Capítulo 25
La realidad es que lo que nos convierte
en diferentes puede hacernos únicos,
pero también ponernos una diana
enorme de crueldad en la espalda.
–La última muerte en Goodrow Hill, Santiago Vera
H abía pasado un mes desde aquel momento en que mi mano y la de Aitor se unieron sobre mi vientre, sobre mi bebé. Y pasaron muchas cosas en aquel mes.
Pasó mi cumpleaños, Navidad y Año Nuevo y no fueron tan terribles como presagié. Incluso lo pasé bien. Aunque eché de menos a mis padres, que solo llamaron.
Se convirtió en habitual que, casi todas las tardes después de comer, Gelo se encerrara un par de horas a estudiar. Dos tardes a la semana, Angelito pasaba ese tiempo en casa de sus abuelos; otras tres, salíamos juntos al parque, a casa de algún amigo o lo que surgiera.
Aquello me sirvió para ir menos aún con el veterinario de la yeguada.
Lo agradecí en silencio, con angustia de decirlo en voz alta.
Al principio, Gelo se sintió culpable. Tuve que recordarle que él no era el único en nuestra familia de tres.
Que Angelito también tenía madre, yo, y que cuidar de él no era un favor que le hacía, era lo que debía hacer.
A los tres días, dejó de quejarse. Admitió que a veces aún le costaba asumir que era solo padre, no padre y madre, como lo fue hasta que me convertí en la madre del crío.
Almu me acompañó a hacerme un tatuaje. El día de antes, me escribió para preguntarme cómo estaba y cuando le conté que tenía cita con mi tatuadora y que iba sola, no se lo pensó dos veces y vino a buscarme al día siguiente para acompañarme. Nos fuimos a desayunar y después al estudio de tatuajes.
Esperando a mi tatuadora, agradecí a Almu que me acompañase.
—Tenía ganas de verte. —Sonrió.
Almu desprendía un buen rollito que te empapaba y calaba hasta los huesos, era muy complicado de obviar. Era como una vitamina para mi estado de ánimo.
—Y yo.
—¿Cómo está Marcos? —Fue la primera vez que se interesó por él.
—Bien, supongo. En casa es complicado estar mal. Hay demasiadas cosas que hacer. Demasiada gente. Pero no quiere hablar de por qué se ha ido. Lo he intentado varias veces pero se cierra en banda. ¿Me cuentas qué pasó?
—No sé si… —comenzó Almu, pero la corté.
—Por Dios. Me estoy volviendo loca con vosotros. Prometo no decirle a Marcos que lo sé.
Almu me miró con ojos tristes y suspiró.
—Pasa que quiero tener hijos. —Se quedó en silencio mientras sus ojos se aguaban y ante mi mutismo, por estar en shock , añadió—: No ahora. Pero sí a corto plazo. Tal vez en un par de años.
—Mierda —murmuré al darme cuenta de lo que me decía. Busqué su mano para darle un apretón—. Y él no… —solté porque Marcos siempre dijo que no quería hijos. Siempre. Aunque desde que vivía conmigo, cualquiera que no le conociera habría dicho todo lo contrario.
—Exacto…
Almu me explicó que el tema fue tabú entre ellos durante bastante tiempo.
Hasta que ella lo sacó a colación y Marcos se mantuvo inflexible, ella también.
Entonces, tras tres días enfadados y sin dirigirse ni una palabra a pesar de vivir en la misma casa, se sentaron a hablar y decidieron que necesitaban estar una temporada separados.
Para que Marcos pudiera pensar en ser padre.
Para que Almu pensara si podría vivir junto a Marcos sin ser madre y sin resentimiento hacia él.
—Joder, Almu. Siento mucho que estéis pasando por esto.
—No quiero perderle, Ádriel. Le quiero. Pero no puedo renunciar a ser madre. ¿Tú lo harías por amor?
Suspiré.
—No sé. Yo fui una loca inconsciente que pensó que ser madre era fácil y me fui a vivir con mi mejor amigo y su hijo de cuatro años.
Me di la hostia y fue caos durante muchos meses.
La maternidad no es algo fácil aunque estemos acostumbradas a que nos digan que todo es bonito.
No lo es —remarqué seria—. Y el embarazo tampoco.
Pero en mi caso, a pesar de todo, no lo cambio por nada.
¿Podrías vivir sin resentimiento si vuelves con Marcos y siempre sois solo los dos?
—Creo que no —admitió Almu—. Me gustan los niños. Quiero una casa con risas y lloros de niños. No quiero que seamos solo dos.
—Pues ahí tienes tu respuesta. Creo que haces bien en luchar por tus sueños.
La tatuadora me llamó y entré con Almu en la sala.
Me tatué a Troya. Usé el boceto que diseñó Alexis, pero no quise tener grabada en mi piel la frase que me robó.
En su lugar, bajo la figura negra de Troya, me tatué: no existe un lugar mejor para sanar un corazón roto que la espalda de un caballo.
Porque sentir la libertad sobre el lomo de Troya, el aire fresco entrando deprisa en mis fosas nasales, el viento en la cara, ver un paisaje a través de sus orejas, sentir sus pasos y sus músculos trabajando en mis piernas, mis caderas moviéndose al son de ellos… curaba.
Dudé si tatuarme nuestras iniciales. Al final decidí no hacerlo.
