Capítulo 25 #2
Aitor y yo pasábamos un rato juntos cuando lo venía a buscar.
Ambos mirando a Cristian con Pegaso. Las primeras veces se me hizo raro tener a Aitor tan cerca después de nuestro momento, pero poco a poco mi cuerpo se acostumbró a su cercanía, mi cabeza dejó de ponerse nerviosa y empecé a disfrutar de él.
De que fuera atento, me regalara alguna caricia, o me sonriera.
Sobre todo que me sonriera, porque eso solo lo hacía a menudo conmigo.
Ni siquiera sonreía mucho a su hermano. También me encantaba que conmigo en la finca nunca llevara gorra o capucha para poder ver cuando quisiera sus hermosos ojos de colores.
Aitor solía aparcar su coche al lado del mío y se tocaba el codo de manera distraída antes de saludar a su hermano con un grito que llamaba la atención de Pegaso.
Acariciaba a Togo y Balto que iban a su encuentro, se acercaba a mí y me preguntaba cómo estaba yo y cómo estaba el bebé.
Ya empezaba a tener barriga de embarazada.
—¿Qué estás leyendo? —Indagué.
Él decía que leía porque le gustaba, yo creía que además de eso, huía del mundo; y los libros eran un buen lugar donde refugiarse.
—Te veré bajo el hielo.
Mi corazón se saltó un latido al escuchar el título.
—Ese es mío —afirmé incrédula.
—A veces me gusta cambiar de género. —Aitor se encogió de hombros.
—¿Te está gustando? Es uno de mis favoritos.
Aitor asintió y me preguntó cómo nos encontrábamos el bebé y yo.
—Bien. Ayer Marcos y yo volvimos a escucharle con el aparato que me regaló. Es alucinante compartir con él algo así porque él no es de niños, ¿sabes? Pero parece que se le olvida con el mío.
—¿Guardaste la grabación? —preguntó Aitor. Asentí—. Mándamela. Quiero escucharle.
Volví a asentir con una medio sonrisa mientras un calor embriagador sacudía mi corazón.
A veces no entendía por qué mi bebé y yo éramos importantes para él.
Por qué nos consideraba buenos para su día a día y se quería mantener al tanto de todo lo que nos pasaba.
¿No era eso una forma de complicarse mucho la vida?
Me preguntó por mi siguiente revisión e hice memoria. Era la semana siguiente, una ecografía.
—¿Estás nerviosa?
—Siempre que tengo que ir al hospital lo estoy. ¿Cómo están las cosas con Cristian?
—Mejorando, supongo. —Aitor se encogió de hombros—. Pero el tema de Pegaso es… muy delicado.
—Ya… Me he dado cuenta de algo —dije y Aitor elevó una ceja—.
Vienes a ver a Cristian trabajar con Pegaso, pero es como si para ti, ella no existiera.
—Aitor se tensó y su mano fue a su codo.
Me fijé otra vez en aquel gesto, ¿por qué lo haría?
Le noté incómodo, pero eso no me impidió añadir—: Desde que está aquí ni siquiera te has acercado a ella.
—Es… complicado, Ádriel. Es Cris el que tiene que estar con ella. No yo. Estar con ella le va a ayudar a superar que nuestros padres no estén con nosotros —respondió con determinación—. Lo necesita.
—¿Y tú? ¿No la necesitas?
Aitor no me contestó y bajó la mirada a la graba mientras comenzaba a mover el pie por ella, agobiado. Le vi tan arrinconado, que dejé que mi pregunta se perdiera sin respuesta. Pero me quedé con la mosca detrás de la oreja.
—Lo siento, yo… Aún hay cosas que tienen que volver a su cauce y… —Se pasó las manos por el pelo—. Yo no soy como Cris o como tú. Yo solo veía especial a Pegaso. Y mírala ahora —murmuró la última frase.
—No pasa nada. —Quité importancia aunque me dejó intrigada—. ¿Me cuentas en qué no eres como nosotros?
Aitor se revolvió incómodo, pero elevó su mirada hasta encontrar mis ojos.
—Entiendo lo de no someterle. Pero estás encima de un animal que pesa cerca de quinientos kilos. Necesitas herramientas para poder manejarle o pararle si decide no hacer caso —me explicó y abrí mucho los ojos—. No me mires así. Parece que soy un monstruo.
—Has dicho que necesitas herramientas para defenderte del caballo que montas, y eso no es verdad. Si estás en sintonía con él, solo hace falta que tu cuerpo se amolde al suyo, que tu mente y la suya estén conectadas. ¿Me dejas que te lave el cerebro? —pregunté con una tímida sonrisa.
Tenía que entender a los caballos, entender su esencia. Tal vez también volver a creer en Pegaso.
—Trato. —Me tendió la mano.
La estreché y el calor y la electricidad que sentí cuando nuestra piel se tocó fue indescriptible. Subí mi mirada de nuestras manos a sus ojos y me perdí en sus iris, queriendo ver dentro de ellos y descubrir su historia con Pegaso, a quien nunca dirigía una sola mirada.
Fuimos a buscar a Troya y le llevé a la pista libre. Insté a Aitor a pasar mientras buscaba unas riendas, que enganché a la cabezada de nudos. Le expliqué mi caída con el equino y la aprensión que le cogí.
—Pero mírame ahora —dije antes de saltar sobre el lomo de Troya y subirme a horcajadas sobre él—.
No me da miedo. Volví a confiar en él. Y él en mí.
El caballo no es tu esclavo, es tu compañero.
Él te está permitiendo que estés encima.
Hay que cuidar ese vínculo y hacerlo cada vez más fuerte.
