y entonces decidiste venderla. Porque verla era recordar cosas, remover sentimientos y en ese momento fuiste débil.

Porque querías montar y sentir esa conexión, pero te sentías culpable por pensar en ello.

Y después cuando llegó aquí, la culpa por haber dañado a tu hermano, te impidió conectar con ella otra vez.

Tu corazón dice que no mereces esa paz que solo ella te transmitía.

Por eso no te acercas. —Elucubré con lágrimas en los ojos—.

Pero estás siendo un idiota. Porque has privado a Pegaso de tu compañía.

Te sentía, te escuchaba, te llamaba, pero tú no le contestabas.

—Negué decepcionada—. No tendrías que haber sido tan egoísta.

—Te estás pasando —gruñó Aitor con sus manos hechas puños.

—Solo estoy diciendo una verdad que tú no te atreves a aceptar.

—Eso ha sido un golpe bajo.

—Si no es verdad lo que digo, acércate a ella. —Le reté.

—No.

—Eres cruel —dije sin pensarlo, sin filtro—. Y un egoísta. Esto lo haces por ti, no por ella. ¡Mírala! —Estallé y señalé a la yegua—. Te está mirando. Cada vez que entras, te ficha. Espera que te acerques a ella. Pero eres TAN egoísta —escupí las palabras—, que no eres capaz de hacerlo por ella.

—¿Yo soy egoísta? —Se señaló incrédulo—. ¿Y tú no? —Me acusó con rabia en sus palabras.

—¿Por qué soy yo egoísta, eh? —Me metí de lleno en la pelea sin pensarlo dos veces.

—¿No lo sabes? —gruñó incrédulo—. Tienes a todos tus amigos bailando al ritmo que tú marcas. Todos preocupados por ti. ¡Y no eres capaz de pensar en ellos y en cómo les puede hacer sentir que tú estés mal!

—Perdona, pero no me compares eso con Pegaso.

—¡Es lo mismo! —gritó al perder los nervios—. Te has regodeado durante meses en tu miseria porque ellos estaban allí para apoyarte. Si hubieras estado sola, en una semana lo habrías superado —escupió con desdén.

—¡¿Y tú qué sabrás?! —Me crucé de brazos a la defensiva.

—Porque he estado en esa situación. He perdido a mis padres.

Los he perdido de verdad. Están muertos.

En apenas una semana tuve que recomponerme para poder estar para Cristian.

Perdóname si no he conseguido superar lo de Pegaso.

¿Tú sabes el pánico que me da acercarme a ella?

¡¿Acaso lo sabes?! —preguntó con rabia contenida y los ojos aguados—.

La última vez que la monté, mi madre iba conmigo.

¿Tú sabes el agobio que me entra al pensar en acercarme a Pegaso?

¿Y si todo lo que tuve que superar en una semana se me estampa en la puta cara?

—Abrí la boca para contestar, pero no me dejó hablar—. No. No tienes ni la más remota idea.

El ambiente era tenso y se me hizo complicado romper el denso silencio que se instauró. La rabia se esfumó y dejó paso a la culpa, que lo inundó todo dentro de mí.

—Lo siento…, no sabía… —dije con voz quebrada.

—No tenías por qué saberlo. —Bajó la voz Aitor dejando su enfado atrás—. No me gusta hablar de ello —musitó mientras dejaba que algunas lágrimas rodaran por su rostro.

El corazón se me encogió al verle vulnerable, pero no me atreví a abrazarle por si necesitaba espacio. En su lugar cogí su mano con tiento, dándole tiempo para apartarla si no me quería. Pero la estrujó con fuerza. Cristian no se contuvo y le abrazó mientras rompía a llorar.

—Lo siento, Aitor —sollozó—. Siento no haberme dado cuenta de las cosas y haberme mirado el ombligo. Siento…

—Fue mi decisión. —Le interrumpió su hermano mayor con voz rota—. No tuya, ¿me oyes? Yo solo quería protegerte y ser fuerte para ti. Porque lo necesitabas. Igual que necesitas estos momentos con Pegaso.

—No. —Cristian negó varias veces contra el hombro de su hermano—. Eres tú el que lo necesita. Yo estoy bien. Y estaré mucho mejor si te veo recuperar lo que tenías con Pegaso.

—No sé si puedo —admitió Aitor y apretó aún más mi mano—. Tengo miedo.

—Yo también lo tengo. Pero estamos juntos. Podemos vencer al miedo.

Los hermanos se separaron de su abrazo apretado, pero Aitor no soltó mi mano.

Ambos me miraron y me sentí muy pequeñita.

Era la responsable de crear una gran pelea.

Era la culpable de que aquellos rostros compungidos estuvieran así.

Se me encogió el estómago y las palabras se quedaron atascadas en mi garganta.

Ambos hermanos me dedicaron una pequeña sonrisa que calmó mis nervios.

—¿Estamos… Estamos bien? —dudé nada más preguntarlo.

—Lo estaremos cuando toque a Pegaso —afirmó Aitor con determinación.

Cristian y yo asentimos.

Aitor se quitó la capucha y echó a andar hacia Pegaso. Le seguí, al igual que su hermano.

Aitor nunca había estado a menos de cinco o seis metros de ella.

Dudó al acercarse a la valla y yo frené en seco, dándole espacio.

Pegaso escuchó sus pisadas o tal vez le olió.