Quería que quedara para siempre grabado en mi piel aquellos momentos que pasamos juntos en Finca Deva, o en cualquier lugar, pero juntos.
Quería atesorar el recuerdo, pero no su nombre.
Elegí en su lugar, poner el nombre de nuestro bebé, o su inicial, cuando decidiera su nombre.
Al llegar a casa tras hacerme el tatuaje, me encontré con Marcos y evité mirarle a los ojos. No podía. Sabía lo que pasaba entre Almu y él y me parecía algo tan íntimo, que me sentí incómoda por conocer una parte de su intimidad sin que él me la hubiera contado.
Aunque llevaba tiempo con el runrún en la cabeza, aquel día de enero supuso un antes y un después.
Llevaba semanas sin acompañar a Iván, y en qué momento se me ocurrió aceptar cuando me había llamado para ayudarle.
Por fin acepté la verdad: no servía para ser veterinaria equina.
No podía soportar visitar hípicas y ver caballos encerrados en boxes .
No era capaz de buscar soluciones para caballos cuyos dueños no pretendían gastarse un duro.
Mucho menos toleraba infiltrar caballos cojos para que pudieran seguir compitiendo.
No. Verlos así era desolador. Quería ayudarles, pero…
de esa forma era imposible para mí. Las injusticias me superaban, sobre todo, cuando Iván no intentaba hacer entender a sus clientes que un caballo con una lesión no puede competir, que un caballo con dolor no debe ser montado.
Que se debe buscar el origen del dolor y tratarlo, no darle medicación por un tubo sin hallar de dónde viene ese problema.
Que tal vez con fisioterapia, quiropráctica o alguna otra terapia como la fitoterapia, no requiriera de medicación química.
Qué injusto que no todos los caballos puedan vivir sin ser máquinas, sin ser objetos, sin que los usen hasta que no sirvan.
—Hoy es el último día que voy con Iván —solté a bocajarro al volver a casa a quien me escuchara.
Debería habérselo dicho a Ángel el primero, pero en vez de eso, le escribí un escueto mensaje en el que le dije que necesitaba dejar de acompañar a Iván durante una temporada.
—¿Por qué? —Gelo, seguido de Angelito y Marcos, vinieron a mi encuentro—. ¿Qué ha pasado hoy?
—Es injusto cómo tratan a los caballos. Hoy hemos visto dos cojeras.
La primera de una yegua de doce años, que su dueña se empeña en que tiene que competir ¡en cinco días!
Pase lo que pase —exclamé acelerada por el enfado y la incomprensión de aquella mujer—.
Y entonces Iván en vez de decirle que eso es imposible sin hacer daño a la yegua ¡le dice que sí!
, ¡que claro! Le da pautas de antiinflamatorio e infiltración y la yegua a competir… ¡Alucino!
—¿Y la segunda? —se interesó Marcos.
—Un caballo que lleva cojo tres años y ahora en la hípica se les ha metido entre ceja y ceja que vuelva a competir en doma…
Les he intentado explicar que después de tanto tiempo la cojera no va a desaparecer y que hay que ver de dónde viene, pero la verdad es que no tienen ninguna intención de averiguarlo.
Ellos solo quieren que compita. Con dolor, sin dolor. Les da igual. Solo que compita.
—Ya... Es triste y duro el mundo del caballo —se lamentó Gelo.
—Sí. Más todavía cuando nos hemos criado y aprendido de tu padre.
Nos ha enseñado cómo es un caballo libre, cómo hacen magia cuando están en manada.
Y verlos ahí en un box, privados de algo tan primitivo para ellos como es poder relacionarse con otros, el duro trabajo que se les exige sin tener en cuenta sus capacidades…
—Negué con vehemencia—. Me pongo mala de pensarlo.
No debería ser así el mundo del caballo.
—Eché un vistazo al salón y añadí—: Oye, ¿no está Ainho?
—No. Ha salido —contestó Marcos.
—Últimamente se va mucho de casa con excusitas. ¿Creéis que ha vuelto con Juli y le da vergüenza que lo sepamos? —cuchicheé.
—No sé. —Gelo frunció el ceño contrariado—. Nos lo habría dicho, ¿no?
Asentí sin estar muy segura.
—Oye, niña… si no vas a ejercer de veterinaria fuera de Finca Deva, ¿qué vas a hacer?
—Ni idea. Pero encontraré otra forma de ayudarlos que no sea siendo veterinaria.
Empecé a ir más a menudo con Cristian a la finca por las tardes. A veces Angelito venía con nosotros y otras veces se quedaba con Marcos jugando a algún juego de mesa que mi amigo había empezado a comprarle al crío.
Cuando Aitor salía de trabajar, venía a buscar a Cristian, lo que creí que era una mera excusa para poder ver a su hermano trabajar con Pegaso y ganarse su perdón.
Aunque las cosas habían mejorado entre ellos, en ciertos momentos, sobre todo cuando Aitor estaba en Finca Deva, Cristian miraba muy serio a su hermano mayor y se creaba una tensión extraña, complicada de pasar por alto.
Pegaso cambió poco a poco. No solo físicamente cuando empezó a notarse cómo engordaba. Intenté mantenerme al margen, interceder lo menos posible y dejar que Cristian y la yegua trabajaran juntos. Por él. Para que sanara.