Aprender a dar las órdenes con mimo, pero concisas para que lo entienda.
Hay que aprender a leer lo que el cuerpo del caballo te dice.
Mira a Troya —insté a Aitor—. Mira cómo está.
Tenso. No voy a pedirle demasiado. Está fuera de su zona de confort porque tú estás aquí.
Sabiendo cómo es, si le pido algo complicado, saldrá todo mal.
Cuando se pone nervioso, Troya se descoordina y yo solo quiero que él se centre en mí, en lo que estamos haciendo, que se olvide de que estás ahí.
—Entiendo, pero… ¿cómo sabes que no te la va a liar?
—Es que un caballo te la puede liar en cualquier momento.
Si entiendes por liar que no quiera que le montes más o que se asuste de algo.
El truco está en anticiparte entendiendo su expresión corporal —le expliqué.
Y luego añadí—: No hay que olvidar que el caballo te deja que le montes.
Le estás utilizando. Intenta que él esté lo más cómodo posible, que disfrute al máximo contigo pie a tierra o encima porque así estará ansioso por ejercitarse o salir a dar un paseo.
Motívale para que vea que merece la pena confiar en ti.
—Tú te enfocas siempre en el caballo. No en la persona.
No lo dijo en tono acusativo, solo intentaba entenderme.
—Sí. Hay que cuidar la monta. Hay que entender que cada caballo es diferente y lo que te sirve con uno, con otro tal vez no. Pero la base, es la misma. Tendrás magia cuando montes a caballo.
Le propuse montar a uno de los caballos y luego a Troya para comparar cómo se sentía con cada uno de ellos. Aitor aceptó el reto. Colocó la cabezada a Neo con torpeza y una vez en la pista, le sentí fuera de lugar con sus movimientos rígidos y su torpeza al vestir al equino.
—¿Hace cuánto no vistes a un caballo? Porque la vez que salimos, te puso la silla Gelo.
—¿Tan mal lo hago? —Aitor se giró hacia mí y asentí levemente—. Bastantes años —murmuró. Tuve la sensación de que la última vez que puso una silla fue a Pegaso.
Le ayudé a terminar de vestir a Neo y fueron al paso por la pista. Noté el momento en que Aitor conectó con el caballo.
—Ahora estáis compenetrados. —Me alegré—.
¿Te has dado cuenta del cambio? —Aitor negó—.
Debería haberte grabado. A veces desde arriba se ve diferente.
Pero desde aquí abajo se ha notado el momento en que Neo ha empezado a entenderte.
Su cuello se ha relajado, su paso ha empezado a ser más fluido y tú estás siguiendo el movimiento de Neo con tus caderas. Estás haciendo magia.
Después, se subió en Troya, quien leyó su nerviosismo. Su paso fue algo caótico, lo que no ayudó a que Aitor cogiera el ritmo o se relajara.
—Troya es diferente, ¿verdad? Con él, todo tiene que ser más ligero, más suave. Te lee la mente incluso antes de que tú siquiera pienses lo que vas a hacer a continuación. Si estás nervioso, él lo estará el doble. Si te muestras seguro, confiará en ti. Troya es un caballo muy sensible.
Aitor asintió. En algún momento, bastante rato después, el chico se relajó y Troya lo hizo un poquito. Solo un poquito. Esa vez, grabé el momento y cuando Aitor bajó del equino, le enseñé el vídeo.
—¿Ves? —Señalé el momento en que su actitud se volvió más suave. Aitor asintió—. Y aquí. —Señalé a Troya en el vídeo—. Cambia él. Has conectado aunque sea solo un poco. Cuando existe esa conexión, no hacen falta espuelas, no hace falta someterle, porque él piensa igual que tú.
—Vale, creo que entiendo a lo que te refieres.
—¿Tenías esa conexión con Pegaso?
Aitor se tensó y no contestó, lo que confirmó mis sospechas. ¿Pero entonces por qué todo el paripé de dejar que su hermano pequeño la rehabilitara y fingir como si aquella yegua no hubiera sido importante para él también? No entendía nada.
—Venga, vámonos, princesa. Es tarde.
Fruncí el ceño contrariada. Quería respuestas.
Aitor se acercó a mí, acunó mi cuello y parte de mi mandíbula con su mano y me acercó unos milímetros a él para depositar un suave beso en mi sien que me dijo todo lo que su silencio no contó.
Disfruté del calor manando donde nuestras pieles conectaron y me quedé como una boba, ahí quieta, cuando Aitor se alejó de mí, se colocó la capucha y fue hacia Cristian para avisarle de que debían irse. Lo que aquel chico podía hacer en mí.
—¡Ádriel! —Aitor elevó la voz desde donde estaba Cristian—. Gracias por esta media hora de conocimiento. Lo que sabes, vale oro, aunque aún no lo comprenda todo. —Me dedicó una bonita sonrisa.
Cristian se despidió de mí y les observé alejarse juntos hacia el coche.
Me quedé con ganas de más, de que llegara el día siguiente y Aitor volviera a preguntarme cómo estaba, cómo estaba el bebé o que habláramos de algún libro.
Con ganas de que se lanzara a contarme la verdad sobre Pegaso, porque había algo más de lo que me contaba.
Intuí que habían forjado esa conexión que une a los binomios.
¿Pero por qué no mantenerla? ¿Por qué renunciar a ella?
La mayoría de las cosas son mejores cuando las compartes con alguien, no cuando te lo quedas todo para ti.
Quizás por eso, al llegar a casa y ver que Gelo ya había terminado de estudiar, me acerqué a él y le dije lo bonito que fue empezar a enseñar a Aitor a ver a los caballos como animales y no como instrumentos.