No sé qué fue, pero levantó la cabeza y sus orejas se dirigieron a Aitor antes de relinchar.

El rostro del chico palideció y dudé de si sería capaz de tocarla.

Sus ojos cambiaron a una determinación inmensa y pasó el cercado.

Pegaso volvió a llamarle y se fue acercando a Aitor.

Esa vez no le vi dudar. Caminó hacia ella despacio, pero con paso firme.

Entonces ambos se encontraron; mi corazón se llenó de amor y mis ojos de lágrimas.

Estaba siendo testigo de un reencuentro profundo entre una yegua y su humano.

Aitor levantó su mano, que temblaba, y la llevó hacia la yegua.

Tocó su testuz y noté el momento en que todo él se rompió.

Lo vi en su mirada, en sus labios unidos que temblaban, en su cuerpo entero.

Después encontró algo de paz y consuelo y lloró mientras la yegua se relajaba a su lado, hallando su hogar perdido.

Y yo lloré con él, emocionada, llena de sentimientos bonitos por la escena que contemplaba.

Fue mágico ver a dos seres tan bellos, con el alma tan pura, reencontrándose. Ojalá no se hubieran separado nunca.

Aitor vino hacia mí cuando Pegaso se alejó de él. Me cogió la mano y tiró de mí hasta llevarme a la valla. Me aupó sobre ella, se subió a mi lado y ambos nos quedamos observando a Cristian, que se quedó entre los equinos.

Vi de reojo a Aitor dirigir su mano a mi rostro, me giré para enfrentarle. Me encantaba verle sin la capucha puesta. Su mano se posó en mi pómulo con suavidad. Cerré los ojos cuando sus dedos rozaron mi piel y secaron mis lágrimas. Me deleité en el momento y en lo que su tacto me hacía sentir.

—Pide un deseo —susurró con voz ronca Aitor.

Su voz sonó muy cerca de mí, más que cuando había cerrado los ojos instantes antes.

Los abrí con lentitud, como si me pesaran.

¿Un deseo? ¿Por qué? Enfoqué la vista en los dedos de Aitor, que sostenían una pestaña mía.

Sonreí. ¿Él también era de esos que pedían deseos y soplaban las pestañas?

Me pareció un gesto entrañable y muy bonito.

Aitor acercó la pestaña a mis labios para que soplara y quise que sus dedos se posasen en mis labios.

También poder besarlos. Dejé mis sentimientos a un lado y pedí un deseo: ser feliz.

La primera vez que pedí un deseo egoísta, sin pensar en los demás.

Soplé. Mi aliento alcanzó los dedos de Aitor y se llevó mi pestaña, que flotó en el ambiente y se perdió.

Aquella tarde fue especial.

Cuando llegamos a casa, Ainhoa me interceptó.

—¿Podemos hablar un momento? —me preguntó nerviosa.

Asentí y fuimos a su habitación.

—Verás… Es que…

Mi mejor amiga comenzó a retorcer sus manos, sin saber cómo continuar y yo me preparé para que me dijera que volvía a estar con Juli, que todo fue un error y que esa misma noche volvería a mudarse con él.

La bilis me subió por la garganta solo de pensar en que ese tipo volviera a formar parte de su vida.

—Ari… ¿Estás bien? —Asentí e intenté ocultar mis pensamientos tras una máscara—. Verás… Yo… —Contuve el aliento mientras esperaba a que mi mejor amiga hablara—. He conocido a alguien —dijo de manera abrupta, con la ilusión impregnada en su suave voz.

Creo que mi mandíbula cayó hasta el suelo por la sorpresa y el aire que no sabía que estaba conteniendo, salió disparado de mis labios en un suspiro de alivio. No era Juli, no había vuelto con Juli. La insté a contarme más mientras mi cerebro procesaba la información.

—Se llama Daniel. Empezó a trabajar en mi empresa hace unos meses. Nos chocamos en el pasillo, se nos cayeron los papeles a ambos al suelo y… bueno, empezamos a encontrarnos cada vez más por los pasillos.

—Por eso has estado yendo a la oficina en vez de teletrabajar —murmuré cuando por fin todo cobró sentido.

Ainhoa asintió—. Y no has venido a los planes en familia.

—Volvió a asentir, con una mueca esta vez—.

Me alegro mucho por ti. —Intenté esbozar una sonrisa mientras rompía el espacio que nos separaba y la abrazaba.

Ainhoa me contó ilusionada las veces que habían quedado al salir del trabajo y me enseñó varias conversaciones donde se percibía que algo estaba cocinándose a fuego lento entre los dos.

—Quería que fueras la primera en saberlo. Se lo contaré a Gelo esta noche. O mañana. Y luego a Marcos.

Sonreí.

—A Gelo le va a encantar que no hayas vuelto con Juli.

—¡¿Qué?!

—Notábamos algo raro y pensábamos que podías haber vuelto con él —admití con la boca pequeña—. ¿Qué? ¡No me mires así! —exclamé cuando Ainhoa frunció el ceño—. No soy yo la que ha estado poniendo excusas malas —solté con cariño mientras una leve sonrisa asomaba entre mis labios.

—Tienes razón. Entonces seguro que Gelo se alegra —Rio conmigo.

Juli no iba a volver a la vida de Ainhoa. Ella había encontrado a alguien. Era feliz. Aunque ese alguien le alejara a veces de nosotros. Pero ella era feliz, era lo que importaba.